Tortuga Antimilitar


Cañamero dice que el Parlamento es "como un circo" y que se vuelve a trabajar al campo

Tortuga Antimilitar - 28 January, 2019 - 00:00

Diego Cañamero no repetirá como diputado de Podemos y volverá al campo para jubilarse.

República/EFE |

El diputado por Jaén de Unidos Podemos no volverá a presentarse a las próximas elecciones porque tiene una percepción del Congreso como de un circo

El diputado por Jaén de Unidos Podemos, Diego Cañamero, ha anunciado este jueves que no volverá a presentarse a las próximas elecciones como candidato y que volverá al campo para jubilarse con 65 años.

Cañamero, en una comparecencia en Jaén para informar sobre los acuerdos alcanzados en materia de empleo que afectan a los trabajadores del campo, ha asegurado que estos años como diputado han sido una experiencia enriquecedora pero que no repetirá porque tiene una percepción del Congreso de los Diputados como de un circo.

Asimismo, ha añadido que cuando deje el Congreso tendrá 63 años y que entonces seguirá trabajando otros dos años más para jubilarse dentro del Régimen Especial Agrario, con una pensión aproximada de unos 600 euros.

Ha puntualizado que aunque ahora su sueldo como diputado es de 5.000 euros, él solo cobra 1.300 porque el resto lo dona, al tiempo que ha criticado la forma de actuar de algunos diputados porque “cuando cobras 5.000 euros al mes, pisas alfombra roja y te regalan el móvil no te acuerdas del que gana 800 euros”.

Además, Cañamero ha pedido un cuerpo de inspectores de trabajo específico para el campo y ha anunciado que en los próximos días Unidos Podemos presentará una Proposición de Ley sobre la reforma de protección por desempleo, medidas laborales y Seguridad Social de los trabajadores del campo.

Se trata, según ha explicado, de una iniciativa que ya ha comunicado tanto a la ministra como a los sindicatos CCOO y UGT, con los que se han mantenido reuniones y “se ha llegado a un acuerdo de mínimos”.

Fuente: https://www.republica.com/2019/01/2...

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Genocidios made in Euskadi

Tortuga Antimilitar - 27 January, 2019 - 00:00

César MANZANOS BILBAO, Doctor en Sociología, especialista en criminología.

Bajo la denominación de “Armas Eusko Label para la Guerra” se celebran jornadas y actos en Gasteiz, para denunciar a quienes, con la complicidad de la administración vasca, se están lucrando con el negocio de las guerras mediante la fabricación de armas y su venta a países ricos genocidas y dictatoriales como Israel o Arabia Saudi. Las consecuencias últimas de su fabricación son cuerpos desmembrados, criaturas mutiladas y muertos desparramados que no se muestran por la Euskal Telebista como víctimas de las armas producidas aquí. Tampoco se realizan reportajes de investigación para constatar la evidente relación que tiene la fabricación y venta de armas aquí, con la violación de los derechos humanos allí. Al contrario, se oculta la identidad de los mercaderes de la muerte, se les financia con nuestros impuestos, y se les condecora. De otra parte, las víctimas de los asesinatos, de los genocidios masivos que provoca el complejo militar-industrial vasco, no son homenajeadas, ni siquiera son identificadas y, mucho menos, reconocidas. Son vidas sin valor, despreciadas, inexistentes. Son muertos enterrados en fosas comunes, desplazados deambulando desorientados y muchos de ellos ahogados en el océano.

Una de las consignas de las luchas antimilitaristas que desde finales de los 70 coreábamos era: “las guerras las organizan los ricos y las pierden los pobres”. Y organizarlas, no nos olvidemos, es también provocarlas, crear condiciones materiales de miseria y alimentar los conflictos para crisparlas o justificarlas, con el fin de apropiarse de recursos materiales y fuentes de energía, para impulsar la carrera de armamentos como supuesta necesidad en aras de “la paz mundial”. El objetivo es convertir la historia de la humanidad, en la historia de la guerra contra todo aquello que cuestione los valores supremos del capitalismo, es decir, el sometimiento de toda relación social a la lógica de la acumulación, a la sacralización y defensa a ultranza de la propiedad privada. Para instaurar el mercantilismo de la guerra y las políticas del terror, convirtieron las ideas anticapitalistas y la insurrección armada, en la representación del diablo, cuando no, en símbolos de rebeldía comercializables, para consagrar el atroz imperialismo, desarmar a los pueblos y lucrarse con la industria militar que sin duda mueve la economía mundial y gobierna nuestras cabezas.

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No borders

Tortuga Antimilitar - 27 January, 2019 - 00:00

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Jack London: "Amor a la vida"

Tortuga Antimilitar - 27 January, 2019 - 00:00

Esto quedará, de entre todo:
Vivieron y se esforzaron;
será ganancia esa porción del juego,
aunque ya exista ‘el oro de los dados.

Bajaron por la costa, cojeando, doloridos, y en una ocasión el primero de los hombres trastabilló entre las rocas sembradas al azar. Estaban cansados y débiles, y sus rostros tenían la expresión tensa de la paciencia que viene con las fatigas mucho tiempo soportadas. Iban cargados con fardos envueltos en mantas y amarrados con correas a los hombros. Otra correa les pasaba por la frente, y ayudaba a sostener los bultos. Cada hombre llevaba un rifle. Caminaban en postura encorvada, los hombros bien hacia adelante, la cabeza más adelante aun, los ojos clavados en el suelo.

Ojalá tuviese dos de esos cartuchos que tenemos en nuestro escondrijo -dijo el segundo.

Su voz era total y fatigadamente inexpresiva. Hablaba sin entusiasmo; y el primer hombre, quien se introdujo, cojeando, en la lechosa corriente que espumeaba sobre las rocas, no ofreció respuesta.

El otro le pisaba los talones. No se quitaron los zapatos, aunque el agua estaba helada; tanto, que les dolieron los tobillos y se les entumecieron los pies. En algunos lugares, el agua se les precipitaba hasta las rodillas, y ambos hombres trastabillaban.

El segundo resbaló en una piedra lisa, estuvo a punto de caer, pero se recuperó con un violento esfuerzo, y al mismo tiempo lanzó una exclamación de dolor. Parecía aturdido y con vértigos, y extendió la mano libre mientras se bamboleaba, como buscando

apoyo en el aire. Cuando recobró el equilibrio, se adelantó, pero volvió a tambalearse, y casi cayó. Luego permaneció inmóvil y miró al otro hombre, quien no había vuelto la cabeza.

Se quedó quieto durante un minuto, como si discutiera consigo mismo. Luego exclamó:

Oye, Bill, me disloqué el tobillo.

Bill continuó tambaleándose a través del agua lechosa. No miró en torno. El hombre lo vio alejarse, y si bien su rostro siguió tan inexpresivo como antes, sus ojos eran como los de un ciervo herido.

El otro hombre llegó cojeando hasta la orilla opuesta y prosiguió en línea recta, sin mirar hacia atrás. El hombre del arroyo lo observó. Los labios le temblaban un poco, de modo que la tosca maraña de pelo castaño que los cubría se agitó visiblemente. Inclusive asomó la lengua para humedecerlos.

¡Bill! -exclamó.

Era el grito de súplica de un hombre fuerte en apuros, pero la cabeza de Bill no se volvió. El hombre lo miró irse, cojeando en forma grotesca y tambaleándose hacia adelante, con pasos vacilantes, y subir la suave cuesta hasta la blanda línea del horizonte de la baja colina. Lo vio continuar hasta que llegó a la cima y desapareció al otro lado. Luego desvió la mirada y poco a poco recorrió el círculo del mundo que le quedaba, ahora que Bill se había ido.

Cerca del horizonte, el sol ardía vagamente, casi oscurecido por informes brumas y vapores que daban una impresión de masa y densidad sin contornos o tangibilidad. El hombre extrajo el reloj, mientras apoyaba su peso sobre una pierna. Eran las cuatro, y como la estación se acercaba a finales de julio o principios de agosto -no podía decir la fecha exacta, fuera de una aproximación de una o dos semanas-, sabía que el sol señalaba, más o menos, el noroeste. Miró hacia el sur y supo que en algún lugar de esas yermas colinas se encontraba el lago Great Bear; también supo que en esa dirección el Círculo Ártico se abría su temible paso

a través de los eriales canadienses. El arroyo en que se encontraba era un tributario del río Mina de Cobre, que a su vez fluía hacia el norte y desembocaba en el golfo Coronación y el océano Ártico. Nunca había estado allí, pero una vez lo vio en un mapa de la Compañía de la Bahía de Hudson.

Su mirada volvió a completar el círculo del mundo que lo rodeaba. No era un espectáculo alentador. Por todos lados, la blanda línea del horizonte. Las colinas eran todas bajas. No se veían árboles, ni arbustos, ni hierbas… nada más que una tremenda y terrible desolación, que hizo que el temor se le asomara con rapidez a los ojos.

¡Bill! -susurró una vez, y otra-. ¡Bill!

Se agachó en medio del agua lechosa, como si la vastedad lo presionara con fuerza abrumadora, aplastándolo con su complaciente atrocidad. Comenzó a temblar como de fiebre intermitente, hasta que el arma se le cayó de la mano con un chapoteo. El sirvió para despertarlo. Luchó contra su miedo y se recobró; tanteó en el agua y recogió el arma. Desplazó el bulto más hacia el hombro izquierdo, de modo de eliminar una parte del peso que caía sobre el tobillo dislocado. Luego se encaminó, con lentitud, dolorido, haciendo muecas, hacia la orilla.

No se detuvo. Con una desesperación que era locura, sin prestar atención al dolor, se apresuró a subir la cuesta, hasta la cima de la colina por la cual había desaparecido su compañero, más grotesco y cómico, con mucho, que ese camarada que a su vez cojeaba y se tambaleaba a sacudones. Pero en la cima vio un valle somero, vacío de vida. Luchó otra vez contra su temor, lo superó, se acomodó el bulto aun más hacia la izquierda y descendió la cuesta balanceándose con violencia.

El fondo del valle estaba cubierto de agua, que el denso musgo retenía, como una esponja, cerca de la superficie. El agua brotaba a chorros a cada paso, bajo sus pies, y cada vez que levantaba un pie, la acción culminaba con un ruido de succión, cuando el musgo mojado lo soltaba a desgana. Continuó caminando, saltando de muskeg en muskeg, y siguió las pisadas del otro hombre, a lo largo y a través de los salientes rocosos que se asomaban como islotes en el mar de musgo.

Aunque solo, no estaba perdido. Sabía que más adelante llegaría a un lugar en que abetos abedules muertos, muy pequeños y achaparrados, bordeaban la costa de una laguna, el titchinnchilie, en el idioma de la región, la “tierra de los palos pequeños”. Y a ese lago afluía una reducida corriente cuyas aguas no eran lechosas. En dicha corriente había juncos -eso lo recordaba bien-, pero no madera, y la seguiría hasta que su principal reguero terminara en una divisoria. Cruzaría ésta hasta el primer reguero de otro arroyo que fluía hacia el oeste, y al cual seguiría hasta que se vaciara en el río Dease, donde encontraría un escondrijo bajo una canoa volcada y cubierta por muchas piedras. Y en el escondrijo hallaría municiones para su arma descargada, anzuelos y sedales… todo lo necesario para matar y atrapar alimentos. Y también encontraría harina -no mucha-, un trozo de tocino y algunos fríjoles.

Bill lo esperaría allí, y remarían hacia el sur, Dease abajo, hasta el lago Great Bear. Y seguirían al sur, a través del lago, siempre hacia el sur, hasta llegar al Mackenzie. Y al sur, todavía más al sur, continuarían mientras el invierno los perseguía en vano, y se formaba hielo en los remolinos, y los días se volvían helados y secos, al sur, hacia algún abrigado puesto de la Compañía de la Bahía de Hudson, donde los árboles crecían altos y había inacabables cantidades de alimentos.

Esos eran los pensamientos del hombre, mientras se esforzaba en continuar su marcha. Pero así como empujaba a su cuerpo, con la misma fuerza empujaba a su mente, y trataba de pensar que Bill no lo había abandonado, que sin duda lo esperaría en el escondrijo. Estaba obligado a pensar así, porque de lo contrario no habría tenido sentido esforzarse, y se habría echado en el suelo, a morir. Y cuando la borrosa bola del sol se hundió poco a poco en el noroeste, repasó cada centímetro -y muchas veces- de la huida de Bill y él hacia el sur, por delante del invierno que llegaba. Y examinó una y otra vez los alimentos del escondrijo y los del puesto de la Compañía de la Bahía de Hudson. Hacía dos días que no comía; y durante mucho más tiempo no había comido lo necesario. A menudo se detenía y recogía pálidas bayas de muskeg que se llevaba a la boca, mascaba y tragaba. Ese tipo de bayas son un trocito de semilla cubierto por un poco de agua. En la boca el agua desaparece, y la semilla, al mascarla, es amarga y punzante. El hombre sabía que no contenían alimento, pero las mascó con paciencia, con una paciencia mayor que la experiencia y el conocimiento.

A las nueve se golpeó los dedos de los pies en un afloramiento rocoso, y de puro cansancio y fatiga se tambaleó y cayó. Quedó tendido durante un tiempo, sin movimiento, de costado. Luego se quitó las correas del atado y se arrastró con torpeza hasta quedar sentado. Aún no había oscurecido, y en el ocaso que se demoraba tanteó entre las rocas, en busca de mechones de musgo seco. Cuando reunió una cantidad, encendió un fuego -un fuego que ardía sin llama, humeante- y se puso a hervir un jarro de hojalata con agua.

Desenvolvió su atado, y lo primero que hizo fue contar los fósforos. Tenía sesenta y siete. Los contó tres veces, para estar seguro. Los dividió en varias porciones, los envolvió en papel encerado, guardó una porción en su tabaquera vacía, otra en la cinta interior de su maltrecho sombrero, una tercera bajo la camisa, en el pecho. Hecho eso, se apoderó de él el pánico, y los desenvolvió todos y los contó de nuevo. Seguían siendo sesenta y siete.

Secó junto al fuego su calzado mojado. Los mocasines eran jirones empapados. Los calcetines de tela de manta estaban raídos en varios lugares, y tenía los pies en carne viva y sangrantes. El tobillo le latía, y lo examinó. Se le había hinchado hasta alcanzar el tamaño de la rodilla. Rasgó una larga tira de una de las dos mantas y con ella ciñó fuertemente el tobillo. Rasgó otras tiras y se envolvió los pies, para que le sirvieran a la vez como mocasines y calcetines. Luego bebió el jarro de agua, muy caliente, dio cuerda al reloj y se introdujo entre las mantas.

Durmió como un muerto. Llegó y se fue la breve oscuridad de la medianoche. El sol se elevó en el nordeste… por lo menos el día amanecía en ese sector, pues nubes grises tapaban el sol.

Despertó a las seis, echado de espaldas. Miró al cielo gris y supo que estaba hambriento. Cuando rodó para apoyarse en el codo lo sobresaltó un fuerte bufido, y vio un caribú macho que lo miraba con despierta curiosidad. El animal se hallaba a no más de cinco metros de distancia, y en el cerebro del hombre surgió en el acto la visión y el sabor de carne de caribú chirriando y friéndose sobre el fuego. Tendió maquinalmente la mano hacia el rifle descargado, apuntó y apretó el disparador. El macho bufó y se alejó de un salto; sus cascos repiqueteaban y tamborileaban al huir por sobre los afloramientos de rocas.

El hombre maldijo y arrojó el arma. Gimió en voz alta cuando comenzó a intentar ponerse de pie. Tenía las articulaciones como goznes herrumbrados. Se movían con aspereza, con mucha fricción, y cada flexión se lograba sólo mediante un puro esfuerzo de voluntad. Cuando por fin logró levantarse, consumió un poco más de un minuto en enderezarse, de modo de mantenerse erguido, como debe estarlo un hombre.

Trepó a un pequeño otero y examinó el paisaje. No había árboles, ni arbustos, nada, salvo un mar gris, de musgo, apenas diversificado en rocas grises, lagunitas grises y arroyuelos grises. El cielo era gris. No había sol, ni atisbos de él. No tenía idea de hacia dónde quedaba el norte, y había olvidado el camino por el cual llegó al lugar la noche anterior. Pero no estaba perdido. Eso lo sabía. Pronto llegaría a la tierra de los palos pequeños. Sintió que se encontraba en algún lugar, a la izquierda, no lejos. . . tal vez al otro lado de la próxima loma.

Volvió a dar forma a su atado para el viaje. Se aseguró de la existencia de sus tres porciones separadas de fósforos, aunque no se detuvo a contarlos. Pero se demoró para meditar acerca de un chato saco de cuero de alce. No era grande. Podía ocultarlo bajo las dos manos. Sabía que pesaba siete kilos tanto como el resto de la carga-, y le preocupaba. Por último lo dejó a un lado y se dedicó a enrollar el bulto. Se interrumpió para contemplar el chato saco de cuero. Lo tomó de prisa, con una mirada desafiante en derredor, como si la desolación tratase de despojarlo de él, y cuando se puso de pie para internarse tambaleando en el día, estaba incluido en el atado.

Se orientó hacia la izquierda, y de vez en cuando se detenía para comer bayas de muskeg. El tobillo se le había envarado, su cojera era más pronunciada, pero el dolor no era nada en comparación con el que sentía en el estómago. Los mordiscos del hambre eran intensos. Roían y roían, hasta que no pudo mantener los pensamientos fijos en el rumbo que debía seguir para llegar a la tierra de los palos pequeños. Las bayas de muskeg no mitigaban esas dentelladas, en tanto que le llagaban la lengua y el paladar con su irritante aspereza.

Llegó a un valle en que lagópodos de las rocas se elevaron, con crepitantes aleteos, de los salientes y muskegs. “Quer… quer… quer”, gritaban. Les arrojó piedras, pero no le acertó a ninguno. Dejó su bulto en el suelo y los acechó como un gato acecha a un gorrión. Las agudas rocas le atravesaron las perneras de los pantalones, hasta que las rodillas dejaron un rastro de sangre; pero la herida se perdió en la laceración del hambre. Se arrastró, retorciéndose, sobre el musgo húmedo, se saturó las ropas y se heló el cuerpo; pero no tenía conciencia de ello, tan grande era su fiebre de alimentos. Y siempre los lagópodos se elevaban, chirriando, ante él, hasta que su “quer… quer… quer…” se convirtió en una burla contra él, y los maldijo y les gritó con el mismo grito de ellos.

En un momento dado se arrastró hacia uno que debía de estar dormido. No lo vio hasta que se precipitó hacia arriba, delante de su cara, saliendo de

su escondite entre las rocas. Estiró un brazo tan sobresaltado como el aleteo del lagópodo, y en su mano quedaron tres plumas de la cola. Mientras observaba el vuelo del ave, la odió como si le hubiese hecho algún daño terrible. Luego volvió y cargó con el atado.

A medida que pasaba el día, llegaba a valles o terrenos pantanosos, donde la caza abundaba más. Pasó un grupo de caribús, de veinte y tantos animales, atormentadoramente cerca del alcance del rifle. Experimentó un loco deseo de correr tras ellos, la certidumbre de que podría alcanzarlos. Un zorro negro se dirigió hacia él, llevando un lagópodo en la boca. El hombre gritó. Fue un grito temible, pero el zorro, que se alejó de un salto, asustado, no soltó el lagópodo.

Entrada la tarde, siguió un arroyo, lechoso de cal, que corría entre ralos apiñamientos de juncos. Tomó varios de éstos con firmeza, cerca de la raíz, arrancó lo que parecía un joven brote de cebolla, no más largo que un clavo abismal. Era tierno, y sus dientes se hundieron en él con un crujido que prometía un delicioso alimento. Pero las fibras eran duras. Estaba compuesto de filamentos resistentes, saturados de agua, como las bayas, y carentes de sustancias nutritivas. Se descargó del bulto y se lanzó hacia los juncos, de manos y rodillas, y mordió y mascó, como una criatura bovina.

Estaba muy fatigado, y a menudo deseaba descansar, acostarse y dormir. Pero a cada instante se veía impulsado hacia adelante, no tanto por su deseo de llegar a la tierra de los palos pequeños, como por el hambre. Inspeccionó diminutos estanques en busca de ranas, y cavó la tierra con las uñas en procura de gusanos, aunque sabía que tan al norte no hallaría ranas ni gusanos.

Registró en vano todos los charcos, hasta que, cuando llegaba el prolongado ocaso, encontró un único pez, del tamaño de un foxino, en uno de esos estanques. Hundió el brazo hasta el hombro, pero se le escapé Introdujo las dos manos y removió el fango lechoso del fondo. En su excitación, cayó adentro, mojándose hasta la cintura. Después el agua quedó demasiado fangosa para permitirle ver el pez, y se vio obligado a esperar hasta que el agua se sedimentara.

La persecución se reanudó, y sólo se interrumpió cuando el agua volvió a enfangarse. Desprendió del bulto el cubo de hojalata y se puso a vaciar el estanque. Al comienzo trabajó como un enloquecido, salpicándose y arrojando el agua tan cerca, que volvía a correr hacia el charco. Puso más cuidado, se esforzó por mantenerse sereno, aunque el corazón le latía contra el pecho y le temblaban las manos. Al cabo de media hora el estanque se encontraba casi seco. Apenas quedaba una taza de agua. Y no se veía pez alguno. Halló una grieta oculta entre las piedras, por la cual había escapado al estanque adyacente, más grande, que no podría vaciar en una noche y un día. Si hubiera conocido la existencia de la grieta, la habría tapado con una piedra al principio, y el pez hubiese sido suyo.

Así pensó, y se derrumbó y cayó sobre la tierra mojada. Al comienzo lloró con suavidad, casi para sí; luego el llanto se hizo más fuerte, dirigido a la implacable desolación que lo rodeaba; y después, durante un largo rato, lo sacudieron grandes sollozos secos.

Encendió un fuego y se calentó bebiendo medios litros de agua caliente, y acampó en un saliente rocoso, tal como lo había hecho la noche anterior. Lo último que hizo fue mirar si tenía los fósforos secos y dar cuerda al reloj. Las mantas estaban húmedas y pegajosas. El tobillo le palpitaba de dolor. Pero sólo sabía que tenía hambre, y durante su inquieto sueño soñó con festines y banquetes, y con comida servida y presentada en todas las formas imaginables.

Despertó helado y enfermo. No había sol. El gris de la tierra y el cielo se había acentuado, era más profundo. Soplaba un viento desapacible, y las primeras precipitaciones de nieve blanqueaban las cimas de las colinas. El aire se condensó y se volvió blanco mientras encendía un fuego y hervía más agua. Era nieve húmeda, mitad lluvia, y los copos grandes y empapados. Al principio se fundían en cuanto entraban en contacto con la tierra, pero continuaron cayendo, cubriendo el suelo, apagando el fuego, arruinando su acopio de musgo combustible.

Esa fue la señal para cargar el atado y trastabillar hacia adelante, no, sabía a dónde. No le importaba la tierra de los palos pequeños, ni Bill y el escondrijo debajo de la canoa volcada junto al río Dease. Lo dominaba el verbo “comer”. Estaba loco de hambre. No prestó atención al rumbo que seguía, siempre que lo llevase por tierras cenagosas. Caminó a tientas, por entre la nieve húmeda, hacia las acuosas bayas de muskeg, y se orientó por el tacto para arrancar los juncos de raíz. Pero eran bocados insípidos, y no proporcionaban satisfacción. Encontró unos hierbajos que tenían un sabor agrio, y comió todo lo que pudo hallar, que no era mucho, pues eran hierbas rastreras, que se ocultaban con facilidad debajo de varios centímetros de nieve.

Esa noche no tuvo fuego, ni agua caliente, y se introdujo debajo de las mantas a dormir el espasmódico sueño del hambre. La nevada se había convertido en una lluvia fría. Despertó muchas veces, y la sintió caer sobre el rostro vuelto hacia arriba. Llegó el día, un día gris y sin sol. Había dejado de llover. Ya no experimentaba las punzadas del hambre. Se le había agotado la sensibilidad, por lo menos en lo relativo a su ansia de alimentos. Tenía en el estómago un dolor sordo, pesado, pero no le molestaba tanto. Estaba más racional, y otra vez le interesó en primer lugar la tierra de los palos pequeños y el escondrijo junto al río Dease.

Rasgó en tiras el resto de una de sus mantas, y se vendó los pies sangrantes. Además volvió a atarse el tobillo dislocado y se preparó para un día de marcha. Cuando llegó a su bulto, se detuvo largo rato ante el chato saco de cuero de alce, pero a la postre se lo llevó consigo.

La nieve se había fundido bajo la lluvia, y sólo las cimas de las colinas aparecían blanqueadas. Salió el sol, y el hombre consiguió ubicar los puntos de la brújula, aunque ya sabía que estaba extraviado. Era posible que en sus días anteriores de vagabundeo se hubiese desviado demasiado hacia la izquierda. Se dirigió hacia la derecha, para contrarrestar la posible desviación respecto de su rumbo.

Aunque las dentelladas del hambre no eran ya tan exquisitas, se dio cuenta de que estaba débil. Se vio obligado a detenerse con frecuencia para descansar .y atacar las bayas de muskeg y los agrupamientos de juncos. Sentía la lengua seca y grande, como cubierta de un fino vello, y le dejaba un sabor amargo en la boca. El corazón le daba muchos trastornos. Cuando caminaba unos pocos minutos, iniciaba unos implacables golpes sordos, y luego saltaba y parecía aletear en una dolorosa sucesión de palpitaciones que lo ahogaban y lo hacían sentirse débil y con vértigos.

En mitad del día encontró dos foxinos en un estanque grande. Era imposible vaciarlo, pero ahora estaba más sereno y consiguió atraparlos en su cubo. No eran mayores que su meñique, pero no tenía demasiada hambre. El dolor apagado del estómago se apagaba y atenuaba cada vez más. Casi parecía como si el estómago dormitara. Comió los pescados crudos, masticando con minucioso cuidado, pues el comer era un acto de puro raciocinio. Si bien no tenía deseos de comer, sabía que debía hacerlo para vivir.

Al atardecer pescó otros tres foxinos, comió dos y se reservó el restante para el desayuno. El sol había secado dispersos mechones de musgo, y pudo calentarse con el agua que hirvió. Ese día no había recorrido más de quince kilómetros; y al siguiente, caminando cuando el corazón se lo permitía, hizo apenas ocho. Pero el estómago no le provocaba la menor inquietud. Se le había dormido. Además, se encontraba en una región desconocida, y los caribús abundaban más, y también los lobos. Muchas veces sus gañidos se desplazaban a través de la desolación, y en una ocasión vio a tres de ellos escurriéndose ante su senda.

Otra noche; y por la mañana, ya más racional, desató la correa de cuero que cerraba el chato saco de cuero de alce. De la boca abierta del saco cayó un chorro amarillo de tosco polvo y pepitas de oro. Dividió el oro, más o menos, en dos partes; ocultó una mitad debajo de un saliente, envuelta en un trozo de manta, e introdujo la otra mitad de nuevo en el saco. También comenzó a usar tiras de la manta restante para los pies. Continuaba aferrándose al rifle, pues había cartuchos en el escondrijo del río Dease.

Era un día de neblina, y ese día el hambre volvió a despertar en él. Estaba muy debilitado, y lo aquejaban vértigos que a veces lo cegaban. Ahora no era nada extraordinario que tropezara y cayera; y en una ocasión, al tropezar, cayó de lleno sobre un nido de lagópodos. Había cuatro crías recién empolladas, el día anterior… motitas de vida palpitante que apenas formaban un bocado; y se las comió con voracidad. Se las metió vivas en la boca y las trituró, como si fueran huevos, entre los dientes. La madre aleteó alrededor de él, con grandes gritos. El hombre usó el arma como porra para derribarla, pero lo esquivó y se puso fuera de su alcance. Le arrojó piedras, y por casualidad le quebró un ala. El ave se alejó corriendo, arrastrando el ala, perseguida por él.

Los polluelos no hicieron más que aguzarle el apetito. Brincó y cojeó con torpeza, con el tobillo dislocado, arrojando piedras, y en ocasiones gritando, ronco; otras veces brincaba y cojeaba en silencio, levantándose, hosco y paciente, cuando caía, o frotándose los ojos con la mano cuando el vértigo amenazaba vencerlo.

La persecución lo llevó a través de terrenos pantanosos del fondo del valle, y encontró huellas de pisadas en el musgo empapado. No eran las suyas, eso podía verlo. Debían de ser de Bill. Pero no podía detenerse, pues el lagópodo hembra seguía corriendo. Primero la atraparía, para volver luego a investigar.

Agotó a la hembra; pero él también se agotó. El ave yacía jadeante, de costado. Y él yacía jadeante de costado, a cuatro metros, incapaz de arrastrarse hacia ella. Y cuando se recuperó, también se recuperó el lagópodo, y aleteó fuera de su alcance, cuando la mano hambrienta del hombre se extendió para tomarla. La caza se reanudó. Cayó la noche, y el ave escapó. Él se tambaleó de extenuación y se precipitó de bruces, cortándose la mejilla, el atado a la espalda. No se movió durante un tiempo; luego rodó de costado, dio cuerda al reloj y permaneció allí hasta 1a mañana.

Otro día de niebla. La mitad de su última manta había desaparecido en forma de vendas para los pies. No encontró la pista de Bill. No importaba. El hambre lo impulsaba con demasiada imperiosidad… sólo que… sólo que se preguntó si también Bill estaría extraviado. Al mediodía, la molestia del atado se volvió demasiado oprimente. Volvió a dividir el oro, pero esta vez no hizo más que derramar la mitad en el suelo. Por la tarde arrojó el resto, y ya sólo le quedó media manta, el cubo de hojalata y el rifle.

Empezó a perturbarlo una alucinación. Estaba seguro de que le quedaba un cartucho. Se encontraba en la recámara del rifle, y él no se había acordado de eso. Por otro lado, sabía, al mismo tiempo, que la recámara estaba vacía. Pero la alucinación persistía. Luchó contra ella durante horas enteras, y luego abrió el rifle y se enfrentó al vacío de la recámara. La desilusión fue tan amarga como si en verdad hubiera esperado encontrar el cartucho.

Siguió arrastrando los pies durante media hora, y la alucinación volvió a surgir. Otra vez luchó contra ella, y sin embargo persistió, hasta que, nada más que por el alivio que ello le daría, abrió el rifle para disuadirse. En ocasiones sus pensamientos vagaban, y continuó caminando trabajosamente, como un simple autómata, y extrañas visiones y caprichos le roían el cerebro, como gusanos. Pero estas excursiones fuera de la realidad eran de breve duración, porque siempre los tormentos del hambre lo llamaban de vuelta a ella. En un momento dado regresó de esas excursiones, en forma brusca y con una sacudida, a causa de una visión que casi lo hizo desvanecerse. Se tambaleó y bamboleó, vacilante como un borracho que trata de no caerse. Ante él se veía un caballo. ¡Un caballo! No pudo dar crédito a sus ojos. Había en ellos una densa bruma, salpicada de chispeantes puntos de luz. Se frotó los ojos con furia, para aclarar la visión, y vio, no un caballo, sino un gran oso pardo. El animal lo estudiaba con belicosa curiosidad.

El hombre tenía el rifle a mitad de camino hacia el hombro antes de darse cuenta de lo que hacía. Lo bajó y extrajo su cuchillo de caza de la vaina adornada con cuentas que llevaba a la cintura. Tenía ante sí carne y vida. Pasó el dedo por el filo del cuchillo. Cortaba. La punta era aguzada. Se lanzaría sobre el oso y lo mataría. Pero el corazón inició sus sordos latidos de advertencia. Luego siguió el loco aleteo hacia arriba, y el tamborileo, la presión, como de una tira de hierro, en torno de la frente.

Su desesperada valentía fue expulsada por una gran oleada de temor. En su debilidad,

¿qué sucedería si el animal atacaba? Se irguió hasta su estatura más imponente, apretó el mango del cuchillo y miró con intensidad al oso. Éste avanzó con torpeza un par de pasos, se irguió y emitió un gruñido exploratorio. Si el hombre corría, correría tras él; pero el hombre no corrió. Ahora lo animaba la valentía del miedo. También él lanzó un gruñido terrible, salvaje, que exteriorizaba el miedo afín a la vida y que se encuentra enroscado en torno de las raíces más profundas de la vida.

El oso se escurrió hacia un costado, entre gruñidos amenazadores, aterrorizado él mismo por la misteriosa criatura que se presentaba erguida e impávida. Pero el hombre no se movió. Permaneció como una estatua hasta que pasó el peligro, y entonces se entregó a un acceso de temblores y se dejó caer en el musgo mojado.

Se recuperó y siguió su marcha, asustado ahora en una nueva forma. No era el temor a morir en forma pasiva, por falta de alimentos, sino el de ser destruido con violencia antes que el hambre hubiese agotado en él la última partícula de empeño que lo orientaba hacia la supervivencia. Estaban los lobos. Sus aullidos recorrían la desolación de un lado a otro, tejían en el aire mismo la trama de una amenaza tan tangible, que se sorprendió, los brazos en alto, presionándola hacia atrás, como habría podido hacerlo con las paredes de una tienda azotada por el viento.

Una y otra vez los lobos, en grupos de dos o tres, cruzaban su senda. Pero se apartaban de él. No se encontraban en número suficiente, y además cazaban caribús, que no presentaban combate, en tanto que esa extraña criatura que caminaba erguida podía rasguñar y morder.

Ya entrada la tarde se topó con huesos dispersos, donde los lobos habían matado a su víctima. Los restos pertenecían a lo que media hora antes era un caribú joven, que gritaba y corría, muy lleno de vida. Contempló los huesos, limpios y pulidos, rosados por la vida celular que aún no había muerto en ellos. ¿Podía ser que él terminase del mismo modo, antes que hubiera concluido el día? Así era la vida, ¿eh? Una cosa vana y fugaz. Sólo dolía la vida. No existía dolor en la muerte. Morir era dormir. Representaba cesación, descanso. Y entonces, ¿por qué no se conformaba con morir?

Pero no moralizó durante mucho tiempo. Se hallaba arrodillado en el musgo, con un hueso en la boca, sorbiendo los fragmentos de vida que todavía lo teñían de un rosa pálido. El dulce sabor de carne, tenue y esquivo, casi como un recuerdo, lo enfureció. Apretó las mandíbulas sobre el hueso y trituró. A veces se quebraba el hueso, a veces los dientes. Luego aplastó los huesos entre piedras, los machacó hasta convertirlos en pulpa, y los tragó. También se machacó los dedos, en la prisa, y sin embargo encontró un momento para experimentar sorpresa ante el hecho de que los dedos no le dolieran tanto cuando quedaban atrapados bajo la piedra que descendía.

Llegaron días espantosos de nieve y lluvia. No sabía cuándo acampaba, cuándo levantaba campamento. Viajaba de noche tanto como de día. Descansaba donde se caía, se arrastraba cuando la vida, moribunda en él, parpadeaba en breves chisporroteos y ardía con un poco más de vigor. Ya no se esforzaba como un hombre. Lo que lo empujaba era la vida que había en él, nada dispuesta a morir. No sufría. Los nervios se le habían embotado, entumecido, en tanto que tenía el cerebro repleto de fantásticas visiones y deliciosos sueños.

Pero continuaba succionando y mascando los huesos triturados del caribú, cuyos menores restos había recogido y llevado consigo. Ya no cruzó más colinas ni divisorias, sino que siguió mecánicamente una amplia corriente que fluía a través de un valle ancho y somero. No vio la corriente ni el valle. No veía otra cosa que visiones. El alma y el cuerpo caminaban y se arrastraban una al lado del otro, pero separados, tan delgado era el hilo que los unía.

Despertó en sus cabales, acostado, de espaldas, sobre un saliente rocoso. El sol derramaba luz y calor. A lo lejos escuchó el grito de los caribús más jóvenes. Tuvo conciencia de vagos recuerdos de lluvia y viento y nieve, pero no sabía si la tormenta lo había castigado dos días o dos semanas atrás.

Durante un rato siguió echado sin moverse, con el sol derramándose sobre él y saturando con su calor su desdichado cuerpo. Un hermoso día, pensó.

Quizá conseguiría establecer su ubicación. Con un doloroso esfuerzo, rodó de costado. Debajo de él fluía un río ancho y perezoso. Lo intrigó el hecho de que le resultara tan poco conocido. Lo siguió con los ojos, poco a poco, hasta donde serpenteaba en amplias curvas, entre las yermas colinas desnudas, más yermas y desnudas y bajas que ninguna de las que había encontrado hasta entonces. Poco a poco, en forma deliberada, sin excitación ni mucho más que el interés más casual, siguió el curso de la extraña corriente hasta la línea del horizonte, y la vio vaciarse en un mar brillante y luminoso. Continuaba sin emocionarse. Extraordinario, pensó, una visión o un espejismo; más bien una visión, una treta de su mente trastornada. Así se lo confirmó el espectáculo de un barco anclado en medio del mar refulgente. Cerró los ojos un momento, y los abrió de nuevo. ¡Resultaba extraño que la visión persistiera! Y sin embargo no era extraño. Sabía que no había barcos ni mares en el corazón de las tierras eriales, tal como antes supo que el rifle no contenía cartucho alguno.

Oyó un husmeo detrás de él… un jadeo o tos semiahogados. Muy despacio, debido a su enorme debilidad y envaramiento, rodó hacia el otro costado. No consiguió ver nada cerca, pero aguardó con paciencia. Otra vez se escuchó el husmeo y la tos, y delineada entre dos rocas dentadas, a no más de cinco metros, distinguió la cabeza gris de un lobo. Las agudas orejas no estaban tan levantadas como las había visto en otros lobos; tenía los ojos legañosos e inyectados en sangre; la cabeza parecía caer, floja y desamparada. El animal parpadeaba continuamente a la luz del sol. Daba la impresión de estar enfermo. Mientras lo miraba, volvió a husmear y toser.

Por lo menos esto es real, pensó, y se volvió hacia el otro lado, para poder contemplar la realidad del mundo que se le había ocultado antes de la visión.

Pero el mar continuaba brillando a la distancia, y el barco se discernía con claridad.

¿Entonces eran realidad, en resumidas cuentas? Cerró los ojos durante un largo rato y pensó, y entonces se le ocurrió. Había caminado hacia el nordeste, alejándose de la divisoria del Dease, en dirección del valle Mina de Cobre. Ese río amplio y perezoso era el Mina de Cobre. El mar brillante era el océano Ártico. El barco era un ballenero que se había desviado al este, muy hacia el este, desde la boca del Mackenzie, y se hallaba anclado en el golfo Coronación. Recordó el mapa de la Compañía de Hudson que vio mucho tiempo atrás, y todo le resultó claro y razonable.

Se sentó y dedicó su atención a los asuntos inmediatos. Había desgastado sus vendas de mantas, y sus pies eran informes trozos de carne al rojo vivo.

Ya no le quedaban mantas, ni el rifle, ni el cuchillo. En alguna parte había perdido el sombrero, con el puñado de fósforos en la cinta interior, pero los que llevaba contra el pecho estaban a salvo y secos, dentro de la tabaquera y el papel encerado. Miró su reloj. Marcaba las once y aún funcionaba. Resultaba evidente que lo había mantenido con cuerda.

Se sentía calmo y reposado. Aunque débil en extremo, no experimentaba sensaciones de dolor. No tenía hambre. Ni siquiera le resultaba agradable pensar en comida, y todo lo que hacía lo hacía por imperio de la razón. Se rasgó las perneras de los pantalones asta las rodillas y con las tiras se ató los pies. Quien sabe cómo, había logrado conservar el cubo. Bebería un poco de agua caliente antes de emprender lo que preveía que sería una terrible marcha hasta el barco.

Sus movimientos eran lentos. Temblaba como de fiebre. Cuando se puso a recoger musgo seco, descubrió que no podía incorporarse. Lo intentó una y otra vez, y luego se conformó con arrastrarse a gatas. Una vez se arrastró cerca del lobo enfermo. El animal se salió a desgana fuera de su camino, lamiéndose los belfos con una lengua que apenas parecía tener fuerza suficiente para enroscarse. El hombre vio que la lengua no exhibía el acostumbrado y saludable color rojo. Era de un color pardo amarillento, y parecía cubierta de una mucosidad tosca y semiseca.

Después de beber medio litro de agua caliente, el hombre descubrió que podía ponerse en pie, e inclusive caminar como se supone que camina un moribundo. A cada minuto, más o menos, se veía obligado a descansar. Sus pasos eran débiles e inseguros, como los del lobo que lo seguía; y esa noche, cuando el mar resplandeciente fue borrado por la oscuridad, supo que no se había acercado a él en más de seis kilómetros.

Durante la noche oyó la tos del lobo enfermo, y de vez en cuando los gritos de los caribús mas jóvenes. Había vida en torno de él, pero era vida fuerte, muy viva, y sabía que el lobo enfermo se pegaba a las huellas del hombre enfermo en la esperanza de que éste muriese primero. Por la mañana, al abrir los ojos, lo vio observándolo con una mirada ávida y hambrienta. Se encontraba acurrucado, con la cola entre las piernas, como un perro desdichado y angustiado. Temblaba con el frío viento matinal, y sonrió con desaliento cuando el hombre le habló con una voz que apenas llegaba a ser un ronco susurro.

El sol se elevó, brillante, y durante toda la mañana el hombre se tambaleó y cayó con rumbo al barco anclado en el mar radiante. El tiempo era perfecto. Era el breve veranillo de San Martín de las altas latitudes. Podía durar una semana. O desaparecer al día siguiente, o al otro.

Por la tarde el hombre halló una senda. Era de otro hombre, que no caminaba, sino que se arrastraba en cuatro patas. El hombre pensó que tal vez fuese Bill, pero lo pensó en forma vaga, desinteresada. Carecía de curiosidad. En rigor, ya no existían en él sensaciones ni emociones. Ya no era susceptible al dolor. El estómago y los nervios se le habían dormido. Estaba agotado, pero se negaba a morir. Y porque se negaba a morir continuaba comiendo bayas de muskeg y foxinos, bebía su agua caliente y mantenía una mirada vigilante sobre el lobo enfermo.

Siguió las huellas del hombre que se arrastraba, y pronto llegó al final de ellas… unos pocos huesos recién pelados, en un lugar en que el musgo empapado mostraba las pisadas de muchos lobos. Vio un chato saco de piel de alce, igual al suyo, desgarrado por dientes agudos. Lo recogió, aunque ello resultó casi superior a las posibilidades de sus débiles dedos. Bill lo había cargado hasta el final. ¡Ja, ja! Todavía llegaría a reírse de Bill. Sobreviviría y lo llevaría al barco del mar radiante. Su risa era ronca y horrenda, como el graznido de un cuervo, y el lobo enfermo lo imitó, y lanzó un aullido lúgubre. El hombre se interrumpió de repente. ¿Cómo podría reírse de Bill si eso era Bill; si esos huesos, tan blanquirrosados y limpios, eran Bill?

Se apartó. Bien, Bill lo había abandonado; pero él no tomaría el oro, ni succionaría los huesos de Bill. Si las cosas hubiesen sucedido al revés, Bill lo habría hecho, caviló mientras seguía trastabillando. Llegó a un estanque. Inclinado sobre él, en busca de foxinos, echó la cabeza hacia atrás, como si algo lo hubiese punzado. Había visto el reflejo de su cara. Tan horrible fue la visión, que la sensibilidad despertó lo suficiente como para conmoverse. Había foxinos en el estanque, demasiado grande para desagotarlo; y luego de varios intentos ineficaces para pescarlos en el cubo, desistió. Temía, debido a su enorme debilidad, caerse dentro y ahogarse. Por ese motivo no se lanzó al río, a caballo de los muchos troncos encallados en los bancos de arena.

Ese día disminuyó en cinco kilómetros la distancia que mediaba entre él y el barco ; al día siguiente, en tres, porque ya se arrastraba como lo había hecho Bill; y el final del quinto día encontró al barco todavía a diez kilómetros, y a él incapaz de hacer siquiera un kilómetro y medio diario. El veranillo de San Martín se mantenía, y él siguió arrastrándose y desvaneciéndose en forma alternada; y el lobo enfermo siempre tosía y estornudaba a su espalda. Las rodillas estaban en carne viva, como sus pies, y aunque las acolchó con la camisa, dejaba tras de sí una huella roja, sobre el musgo y las piedras. Una vez, al mirar hacia atrás, vio al lobo, hambriento, lamiendo sus rastros ensangrentados, y se dio cuenta con claridad de cuál podía ser su final… a menos… a menos de que eliminase al lobo. Entonces comenzó una tan torva tragedia de la existencia como jamás se haya representado: un hombre enfermo que se arrastraba, un lobo enfermo que renqueaba, dos criaturas que empujaban su cuerpo agonizante a través de la desolación, y cada una de las dos ansiaba la vida de la otra.

Si hubiese sido un lobo sano, al hombre no le habría importado mucho; pero el pensamiento de alimentar las fauces de esa cosa repugnante y casi muerta le resultó aborrecible. Era puntilloso. Sus pensamientos volvieron a vagar y a ser acosados por alucinaciones, en tanto que sus intervalos lúcidos se hacían cada vez más breves y más raros.

Una vez despertó de un desvanecimiento debido a un jadeo muy cerca de su oreja. El lobo saltó hacia atrás, cojeando, perdió pie y cayó, en su debilidad. Resultó ridículo, pero a él no le divirtió. Ni siquiera sintió miedo. Estaba demasiado extenuado para eso. Pero por el momento sus pensamientos eran claros, y continuó acostado y pensó. El barco se hallaba a no más de seis kilómetros y medio. Lo veía con absoluta nitidez cuando se frotaba los ojos para quitarles la bruma, y podía ver la blanca vela de un botecillo que cortaba el agua del mar refulgente. Pero jamás podría recorrer arrastrándose esos seis kilómetros. Lo sabía, y aceptó el conocimiento del hecho con suma tranquilidad. Sabía que no podía arrastrarse ni medio kilómetro. Y sin embargo quería vivir. Era irrazonable morir después de todo lo que había sufrido. El destino le pedía demasiado. Y agonizante, se oponía a morir. Quizá fuese demencia, pero en las garras mismas de la muerte la desafió, y se negó a desaparecer.

Cerró los ojos y se preparó con infinita precaución. Se obligó a mantenerse por encima de la asfixiante languidez que lamía, como una marea ascendente, todos los rincones de su ser. Se parecía mucho a una ola, esa mortífera languidez que crecía y crecía, y le ahogaba la conciencia poco a poco. En ocasiones quedaba casi sumergido. y nadaba a través del olvido con brazadas vacilantes; y después, por alguna extraña alquimia del alma, encontraba otro fragmento de voluntad y nadaba con mayor energía.

Continuó echado de espaldas, sin moverse, y pudo oír, acercándose despacio, cada vez más, las inspiraciones y espiraciones jadeantes del lobo enfermo.

Se aproximaba a lo largo de la infinitud del tiempo, y él no se movió. Se hallaba junto a su oreja. La áspera lengua seca le raspó la mejilla. Sus manos se dispararon… o por lo menos les ordenó dispararse. Los dedos estaban curvados como garras, pero se cerraron sobre el aire. La velocidad y la precisión exigen energía, y el hombre no la poseía.

La paciencia del lobo era terrible. La del hombre no lo era menos. Durante medio día yació inmóvil, luchando contra la inconsciencia y esperando a la cosa que debía alimentarlo y de la cual deseaba alimentarse. A veces la ola lánguida se elevaba por encima de él, y soñaba largos sueños; pero siempre, a través de todo aquello, del despertar y el soñar, esperaba la respiración acezante y la áspera caricia de la lengua.

No escuchó la respiración, y se deslizó, poco a poco, fuera de un sueño, al sentir la lengua en la mano. Esperó. Los colmillos oprimieron con suavidad; la presión se acentuó; el lobo dedicaba sus últimas fuerzas a clavar los dientes en el alimento que tanto había esperado. Pero el hombre también llevaba esperando mucho tiempo, y la mano lacerada se cerró sobre la mandíbula. Lentamente, mientras el lobo luchaba con debilidad, la otra mano se deslizó para aferrar. Cinco minutos más tarde. todo el peso del cuerpo del hombre caía encima del lobo. Las manos no tenían vigor suficiente para estrangularlo, pero la cara del hombre se apretaba contra la garganta del animal, y la boca del hombre estaba llena de pelos. Al cabo de media hora el hombre tuvo conciencia de un cálido chorro que le caía por la garganta. No era agradable. Parecía plomo fundido que le penetrase por la fuerza en el estómago, y sólo su voluntad consiguió retenerlo. Más tarde el hombre rodó hasta quedar de espaldas, y durmió.

En el ballenero Bedford viajaban algunos miembros de una expedición científica. Desde la cubierta divisaron un objeto extraño en la playa. Se movía en ésta, hacia el agua. No pudieron clasificarlo, y como eran hombres de ciencia, treparon al bote del costado y se dirigieron hacia la costa para investigar. Y vieron algo que estaba vivo, pero que apenas era posible llamar un hombre. Estaba ciego, inconsciente. Se retorcía en el suelo como un monstruoso gusano. La mayoría de sus esfuerzos eran ineficaces, pero se mostraba persistente, y se retorcía y reptaba, y avanzó unos cinco metros en una hora.

Tres semanas más tarde el hombre yacía en un camastro del ballenero Bedford, y con las lágrimas corriéndole por las mejillas macilentas relataba lo que había padecido y quién era. También balbuceó, incoherente, acerca de su madre, del soleado sur de California, y de un hogar entre naranjales y flores.

No pasaron muchos días antes que se sentara a la mesa con los hombres de ciencia y los oficiales del barco. Se regocijó ante el espectáculo de tanta comida, y la observó con ansiedad mientras desaparecía en la boca de los demás. Con la desaparición de cada bocado se asomaba a sus ojos una expresión de profunda congoja. Estaba muy cuerdo, pero a la hora de las comidas odiaba a aquellos hombres. Lo perseguía el temor de que la comida no alcanzara. Interrogó al cocinero, al grumete, al capitán, acerca de las provisiones. Lo tranquilizaron en incontables oportunidades; pero no les creía, y espiaba con astucia en torno del pañol de víveres, para ver con sus propios ojos.

Se advirtió que el hombre empezaba a engordar. Se volvía más rollizo con cada día que pasaba. Los científicos menearon la cabeza y teorizaron. Le limitaron las comidas, pero su cintura seguía engrosando, y se hinchaba en forma prodigiosa por debajo de la camisa.

Los marineros sonreían. Ellos sabían. Y cuando los científicos se dedicaron a vigilarlo, también se enteraron. Lo vieron dirigirse a proa después del desayuno, y como un mendicante, con la palma extendida, abordar a un marinero. Éste le sonrió y le pasó un fragmento de galleta. El hombre la tomó con codicia, la miró como un avaro contempla su oro, y se la guardó debajo de la camisa. Las donaciones de otros marineros sonrientes eran similares.

Los hombres de ciencia se mostraron discretos. Lo dejaron en paz. Pero examinaron su camastro a hurtadillas. Estaba forrado de galleta; el colchón estaba relleno de galleta; cada rincón se hallaba repleto de galleta. Y sin embargo el hombre estaba cuerdo. Adoptaba precauciones en prevención de otro posible período de hambre… eso era todo. Ya se recuperaría, dijeron los científicos; y se recobró antes que el ancla del Bedford cayese con estrépito en la bahía de San Francisco.

Fuente: http://www.elviejotopo.com/topoexpr...

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Genocidios made in Euskadi

Tortuga Antimilitar - 27 January, 2019 - 00:00

César MANZANOS BILBAO, Doctor en Sociología, especialista en criminología.

Bajo la denominación de “Armas Eusko Label para la Guerra” se celebran jornadas y actos en Gasteiz, para denunciar a quienes, con la complicidad de la administración vasca, se están lucrando con el negocio de las guerras mediante la fabricación de armas y su venta a países ricos genocidas y dictatoriales como Israel o Arabia Saudi. Las consecuencias últimas de su fabricación son cuerpos desmembrados, criaturas mutiladas y muertos desparramados que no se muestran por la Euskal Telebista como víctimas de las armas producidas aquí. Tampoco se realizan reportajes de investigación para constatar la evidente relación que tiene la fabricación y venta de armas aquí, con la violación de los derechos humanos allí. Al contrario, se oculta la identidad de los mercaderes de la muerte, se les financia con nuestros impuestos, y se les condecora. De otra parte, las víctimas de los asesinatos, de los genocidios masivos que provoca el complejo militar-industrial vasco, no son homenajeadas, ni siquiera son identificadas y, mucho menos, reconocidas. Son vidas sin valor, despreciadas, inexistentes. Son muertos enterrados en fosas comunes, desplazados deambulando desorientados y muchos de ellos ahogados en el océano.

Una de las consignas de las luchas antimilitaristas que desde finales de los 70 coreábamos era: “las guerras las organizan los ricos y las pierden los pobres”. Y organizarlas, no nos olvidemos, es también provocarlas, crear condiciones materiales de miseria y alimentar los conflictos para crisparlas o justificarlas, con el fin de apropiarse de recursos materiales y fuentes de energía, para impulsar la carrera de armamentos como supuesta necesidad en aras de “la paz mundial”. El objetivo es convertir la historia de la humanidad, en la historia de la guerra contra todo aquello que cuestione los valores supremos del capitalismo, es decir, el sometimiento de toda relación social a la lógica de la acumulación, a la sacralización y defensa a ultranza de la propiedad privada. Para instaurar el mercantilismo de la guerra y las políticas del terror, convirtieron las ideas anticapitalistas y la insurrección armada, en la representación del diablo, cuando no, en símbolos de rebeldía comercializables, para consagrar el atroz imperialismo, desarmar a los pueblos y lucrarse con la industria militar que sin duda mueve la economía mundial y gobierna nuestras cabezas.

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No borders

Tortuga Antimilitar - 27 January, 2019 - 00:00

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Jack London: "Amor a la vida"

Tortuga Antimilitar - 27 January, 2019 - 00:00

Esto quedará, de entre todo:
Vivieron y se esforzaron;
será ganancia esa porción del juego,
aunque ya exista ‘el oro de los dados.

Bajaron por la costa, cojeando, doloridos, y en una ocasión el primero de los hombres trastabilló entre las rocas sembradas al azar. Estaban cansados y débiles, y sus rostros tenían la expresión tensa de la paciencia que viene con las fatigas mucho tiempo soportadas. Iban cargados con fardos envueltos en mantas y amarrados con correas a los hombros. Otra correa les pasaba por la frente, y ayudaba a sostener los bultos. Cada hombre llevaba un rifle. Caminaban en postura encorvada, los hombros bien hacia adelante, la cabeza más adelante aun, los ojos clavados en el suelo.

Ojalá tuviese dos de esos cartuchos que tenemos en nuestro escondrijo -dijo el segundo.

Su voz era total y fatigadamente inexpresiva. Hablaba sin entusiasmo; y el primer hombre, quien se introdujo, cojeando, en la lechosa corriente que espumeaba sobre las rocas, no ofreció respuesta.

El otro le pisaba los talones. No se quitaron los zapatos, aunque el agua estaba helada; tanto, que les dolieron los tobillos y se les entumecieron los pies. En algunos lugares, el agua se les precipitaba hasta las rodillas, y ambos hombres trastabillaban.

El segundo resbaló en una piedra lisa, estuvo a punto de caer, pero se recuperó con un violento esfuerzo, y al mismo tiempo lanzó una exclamación de dolor. Parecía aturdido y con vértigos, y extendió la mano libre mientras se bamboleaba, como buscando

apoyo en el aire. Cuando recobró el equilibrio, se adelantó, pero volvió a tambalearse, y casi cayó. Luego permaneció inmóvil y miró al otro hombre, quien no había vuelto la cabeza.

Se quedó quieto durante un minuto, como si discutiera consigo mismo. Luego exclamó:

Oye, Bill, me disloqué el tobillo.

Bill continuó tambaleándose a través del agua lechosa. No miró en torno. El hombre lo vio alejarse, y si bien su rostro siguió tan inexpresivo como antes, sus ojos eran como los de un ciervo herido.

El otro hombre llegó cojeando hasta la orilla opuesta y prosiguió en línea recta, sin mirar hacia atrás. El hombre del arroyo lo observó. Los labios le temblaban un poco, de modo que la tosca maraña de pelo castaño que los cubría se agitó visiblemente. Inclusive asomó la lengua para humedecerlos.

¡Bill! -exclamó.

Era el grito de súplica de un hombre fuerte en apuros, pero la cabeza de Bill no se volvió. El hombre lo miró irse, cojeando en forma grotesca y tambaleándose hacia adelante, con pasos vacilantes, y subir la suave cuesta hasta la blanda línea del horizonte de la baja colina. Lo vio continuar hasta que llegó a la cima y desapareció al otro lado. Luego desvió la mirada y poco a poco recorrió el círculo del mundo que le quedaba, ahora que Bill se había ido.

Cerca del horizonte, el sol ardía vagamente, casi oscurecido por informes brumas y vapores que daban una impresión de masa y densidad sin contornos o tangibilidad. El hombre extrajo el reloj, mientras apoyaba su peso sobre una pierna. Eran las cuatro, y como la estación se acercaba a finales de julio o principios de agosto -no podía decir la fecha exacta, fuera de una aproximación de una o dos semanas-, sabía que el sol señalaba, más o menos, el noroeste. Miró hacia el sur y supo que en algún lugar de esas yermas colinas se encontraba el lago Great Bear; también supo que en esa dirección el Círculo Ártico se abría su temible paso

a través de los eriales canadienses. El arroyo en que se encontraba era un tributario del río Mina de Cobre, que a su vez fluía hacia el norte y desembocaba en el golfo Coronación y el océano Ártico. Nunca había estado allí, pero una vez lo vio en un mapa de la Compañía de la Bahía de Hudson.

Su mirada volvió a completar el círculo del mundo que lo rodeaba. No era un espectáculo alentador. Por todos lados, la blanda línea del horizonte. Las colinas eran todas bajas. No se veían árboles, ni arbustos, ni hierbas… nada más que una tremenda y terrible desolación, que hizo que el temor se le asomara con rapidez a los ojos.

¡Bill! -susurró una vez, y otra-. ¡Bill!

Se agachó en medio del agua lechosa, como si la vastedad lo presionara con fuerza abrumadora, aplastándolo con su complaciente atrocidad. Comenzó a temblar como de fiebre intermitente, hasta que el arma se le cayó de la mano con un chapoteo. El sirvió para despertarlo. Luchó contra su miedo y se recobró; tanteó en el agua y recogió el arma. Desplazó el bulto más hacia el hombro izquierdo, de modo de eliminar una parte del peso que caía sobre el tobillo dislocado. Luego se encaminó, con lentitud, dolorido, haciendo muecas, hacia la orilla.

No se detuvo. Con una desesperación que era locura, sin prestar atención al dolor, se apresuró a subir la cuesta, hasta la cima de la colina por la cual había desaparecido su compañero, más grotesco y cómico, con mucho, que ese camarada que a su vez cojeaba y se tambaleaba a sacudones. Pero en la cima vio un valle somero, vacío de vida. Luchó otra vez contra su temor, lo superó, se acomodó el bulto aun más hacia la izquierda y descendió la cuesta balanceándose con violencia.

El fondo del valle estaba cubierto de agua, que el denso musgo retenía, como una esponja, cerca de la superficie. El agua brotaba a chorros a cada paso, bajo sus pies, y cada vez que levantaba un pie, la acción culminaba con un ruido de succión, cuando el musgo mojado lo soltaba a desgana. Continuó caminando, saltando de muskeg en muskeg, y siguió las pisadas del otro hombre, a lo largo y a través de los salientes rocosos que se asomaban como islotes en el mar de musgo.

Aunque solo, no estaba perdido. Sabía que más adelante llegaría a un lugar en que abetos abedules muertos, muy pequeños y achaparrados, bordeaban la costa de una laguna, el titchinnchilie, en el idioma de la región, la “tierra de los palos pequeños”. Y a ese lago afluía una reducida corriente cuyas aguas no eran lechosas. En dicha corriente había juncos -eso lo recordaba bien-, pero no madera, y la seguiría hasta que su principal reguero terminara en una divisoria. Cruzaría ésta hasta el primer reguero de otro arroyo que fluía hacia el oeste, y al cual seguiría hasta que se vaciara en el río Dease, donde encontraría un escondrijo bajo una canoa volcada y cubierta por muchas piedras. Y en el escondrijo hallaría municiones para su arma descargada, anzuelos y sedales… todo lo necesario para matar y atrapar alimentos. Y también encontraría harina -no mucha-, un trozo de tocino y algunos fríjoles.

Bill lo esperaría allí, y remarían hacia el sur, Dease abajo, hasta el lago Great Bear. Y seguirían al sur, a través del lago, siempre hacia el sur, hasta llegar al Mackenzie. Y al sur, todavía más al sur, continuarían mientras el invierno los perseguía en vano, y se formaba hielo en los remolinos, y los días se volvían helados y secos, al sur, hacia algún abrigado puesto de la Compañía de la Bahía de Hudson, donde los árboles crecían altos y había inacabables cantidades de alimentos.

Esos eran los pensamientos del hombre, mientras se esforzaba en continuar su marcha. Pero así como empujaba a su cuerpo, con la misma fuerza empujaba a su mente, y trataba de pensar que Bill no lo había abandonado, que sin duda lo esperaría en el escondrijo. Estaba obligado a pensar así, porque de lo contrario no habría tenido sentido esforzarse, y se habría echado en el suelo, a morir. Y cuando la borrosa bola del sol se hundió poco a poco en el noroeste, repasó cada centímetro -y muchas veces- de la huida de Bill y él hacia el sur, por delante del invierno que llegaba. Y examinó una y otra vez los alimentos del escondrijo y los del puesto de la Compañía de la Bahía de Hudson. Hacía dos días que no comía; y durante mucho más tiempo no había comido lo necesario. A menudo se detenía y recogía pálidas bayas de muskeg que se llevaba a la boca, mascaba y tragaba. Ese tipo de bayas son un trocito de semilla cubierto por un poco de agua. En la boca el agua desaparece, y la semilla, al mascarla, es amarga y punzante. El hombre sabía que no contenían alimento, pero las mascó con paciencia, con una paciencia mayor que la experiencia y el conocimiento.

A las nueve se golpeó los dedos de los pies en un afloramiento rocoso, y de puro cansancio y fatiga se tambaleó y cayó. Quedó tendido durante un tiempo, sin movimiento, de costado. Luego se quitó las correas del atado y se arrastró con torpeza hasta quedar sentado. Aún no había oscurecido, y en el ocaso que se demoraba tanteó entre las rocas, en busca de mechones de musgo seco. Cuando reunió una cantidad, encendió un fuego -un fuego que ardía sin llama, humeante- y se puso a hervir un jarro de hojalata con agua.

Desenvolvió su atado, y lo primero que hizo fue contar los fósforos. Tenía sesenta y siete. Los contó tres veces, para estar seguro. Los dividió en varias porciones, los envolvió en papel encerado, guardó una porción en su tabaquera vacía, otra en la cinta interior de su maltrecho sombrero, una tercera bajo la camisa, en el pecho. Hecho eso, se apoderó de él el pánico, y los desenvolvió todos y los contó de nuevo. Seguían siendo sesenta y siete.

Secó junto al fuego su calzado mojado. Los mocasines eran jirones empapados. Los calcetines de tela de manta estaban raídos en varios lugares, y tenía los pies en carne viva y sangrantes. El tobillo le latía, y lo examinó. Se le había hinchado hasta alcanzar el tamaño de la rodilla. Rasgó una larga tira de una de las dos mantas y con ella ciñó fuertemente el tobillo. Rasgó otras tiras y se envolvió los pies, para que le sirvieran a la vez como mocasines y calcetines. Luego bebió el jarro de agua, muy caliente, dio cuerda al reloj y se introdujo entre las mantas.

Durmió como un muerto. Llegó y se fue la breve oscuridad de la medianoche. El sol se elevó en el nordeste… por lo menos el día amanecía en ese sector, pues nubes grises tapaban el sol.

Despertó a las seis, echado de espaldas. Miró al cielo gris y supo que estaba hambriento. Cuando rodó para apoyarse en el codo lo sobresaltó un fuerte bufido, y vio un caribú macho que lo miraba con despierta curiosidad. El animal se hallaba a no más de cinco metros de distancia, y en el cerebro del hombre surgió en el acto la visión y el sabor de carne de caribú chirriando y friéndose sobre el fuego. Tendió maquinalmente la mano hacia el rifle descargado, apuntó y apretó el disparador. El macho bufó y se alejó de un salto; sus cascos repiqueteaban y tamborileaban al huir por sobre los afloramientos de rocas.

El hombre maldijo y arrojó el arma. Gimió en voz alta cuando comenzó a intentar ponerse de pie. Tenía las articulaciones como goznes herrumbrados. Se movían con aspereza, con mucha fricción, y cada flexión se lograba sólo mediante un puro esfuerzo de voluntad. Cuando por fin logró levantarse, consumió un poco más de un minuto en enderezarse, de modo de mantenerse erguido, como debe estarlo un hombre.

Trepó a un pequeño otero y examinó el paisaje. No había árboles, ni arbustos, nada, salvo un mar gris, de musgo, apenas diversificado en rocas grises, lagunitas grises y arroyuelos grises. El cielo era gris. No había sol, ni atisbos de él. No tenía idea de hacia dónde quedaba el norte, y había olvidado el camino por el cual llegó al lugar la noche anterior. Pero no estaba perdido. Eso lo sabía. Pronto llegaría a la tierra de los palos pequeños. Sintió que se encontraba en algún lugar, a la izquierda, no lejos. . . tal vez al otro lado de la próxima loma.

Volvió a dar forma a su atado para el viaje. Se aseguró de la existencia de sus tres porciones separadas de fósforos, aunque no se detuvo a contarlos. Pero se demoró para meditar acerca de un chato saco de cuero de alce. No era grande. Podía ocultarlo bajo las dos manos. Sabía que pesaba siete kilos tanto como el resto de la carga-, y le preocupaba. Por último lo dejó a un lado y se dedicó a enrollar el bulto. Se interrumpió para contemplar el chato saco de cuero. Lo tomó de prisa, con una mirada desafiante en derredor, como si la desolación tratase de despojarlo de él, y cuando se puso de pie para internarse tambaleando en el día, estaba incluido en el atado.

Se orientó hacia la izquierda, y de vez en cuando se detenía para comer bayas de muskeg. El tobillo se le había envarado, su cojera era más pronunciada, pero el dolor no era nada en comparación con el que sentía en el estómago. Los mordiscos del hambre eran intensos. Roían y roían, hasta que no pudo mantener los pensamientos fijos en el rumbo que debía seguir para llegar a la tierra de los palos pequeños. Las bayas de muskeg no mitigaban esas dentelladas, en tanto que le llagaban la lengua y el paladar con su irritante aspereza.

Llegó a un valle en que lagópodos de las rocas se elevaron, con crepitantes aleteos, de los salientes y muskegs. “Quer… quer… quer”, gritaban. Les arrojó piedras, pero no le acertó a ninguno. Dejó su bulto en el suelo y los acechó como un gato acecha a un gorrión. Las agudas rocas le atravesaron las perneras de los pantalones, hasta que las rodillas dejaron un rastro de sangre; pero la herida se perdió en la laceración del hambre. Se arrastró, retorciéndose, sobre el musgo húmedo, se saturó las ropas y se heló el cuerpo; pero no tenía conciencia de ello, tan grande era su fiebre de alimentos. Y siempre los lagópodos se elevaban, chirriando, ante él, hasta que su “quer… quer… quer…” se convirtió en una burla contra él, y los maldijo y les gritó con el mismo grito de ellos.

En un momento dado se arrastró hacia uno que debía de estar dormido. No lo vio hasta que se precipitó hacia arriba, delante de su cara, saliendo de

su escondite entre las rocas. Estiró un brazo tan sobresaltado como el aleteo del lagópodo, y en su mano quedaron tres plumas de la cola. Mientras observaba el vuelo del ave, la odió como si le hubiese hecho algún daño terrible. Luego volvió y cargó con el atado.

A medida que pasaba el día, llegaba a valles o terrenos pantanosos, donde la caza abundaba más. Pasó un grupo de caribús, de veinte y tantos animales, atormentadoramente cerca del alcance del rifle. Experimentó un loco deseo de correr tras ellos, la certidumbre de que podría alcanzarlos. Un zorro negro se dirigió hacia él, llevando un lagópodo en la boca. El hombre gritó. Fue un grito temible, pero el zorro, que se alejó de un salto, asustado, no soltó el lagópodo.

Entrada la tarde, siguió un arroyo, lechoso de cal, que corría entre ralos apiñamientos de juncos. Tomó varios de éstos con firmeza, cerca de la raíz, arrancó lo que parecía un joven brote de cebolla, no más largo que un clavo abismal. Era tierno, y sus dientes se hundieron en él con un crujido que prometía un delicioso alimento. Pero las fibras eran duras. Estaba compuesto de filamentos resistentes, saturados de agua, como las bayas, y carentes de sustancias nutritivas. Se descargó del bulto y se lanzó hacia los juncos, de manos y rodillas, y mordió y mascó, como una criatura bovina.

Estaba muy fatigado, y a menudo deseaba descansar, acostarse y dormir. Pero a cada instante se veía impulsado hacia adelante, no tanto por su deseo de llegar a la tierra de los palos pequeños, como por el hambre. Inspeccionó diminutos estanques en busca de ranas, y cavó la tierra con las uñas en procura de gusanos, aunque sabía que tan al norte no hallaría ranas ni gusanos.

Registró en vano todos los charcos, hasta que, cuando llegaba el prolongado ocaso, encontró un único pez, del tamaño de un foxino, en uno de esos estanques. Hundió el brazo hasta el hombro, pero se le escapé Introdujo las dos manos y removió el fango lechoso del fondo. En su excitación, cayó adentro, mojándose hasta la cintura. Después el agua quedó demasiado fangosa para permitirle ver el pez, y se vio obligado a esperar hasta que el agua se sedimentara.

La persecución se reanudó, y sólo se interrumpió cuando el agua volvió a enfangarse. Desprendió del bulto el cubo de hojalata y se puso a vaciar el estanque. Al comienzo trabajó como un enloquecido, salpicándose y arrojando el agua tan cerca, que volvía a correr hacia el charco. Puso más cuidado, se esforzó por mantenerse sereno, aunque el corazón le latía contra el pecho y le temblaban las manos. Al cabo de media hora el estanque se encontraba casi seco. Apenas quedaba una taza de agua. Y no se veía pez alguno. Halló una grieta oculta entre las piedras, por la cual había escapado al estanque adyacente, más grande, que no podría vaciar en una noche y un día. Si hubiera conocido la existencia de la grieta, la habría tapado con una piedra al principio, y el pez hubiese sido suyo.

Así pensó, y se derrumbó y cayó sobre la tierra mojada. Al comienzo lloró con suavidad, casi para sí; luego el llanto se hizo más fuerte, dirigido a la implacable desolación que lo rodeaba; y después, durante un largo rato, lo sacudieron grandes sollozos secos.

Encendió un fuego y se calentó bebiendo medios litros de agua caliente, y acampó en un saliente rocoso, tal como lo había hecho la noche anterior. Lo último que hizo fue mirar si tenía los fósforos secos y dar cuerda al reloj. Las mantas estaban húmedas y pegajosas. El tobillo le palpitaba de dolor. Pero sólo sabía que tenía hambre, y durante su inquieto sueño soñó con festines y banquetes, y con comida servida y presentada en todas las formas imaginables.

Despertó helado y enfermo. No había sol. El gris de la tierra y el cielo se había acentuado, era más profundo. Soplaba un viento desapacible, y las primeras precipitaciones de nieve blanqueaban las cimas de las colinas. El aire se condensó y se volvió blanco mientras encendía un fuego y hervía más agua. Era nieve húmeda, mitad lluvia, y los copos grandes y empapados. Al principio se fundían en cuanto entraban en contacto con la tierra, pero continuaron cayendo, cubriendo el suelo, apagando el fuego, arruinando su acopio de musgo combustible.

Esa fue la señal para cargar el atado y trastabillar hacia adelante, no, sabía a dónde. No le importaba la tierra de los palos pequeños, ni Bill y el escondrijo debajo de la canoa volcada junto al río Dease. Lo dominaba el verbo “comer”. Estaba loco de hambre. No prestó atención al rumbo que seguía, siempre que lo llevase por tierras cenagosas. Caminó a tientas, por entre la nieve húmeda, hacia las acuosas bayas de muskeg, y se orientó por el tacto para arrancar los juncos de raíz. Pero eran bocados insípidos, y no proporcionaban satisfacción. Encontró unos hierbajos que tenían un sabor agrio, y comió todo lo que pudo hallar, que no era mucho, pues eran hierbas rastreras, que se ocultaban con facilidad debajo de varios centímetros de nieve.

Esa noche no tuvo fuego, ni agua caliente, y se introdujo debajo de las mantas a dormir el espasmódico sueño del hambre. La nevada se había convertido en una lluvia fría. Despertó muchas veces, y la sintió caer sobre el rostro vuelto hacia arriba. Llegó el día, un día gris y sin sol. Había dejado de llover. Ya no experimentaba las punzadas del hambre. Se le había agotado la sensibilidad, por lo menos en lo relativo a su ansia de alimentos. Tenía en el estómago un dolor sordo, pesado, pero no le molestaba tanto. Estaba más racional, y otra vez le interesó en primer lugar la tierra de los palos pequeños y el escondrijo junto al río Dease.

Rasgó en tiras el resto de una de sus mantas, y se vendó los pies sangrantes. Además volvió a atarse el tobillo dislocado y se preparó para un día de marcha. Cuando llegó a su bulto, se detuvo largo rato ante el chato saco de cuero de alce, pero a la postre se lo llevó consigo.

La nieve se había fundido bajo la lluvia, y sólo las cimas de las colinas aparecían blanqueadas. Salió el sol, y el hombre consiguió ubicar los puntos de la brújula, aunque ya sabía que estaba extraviado. Era posible que en sus días anteriores de vagabundeo se hubiese desviado demasiado hacia la izquierda. Se dirigió hacia la derecha, para contrarrestar la posible desviación respecto de su rumbo.

Aunque las dentelladas del hambre no eran ya tan exquisitas, se dio cuenta de que estaba débil. Se vio obligado a detenerse con frecuencia para descansar .y atacar las bayas de muskeg y los agrupamientos de juncos. Sentía la lengua seca y grande, como cubierta de un fino vello, y le dejaba un sabor amargo en la boca. El corazón le daba muchos trastornos. Cuando caminaba unos pocos minutos, iniciaba unos implacables golpes sordos, y luego saltaba y parecía aletear en una dolorosa sucesión de palpitaciones que lo ahogaban y lo hacían sentirse débil y con vértigos.

En mitad del día encontró dos foxinos en un estanque grande. Era imposible vaciarlo, pero ahora estaba más sereno y consiguió atraparlos en su cubo. No eran mayores que su meñique, pero no tenía demasiada hambre. El dolor apagado del estómago se apagaba y atenuaba cada vez más. Casi parecía como si el estómago dormitara. Comió los pescados crudos, masticando con minucioso cuidado, pues el comer era un acto de puro raciocinio. Si bien no tenía deseos de comer, sabía que debía hacerlo para vivir.

Al atardecer pescó otros tres foxinos, comió dos y se reservó el restante para el desayuno. El sol había secado dispersos mechones de musgo, y pudo calentarse con el agua que hirvió. Ese día no había recorrido más de quince kilómetros; y al siguiente, caminando cuando el corazón se lo permitía, hizo apenas ocho. Pero el estómago no le provocaba la menor inquietud. Se le había dormido. Además, se encontraba en una región desconocida, y los caribús abundaban más, y también los lobos. Muchas veces sus gañidos se desplazaban a través de la desolación, y en una ocasión vio a tres de ellos escurriéndose ante su senda.

Otra noche; y por la mañana, ya más racional, desató la correa de cuero que cerraba el chato saco de cuero de alce. De la boca abierta del saco cayó un chorro amarillo de tosco polvo y pepitas de oro. Dividió el oro, más o menos, en dos partes; ocultó una mitad debajo de un saliente, envuelta en un trozo de manta, e introdujo la otra mitad de nuevo en el saco. También comenzó a usar tiras de la manta restante para los pies. Continuaba aferrándose al rifle, pues había cartuchos en el escondrijo del río Dease.

Era un día de neblina, y ese día el hambre volvió a despertar en él. Estaba muy debilitado, y lo aquejaban vértigos que a veces lo cegaban. Ahora no era nada extraordinario que tropezara y cayera; y en una ocasión, al tropezar, cayó de lleno sobre un nido de lagópodos. Había cuatro crías recién empolladas, el día anterior… motitas de vida palpitante que apenas formaban un bocado; y se las comió con voracidad. Se las metió vivas en la boca y las trituró, como si fueran huevos, entre los dientes. La madre aleteó alrededor de él, con grandes gritos. El hombre usó el arma como porra para derribarla, pero lo esquivó y se puso fuera de su alcance. Le arrojó piedras, y por casualidad le quebró un ala. El ave se alejó corriendo, arrastrando el ala, perseguida por él.

Los polluelos no hicieron más que aguzarle el apetito. Brincó y cojeó con torpeza, con el tobillo dislocado, arrojando piedras, y en ocasiones gritando, ronco; otras veces brincaba y cojeaba en silencio, levantándose, hosco y paciente, cuando caía, o frotándose los ojos con la mano cuando el vértigo amenazaba vencerlo.

La persecución lo llevó a través de terrenos pantanosos del fondo del valle, y encontró huellas de pisadas en el musgo empapado. No eran las suyas, eso podía verlo. Debían de ser de Bill. Pero no podía detenerse, pues el lagópodo hembra seguía corriendo. Primero la atraparía, para volver luego a investigar.

Agotó a la hembra; pero él también se agotó. El ave yacía jadeante, de costado. Y él yacía jadeante de costado, a cuatro metros, incapaz de arrastrarse hacia ella. Y cuando se recuperó, también se recuperó el lagópodo, y aleteó fuera de su alcance, cuando la mano hambrienta del hombre se extendió para tomarla. La caza se reanudó. Cayó la noche, y el ave escapó. Él se tambaleó de extenuación y se precipitó de bruces, cortándose la mejilla, el atado a la espalda. No se movió durante un tiempo; luego rodó de costado, dio cuerda al reloj y permaneció allí hasta 1a mañana.

Otro día de niebla. La mitad de su última manta había desaparecido en forma de vendas para los pies. No encontró la pista de Bill. No importaba. El hambre lo impulsaba con demasiada imperiosidad… sólo que… sólo que se preguntó si también Bill estaría extraviado. Al mediodía, la molestia del atado se volvió demasiado oprimente. Volvió a dividir el oro, pero esta vez no hizo más que derramar la mitad en el suelo. Por la tarde arrojó el resto, y ya sólo le quedó media manta, el cubo de hojalata y el rifle.

Empezó a perturbarlo una alucinación. Estaba seguro de que le quedaba un cartucho. Se encontraba en la recámara del rifle, y él no se había acordado de eso. Por otro lado, sabía, al mismo tiempo, que la recámara estaba vacía. Pero la alucinación persistía. Luchó contra ella durante horas enteras, y luego abrió el rifle y se enfrentó al vacío de la recámara. La desilusión fue tan amarga como si en verdad hubiera esperado encontrar el cartucho.

Siguió arrastrando los pies durante media hora, y la alucinación volvió a surgir. Otra vez luchó contra ella, y sin embargo persistió, hasta que, nada más que por el alivio que ello le daría, abrió el rifle para disuadirse. En ocasiones sus pensamientos vagaban, y continuó caminando trabajosamente, como un simple autómata, y extrañas visiones y caprichos le roían el cerebro, como gusanos. Pero estas excursiones fuera de la realidad eran de breve duración, porque siempre los tormentos del hambre lo llamaban de vuelta a ella. En un momento dado regresó de esas excursiones, en forma brusca y con una sacudida, a causa de una visión que casi lo hizo desvanecerse. Se tambaleó y bamboleó, vacilante como un borracho que trata de no caerse. Ante él se veía un caballo. ¡Un caballo! No pudo dar crédito a sus ojos. Había en ellos una densa bruma, salpicada de chispeantes puntos de luz. Se frotó los ojos con furia, para aclarar la visión, y vio, no un caballo, sino un gran oso pardo. El animal lo estudiaba con belicosa curiosidad.

El hombre tenía el rifle a mitad de camino hacia el hombro antes de darse cuenta de lo que hacía. Lo bajó y extrajo su cuchillo de caza de la vaina adornada con cuentas que llevaba a la cintura. Tenía ante sí carne y vida. Pasó el dedo por el filo del cuchillo. Cortaba. La punta era aguzada. Se lanzaría sobre el oso y lo mataría. Pero el corazón inició sus sordos latidos de advertencia. Luego siguió el loco aleteo hacia arriba, y el tamborileo, la presión, como de una tira de hierro, en torno de la frente.

Su desesperada valentía fue expulsada por una gran oleada de temor. En su debilidad,

¿qué sucedería si el animal atacaba? Se irguió hasta su estatura más imponente, apretó el mango del cuchillo y miró con intensidad al oso. Éste avanzó con torpeza un par de pasos, se irguió y emitió un gruñido exploratorio. Si el hombre corría, correría tras él; pero el hombre no corrió. Ahora lo animaba la valentía del miedo. También él lanzó un gruñido terrible, salvaje, que exteriorizaba el miedo afín a la vida y que se encuentra enroscado en torno de las raíces más profundas de la vida.

El oso se escurrió hacia un costado, entre gruñidos amenazadores, aterrorizado él mismo por la misteriosa criatura que se presentaba erguida e impávida. Pero el hombre no se movió. Permaneció como una estatua hasta que pasó el peligro, y entonces se entregó a un acceso de temblores y se dejó caer en el musgo mojado.

Se recuperó y siguió su marcha, asustado ahora en una nueva forma. No era el temor a morir en forma pasiva, por falta de alimentos, sino el de ser destruido con violencia antes que el hambre hubiese agotado en él la última partícula de empeño que lo orientaba hacia la supervivencia. Estaban los lobos. Sus aullidos recorrían la desolación de un lado a otro, tejían en el aire mismo la trama de una amenaza tan tangible, que se sorprendió, los brazos en alto, presionándola hacia atrás, como habría podido hacerlo con las paredes de una tienda azotada por el viento.

Una y otra vez los lobos, en grupos de dos o tres, cruzaban su senda. Pero se apartaban de él. No se encontraban en número suficiente, y además cazaban caribús, que no presentaban combate, en tanto que esa extraña criatura que caminaba erguida podía rasguñar y morder.

Ya entrada la tarde se topó con huesos dispersos, donde los lobos habían matado a su víctima. Los restos pertenecían a lo que media hora antes era un caribú joven, que gritaba y corría, muy lleno de vida. Contempló los huesos, limpios y pulidos, rosados por la vida celular que aún no había muerto en ellos. ¿Podía ser que él terminase del mismo modo, antes que hubiera concluido el día? Así era la vida, ¿eh? Una cosa vana y fugaz. Sólo dolía la vida. No existía dolor en la muerte. Morir era dormir. Representaba cesación, descanso. Y entonces, ¿por qué no se conformaba con morir?

Pero no moralizó durante mucho tiempo. Se hallaba arrodillado en el musgo, con un hueso en la boca, sorbiendo los fragmentos de vida que todavía lo teñían de un rosa pálido. El dulce sabor de carne, tenue y esquivo, casi como un recuerdo, lo enfureció. Apretó las mandíbulas sobre el hueso y trituró. A veces se quebraba el hueso, a veces los dientes. Luego aplastó los huesos entre piedras, los machacó hasta convertirlos en pulpa, y los tragó. También se machacó los dedos, en la prisa, y sin embargo encontró un momento para experimentar sorpresa ante el hecho de que los dedos no le dolieran tanto cuando quedaban atrapados bajo la piedra que descendía.

Llegaron días espantosos de nieve y lluvia. No sabía cuándo acampaba, cuándo levantaba campamento. Viajaba de noche tanto como de día. Descansaba donde se caía, se arrastraba cuando la vida, moribunda en él, parpadeaba en breves chisporroteos y ardía con un poco más de vigor. Ya no se esforzaba como un hombre. Lo que lo empujaba era la vida que había en él, nada dispuesta a morir. No sufría. Los nervios se le habían embotado, entumecido, en tanto que tenía el cerebro repleto de fantásticas visiones y deliciosos sueños.

Pero continuaba succionando y mascando los huesos triturados del caribú, cuyos menores restos había recogido y llevado consigo. Ya no cruzó más colinas ni divisorias, sino que siguió mecánicamente una amplia corriente que fluía a través de un valle ancho y somero. No vio la corriente ni el valle. No veía otra cosa que visiones. El alma y el cuerpo caminaban y se arrastraban una al lado del otro, pero separados, tan delgado era el hilo que los unía.

Despertó en sus cabales, acostado, de espaldas, sobre un saliente rocoso. El sol derramaba luz y calor. A lo lejos escuchó el grito de los caribús más jóvenes. Tuvo conciencia de vagos recuerdos de lluvia y viento y nieve, pero no sabía si la tormenta lo había castigado dos días o dos semanas atrás.

Durante un rato siguió echado sin moverse, con el sol derramándose sobre él y saturando con su calor su desdichado cuerpo. Un hermoso día, pensó.

Quizá conseguiría establecer su ubicación. Con un doloroso esfuerzo, rodó de costado. Debajo de él fluía un río ancho y perezoso. Lo intrigó el hecho de que le resultara tan poco conocido. Lo siguió con los ojos, poco a poco, hasta donde serpenteaba en amplias curvas, entre las yermas colinas desnudas, más yermas y desnudas y bajas que ninguna de las que había encontrado hasta entonces. Poco a poco, en forma deliberada, sin excitación ni mucho más que el interés más casual, siguió el curso de la extraña corriente hasta la línea del horizonte, y la vio vaciarse en un mar brillante y luminoso. Continuaba sin emocionarse. Extraordinario, pensó, una visión o un espejismo; más bien una visión, una treta de su mente trastornada. Así se lo confirmó el espectáculo de un barco anclado en medio del mar refulgente. Cerró los ojos un momento, y los abrió de nuevo. ¡Resultaba extraño que la visión persistiera! Y sin embargo no era extraño. Sabía que no había barcos ni mares en el corazón de las tierras eriales, tal como antes supo que el rifle no contenía cartucho alguno.

Oyó un husmeo detrás de él… un jadeo o tos semiahogados. Muy despacio, debido a su enorme debilidad y envaramiento, rodó hacia el otro costado. No consiguió ver nada cerca, pero aguardó con paciencia. Otra vez se escuchó el husmeo y la tos, y delineada entre dos rocas dentadas, a no más de cinco metros, distinguió la cabeza gris de un lobo. Las agudas orejas no estaban tan levantadas como las había visto en otros lobos; tenía los ojos legañosos e inyectados en sangre; la cabeza parecía caer, floja y desamparada. El animal parpadeaba continuamente a la luz del sol. Daba la impresión de estar enfermo. Mientras lo miraba, volvió a husmear y toser.

Por lo menos esto es real, pensó, y se volvió hacia el otro lado, para poder contemplar la realidad del mundo que se le había ocultado antes de la visión.

Pero el mar continuaba brillando a la distancia, y el barco se discernía con claridad.

¿Entonces eran realidad, en resumidas cuentas? Cerró los ojos durante un largo rato y pensó, y entonces se le ocurrió. Había caminado hacia el nordeste, alejándose de la divisoria del Dease, en dirección del valle Mina de Cobre. Ese río amplio y perezoso era el Mina de Cobre. El mar brillante era el océano Ártico. El barco era un ballenero que se había desviado al este, muy hacia el este, desde la boca del Mackenzie, y se hallaba anclado en el golfo Coronación. Recordó el mapa de la Compañía de Hudson que vio mucho tiempo atrás, y todo le resultó claro y razonable.

Se sentó y dedicó su atención a los asuntos inmediatos. Había desgastado sus vendas de mantas, y sus pies eran informes trozos de carne al rojo vivo.

Ya no le quedaban mantas, ni el rifle, ni el cuchillo. En alguna parte había perdido el sombrero, con el puñado de fósforos en la cinta interior, pero los que llevaba contra el pecho estaban a salvo y secos, dentro de la tabaquera y el papel encerado. Miró su reloj. Marcaba las once y aún funcionaba. Resultaba evidente que lo había mantenido con cuerda.

Se sentía calmo y reposado. Aunque débil en extremo, no experimentaba sensaciones de dolor. No tenía hambre. Ni siquiera le resultaba agradable pensar en comida, y todo lo que hacía lo hacía por imperio de la razón. Se rasgó las perneras de los pantalones asta las rodillas y con las tiras se ató los pies. Quien sabe cómo, había logrado conservar el cubo. Bebería un poco de agua caliente antes de emprender lo que preveía que sería una terrible marcha hasta el barco.

Sus movimientos eran lentos. Temblaba como de fiebre. Cuando se puso a recoger musgo seco, descubrió que no podía incorporarse. Lo intentó una y otra vez, y luego se conformó con arrastrarse a gatas. Una vez se arrastró cerca del lobo enfermo. El animal se salió a desgana fuera de su camino, lamiéndose los belfos con una lengua que apenas parecía tener fuerza suficiente para enroscarse. El hombre vio que la lengua no exhibía el acostumbrado y saludable color rojo. Era de un color pardo amarillento, y parecía cubierta de una mucosidad tosca y semiseca.

Después de beber medio litro de agua caliente, el hombre descubrió que podía ponerse en pie, e inclusive caminar como se supone que camina un moribundo. A cada minuto, más o menos, se veía obligado a descansar. Sus pasos eran débiles e inseguros, como los del lobo que lo seguía; y esa noche, cuando el mar resplandeciente fue borrado por la oscuridad, supo que no se había acercado a él en más de seis kilómetros.

Durante la noche oyó la tos del lobo enfermo, y de vez en cuando los gritos de los caribús mas jóvenes. Había vida en torno de él, pero era vida fuerte, muy viva, y sabía que el lobo enfermo se pegaba a las huellas del hombre enfermo en la esperanza de que éste muriese primero. Por la mañana, al abrir los ojos, lo vio observándolo con una mirada ávida y hambrienta. Se encontraba acurrucado, con la cola entre las piernas, como un perro desdichado y angustiado. Temblaba con el frío viento matinal, y sonrió con desaliento cuando el hombre le habló con una voz que apenas llegaba a ser un ronco susurro.

El sol se elevó, brillante, y durante toda la mañana el hombre se tambaleó y cayó con rumbo al barco anclado en el mar radiante. El tiempo era perfecto. Era el breve veranillo de San Martín de las altas latitudes. Podía durar una semana. O desaparecer al día siguiente, o al otro.

Por la tarde el hombre halló una senda. Era de otro hombre, que no caminaba, sino que se arrastraba en cuatro patas. El hombre pensó que tal vez fuese Bill, pero lo pensó en forma vaga, desinteresada. Carecía de curiosidad. En rigor, ya no existían en él sensaciones ni emociones. Ya no era susceptible al dolor. El estómago y los nervios se le habían dormido. Estaba agotado, pero se negaba a morir. Y porque se negaba a morir continuaba comiendo bayas de muskeg y foxinos, bebía su agua caliente y mantenía una mirada vigilante sobre el lobo enfermo.

Siguió las huellas del hombre que se arrastraba, y pronto llegó al final de ellas… unos pocos huesos recién pelados, en un lugar en que el musgo empapado mostraba las pisadas de muchos lobos. Vio un chato saco de piel de alce, igual al suyo, desgarrado por dientes agudos. Lo recogió, aunque ello resultó casi superior a las posibilidades de sus débiles dedos. Bill lo había cargado hasta el final. ¡Ja, ja! Todavía llegaría a reírse de Bill. Sobreviviría y lo llevaría al barco del mar radiante. Su risa era ronca y horrenda, como el graznido de un cuervo, y el lobo enfermo lo imitó, y lanzó un aullido lúgubre. El hombre se interrumpió de repente. ¿Cómo podría reírse de Bill si eso era Bill; si esos huesos, tan blanquirrosados y limpios, eran Bill?

Se apartó. Bien, Bill lo había abandonado; pero él no tomaría el oro, ni succionaría los huesos de Bill. Si las cosas hubiesen sucedido al revés, Bill lo habría hecho, caviló mientras seguía trastabillando. Llegó a un estanque. Inclinado sobre él, en busca de foxinos, echó la cabeza hacia atrás, como si algo lo hubiese punzado. Había visto el reflejo de su cara. Tan horrible fue la visión, que la sensibilidad despertó lo suficiente como para conmoverse. Había foxinos en el estanque, demasiado grande para desagotarlo; y luego de varios intentos ineficaces para pescarlos en el cubo, desistió. Temía, debido a su enorme debilidad, caerse dentro y ahogarse. Por ese motivo no se lanzó al río, a caballo de los muchos troncos encallados en los bancos de arena.

Ese día disminuyó en cinco kilómetros la distancia que mediaba entre él y el barco ; al día siguiente, en tres, porque ya se arrastraba como lo había hecho Bill; y el final del quinto día encontró al barco todavía a diez kilómetros, y a él incapaz de hacer siquiera un kilómetro y medio diario. El veranillo de San Martín se mantenía, y él siguió arrastrándose y desvaneciéndose en forma alternada; y el lobo enfermo siempre tosía y estornudaba a su espalda. Las rodillas estaban en carne viva, como sus pies, y aunque las acolchó con la camisa, dejaba tras de sí una huella roja, sobre el musgo y las piedras. Una vez, al mirar hacia atrás, vio al lobo, hambriento, lamiendo sus rastros ensangrentados, y se dio cuenta con claridad de cuál podía ser su final… a menos… a menos de que eliminase al lobo. Entonces comenzó una tan torva tragedia de la existencia como jamás se haya representado: un hombre enfermo que se arrastraba, un lobo enfermo que renqueaba, dos criaturas que empujaban su cuerpo agonizante a través de la desolación, y cada una de las dos ansiaba la vida de la otra.

Si hubiese sido un lobo sano, al hombre no le habría importado mucho; pero el pensamiento de alimentar las fauces de esa cosa repugnante y casi muerta le resultó aborrecible. Era puntilloso. Sus pensamientos volvieron a vagar y a ser acosados por alucinaciones, en tanto que sus intervalos lúcidos se hacían cada vez más breves y más raros.

Una vez despertó de un desvanecimiento debido a un jadeo muy cerca de su oreja. El lobo saltó hacia atrás, cojeando, perdió pie y cayó, en su debilidad. Resultó ridículo, pero a él no le divirtió. Ni siquiera sintió miedo. Estaba demasiado extenuado para eso. Pero por el momento sus pensamientos eran claros, y continuó acostado y pensó. El barco se hallaba a no más de seis kilómetros y medio. Lo veía con absoluta nitidez cuando se frotaba los ojos para quitarles la bruma, y podía ver la blanca vela de un botecillo que cortaba el agua del mar refulgente. Pero jamás podría recorrer arrastrándose esos seis kilómetros. Lo sabía, y aceptó el conocimiento del hecho con suma tranquilidad. Sabía que no podía arrastrarse ni medio kilómetro. Y sin embargo quería vivir. Era irrazonable morir después de todo lo que había sufrido. El destino le pedía demasiado. Y agonizante, se oponía a morir. Quizá fuese demencia, pero en las garras mismas de la muerte la desafió, y se negó a desaparecer.

Cerró los ojos y se preparó con infinita precaución. Se obligó a mantenerse por encima de la asfixiante languidez que lamía, como una marea ascendente, todos los rincones de su ser. Se parecía mucho a una ola, esa mortífera languidez que crecía y crecía, y le ahogaba la conciencia poco a poco. En ocasiones quedaba casi sumergido. y nadaba a través del olvido con brazadas vacilantes; y después, por alguna extraña alquimia del alma, encontraba otro fragmento de voluntad y nadaba con mayor energía.

Continuó echado de espaldas, sin moverse, y pudo oír, acercándose despacio, cada vez más, las inspiraciones y espiraciones jadeantes del lobo enfermo.

Se aproximaba a lo largo de la infinitud del tiempo, y él no se movió. Se hallaba junto a su oreja. La áspera lengua seca le raspó la mejilla. Sus manos se dispararon… o por lo menos les ordenó dispararse. Los dedos estaban curvados como garras, pero se cerraron sobre el aire. La velocidad y la precisión exigen energía, y el hombre no la poseía.

La paciencia del lobo era terrible. La del hombre no lo era menos. Durante medio día yació inmóvil, luchando contra la inconsciencia y esperando a la cosa que debía alimentarlo y de la cual deseaba alimentarse. A veces la ola lánguida se elevaba por encima de él, y soñaba largos sueños; pero siempre, a través de todo aquello, del despertar y el soñar, esperaba la respiración acezante y la áspera caricia de la lengua.

No escuchó la respiración, y se deslizó, poco a poco, fuera de un sueño, al sentir la lengua en la mano. Esperó. Los colmillos oprimieron con suavidad; la presión se acentuó; el lobo dedicaba sus últimas fuerzas a clavar los dientes en el alimento que tanto había esperado. Pero el hombre también llevaba esperando mucho tiempo, y la mano lacerada se cerró sobre la mandíbula. Lentamente, mientras el lobo luchaba con debilidad, la otra mano se deslizó para aferrar. Cinco minutos más tarde. todo el peso del cuerpo del hombre caía encima del lobo. Las manos no tenían vigor suficiente para estrangularlo, pero la cara del hombre se apretaba contra la garganta del animal, y la boca del hombre estaba llena de pelos. Al cabo de media hora el hombre tuvo conciencia de un cálido chorro que le caía por la garganta. No era agradable. Parecía plomo fundido que le penetrase por la fuerza en el estómago, y sólo su voluntad consiguió retenerlo. Más tarde el hombre rodó hasta quedar de espaldas, y durmió.

En el ballenero Bedford viajaban algunos miembros de una expedición científica. Desde la cubierta divisaron un objeto extraño en la playa. Se movía en ésta, hacia el agua. No pudieron clasificarlo, y como eran hombres de ciencia, treparon al bote del costado y se dirigieron hacia la costa para investigar. Y vieron algo que estaba vivo, pero que apenas era posible llamar un hombre. Estaba ciego, inconsciente. Se retorcía en el suelo como un monstruoso gusano. La mayoría de sus esfuerzos eran ineficaces, pero se mostraba persistente, y se retorcía y reptaba, y avanzó unos cinco metros en una hora.

Tres semanas más tarde el hombre yacía en un camastro del ballenero Bedford, y con las lágrimas corriéndole por las mejillas macilentas relataba lo que había padecido y quién era. También balbuceó, incoherente, acerca de su madre, del soleado sur de California, y de un hogar entre naranjales y flores.

No pasaron muchos días antes que se sentara a la mesa con los hombres de ciencia y los oficiales del barco. Se regocijó ante el espectáculo de tanta comida, y la observó con ansiedad mientras desaparecía en la boca de los demás. Con la desaparición de cada bocado se asomaba a sus ojos una expresión de profunda congoja. Estaba muy cuerdo, pero a la hora de las comidas odiaba a aquellos hombres. Lo perseguía el temor de que la comida no alcanzara. Interrogó al cocinero, al grumete, al capitán, acerca de las provisiones. Lo tranquilizaron en incontables oportunidades; pero no les creía, y espiaba con astucia en torno del pañol de víveres, para ver con sus propios ojos.

Se advirtió que el hombre empezaba a engordar. Se volvía más rollizo con cada día que pasaba. Los científicos menearon la cabeza y teorizaron. Le limitaron las comidas, pero su cintura seguía engrosando, y se hinchaba en forma prodigiosa por debajo de la camisa.

Los marineros sonreían. Ellos sabían. Y cuando los científicos se dedicaron a vigilarlo, también se enteraron. Lo vieron dirigirse a proa después del desayuno, y como un mendicante, con la palma extendida, abordar a un marinero. Éste le sonrió y le pasó un fragmento de galleta. El hombre la tomó con codicia, la miró como un avaro contempla su oro, y se la guardó debajo de la camisa. Las donaciones de otros marineros sonrientes eran similares.

Los hombres de ciencia se mostraron discretos. Lo dejaron en paz. Pero examinaron su camastro a hurtadillas. Estaba forrado de galleta; el colchón estaba relleno de galleta; cada rincón se hallaba repleto de galleta. Y sin embargo el hombre estaba cuerdo. Adoptaba precauciones en prevención de otro posible período de hambre… eso era todo. Ya se recuperaría, dijeron los científicos; y se recobró antes que el ancla del Bedford cayese con estrépito en la bahía de San Francisco.

Fuente: http://www.elviejotopo.com/topoexpr...

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Una filósofa en la Columna de Durruti: Simone Weil

Tortuga Antimilitar - 26 January, 2019 - 00:00

Niall Binns

Pip Scott-Ellis escribió un diario sobre sus experiencias con el ejército franquista, donde las mujeres seguían desempeñando su papel tradicional de enfermeras. En la zona republicana, sobre todo en los primeros meses, la división de labores bélicas fue distinta. El alistamiento de milicianas antifascistas formaba parte, a su modo, de otra guerra de liberación para las mujeres. Entre las voluntarias extranjeras destaca la figura de Simone Weil (1909- 1943), una joven filósofa parisina, activista en los sindicatos de la Enseñanza en su país, que vino a España empeñada en unirse a la lucha anarquista.

Los escasos fragmentos del diario de Weil ayudan a reconstruir sus días en España. Después de pasar por la ebullición revolucionaria de Barcelona, entusiasmada como todos los que allí llegaron dispuestos a entusiasmarse, fue a Lérida para alistarse en una unidad internacional de la Columna Durruti y salió el día 14 de agosto de 1936 al pueblo de Pina de Ebro en el frente aragonés. Vestida de miliciana —mono azul, pañuelo rojinegro al cuello y con un “pequeño y hermoso mosquetón”—, insistía en no quedarse en la retaguardia, aunque intimidara más bien poco con sus gruesas gafas de intelectual miope y su conocimiento ínfimo de las armas. El día 15 los milicianos informaron a los campesinos de Pina sobre la colectivización de las tierras; el día 16 les habló Durruti; el 17 Weil recibió su fusil, experimentó su primer miedo y su primer bombardeo (se echó en el barro para disparar, aunque volaran demasiado alto los aviones) y cruzó el Ebro con sus compañeros en un reconocimiento del terreno; en la noche del 18 volvieron a cruzar el río para instalarse (y ocultarse) en un pequeño edificio agrícola, donde el delegado de la Unidad le espetó a Weil: “Tú, ¡a la cocina!”. La mañana siguiente ella tuvo tiempo para echarse bajo un árbol y pensar: “Me tumbo de espaldas, miro las hojas, el cielo azul. Un día muy bello. Si me toman, me matarán… Pero es merecido. Los nuestros han vertido sangre suficiente. Soy moralmente cómplice”. Empieza así el cuestionamiento de su papel en la guerra pero hay, de pronto, un corte en el diario. Sabemos que ese mismo día la Unidad fue descubierta y atacada por los nacionalistas, y su edificio alcanzado por un obús. Durante o quizás antes del ataque, Weil, una reacia y obviamente inexperimentada cocinera, se hirió de gravedad al meter un pie en una olla de aceite hirviendo, y tuvo que ser evacuada del frente.

Los últimos fragmentos del diario —que no fue publicado hasta décadas después— los escribió Weil en Sitges, concentrándose sobre todo en las noticias que le llegaban de los fusilamientos y la represión en la retaguardia. Los días de convalecencia habían aumentado las dudas de la filósofa. Más tarde, en su libro póstumo La pesanteur y la grâce (La gravedad y la gracia), hablaría de la búsqueda de un método para oponerse a la ley de la gravedad, no sólo física sino moral, que aplasta al ser humano hacia lo terrestre, empujándolo hacia la maldad (“si no existiera la gravedad, el bien sería natural, y el mal sería fortuito, sorprendente; en virtud de la gravedad, es al revés”), y para así aspirar a la levitación otorgada por la gracia. Fue esa búsqueda quizá, formulada años después, lo que la llevaría a España, seducida por la pureza de los ideales anarquistas. Una nota titulada “Réflexions pour déplaire” (“Reflexiones para desagradar”), probablemente escrita en el mismo año de 1936, muestra con cuánta rapidez se erosionó la seducción: “Voy a sorprender, escandalizar, ya lo sé, a muchos buenos camaradas”. Así comienza el texto, y afirma que la traición de Lenin —en vez de la prometida desaparición del Estado, la construcción de “la máquina burocrática, militar y policial más pesada que jamás haya existido”— se estaba repitiendo en Cataluña: “Allí también vemos, ay, que se están produciendo formas de control y casos de inhumanidad directamente contrarios al ideal libertario y humanitario de los anarquistas”.

Simone Weil en la Columna DurrutiLa mirada crítica más contundente está en el texto más conocido de Weil sobre la guerra, la carta que envió a Bernanos en el año 1938, expresando su simpatía y sintonía total con Los grandes cementerios bajo la luna: “Desde que he estado en España, y después de oír y leer toda clase de consideraciones sobre España, no puedo citar a nadie, con la excepción de usted, que según mis conocimientos se haya bañado en la atmósfera de la guerra española y la haya resistido. Usted es monárquico, discípulo de Drumont. ¿Qué me importa? Usted me es infinitamente más cercano que mis camaradas de las milicias de Aragón, esos camaradas que yo, sin embargo, amaba”. Los puntos en común, a veces precariamente comunes, son varios: Bernanos es católico; a ella, por su parte, “nada católico, nada cristiano” jamás le ha parecido ajeno y “me he dicho a veces que si sólo se pegara en las puertas de las iglesias un cartel que anunciase que se prohíbe entrar a cualquiera que goce de ingresos superiores a tal o cual cantidad, poco elevada, me convertiría en el acto”. Bernanos abandonó Mallorca, horrorizado por la traición de los ideales de la Falange; ella decidió no volver a España después de curarse, al ver que lo que le había parecido una guerra justa “de campesinos hambrientos contra los terratenientes y sus cómplices religiosos” se había convertido en “una guerra entre Rusia, Alemania e Italia”. La Falange se degradó, abriendo las puertas a reclutas totalmente ajenos a su ideario; asimismo, la CNT y la FAI fueron “una mezcla increíble, donde se admitía a cualquiera”. Por último, Weil también ha sentido “ese olor a guerra civil, a sangre y terror” que desprende el libro de Bernanos. Sin embargo, mientras éste dio testimonio de atrocidades que había visto o vivido, la única atrocidad que llegó a ver Weil con sus propios ojos fue el casi fusilamiento de un cura. A pesar de esto, no duda en denunciar las represalias y los fusilamientos en Barcelona (cincuenta por día, dice, frente a los quince diarios en la Mallorca de Bernanos) y narra la historia de un “pequeño héroe”, un “niño” falangista de quince años que prefirió morir antes que aceptar los razonamientos anarquistas y el perdón de Durruti.

Llama la atención la entrega total de Weil a un derechista monárquico de tan vieja escuela, incluso en sus ideas sobre la Francia de la postguerra, y no es extraño que la publicación de la carta en 1950 fuese recibida con indignación por sus excompañeros del frente y condenada como una distorsión y una traición. Sin embargo, tal vez sea inevitable que en la carta a un desconocido uno evite ciertos temas, silencie dudas y opine sin matices; y en ese sentido, como ocurre tantas veces, el traidor verdadero sería el que publica póstumamente una correspondencia personal. De todos modos, lo más valioso de esta carta es la reflexión de Weil sobre cómo la guerra cambia la visión que se tiene sobre el acto de matar o “asesinar”. El entusiasmo y regocijo por haber matado a un cura o un fascista tiene algo de machismo bestial, sin duda, pero hace a Weil meditar sobre la elasticidad de términos como “fascista”: porque si “las autoridades temporales y espirituales excluyen a cierta categoría de gente de la de los seres humanos cuya vida tiene valor”, entonces no hay nada más natural que matarlos, sobre todo cuando se sabe que uno no corre riesgo de ser castigado ni culpado por hacerlo. El contagio de esta falta de respeto por la vida es inmenso: ella afirma haber visto hasta a franceses apacibles, que nunca habrían ido a matar ellos mismos, “bañarse con visible placer en esa atmósfera impregnada de sangre”. Al final, en esas circunstancias, el sentido de la guerra desaparece por completo, porque si ésta se promueve como una lucha para el bien de los hombres, carece de validez en el mismo momento en que la vida de los hombres deja de ser vista como un bien.

De este modo, la guerra española aniquiló para Weil todo atisbo de pureza (o esperanza de gracia) que pudiera encontrar en los ideales de los anarquistas. Si se pierde la pureza de los ideales, es imposible triunfar; imposible, al menos, sustraerse de los efectos de la terrible gravedad.

Fuente: Capítulo del libro de Niall Binns La llamada de España. Escritores extranjeros en la Guerra Civil .

Tomado de: http://www.elviejotopo.com/topoexpr...

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Ecofascismo y militarismo

Tortuga Antimilitar - 25 January, 2019 - 00:00

Crónicas insumisas
Centre d'Estudis per la Pau JM Delàs

Dos causas suponen un peligro vital para la supervivencia de la vida en el planeta. Uno es el cambio climático causado por la acción humana sobre los ecosistemas, con efectos como la emisión de gases invernadero, sobreexplotación de los recursos no renovables, contaminación de las aguas, merma de la biodiversidad que provocan catástrofes medioambientales, sequías, huracanes. Unos y otros que, con el paso del tiempo se intensificarán hasta el extremo de crear grandes conflictos humanos.

La segunda gran causa que pone en peligro a la humanidad son las armas nucleares. Un peligro un tanto olvidado, pero que está ahí, en manos de nueve gobiernos, que pueden utilizar como medio para amedrantar al resto de países del mundo. Un peligro que en manos de esos gobiernos se convierte en una amenaza para la supervivencia. Esto viene al caso por la actitud amenazante de Donald Trump de anunciar la ruptura del (Intermidiate Nuclear Forces), firmado entre Ronald Reagan y Mijail Gorbatxov en 1987. Tratado que alejó del suelo europeo la posibilidad de una guerra nuclear, pues hasta entonces, las dos potencias habían instalado misiles nucleares, de corto y medio alcance (de 500 a 5.500 km), a ambos lados de la frontera que dividía Europa durante la Guerra Fría. Si ese acuerdo se rompe, la amenaza nuclear volverá a Europa.

Esta amenaza tiene su causa en el afán de dominar, otros dirán controlar, la geopolítica mundial, y así extraer beneficios para sus sistemas de vida, que en todos los casos son de capitalismo. Pero ya es sabido, que los capitalistas rivalizan entre ellos, y llegado el caso, también se hacen la guerra. Así, Estados Unidos amenaza a Rusia y China. Y estas dos, responden con alianzas para responder con sus mismas armas a Estados Unidos y a sus aliados. Y en este sentido, todos ellos, llevan a cabo un reforzamiento de las capacidades militares de sus potencias, convirtiendo sus fuerzas armadas en un bastión ofensivo y defensivo (ambos a la vez) frente al resto de potencias con quienes rivalizan por el control recursos y mercados.

Es decir, hay un militarismo creciente en las grandes potencias que amenaza la supervivencia humana en el planeta.

Pero la amenaza del cambio climático y la competición por el control de los recursos, agua, minerales, hidrocarburos, tierras cultivables, también está emparentado directamente con el militarismo de las grandes potencias. Pues no se debe olvidar que, para el control de esos recursos, o para mantener los efectos secundarios del cambio climático, sequías, falta de agua, aumento del nivel del mar, derivaran en conflictos internos en muchos países, y a su vez, en masivas migraciones hacia los países enriquecidos. Los cuales, ya están en alerta, y entre los peligros a su seguridad, como rezan documentos oficiales, hacen constar, el cambio climático, las sequías, las pandemias y las migraciones, y arbitran como respuesta, fortalecer sus fronteras con mayor presencia de fuerzas policiales y militares. Ahí están la proliferación de muros, policías fronterizas y especialmente las fuerzas armadas militares patrullando por tierra, mar y aire.

Por tanto, se están militarizando las respuestas entre los países enriquecidos que compiten por el control de la hegemonía mundial. Y a su vez, militarizan las causas que su modelo económico provoca sobre los países empobrecidos.

Esto lo podemos denominar como ecofascismo, pues puede convertir como norma de gobierno en los países enriquecidos, el autoritarismo, el recorte de libertdes y la intolerancia, especialmente hacia los diferentes, es decir, los migrantes. Todo ello para conservar un estilo de vida a cuesta de la mayoría empobrecida de la población mundial. Un ecofascismo que necesitará de un militarismo cada vez más beligerante para mantener los privilegios de las élites que hoy gobiernan el mundo.

Si no ponemos remedio, el mundo orwelliano está ahí.

Público

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Contra la OTAN en Canarias

Tortuga Antimilitar - 25 January, 2019 - 00:00

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Rita Segato: "El feminismo punitivista puede hacer caer por tierra una gran cantidad de conquistas"

Tortuga Antimilitar - 25 January, 2019 - 00:00

Por Camila Alfie

En la Argentina, como lo demostró ayer Thelma Fardin, las mujeres ya no nos callamos más. Contra el acoso, la violencia y la justicia patriarcal, el escrache, ya sea anónimo o con nombre y apellido, se posicionó como un dispositivo para alertar de posibles violentos, pero también como una búsqueda de ajusticiamiento mediante la condena social. A través de este método, que virtualmente está en manos de todos y todas, hemos visto caer desde ídolos rockeros hasta actores -Juan Darthés, el último-, docentes prestigiosos, cuadros políticos de organizaciones y partidos, todo tipo de “ciudadanos de a pie”. Sin embargo, dispara interrogantes que todavía no parecen saldados: ¿Podemos ponerlo en duda? ¿Puede el punitivismo, frente a la impunidad, ser una forma de “justicia popular”?

Este fin de semana se celebró en La Plata la cuarta edición del Encuentro Latinoamericano de Feminismos, donde la antropóloga Rita Segato junto la periodista e integrante de HIJOS Lucía García Itzigsohn, entre otras invitadas, debatieron acerca de estas cuestiones en la rueda “Seguimos persiguiendo justicia —  Homenaje a Chicha Mariani”. En conjunto, abordaron cuestiones como la búsqueda de una reparación, el significado de la memoria, y repasaron la historia del escrache como método de lucha; sin embargo, la charla terminó con más interrogantes que respuestas.

Itzigsohn, que contó su experiencia como hija de detenidos desaparecidos, sostuvo que estas acciones surgieron “como una instancia de justicia en acto, perfomática”. “Hoy estoy en otra posición, la vía institucional es importante porque inscribe las cosas en otro nivel”, señala, y recuerda: “Nosotros hacíamos una investigación copiada de las Abuelas. Íbamos a las casas y hacíamos guardia, trabajábamos con los vecinos, les contábamos que íbamos a marcar ese domicilio”, previo al momento de la icónica bombita roja. “Era un momento festivo”, con murga incluida: “Bailábamos, porque podíamos transformar la impunidad en algo que poníamos en la discusión social. Era una catarsis colectiva”.

Si hay o no reparación, Itzigsohn define que la violencia es justamente “lo irreparable”; sin embargo, poder sanar colectivamente y vivir desde el cuerpo que lo que le había pasado a ella también lo atravesaron otros, le permitió “una línea de fuga del lugar de víctima”.

Para la antropóloga Rita Segato, el “bien colateral” de la dictadura fue justamente eso: escenas como la de los escraches, que promocionaron el debate para desarrollar así una inteligencia social “más sofisticada”, que permitió “salir de los lugares comunes”, y promovió que las mujeres profundicen “una nueva forma de hacer política”, que reafirma: “Surgió con las Madres”. Por eso, para ella, los homicidios de Berta Cáceres y de Azucena Villaflor fueron femicidios; aunque muchos hombres fueron asesinados por las mismas causas, señala que la diferencia radica en que lo que se quería matar “era un estilo de hacer política, una politicidad propia de las mujeres”.

Sin embargo, menciona que estos métodos usados en el período de post-dictadura “nunca fueron un linchamiento”, sino el fruto de “un convenio colectivo a través del cual concluyeron que había que llegar a un castigo”: aunque no hubo una instancia judicial, sí hubo una de “juicio justo”. Por eso reconoce que “desde el feminismo podría haber una instancia de juicio justo”, -en vez de las escraches como se los conoce ahora, -“como una asamblea, para que la situación no sea un linchamiento sin sumario”. “Si defendemos el derecho al proceso de justicia, nuestro movimiento no puede proceder de esa forma que ha condenado”.

Para ella, la impunidad radica en que ahora es exhibida como un show, como en el caso de Lucía Pérez, donde se le dijo a la gente que “el mundo tiene dueños”, y que ellos “no van a ceder ante ningún pedido de la sociedad”: hay un “mensaje de la dueñidad”, donde lo que queda en claro es que “la institucionalidad” es una ficción.

“Entonces, ¿qué es lo contrario a la impunidad? ¿El punitivismo?”, se pregunta Rita. Sabiendo que estaba entrando en un terreno complicado, invitó a salir “de los binomios mas paridos, como el abolicionismo o el regulacionismo, que simplifican la realidad”. Y agregó: “No quiero un feminismo del enemigo, porque la política del enemigo es lo que construye el fascismo. Para hacer política, tenemos que ser mayores que eso”. “Antes de ser feminista soy pluralista, quiero un mundo sin hegemonía. Lo no negociable es el aborto y la lucha contra los monopolios que consideran que hay una única forma del bien, de la justicia, de la verdad: eso es mi antagonista”, describió. Para la investigadora, “el feminismo punitivista puede hacer caer por tierra una gran cantidad de conquistas”, es “un mal sobre el que tenemos que reflexionar más”, y recuerda la violencia que se vive en las prisiones: “¿Puede un estado con las cárceles que tiene hacer justicia? Esa no puede ser la justicia; ser justo con una mano y ser cruel con la otra”.

Profundizando este concepto, la antropóloga expuso que hay que tener “cuidado con las formas que aprendimos de hacer justicia” desde lo punitivo, que están ligadas a la lógica patriarcal. El desarrollo del feminismo, recalca, no puede “pasar por la repetición de los modelos masculinos”. Frente a eso, sabe que la respuesta no es fácil: “No hay una solución simple, pero es necesario pensar más y estar en un proceso constante. Cuando el proceso se cierra, es decir, cuando la vida se cierra, se llega a lo inerte”, en cambio, “la política en clave femenina es otra cosa, es movimiento”.

Además, señaló que “la única forma de reparar las subjetividades dañadas de la víctima y el agresor es la política, porque la política es colectivizarte y vincular”, propuso Segato. “Cuando salimos de la subjetividad podemos ver un daño colectivo”, y eso no puede curarse “si no se ve el sufrimiento en el otro”. Por eso, considera clave el proceso de debate y búsqueda de justicia: “Fuimos capturadas por la idea mercantil de la justicia institucional como producto y eso hay que deshacerlo. Perseguimos la sentencia como una cosa, y no nos dimos cuenta que la gran cosa es el proceso de ampliación del debate”.

Fuente: http://www.agenciapacourondo.com.ar...

Ver también en Tortuga:

Somos feministas porque somos antimilitaristas

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Diálogo, negociación y reconciliación para Venezuela

Tortuga Antimilitar - 24 January, 2019 - 21:33

Desde el Grup Antimilitarista Tortuga seguimos desde hace años, con atención y preocupación, el proceso que recorre la política y la sociedad venezolana. Nos resulta triste y lamentable, tanto el laberíntico conflicto de legitimidades institucionales, como el largo bloqueo económico que mantiene en situación de pobreza y desabastecimiento a la población. Por no citar las diferentes injerencias internacionales o el recurso a la violencia por parte de los diferentes actores. Nos resulta digna de especial preocupación, entre otras razones, a causa de sus inquietantes posibilidades de desembocar en una sangrienta conflagración, la situación generada estos días a raíz de la autoproclamación presidencial del líder a la Asamblea Nacional. Hecho que, a tenor de los sucesos de las jornadas previas y de las rápidas reacciones de diferentes gobiernos y actores internacionales, parece claro que tiene un carácter orquestado y consideramos que puede definirse como golpe de estado encubierto. Ante todo ello, queremos hacer algunas precisiones.

Cabe poner en tela de juicio cualquier apropiación del concepto "pueblo venezolano". Tanto el chavismo, o movimiento bolivariano, como las fuerzas definidas como "oposición", han dado sobradas muestras de gozar de un gran apoyo popular: con demostraciones públicas de masas en las calles, y también con estruendosas victorias electorales. Todas estas personas, simpatizantes de una y otra causa, o de ninguna de ellas, constituyen el pueblo de Venezuela. Atribuir esa definición tan solo a una de las dos partes es liza es, simplemente, mentir.

En este tipo de litigios es corriente el empleo del recurso de acusar de "violenta" a la parte contraria con el fin de negarle legitimidad ante la opinión pública. De ahí, entre otras cosas, la alimentación y utilización partidista de determinadas organizaciones de "derechos humanos". En este caso hay que decir que no existe parte alguna que se haya abstenido de violencia. Aunque, bien es cierto, la gran mayoría de acción ciudadana en apoyo de una u otra causa ha consistido en la gran manifestación de carácter pacífico, no han escaseado, tampoco por ninguna de las dos partes, los ataques violentos contra personas y bienes materiales. El sector chavista, además, cuenta en su favor -y utiliza- la maquinaria militarista del estado: ejército y policía. Por no hablar de los tribunales. El sector antigubernamental, por su parte, ha utilizado su poder económico para arrasar la economía del país, hecho que ha tenido gran incidencia en todas las capas sociales, especialmente las más vulnerables, y es la causa principal de fenómeno de emigración que sacude el país. Ello sin olvidar las voces que reclaman una acción militar extrajera, suceso que hoy está más cerca que ayer de producirse.

Resulta lamentable, también, la falta de voluntad negociadora, y el diálogo de sordos y la huida hacia adelante en que parecen empeñados los líderes y portavoces de ambas facciones. Da mucho que pensar la acción de diferentes poderes fácticos de dentro (ejército, iglesia católica...) y de fuera (EEUU, Rusia, Unión Europea, OEA...), alimentando el conflicto en lugar de ayudar a su aminoración. Parece claro que diversos intereses geoestratégicos, entre los que destaca el control de sus importantes yacimientos petrolíferos, para todos estos agentes tienen un lugar preferente frente a la situación en que pueda llegar a encontrarse -ahora sí- el pueblo de Venezuela.

Desde nuestro pequeño colectivo antimilitarista hacemos un llamamiento a la cordura y al diálogo. Sólo la negociación y el acuerdo entre las diversas partes puede alumbrar un futuro menos sombrío para la población venezolana. Somos conscientes de las enormes dificultades que tiene este posible proceso, especialmente ante los fuertes intereses económicos en juego. No olvidamos que en un contexto de mundo capitalista, los intereses del dinero priman sobre los de las personas. No obstante, estamos en un caso en que solo el diálogo, el concierto y la voluntad de reconciliación pueden aportar vías de solución. La victoria de cualquiera de las partes sobre la otra, en esta situación, solo puede ser sinónimo de revanchismos, de represión y de cierre en falso (aplazamiento) del problema. Apostamos, como decimos, por el diálogo, y, especialmente, por dar voz y participación directa en la política -hay formas para ello- a todo el pueblo de Venezuela.

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Así se deteriora el cerebro de una persona en aislamiento penitenciario

Tortuga Antimilitar - 24 January, 2019 - 00:00

"Sobre la base de los importantes efectos psicológicos que produce, consideramos que el aislamiento por períodos superiores a 15 días debe ser eliminado", explican los neurólogos Richard Smeyne y Michael Zigmond

Teguayco Pinto

"La gente me pregunta si estoy loco o no… No me volví psicótico, pero si pasas 23 horas al día en una celda de 2 por 3 metros, da igual el aspecto que tengas por fuera, no estarás cuerdo". En 1973, el preso Robert King entró en una celda de aislamiento de la penitenciaría Angola, en Louisiana (EEUU). No volvería a salir hasta 2001, casi tres décadas después. El pasado 4 de noviembre, King ofreció su testimonio en una de las ponencias de la reunión anual de la Sociedad Americana de Neurología, una presentación en la que varios investigadores mostraron sus resultados sobre el impacto del aislamiento en el cerebro de los presos.

La ponencia se anunció con un pequeño texto en el que se aseguraba que, "como animales sociales, nuestra salud depende de la interacción con los demás, sin embargo, millones de personas sufren de aislamiento crónico, del cual el aislamiento penitenciario es un ejemplo extremo". En la actualidad, miles de personas en todo el mundo sufren este tipo de aislamiento y se estima que solo en EEUU hay unas 80.000. En España, más de 2.000 presos pasan cada año por este castigo y más de un centenar permanecen aislados más de 21 horas al día de forma indefinida.

La preocupación por la salud de los presos en aislamiento no es nueva, ya en 1842, durante su viaje por EEUU, Charles Dickens visitó una prisión y describió a los presos en aislamiento con "tics nerviosos, dificultad para fijar la mirada o para mantener una conversación, postura acobardada y nerviosismo". Al terminar la visita, el escritor inglés describió el aislamiento como una "lenta y diaria manipulación de los misterios del cerebro" y concluyó que era algo "inconmensurablemente peor que cualquier tortura del cuerpo".

Más allá de las licencias literarias de Dickens, sus observaciones no estaban muy desencaminadas. Varios estudios publicados durante los últimos años han demostrado que el aislamiento puede generar importantes problemas de salud incluso en los reclusos que empiezan el aislamiento en buen estado. "Gracias a muchos estudios sabemos que el aislamiento induce una serie de cambios psicológicos que van desde la depresión hasta la psicosis", explican a eldiario.es los neurólogos Richard Smeyne y Michael Zigmond, dos de los ponentes que participaron en la sesión junto a King.

Daños en el cerebro de las personas aisladas

Sin embargo, más allá de los importantes problemas psicológicos que el aislamiento puede generar, los investigadores también creen que la falta de interacción social puede provocar un deterioro del cerebro. "Aunque no podemos observar directamente los cerebros de estos individuos, podemos inferir cambios basados en los efectos que vemos en estudios en animales", explica Smeyne, director del Centro Integral sobre la Enfermedad de Parkinson de la Universidad Thomas Jefferson (EEUU).

A través de sus investigaciones en ratones, Smeyne y Zigmond han observado "cambios en la estructura de las neuronas y una reducción del volumen de las mismas de alrededor del 20%" en tan solo un mes de aislamiento. Si el confinamiento se prolonga hasta los tres meses, "estos cambios progresan hasta alcanzar una pérdida de aproximadamente el 20% de la región de contacto sináptico de la célula nerviosa", aseguran ambos investigadores.

Estudios anteriores también han demostrado que el estrés asociado al aislamiento puede generar alteraciones en el cerebro. Según una revisión de estudios publicada en Nature Neuroscience, "la exposición crónica a las hormonas del estrés tiene un impacto en las estructuras cerebrales involucradas en la cognición y la salud mental", particularmente en el hipocampo, un área cerebral importante para la memoria, la orientación espacial y la regulación de las emociones.

Analizando el caso de King, así como el de muchos otros presos, los investigadores han concluido que algunas de estas alteraciones pueden no ser reversibles y dejar secuelas a largo plazo. "Las conversaciones con personas que han permanecido aisladas durante largos períodos de tiempo sugieren que los déficits que se producen como consecuencia del aislamiento pueden ser permanentes", explica Smeyne.

Mayor riesgo de muerte prematura y suicidio

Este deterioro de la salud mental de los reclusos aislados termina influyendo en su esperanza de vida y así lo refleja una revisión de estudios publicada en 2015, que mostró que un ser humano confinado, sin contacto social de ningún tipo, tiene un 26% más de probabilidad de sufrir una muerte prematura. Según los autores de esta revisión, el riesgo asociado con el aislamiento social es comparable con otros factores de riesgo bien establecidos, como el consumo de drogas o la falta de acceso a la atención médica e incluso es mayor que el asociado a la obesidad.

En otra revisión de estudios reciente también se ha determinado el incremento en el riesgo de suicidio de las personas socialmente aisladas. Según los autores de esta revisión, "los datos de los estudios observacionales sugieren que el aislamiento social objetivo debe ser incorporado en la evaluación del riesgo de suicidio".

Raquel fue una de esas presas que no soportó el aislamiento. El 11 de abril de 2015 se quitó la vida en su celda del Departamento Especial de Régimen Cerrado de la prisión de Brians I, en Barcelona, tras nueve meses consecutivos de aislamiento. Según la familia, que ha denunciado a la Generalitat, los servicios psicológicos de la cárcel eran conscientes del "deterioro emocional" de la reclusa, pero no aplicaron en ningún momento el protocolo para la prevención de suicidios.

España incumple las recomendaciones de la ONU

En España, la ley penitenciaria permite hasta 42 días seguidos de régimen de aislamiento en caso de sanción disciplinaria, un medida que casi triplica la recomendación del Comité contra la Tortura de Naciones Unidas (CAT, por sus siglas en inglés), que establece un máximo de 15 días seguidos y que solo indica esta medida como extraordinaria.

Este límite está apoyado por los resultados de varios estudios científicos, incluidos los que presentaron Smeyne y Zigmond a principios de este mismo mes junto a Robert King. "El hecho de que veamos alteraciones cerebrales en tan solo un mes de aislamiento sugiere que los cambios son rápidos", afirman ambos investigadores e insisten en que "sobre la base de los importantes efectos psicológicos que produce, consideramos que el aislamiento por períodos superiores a 15 días debe ser eliminado".

Sin embargo, Raquel estuvo mucho más de 15 días encerrada, incluso más de los 42 que estipula la ley, ya que existe una excepción, el primer grado. Este régimen especial se aplica en casos de "peligrosidad extrema o manifiesta inadaptación a los regímenes ordinarios" y permite que el aislamiento se prolongue de forma indefinida. En la actualidad hay poco más de un centenar de presos en esta situación en las cárceles españolas. Algunos de ellos, pasarán casi toda su condena en aislamiento.

El Diario

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El Xop de Planes y el difícil futuro de las fiestas populares

Tortuga Antimilitar - 23 January, 2019 - 00:00

Pablo San José
Tortuga

Tiene lugar a lo largo de esta semana, en un juzgado de lo penal de Alacant, el juicio contra el alcalde y el concejal de fiestas de la localidad de Planes. Planes es un hermoso municipio de la montaña alicantina, cuya población censada está en torno a los 800 habitantes. Se les acusa de homicidio imprudente y lesiones, y se pide para ellos la pena de un año y tres meses de prisión. Petición de condena que la acusación particular eleva a dos años y nueve meses. Se les juzga a causa de un suceso acaecido en una plaza del pueblo en mayo de 2012, cuando se celebraba la "Plantà del Xop", una tradición similar a la "Fiesta de los Mayos", que se celebra ancestralmente en numerosos pueblos de toda la geografía ibérica y que tiene orígenes antiquísimos. Aquel fatídico día, en Planes, cuando los "quintos", como cada año, procedían a colocar manualmente el Xop, con ayuda de unas grandes cuñas de madera, en el agujero habilitado para ello en la plaza, el árbol resbaló, cayendo sobre el público congregado. El trágico resultado fue de una persona fallecida y otra con una pierna rota.

Siete años después -acusados por la fiscalía y por la madre de la víctima mortal- se sientan en el banquillo el alcalde y el edil de deportes, quienes, según cuenta el Diario Información, ni siquiera estaban en el pueblo aquel día. Se les acusa en razón de sus cargos, como representantes del ayuntamiento, por no haber adoptado éste las pertinentes medidas de seguridad (presencia de protección civil y ambulancias, plan de prevención de riesgos, etc.). En su descargo, el alcalde, Javier Sendra, afirmaba ayer que «se ha hecho así de toda la vida y nadie nunca nos había avisado de que tuviéramos que adoptar alguna medida de seguridad más». Palabras que se unen a las que pronunció poco días después del luctuoso hecho, al ser preguntado sobre si extremaría las medidas de seguridad en ediciones venideras: "este acto se realiza de forma manual desde siempre porque si traemos una grúa, ¿qué sentido tiene celebrar la fiesta?" También recordó que la Plantà del Xop es una fiesta anual que no organiza el ayuntamiento sino la juventud del pueblo, "los quintos", limitándose el ayuntamiento a cortar las calles, pagar la orquesta de la verbena o ceder un local en el que se guarda el utillaje empleado cada año en la plantà.

Al hilo de estos hechos, me viene a la mente la reflexión acerca de cómo todo, en nuestra sociedad, se normativiza y judicializa. Cualquier desviación de lo políticamente correcto, cualquier asomo de riesgo para algún participante o cualquier posibilidad de que alguna persona concreta aproveche el acontecimiento en cuestión para excederse de alguna forma, se convierten en la excusa para señalar la fiesta, costumbre o tradición que sea, y exigir su adaptación máxima a los estándares de seguridad, corrección y moderación. Estándares que están regulados por "la autoridad competente" y tienen forma de permisos que se conceden o se niegan arbitrariamente, y de requisitos de "seguridad" (vigilancia, atención médica, logística, contratación de seguro...) que, tanto por su coste económico, frecuentemente inasumible, como por los elementos distorsionadores del evento tradicional a cuya presencia se obliga (verbigracia una grúa para colocar el mayo), provocan que tales actos dejen de celebrarse. La Plantà del Xop de Planes, por ejemplo, no se celebra desde que tuvo lugar el accidente. De esta forma, todo lo que es fiesta popular y autogestionada, incluyendo, como se dice, tradiciones que se llegan a remontar a épocas prehistóricas, va siendo sometida, paulatinamente, a la censura administrativa. Finalmente, una a una, estas celebraciones populares van siendo coaptadas por las administraciones locales, que pasan a ser así sus principales organizadoras, siendo sus funcionarios -y no la gente- quienes las gestionan (transformadas, o travestidas, como se quiera) con el dinero municipal. Eso en el mejor de los casos, porque en el peor -nada infrecuente- simplemente desaparecen.

Por otra parte cabe hablar también de la denuncia judicial. Quienes ya tenemos algunos años y cierta perspectiva, no podemos dejar de asombrarnos de algunos de los cambios sociales que observamos. Cualquier hecho que, hace unas décadas, se consideraba un accidente, un imponderable, una fatalidad que, principalmente, concitaba muestras de condolencia y solidaridad entre las personas cercanas a las víctimas, hoy es, en todos los casos, motivo para buscar culpables, exigir castigos y, si se es parte afectada, tratar de obtener compensaciones económicas. Estos comportamientos están alumbrando un tipo de sociedad fundada en la desconfianza y el interés. Unido a lo que trataba de explicar en las líneas anteriores, hacen inviable cualquier iniciativa privada de carácter popular. Hace años, junto con algunos amigos, organizaba acampadas y excursiones de montaña para niños y adolescentes, desde el voluntariado de una asociación de vecinos. Ni teníamos titulaciones, ni seguros, ni materiales homologados. Entre otras muchas cosas que hoy se exigirían para poder realizar dicha actividad. Pero contábamos con la confianza y el apoyo de nuestros vecinos, los progenitores de los menores a quienes llevábamos a la montaña. Hoy sería impensable hacer algo así. Lo dicho; en Planes no se ha vuelto a celebrar la Plantà. En Totalán, mientras se trata de llegar a un niño que permanece dentro de un pozo, hay ya un bufete de abogados estudiando los errores del rescate para poder exigir compensaciones. Así nos va.

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La cara B de la 'huelga' de prisiones: Presos sin medicinas, reclusos sin patio y familiares sin visitas

Tortuga Antimilitar - 23 January, 2019 - 00:00

EDUARDO BAYONA

La Fiscalía de Zaragoza ha abierto diligencias para investigar si el aluvión de bajas en la plantilla de funcionarios de la cárcel de Zuera fue en realidad una huelga encubierta y si las ausencias del personal, que llegaron a superar la veintena de puestos en alguna jornada, llegaron a poner en riesgo la seguridad en el centro penitenciario y son, por lo tanto, constitutivas de delito.

La situación fue denunciada a finales de diciembre por la dirección del penal, lo mismo que ocurrió en otros once centros de toda España dependientes del Ministerio del Interior.

Las bajas se concentraron entre el 15 y el 23 de diciembre, coincidiendo con la campaña de movilizaciones del pasado otoño de los funcionarios de prisiones, que reclaman mejores condiciones salariales y de trabajo. En ocasiones llegaron a superar las veinte, con más de una decena por jornada que se encadenaban con las de días anteriores, y en muchos casos se trataba de ausencias sin justificante de baja por no ser necesario al tener menos de tres días de duración. Superaron el medio centenar en su conjunto.

De resultar fraudulentas las ausencias, los funcionarios se encontrarían en una situación similar a la de los controladores aéreos que participaron en las protestas de 2010 ( ), inicialmente acusados de sedición en unos procesos penales que se fueron diluyendo entre acuerdos con retiradas de cargos y condenas por abandono de destino, delito castigado con multas de hasta doce meses (de 730 a 108.000 euros).

Jesús Otín, delegado sindical de UGT en el penal, niega que el grueso de las bajas careciera de prescripción médica. “Hubo compañeros que se pudieron sufrir una indisposición y faltar un día o dos sin ir al médico, pero fueron casos aislados y puntuales. Y es algo que contempla la ley”, señala.

“Llevamos tiempo denunciando la falta de recursos humanos en el centro penitenciario”, indica. “Es un trabajo con estrés, y con falta de personal se acentúa, y eso tiene consecuencias en la salud. A partir de ahí, hubo trabajadores que fueron al médico y este les dio la baja”, añade.

Denuncian la desatención a presos

Antes, durante la huelga del 15 al 18 de noviembre se produjeron, según ALAZ (Asociación Libre de Abogados de Zaragoza) y CAMPA (Colectivo de Ayuda a Mujeres Presas de Aragón) una serie de episodios de desatención a presos que la primera de esas entidades ha denunciado ante el Defensor del Pueblo, competente para investigar los hechos al tratarse de un servicio de la Administración central.

La queja de ALAZ al Defensor del Pueblo indica que el 17 de noviembre, sábado, varios presos no llegaron a recibir la medicación que tienen prescrita al reducirse el reparto de fármacos por falta de funcionarios, mientras que en otros casos no pudieron mantener las visitas y encuentros con familiares que tenían concertados ante la escasez de personal para gestionarlos.

“¿Y si la familia no puede volver a costearse un viaje hasta dentro de dos meses?”, señalan fuentes de CAMPA, que anotan que “las personas presas viven en un vacío de derechos y de cuidados y, en estos momentos, se les está negando uno de ellos y, quizá, de los más importantes: la comunicación con el exterior y el contacto con sus redes de apoyo”.

Paralelamente, la queja indica que los presos que se encuentran en régimen de aislamiento no llegaron a pisar el patio durante dos días en los tramos de dos horas que les permite el reglamento penitenciario, periodos que pasaron en salas comunes dentro de los módulos.

"El Estado debe garantizar los derechos de los presos"

Fuentes de Instituciones Penitenciarias admiten que el reparto de medicamentos se retrasó pero aseguran que finalmente se completó, mientras que las comunicaciones se suspendieron en su totalidad por la mañana, ya fuera porque el atasco que generaron los piquetes impidió la llegada de los familiares o por falta de personal para gestionarlos.

De hecho, la presencia de los piquetes impidió que accedieran al centro la mayoría de los trabajadores que debían incorporarse al turno matinal, lo que obligó a los del turno de noche, más escaso, a doblar. Eso retrasó tanto los desayunos de los internos como la propia apertura de celdas, que en algunos módulos se retrasó hasta la una del mediodía.

Las mismas fuentes explicaron que los presos en régimen de aislamiento, que solo dejan las celdas dos horas al día, pudieron optar entre permanecer en las salas o salir a los patios.

“El Estado debe garantizar los derechos de las personas presas, a las que únicamente se les priva de la libertad deambulatoria”, indican fuentes de ALAZ, que consideran que “había servicios mínimos pero eran insuficientes, y más en una cárcel como la de Zuera, donde normalmente ya hay poco personal”.

"La huelga respondía a una convocatoria legal"

De hecho, episodios como la fuga del atracador Benito Ortiz a finales de agosto, cuando era trasladado en una ambulancia tras una salida al hospital, pusieron en evidencia las carencias de la prisión, construida para custodiar a 1.008 presos pero cuya población suele oscilar entre los 1.300 y los 1.500.

Otín, por su parte, remarca que “la jornada de huelga respondía a una convocatoria legal y la administración penitenciaria marcó unos servicios mínimos que nosotros consideramos abusivos”.

“Existieron afecciones en la vida de la cárcel, obviamente”, apunta, “pero se cumplieron los servicios mínimos y se intentó atender todos los servicios cuando se abrieron las celdas”.

Diario Público

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Presentación del libro “Memoria en Sombra. La Internacional de Resistentes a la Guerra (IRG/WRI) y la Guerra Civil Española”: Madrid, 25 de enero

Tortuga Antimilitar - 22 January, 2019 - 00:00

LOS LIBROS SALVAJES
Calle Eras, 39
Villaviciosa de Odón - MADRID

Presentación del libro “Memoria en Sombra. La Internacional de Resistentes a la Guerra (IRG/WRI) y la Guerra Civil Española”. Editorial EL VIEJO TOPO

Viernes, 25 de enero de 2019,
a las 19:30 h.

Te invitamos a la presentación del libro que contará con la presencia de Concha Martín Sánchez, Mujeres de Negro de Madrid, y las autoras Fernanda Romeu Alfaro, Historiadora, y Alexia Rahona Saure, Socióloga.

Nota: Tras la presentación del libro se proyectará un corto elaborado por las autoras reivindicando el compromiso de las mujeres que desde la solidaridad se enfrentaron a la violencia de la guerra y del exilio, como Teresa Rebull a quien recordamos con admiración.

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Cualquier cantidad es demasiada… para el gasto militar

Tortuga Antimilitar - 22 January, 2019 - 00:00

Jose Cutillas
Grup Antimilitarista Tortuga

Hace poco leímos la noticia del informe anual del SIPRI (Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo, https://www.sipri.org/) sobre el gasto militar global. Como datos que destacar enunciaría los siguientes titulares:

Las empresas de los EE.UU., líder del sector, aumentan su proporción de ventas de armas
Rusia pasa a ser el segundo mayor productor de armas del mundo
El Reino Unido se mantiene como principal productor de armas de Europa occidental
Turquía aumenta considerablemente su venta de armas.

Lamentablemente ninguno de estos enunciados nos sorprende.
Teniendo en cuenta el carácter parcial del Informe, por la falta de transparencia a la hora de conseguir los datos, y por la ilegalidad que a menudo se da en este tipo de operaciones, el gasto militar global sigue siendo astronómico, aunque el Banco Mundial, en sus documentos (https://datos.bancomundial.org/indi...) indique un sensible descenso en el gasto militar, el cual apenas superaría el 2,5% del PIB.

Este hecho es más que dudable por la cantidad de conflictos bélicos que no se han resuelto, sino que más bien cronificado durante este período, como Siria o Yemen, por citar los más mediáticos. Solo nos queda la duda de qué conceptos contabiliza el Banco Mundial que, desde luego, no incluyen el mercado ilegal que tanto dinero mueve, ni partidas fuera de los Ministerios de Defensa, ni por supuesto los intereses generados por las compras millonarias de todo tipo de armamento, por decir algunos de los conceptos olvidados.

Nos queda la duda de qué conceptos contabiliza el Banco Mundial que, desde luego, no incluyen el mercado ilegal que tanto dinero mueve, ni partidas fuera de los Ministerios de Defensa

Más allá de la enorme cantidad de dinero y recursos que supone, resaltaría varias cosas:

Es una actividad económica de la que falta información para los ciudadanos. En parte, porque las partidas de los Ministerios de Defensa se enmascaran tras otros conceptos de difícil discernimiento. En parte porque directamente en algunos casos son ilegales, como la venta de armas a países en conflicto, y se consideran de una manera diferente.

No tenemos control alguno sobre el gasto militar por su secretismo, la falta de transparencia y la opacidad de los informes oficiales

A esto se suma que no tenemos control alguno sobre el gasto militar por su secretismo, la falta de transparencia y la opacidad de los informes oficiales. No podemos ni quiera imaginarnos la magnitud del lucro que generan estos “negocios”. En definitiva el dinero invertido en la muerte y el sometimiento, sobre todo de los países en conflicto, siempre genera grandes dividendos para los países ‘desarrollados', entre ellos el nuestro, y de ello se jacta la ministra Margarita Robles en su reciente discurso en la Pascua Militar, (https://kaosenlared.net/el-gobierno...) admitiendo también que supone el mayor gasto en Defensa desde 1997. Cuando se niega la disponibilidad de un puñado de millones con los que se podrían satisfacer necesidades básicas y reales de la población, el Gobierno de España se embarca en un gasto de 12.000 millones de euros para diversos programas militares vinculados a distintos programas armamentísticos.

El gobierno de los (mal llamados) socialistas solo es una prolongación de los planes del anterior gabinete

Parece que no vayamos hacia delante, sino más bien lo contrario. El gobierno de los (mal llamados) socialistas solo es una prolongación de los planes del anterior gabinete. Desaparecida la feria internacional de armas llamada HOMSEC, cuya sexta y última edición tuvo lugar en 2017 en Madrid, otra (FEINDEF), viene a sustituirla y a engrasar la indecente escalada de la compraventa de armas (https://desarmamadrid.wordpress.com...). Trataremos de ella en este blog próximamente.

En definitiva, no es una cuestión de cantidad, sino de bochorno. Cualquier ganancia lograda con el dolor ajeno debería ser reprobada sin ambigüedades.

Fuente: https://www.elsaltodiario.com/plane...

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