Tortuga Antimilitar


La mujer en la URSS

Tortuga Antimilitar - 30 July, 2018 - 00:00

Publicado por Álvaro Corazón Rural

La huelga y manifestaciones del pasado 8 de marzo me despertaron la curiosidad sobre cómo resolvió las cuestiones de género la Unión Soviética, el mayor experimento igualitario que ha conocido la historia universal. En un encuentro con la comunista y feminista alemana Clara Zetkin, Lenin dijo: «De lo que se trata es de ganar para nuestra causa a los millones de mujeres trabajadoras de la ciudad y del campo. Para nuestras luchas, y muy especialmente para la transformación comunista de la sociedad. Sin atraer a la mujer, no conseguiremos un verdadero movimiento de masas». En los setenta y cinco años que duró la Revolución soviética se experimentaron grandes avances en cuestiones de igualdad de género, pero en los últimos años de vida del sistema muchas diferencias y discriminaciones continuaban aún sin resolverse.

Según las estadísticas de la URSS, uno de los logros más importantes fue sacar a la mujer del campo. En 1939 había un 32% de mujeres en núcleos urbanos. En 1959, un 48%, y en 1970, un 56%. En el medio rural, la progresión fue la contraria: en 1939, 68%; 1959, 52% y 1970, 44%. El broche de esta evolución fue Valentina Tereshkova, la primera mujer en viajar al espacio.

En 1970 un 51% de los asalariados eran mujeres. Se partía de que, a finales del siglo XIX, un 55% de las mujeres eran sirvientas, un 25% granjeras y un 13% asalariadas. En 1989, un 48% del total de asalariados soviéticos eran mujeres. Un 60% de los ingenieros eran mujeres, un 87% de los economistas, un 70% de los médicos y profesores y un 90% de los bibliotecarios. No obstante, en el mundo académico solo un 13% eran doctoras. Había un embudo o techo de cristal en los altos niveles profesionales.

Estudios publicados en la propia URSS se hacían eco del problema y lo analizaron. En 1986, E. B. Gruzdeva y E. S. Chertikhina escribieron en una publicación de la editorial Progreso que la mujer soviética no ascendía en su escala profesional fundamentalmente por no poder conciliar la vida familiar, lo que llevaba a una «feminización» de las ocupaciones de base.

Citaban un estudio realizado en las industrias de Leningrado entre 1970 y 1977. Entre los técnicos, había un 69,4% de mujeres. Entre los profesionales altamente cualificados, un 62,4%. Sin embargo, entre jefes de sección y gerentes, solo eran un 6,3%.

Durante este periodo, los salarios del primer grupo aumentaron en 17 rublos. Los del segundo, en 31 rublos, y los del tercero, en 66. La brecha salarial en cada uno de ellos fue, respectivamente, de un 1,5%, un 10% y entre un 20 y un 57% en los puestos de mayor responsabilidad.

Ocurría algo parecido en la educación pública. Un 81% del profesorado eran mujeres, pero en la dirección de escuelas de primaria solo había un 41% y en la de institutos, un 36%. En su vigésimo séptimo congreso el PCUS debatió todas estas diferencias y se propuso introducir correcciones en los salarios para lograr la igualdad en el año 2000. Una de las medidas propuestas para conseguirlo era aumentar el número de electrodomésticos para facilitar las tareas del hogar.

Según una encuesta realizada por el Goskomstat SSSR (Comité Estatal de Estadísticas de la URSS) citada en el Journal of Communist Studies (8:4), las mujeres ocupadas en los sectores no agrícolas tenían de media 1 hora y 23 minutos de tiempo libre los días laborables, y 4 horas y 36 minutos los días libres. En los koljoses, granjas colectivas, la media era peor. 1 hora y 3 minutos los días laborables, y 3 horas y 23 minutos en los de libranza. En ambos casos era menos de la mitad del tiempo libre del que disponían los hombres. Las mujeres trabajaban en el tajo y luego en casa se ocupaban de las tareas domésticas y la prole.

La escritora Francine du Plessix Gray entrevistó a mujeres soviéticas en Soviet Women: Walking the Tightrope. La mayoría de ellas mostraban puntos de vista negativos sobre los hombres y aseguraban que su principal fuente de felicidad eran sus familias, especialmente los niños, las madres, las amigas y sus trabajos. Como promedio, ganaban menos que los hombres y se quejaban de que había pocos productos de consumo destinados a la mujer. Paradójicamente, entre las mujeres que desempeñaban profesiones liberales, ya a principios de los ochenta, había muy pocas mujeres soviéticas que se considerasen feministas. Un término que para ellas tenía connotaciones negativas. Hasta Aleksandra Kolontái evitaba definirse como feminista.

En 1979 circuló por Leningrado un documento escrito a máquina, copiado con papel de calco, que denunciaba la desigualdad sexual en la URSS. A las responsables se las obligó a ir al exilio. Una de ellas fue Tatiana Mamonova, fundadora de Zhenshchina i Rossiia (Mujeres y Rusia), el primer grupo disidente feminista de la URSS, que marchó a Estados Unidos. La poeta Kari Unskova murió en un accidente de coche sospechoso cuando estaba a punto de emigrar. Y la escritora Iuliia Nikolaevna Voznesenkaya, que rechazó irse al exilio, fue juzgada por «calumnias al Estado» y sentenciada a cinco años de exilio interior que fueron conmutados por una pena de dos años en un campo de trabajo.

La perestroika de los ochenta puso de manifiesto un problema de gran envergadura, el de la representación política. Según la Enciclopedia de historia de Rusia, en 1930 Stalin clausuró las asociaciones de mujeres bajo la acusación de «feminismo burgués», que generaba división y atentaba contra la unidad de la clase trabajadora. En 1958, Jruschov volvió a promover los zhensovety, consejos de mujeres, que se establecieron en las fábricas y las oficinas. Siguiendo la línea marcada por el partido para la mujer, los consejos trabajaban en secciones: vida cotidiana, cultura, política de masas, cuidado de niños, salud e higiene.

Con Brézhnev siguieron existiendo, pero sobre el papel. Sin gran actividad. Gorbachov, en 1986, se propuso revitalizarlos en el XXVII congreso del partido. En dos años, logró involucrar a 2,3 millones de mujeres. Sin embargo, el problema de la conciliación seguía presente y no se podía eliminar solo con políticas voluntaristas. El techo de cristal en la política era el más acusado de todos, como quedó patente con sus políticas aperturistas.

En los setenta hubo un 31% de diputadas en el Sóviet Supremo. Un 30% en el Consejo de la Unión, un 31% en el Consejo de las Nacionalidades y un 34% en el Sóviet Supremo de cada república. Un porcentaje abrumadoramente superior al de diputadas en las democracias occidentales de entonces. En las elecciones soviéticas habían sido elegidas a cargos de gobierno de municipios y regiones un 45% de mujeres. También un 31% de los jueces del país eran mujeres. En 1984 los votantes eligieron a 492 para 1500 escaños del Sóviet Supremo. Otra vez un tercio, un 32,8%. El porcentaje era similar en todas partes porque el partido funcionaba con cuotas en las cuestiones de género. Pero el poder, relativo, porque los diputados soviéticos se dedicaban a votar «sí» a las políticas del partido.

Y también con techo de cristal. Eran diputadas, pero no llegaban al Politburó. En la esfera de los países socialistas, solo tres mujeres llegaron a primer ministra: la croata Milka Planinc, en Yugoslavia; Sühbaataryn Yanjmaa, en Mongolia, pero de forma interina durante un año; y Khertek Anchimaa-Toka, en la República Popular soviética de Tannu Tuvá. A nivel federal, en la URSS, durante setenta y cinco años solo hubo seis ministras: Aleksandra Kolontái, Aleksandra Biryukova, Yekaterina Furtseva, Rozaliya Zemlyatska-Samoilova, Polina Zhemchúzhina y Maria Kovrigina.

Pero en las elecciones de 1989 por primera vez los candidatos no los designó el partido. Es decir, hubo competencia real para salir elegidos y obtener cada cargo. La ley electoral asignó que un mínimo de un 10% de escaños tenían que ser por decreto para mujeres. En las elecciones fueron elegidas 352 mujeres para 2250 escaños. Un 15,7%. El porcentaje se redujo a la mitad de lo que había habido hasta entonces.

Encuestas de opinión mostraron que las mujeres eran los candidatos «menos deseados» por los votantes. Del mismo modo, el ritmo de vida que exigía presentarse a unas elecciones cribaba de por sí el número de mujeres, porque por tener que ocuparse de su familia y de sus hogares no podían atender a todos los compromisos públicos y mediáticos que requería la campaña electoral de una candidatura. Ese mismo año, el PCUS se vio forzado a anunciar medidas para aumentar la igualdad y el número de mujeres en política.

La brecha salarial existía desde el primer plan quinquenal. Los empleos de los sectores donde más se invirtió, subiendo los salarios, eran mayoritariamente desempeñados por hombres: industria (62%), transporte (79%) y construcción (77%). Y en hostelería, salud y educación, donde había más concentración de mujeres, los sueldos estaban por debajo de la media nacional.

A finales de los sesenta un estudio de los salarios en los complejos industriales de Taganrog, en el óblast de Rostov, mostró que las trabajadoras cobraban entre 80 y 90 rublos y los trabajadores, entre 110 y 120. Diez años después, los hombres promediaban entre 170 y 180 rublos y las mujeres, entre 110 y 120. Crecieron los salarios, pero se mantuvieron las diferencias. Las mujeres cobraban un 70% del salario masculino. Cuanta más cualificación requería un trabajo, menor era la brecha. Entre ingenieros, la mujer cobraba un 80% del sueldo masculino. Para los niveles no cualificados, el sueldo de la mujer era menos de dos tercios del salario de los hombres. En el segundo caso, la diferencia se achacaba a la fuerza física. En el primero, a que las mujeres iban tres años por detrás de los hombres en promoción profesional por tener hijos.

Engels consideraba que en la familia el hombre era el burgués y la mujer el proletariado. Lenin también se refería a la «esclavitud doméstica» de la mujer. Pero rechazaban el feminismo tradicional como algo propio del capitalismo, la ideología bolchevique entendía que con el final del capitalismo y la revolución del proletariado desaparecerían las diferencias entre hombres y mujeres. Sin embargo, no fue así. Lenin reconoció que los decretos y las nuevas leyes de la URSS no eliminaron automáticamente las diferencias. Así surgieron los aludidos zhensovety, donde no sin polémica Kolontái, entre otras, reivindicaba un feminismo socialista en la URSS.

Todo acabó en los años treinta, con las políticas de industrialización, cuando Stalin consideró por decreto que «la cuestión femenina», como se había llamado hasta entonces a la desigualdad, ya estaba resuelta con éxito. Las mujeres avanzaron dentro de la URSS, pero la equiparación real solo estaba en la Constitución, que garantizaba la igualdad entre mujeres y hombres «en todas las esferas de la economía, el gobierno, la cultura y la vida social y política». Una de las primeras manifestaciones de la sociología en la URSS en los tiempos de desestalinización fue precisamente relativa a la mujer: los objetivos de igualdad no se habían conseguido.

En 1981 Brézhnev alertó de la ausencia de mujeres en puestos de dirección, tanto en el partido como en las empresas, y aumentó los permisos de maternidad. La emancipación de la mujer, coreada en los medios y proclamas de la URSS, en realidad —sostiene Norma C. Noonan, experta en Rusia de la Universidad de Augsburgo— se debía al fenómeno de las babushka (‘abuelas') más que a las leyes. Por las diferencias demográficas entre hombres y mujeres tras la II Guerra Mundial, las mujeres jóvenes que trabajaban eran ayudadas en el hogar por sus madres, tías o suegras, que cuidaban a los niños, hacían la compra y limpiaban. Conforme fueron desapareciendo, porque en las nuevas generaciones pocas mujeres aspiraban a ser babushkas de nadie, la desigualdad de género se fue incrementando en la URSS otra vez.

Un factor decisivo fue que en las regiones musulmanas de la Unión aumentaba la natalidad exponencialmente y en el resto disminuía. El partido promovió políticas familiares en su zona «europea» y de liberación de la mujer en la «asiática». Para que no hubiera una escasez de mano de obra, en la zona «europea» se necesitaban familias de tres descendientes, pero el hijo único era la norma. Uno de los objetivos inmediatos de la perestroika fue conseguir que cada pareja tuviera su propio hogar en el año 2000. Sabían que vivir con los padres o en pisos comunales generaba tensión en la pareja, aumentaba los divorcios y afectaba a la natalidad. Aunque el número de divorcios había crecido en paralelo al número de viviendas desde los años sesenta. Se había triplicado. Al igual que el bienestar material: conforme crecía, disminuía la natalidad. En esta tesitura, a finales de los ochenta, literalmente, no sabían qué hacer.

Estas contradicciones no llegaron a ser superadas por las políticas soviéticas porque en 1991 se acabó el invento. Pero la postura del país sobre esta cuestión durante setenta y cinco años se puede resumir con unas palabras de uno de los primeros sociólogos soviéticos, Igor Kon: «La división del trabajo entre los sexos es anterior a la opresión de las mujeres y, por lo tanto, la erradicación de esta opresión no implica la desaparición de todos los roles sexuales».

Fuente: http://www.jotdown.es/2018/04/la-mu...

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Un estudio sugiere que la utopía se jode a partir de 150 personas

Tortuga Antimilitar - 30 July, 2018 - 00:00

¿Cuántos individuos forman la comunidad ideal? ¿cuándo empieza a ser contraproducente soportar a nuestros congéneres? La ciencia se moja.

Raúl F. Millares

A poco más de una hora de Nashville, en Tennessee (Estados Unidos), una pequeña empresa tecnológica se dedica a producir y vender contadores Geiger, esos aparatitos que crepitan cuando detectan ciertas dosis de radioactividad. Lo curioso de esta empresa, S.E. International Inc., es que se trata de un proyecto nacido en una de las comunidades intencionales más longevas de EE UU, The Farm.

Fundada en 1971, es una de las muchas comunidades utópicas creadas en EE UU a lo largo del siglo XX, al calor de los movimientos contraculturales de los años 60 y 70 y herederas de la prolífica y poco conocida tradición comunal estadounidense del siglo XIX y principios del XX, cuando eclosionaron proyectos idealistas de todo color, desde refugios cristianos utópicos, como las colonias harmonitas, hasta colectividades socialistas libertarias, pasando por cooperativas fourieristas. La mayoría de aquellos empeños fracasaron.

The Farm se acerca ya al medio siglo de vida con relativa estabilidad. Además de ensamblar contadores Geiger, imprimen libros sobre cocina vegetariana, imparten cursos para comadronas, cultivan y venden soja y derivados… Con sus más y sus menos, todo en un clima de cierta espiritualidad compartida, organización democrática, amor por la naturaleza... En fin, una vida buena, el ideal de cualquier ecoaldea que se precie.

Dunbar se sintió listo para hacer una predicción: de acuerdo al tamaño de nuestro neocórtex, las personas deberíamos tener un límite aproximado de 150 congéneres para tejer lazos sociales estables

¿Alguna particularidad? Por si acaso, les hemos preguntado cuánta gente vive de manera estable en su comunidad. Desde Summertown, donde resiste apacible The Farm, Douglas Stevenson, uno de los responsables de su empresa de comunicación, nos ha dado una cifra redonda: “Tenemos aproximadamente 150 miembros registrados”. ¡Bingo!

Un cerebro para relacionarte con 150 personas

A principios de los años 90, un antropólogo británico, Robin Dunbar, se tiraba a la piscina con una predicción atrevida. Dunbar llevaba tiempo midiendo el tamaño relativo del neocórtex cerebral de los primates y había observado cierta relación con el tamaño que eran capaces de alcanzar sus grupos sociales. Con estos mimbres, Dunbar se sintió listo para hacer una predicción: de acuerdo al tamaño de nuestro neocórtex, las personas deberíamos tener un límite aproximado de 150 congéneres con los que podríamos tejer lazos sociales estables. Había nacido el famoso “número de Dunbar”.

Eva Garnica de Cos es psiquiatra, tutora principal de residentes de Psiquiatría en la Red de Salud Mental de Bizkaia y una de las impulsoras de las Jornadas Nacionales sobre Evolución y Neurociencia y nos explica cómo afecta el tamaño de tu neocórtex a tu capacidad para gestionar followers y likes: “Viene a decir que, por el tamaño de nuestro neocórtex, podemos relacionarnos realmente con unas 150 personas, que por mucho que tengamos 1.000 seguidores en Twitter no nos vamos a relacionar de verdad más que con unos 150 a nuestro alrededor”.

Cristina Acedo Carmona, investigadora de la Universitat de les Illes Balears en Cognición y Evolución Humana, explica el punto de partida de esta idea de Dunbar: “Él hablaba de la hipótesis del cerebro social: la presión social [en lugar de la presión ambiental ecológica] sobre los individuos para mantenerse en grupos estables fue lo que les llevó a desarrollar ciertas capacidades cognitivas”.

Su hipótesis ha sido testada en varios contextos sociales diferentes y, sí, curiosamente parece cumplirse en muchos ámbitos humanos y en épocas diferentes. Diferentes registros arqueológicos estiman que las aldeas neolíticas rondaban los 150 habitantes; grandes empresas, como el gigante textil GoreTex, organizan su producción con unidades de unas 150 personas trabajadoras; estructuras militares modernas siguen ese mismo patrón; y muchas poblaciones cazadoras-recolectoras también se organizan, todavía hoy, en grupos de dimensiones parecidas, decena arriba, decena abajo.

También se ha observado que otros tamaños de redes sociales humanas se repiten de manera desproporcionadamente alta: grupos humanos de 50, 150, 500 y 1.500 personas se observan una y otra vez, y se muestran cohesionados durante más tiempo.

Algunas clasificaciones antropológicas encajan con estos números: tras estudiar 20 sociedades cazadoras-recolectoras contemporáneas, Dunbar y sus colegas encontraron que las bandas solían tener algo más de 40 individuos, los clanes rondaban los 127, las megabandas aglutinaban a unas 566 personas y las tribus congregaban a unas 1.700 almas.

Del utópico siglo XIX al kibutz israelí, Dunbar ha recabado y analizado datos de fundación, duración, escisión y desaparición de tres modelos de comunidades intencionales

Teniendo en cuenta cierta holgura de las horquillas estadísticas, los números de Dunbar parecían encajar. Y además, en las comunidades de mayor tamaño, parecen subsistir capas fractales funcionales, con redes sociales menores, pero que también se ajustan a estos tamaños.

No obstante, Cristina Acedo aclara que “no es un número mágico, aún está por demostrar y él todavía busca evidencia para mantener estos números”.

Del grupo preagrícola al videojuego online

Observar la vida de poblaciones cazadoras-recolectoras, sociedades no solo preindustriales, sino preagrícolas, es una de las pocas formas que se nos han ocurrido hasta ahora para vislumbrar cómo pudo ser la humanidad durante los dos millones de años de evolución anteriores a este suspiro que llamamos “civilización”.

No siempre se cumple, pero si algo sirvió durante cientos de miles de años, quizá nuestro cerebro siga adaptado a funcionar de aquella manera. Si esto es así para nuestra capacidad de tejer redes sociales, tal vez, en efecto, solo podamos tener vínculos estables, prolongados y funcionales con unas 150 personas. El círculo se reducirá si contamos lazos más estrechos y se amplía si aceptamos relaciones con menor apego, una sucesión de capas fractales que se cumple incluso en las relaciones virtuales, como en los videojuegos online.

Ahora, Dunbar acaba de publicar otro artículo, y esta vez ha medido la talla de tres tipos de comunidades política y económicamente muy diferentes, pero que comparten algo: fueron fundadas con una idea intencionalmente utópica. ¿Estás pensando en recuperar una aldea abandonada junto a tus compañeras? ¿Tal vez estáis valorando la idea de liberar ese viejo edificio de tu barrio propiedad de un banco? Esto es para ti.

Del utópico siglo XIX al kibutz israelí, Dunbar ha recabado y analizado datos de fundación, duración, escisión y desaparición de tres modelos de comunidades intencionales: las fundaciones idealistas del siglo XIX en EE UU —laicas y religiosas—, las colonias huteritas —comunidades protestantes anabaptistas, pacifistas y antijerárquicas, como los amish o los menonitas, que huyeron de Europa cuando se extendió el servicio militar obligatorio—, y los kibutz —las granjas comunales israelíes—.

Los datos, una vez más, muestran ciertos paralelismos constantes con las cifras pronosticadas por Dunbar y registradas en sociedades preagrícolas.
Si crecéis, habrá escisión

Por ejemplo, muchas comunas decimonónicas estadounidenses compartían un censo similar al de bandas y clanes —50 o 150 miembros aproximadamente— y, además, los grupos que tenían este número de personas en el momento de su fundación fueron los que pervivieron más tiempo.

Algo similar ocurría con las colonias huteritas: aquellas que se alejaban demasiado de las 50 o 150 almas fundadoras, por ejemplo porque tenían 100 fieles en su arranque, tenían mayor probabilidad de fisión temprana; ademas, cuando crecían demasiado por encima de 150 creyentes, se producía una escisión que generaba dos congregaciones de aproximadamente 150 y 50 huteritas, de nuevo dos tamaños estables predichos en nuestra prehistoria.

Y los datos de los kibutz siguen el mismo patrón: en su fundación contaban con una media de 468 personas, el tamaño casi clavado de una megabanda preagrícola, los kibutz más pequeños no bajaban de 150 habitantes, y cuando crecían empezaban a perder miembros al acercarse a las 470 personas en la granja, de nuevo muy cerca del número estrella de Dunbar y del tamaño de las megabandas ancestrales.

Según publican Dunbar y su equipo, esto “sugiere que hay tamaños óptimos para las comunidades, los cuales se concentran en los valores de 50, 150 y 500” personas.

El entorno y las aspiraciones de cada colectivo pueden inclinar la balanza hacia uno u otro lado: por ejemplo, el mayor tamaño de los kibutz puede estar reforzado por el arraigo que tienen en una estructura económica local bastante desarrollada, que necesita más fuerza de trabajo. En cambio, el credo huterita experimenta escisiones al superar por demasiado el umbral de 150 miembros, tal vez, porque ese es el tamaño límite hasta el que puede mantenerse cohesionada su comunidad sin necesidad de leyes formales o una fuerza policial que imponga la disciplina.

Este censo de 150 personas bien cohesionadas coincide, curiosamente, con el tamaño de una familia completa en comunidades con una fertilidad no limitada: partiendo de una pareja fundadora, el número de ancestros y descendientes que llegan a conocerse en algún momento de sus vidas anda por las cinco generaciones y suma, voilà, 150 parientes vivos o conocidos personalmente por alguien vivo de la familia.

Reza para que tu grupo perdure

Tanto en el caso de los kibutz como en el de las comunas del siglo XIX, aquellos grupos con intencionalidad religiosa fueron más longevos que las seculares. El papel de la religión como elemento cohesionador ha sido ampliamente estudiado: un dios moralizante actuaría como policía invisible para mantener el orden en caso de que el grupo crezca y los lazos amenacen con debilitarse.

Además, las comunidades religiosas también pueden ser más exigentes a la hora de entrar en ellas, demandan renuncias mayores y tienen mayores costes de mantenimiento, por ejemplo mediante el requerimiento de participar en ritos diarios o semanales, pero que ablandan al individuo para aceptar mejor los estresores de la vida comunal (artículo, artículo o artículo).

Si no quieres que tu comunidad sea religiosa, quizá tengas que pensar en reforzar algunas alternativas. Acedo señala que sus investigaciones, muy volcadas en las redes de confianza, muestran la influencia de ese valor en la fortaleza de los grupos. Así, por ejemplo, sus análisis comparativos entre sociedades de Ghana y Oaxaca mostraron que “dependiendo de las necesidades del grupo los tamaños pueden variar: en Ghana, un medio más duro, más hostil, las redes de confianza y de cooperación eran un poquito más grandes”.

En resumen, si Dunbar tiene razón, parece que puede haber unas dimensiones óptimas para las colectividades: 50, 150 y 500 personas. Más allá de estas cifras, aumenta el riesgo de escisiones y desistimientos. Interesante, ¿no? Pues ya puedes compartir este artículo con tus 1.500 contactos de Facebook, aunque solo tengas verdadero rollo con 150.

Fuente: https://www.elsaltodiario.com/cienc...

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Expolio

Tortuga Antimilitar - 29 July, 2018 - 00:00

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“Mis compañeras del norte creen que han inventado el feminismo. En África lo ha habido siempre”

Tortuga Antimilitar - 29 July, 2018 - 00:00

Ana Sánchez Borroy - Zaragoza

Mujeres africanas. Más allá del tópico de la jovialidad, es el título del libro que Remei Sipi Mayo (Rebola, Guinea Ecuatorial, 1952) presentaba hace unos días en la librería La Pantera Rossa de Zaragoza. Mayo llegó a España hace 50 años y ha participado en movimientos de mujeres migrantes y guineanas. También creó una pequeña editorial especializada en libros sobre Guinea.

¿En qué consiste ese tópico de la jovialidad al que se refiere en el título de su último libro?

Alrededor de las mujeres africanas siempre hay tópicos: que somos pobrecitas, paridoras, que tenemos muchos hijos, que somos débiles, que no tenemos capacidad de alternativa, que no nos empoderamos... hay un montón de tópicos que no son ciertos. Siempre nos dicen también que solemos estar muy contentas, sonriendo. Y, claro, es un tópico. Yo, por ejemplo, no me río mucho (se ríe). Es una broma.

¿Estos tópicos nacen de lo que la nigeriana Chimamanda Adichie llama “el peligro de la historia única”, es decir, el peligro de que solo tengamos una imagen concreta sobre todo el continente africano?

Claro, los tópicos nacen del peligro de la historia única y también nacen del desconocimiento y de la ignorancia. Hay un desconocimiento total desde el Norte, desde Occidente, con respecto a la otra y al otro.

¿Por qué sigue ocurriendo, a pesar de que ya vive aquí mucha gente que ha venido de África?

Porque no os importa, porque hay un egocentrismo, porque siempre se nos ve como a alguien inferior. No se trata de si hay o no gente de África aquí; es que no importan, no llaman la atención. Desde la perspectiva del Norte, en torno a nosotros no se crea riqueza. Si cogemos cualquier libro de texto y nos fijamos en qué se dice de África, no se potencia nada positivo. Sólo aparecen niños con mocos en la nariz, mal vestidos... no interesa.

¿Qué debería aparecer sobre África, por ejemplo, en los libros de texto?

Toda la realidad africana, lo bueno y lo malo, nuestros héroes... no sólo lo negativo, la pobreza. Quien conoce África sabe que son varios países con distintas realidades, que no todas son negativas. Si no, no viviría allí nadie.

Usted destaca que las mujeres africanas no aceptan pasivamente su destino… ¿cuáles suelen ser los destinos de las mujeres de países africanos?

En este caso concreto, hablo de las mujeres africanas, pero es algo que se podría extrapolar a todas las mujeres. A las mujeres, la historia nos ha asignado estar bajo el patriarcado; no en segundo lugar, sino en cuarto o quinto. Por eso, aquí, en el norte, se está reivindicando ahora muchísimo la igualdad salarial, la igualdad en los permisos de maternidad y paternidad... trasladando esto a África, ocurre lo mismo. No es verdad que la mujer africana sea pasiva; son grandes creadoras de estrategias para la supervivencia de todo su entorno.

¿Cuáles son los principales objetivos del feminismo en el continente africano?

Los objetivos de las mujeres reivindicando sus derechos son únicos en todo el mundo: trabajar para el bienestar de los derechos de las mujeres. Cuando yo pongo el acento en el feminismo negro es porque mis compañeras de aquí, del norte, en debates, creen que han inventado el feminismo. En África ha habido feminismo siempre, aunque no tenga el nombre de "feminismo". Mi madre, mis hermanas, mis tías, mi abuela... ya eran feministas, reivindicaban los espacios para las mujeres, luchaban para que las mujeres tuviéramos voz y voto. Por eso, tengo que decir a las compañeras del Norte que sí, que aquí hay feminismo, pero que en África lo ha habido siempre también.

Pero, ¿cuáles serían actualmente las peleas concretas del feminismo en África?

La pelea concreta del feminismo africano es el empoderamiento de las mujeres, su libertad, que las mujeres tengan su espacio propio, luchar por los derechos humanos de las mujeres. Las reivindicaciones africanas son universales: presencia en espacios donde las mujeres puedan tener voz, igualdad de condiciones para acceder a un puesto de trabajo, que las niñas puedan ir al mejor colegio disponible para ellas...

¿Hay países o zonas de África que han avanzado más que otras en los derechos de las mujeres?

Sí, porque son 48 estados en el África del sur del Sáhara. Algunos habrán avanzado más que otros, aunque yo no lo sepa de memoria. El feminismo africano ha conseguido que las reivindicaciones de las mujeres estén elevadas al espacio de debate por las propias mujeres. Ha conseguido reivindicar que el sistema de familia más importante no sea la poligamia en algunos sitios donde está legalizada y al orden del día. Reivindica también, aunque yo no quería tocar ese tema, la lucha contra la mutilación genital femenina. África es grande, diversa, no es uniforme.

¿Cómo está viviendo usted el movimiento 8 de marzo en España?

No estoy participando a fondo, mi cuota de participación y de reivindicación ya la he cubierto cuando me he jubilado. Ya no tengo fuerzas. Pero me parece bien todo lo que nos lleve a visibilizar nuestra situación y las incongruencias del patriarcado.

¿Siente que se están incluyendo las demandas de las mujeres inmigrantes?

De momento, no. Están en los inicios, en el momento de ver en qué podemos trabajar conjuntamente. De todas formas, yo creo que no son las mujeres del norte las que tienen que incluir las reivindicaciones de las mujeres inmigrantes. Creo que las mujeres inmigrantes tienen que crear una plataforma, trabajarla y después buscar caminos donde se encuentren con el colectivo autóctono.

¿Cuáles serían esas demandas de las mujeres inmigrantes?

No lo sé. Mis necesidades no son las mismas que las de las compañeras que están en el servicio doméstico, ni las de la compañera que está en la prostitución, ni la de la compañera que está como okupa, ni la de las mamás que luchan para que sus hijos puedan escolarizarse en escuelas que no sean guetos. En fin, hay muchas necesidades; hay que sentarse y empezar a unirlas, porque no son únicas ni uniformes.

¿Está esperanzada en que esas reivindicaciones lleguen a entrar en la agenda política?

Yo lo desearía, pero lo veo difícil, no soy nada optimista, porque nosotros no contamos en la sociedad receptora. Yo llevo 50 años aquí y es ahora cuando veo que hay alguna diputada negra. Y la relación entre África y España no es de hace dos días.

¿Se podría hacer más?

Sí, se debería visibilizar la población que vive aquí y normalizarla dentro de la sociedad: que tengamos personas visibles en los medios de comunicación, en la sanidad... sé que estamos en minoría, pero no sólo sabemos fregar y limpiar las casas de la sociedad receptora. Yo conozco compañeras licenciadas que están en el servicio doméstico. Esa normalización iría bien para la autoestima de nuestros hijos, porque potenciaría algo positivo de nuestra comunidad y de nuestra identidad africana.

El Diario

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La Revolución Social española: Errores y limitaciones

Tortuga Antimilitar - 28 July, 2018 - 00:00

La revolución social, las comunas agrícolas, las colectivizaciones de industrias y campos, etc. Son conceptos totalmente presentes en el movimiento anarquista hispano que, con el tiempo, han ido creando una especie de pasado prefigurado, totalmente romántico, exento de errores propios y mitificado, que sirve como punto de partida para gran parte del anarquismo a la hora de justificar nuestra ideología ante quien la difama o quien simplemente la ignora como tal. A partir de la Transición española podemos ver como hay un crecimiento de la bibliografía acerca del papel de los anarquistas, la CNT o la FAI durante la Guerra Civil española y de cómo éstos iniciaron un proceso revolucionario el cual sería la segunda revolución de carácter proletario en la Europa occidental, siendo la primera la Revolución de Asturias de 1934. Cada libro o texto sobre las colectivizaciones anarquistas guardan un punto en común: Todas (o la inmensa mayoría) conceden el don de la perfección a aquella intentona revolucionaria y ante la pregunta de ¿y por qué fracasó? Tan solo responde aduciendo al papel contrarrevolucionario del PCE/PSUC y en especial haciendo mención a los famosos y trágicos sucesos de mayo de 1937. En este artículo vamos a intentar, no negar la importancia de éstos últimos hechos externos, sino hacer mención a lo estrictamente interno que, junto al papel del PCE/PSUC, asesinó a la revolución desde el mismo 19 de julio de 1936.

A las pocas horas del Alzamiento Nacional, el 19 de julio de 1936, Barcelona entera estaba ya dominada por la resistencia popular liderada por el movimiento anarquista y su sindicato, la CNT. A partir de ahí comenzó la ardua tarea que proponía colectivizar campos y ciudades, es decir, que las empresas y las tierras pasaran de manos privadas a propiedad de la clase trabajadora, como pistoletazo de salida al derrocamiento de la vieja sociedad burguesa y la construcción de una nueva sociedad que había de liberar a la humanidad entera. El fervor y entusiasmo de los anarquistas crearon un ambiente heroico que sumó a más y más trabajadores a aquella intentona revolucionaria que había de acabar tanto con el fascismo como con aquella bonita democracia abrileña.

En el momento en el que estalló la Guerra Civil, ante el fracaso del Golpe de Estado del General Francisco Franco, Cataluña era la zona de España que, junto a Euskal Herria, poseía la mayor parte de la industria nacional, lo cual había provocado que, sobretodo la provincia de Barcelona, tuviera una gran concentración de trabajadores y trabajadoras, tanto catalanes como emigrados desde Murcia, Andalucía y Extremadura, lo cual evidentemente nutrió en gran medida a la CNT-FAI y a sus Juventudes Libertarias. A partir del control total de la ciudad barcelonesa por parte de los anarquistas, la mayoría de grandes y medianas empresas –y a veces también pequeñas- fueron colectivizadas por los trabajadores, mientras que algunas otras fueron nacionalizadas por el gobierno de la Generalitat. Según el escritor y Doctor Franz Borkenau, en su libro The Spanish Cockpit, estimó que un 70% de la industria catalana fue incautada (expropiada) por la CNT-FAI. Lo primero que hicieron los anarquistas con las colectivizaciones fue reorganizar el sistema productivo de tal manera que se pusiera fin a los resquicios gremiales que tenía a muchas empresas pequeñas totalmente desunidas en un sistema productivo totalmente atomizado, de esta forma se racionalizó la producción de tal manera que, a través de la concentración, se fue eliminando progresivamente las pequeñas empresas artesanas para concentrarlas todas en una misma fábrica o en unas pocas. De esta forma se quiso dirigir el trabajo de manera más simplificada y eficaz a la hora de coordinar los esfuerzos. Desde el punto de vista de la eficacia esta decisión fue totalmente acertada, pero le costó al movimiento anarquista su primer obstáculo en el devenir de la revolución, pues si bien la pequeña burguesía se mantenía indecisa a la hora de apoyar al proletariado revolucionario o a la burguesía progresista defensora de la República, esta reorganización de la economía y la producción supuso una toma de partido por la defensa de la República por parte de la pequeña burguesía (la cual se sumaría al rechazo de los pequeños propietarios agrarios a la revolución al ver como la colectivización del campo fue impuesta muchas veces por la fuerza). La financiación fue uno de los problemas más graves que tuvo la revolución, pues ante un mercado interno desaparecido (ya que muchas zonas de España de vital importancia económica estaban asediadas por las tropas franquistas) y un mercado europeo paralizado por la No Intervención de las democracias occidentales, la CNT-FAI se vio obligada a depender del crédito, el cual estaba completamente en manos del Gobierno republicano. Al igual que tras las famosas palabras de Lluís Companys a la delegación cenetista liderada por Joan García Oliver no se atrevieron a tomar la Generalitat y disolverla, tampoco se quiso colectivizar el sector bancario, lo cual provocó que desde la República se intentara asfixiar económicamente a las colectividades, tanto del campo como de la ciudad. Uno de los grandes problemas que sobrepasó las buenas intenciones de los anarquistas, fueron las prisas revolucionarias para acabar con elementos como la plusvalía, pues en muchas empresas se quiso eliminar aquella rémora de la sociedad capitalista pagando como salarios todo lo que se sacaba de beneficios, lo cual provocó que ante una bancarrota de facto, muchas colectividades tuvieron que acudir, para los gastos diarios, a Hacienda. ¿Y quién era el ministro de Hacienda durante el principio de la Guerra Civil? Juan Negrín, futuro Presidente del Gobierno republicano, y famoso antianarquista. Así contestaba el futuro presidente canario al periodista inglés Louis Fischer:

Cuando estalló la guerra, los comités obreros, frecuentemente anarquistas, se apoderaron de las fábricas. Se pagaban como salarios todo lo que sacaban de las ventas. Ahora no tienen dinero. Acuden a mí para los gastos corrientes y las materias primas. Aprovecharemos su situación para obtener el control de las fábricas.

Ante esta situación, podemos ver cómo era cuestión de tiempo que la economía volviera progresivamente a manos del Gobierno republicano, añadiéndole la enemistad con la pequeña burguesía, la revolución social que con tanto empeño estaba siendo ya preparada desde 1931 se mostraba de una fragilidad tremenda y era cuestión de tiempo que sucumbiera y quedara sepultada bajos los escombros de la República.

Estos obstáculos no fueron los más importantes, también debemos tener en cuenta un punto muy esencial: Ante los impedimentos del propio gobierno republicano, y al menos en Cataluña y Levante y no tanto en Aragón, las colectivizaciones quedaron relegadas al plano únicamente economicista sin poder llegar, muy a pesar de los propios trabajadores revolucionarios, a tener relevancia política, a ser organismos del nuevo poder proletario que había de engendrar la nueva sociedad. El problema al que nos referimos es que la estructura económica de las colectividades (Asamblea, delegados, Consejos de Fábrica y Consejo Local de Economía) acababa por únicamente ocuparse de lo puramente técnico-administrativo que no iba más allá, como si una especie de localismo económico creara una suerte de oasis dentro del propio sistema capitalista que impedía avanzar a la revolución en todos los sentidos. A esto hay que añadirle el problema del antiautoritarismo tan típico del anarquismo. Para que hubiera funcionado eficazmente el esquema económico mencionado más arriba hubiera sido necesario un poder sindical totalmente centralizado, pero la excesiva autonomía de los sindicatos locales hizo que se crearan multitud de organismos coordinativos que la mayoría de veces se solapaban entre sí confundiéndose sus competencias provocando la fallida de cualquier plan general, tan importante para el buen curso de una revolución.

Otro de los problemas surgidos dentro del propio movimiento revolucionario fue el surgimiento de una nueva clase burguesa que de haber triunfado la revolución en toda España no se hubiera diferenciado en nada de aquella burguesía burocrática que dominó la URSS prácticamente la totalidad de tiempo de sus 74 años de vida. En aquellas empresas intervenidas por el Gobierno, donde convivían la representación patronal y la asamblea de trabajadores, habitaba un agente intermedio llamado Comité de Control, el cual era escogido por los propios trabajadores y se encargaba de las funciones relativas a las condiciones laborales, lo cual la convertía de facto, por el propio medio de los empresarios a ser expropiados, en los nuevos propietarios de facto de la empresa en cuestión. Diego Abad de Santillán expresaba en su obra After the Revolution que los Comités de Control estaban imbuidos por un sentimiento “propietarista” que les hacía creer que eran inmunes a cualquier responsabilidad por el hecho de ser los nuevos controladores de tal o cual empresa, así como la inexistencia de ninguna acción coordinativa con las demás industrias para mejorar la producción, usando la empresa para su propio beneficio individual. Sobre este mismo tema se pronunciaba Federica Monsteny en su discurso pronunciado en Valencia en diciembre de 1936 y que deja patente la inmensidad de esta problemática:

Últimamente he estado varios días en Cataluña, y me he dado cuenta de algo muy importante. Los que no sienten por experiencia directa lo que es la guerra, viven en juerga revolucionaria. Tienen las industrias y los talleres en sus manos; han hecho desaparecer a los burgueses; viven tranquilos y en una fábrica, en lugar de un burgués hay siete u ocho.

Las palabras de Montseny no pueden ser más esclarecedoras y dejaron patente los fallos de la excesiva autonomía, la cual si hubiera sido limitada por un poder sindical más centralizado se podría haber cortado de raíz a todos aquellos elementos que estaban utilizando las colectivizaciones para convertirse en la nueva clase propietario de los medios de producción. De esta manera no se pudo llegar a la socialización completa de la industria y campo, entre otras cosas, por el surgimiento de ese individualismo egoísta tan propio del capitalismo y que floreció por doquier ante unas inexistentes responsabilidades de ciertos Comités amparados por el “antiautoritarismo”.

Una Generalitat intacta, con la propia colaboración de la cúpula cenetista, y unas colectivizaciones que no sobrepasaban lo puramente productivo, más una parte de la clase trabajadora entregada al reformismo y la defensa del republicanismo, imposibilitó que las colectividades se convirtieran en organismos propulsores de la nueva política revolucionaria, cortando de raíz así cualquier posibilidad de triunfo de la revolución social iniciada el 19 de julio de 1936 en las calles de Barcelona. En octubre de 1936 se aprobó el Decreto de Colectivizaciones de la industria, favoreciendo a la pequeña burguesía (las empresas de menos de cien trabajadores no podían ser expropiadas por los obreros y debían ser retornadas a su antiguo propietario) y estableciendo al menos un delegado de la Generalitat en las grandes y medianas empresas como forma de controlar la producción. El lector o la lectora no debe pensar que estamos eximiendo de obstáculos externos a la Revolución para analizar su fracaso, prácticamente la totalidad de la bibliografía anarquista ha contribuido extensamente a poner de relieve las traiciones comunistas y de la UGT, así como las malas artes del mismo Gobierno republicano, pero como de eso podemos leer muchos en diferentes libros, lo que hemos querido aquí es presentar las propias limitaciones internas de la CNT-FAI y del movimiento anarquista en general, pues una ideología, un movimiento, sólo avanza en la dirección correcta cuando practica la autocrítica como forma de superar esos viejos errores para no repetirlos en un futuro.

La Revolución social de 1936 tuvo también su vertiente campesina, y si hubiéramos de decir la principal diferencia con las colectivizaciones en la zona industrial, diríamos que en el campo fue un proceso mucho más rápido (y a veces precipitado, demasiado). A medida que avanzaban las columnas de milicianos por el agro catalán y aragonés se iban levantando colectivizaciones campesinas por pueblos, villas y aldeas.

Depende del tamaño y la disposición del pueblo en cuestión, se adoptaba o una economía colectivista (mantenimiento del dinero) o anarcocomunista (abolición de la moneda), pero siempre se mantenía un esquema común indistintamente del plan económico trazado, a saber: Un órgano superior, que sustituiría al Ayuntamiento, llamado Comité Revolucionario (integrado mayormente por los cuadros de la CNT-FAI), dicho órgano planificaba las tareas y distribuía los trabajos entre los campesinos, es decir, el Comité era el ente regulador y planificador de la vida en todo el municipio. Desde un primer momento las colectivizaciones en el campo supusieron un avance para el nivel de vida de campesinos y braceros que, además, vieron incrementado el nivel de producción entre un 30 y un 50%. Pero, al igual que en la zona industrial, pronto surgirían las deficiencias tales como Comités revolucionarios colmados de neo-burgueses que veían la colectividad como su finca o despilfarro de bienes cuando había excedentes. Pero la principal limitación de la Revolución en el campo, sobretodo en el catalán, vino con el hecho de que en Cataluña abundaba la pequeña propiedad campesina (representada por los rabasaires). En septiembre de 1936, durante la celebración del Congrés Regional dels Pagesos de Catalunya, la CNT recomendó lo siguiente:

“Al proceder al establecimiento de la colectivización de la tierra, a fin de que los pequeños propietarios no desconfíen ni un momento de nuestra acción emancipadora y, en su consecuencia, que no puedan convertirse en enemigos, entorpecedores o saboteadores de nuestra obra, se les respetará en principio el cultivo de las tierras que por sus brazos puedan labrar y siempre que esto no obstruya o dificulte el desarrollo debido de los núcleos que se colectivicen (...).”

Como podemos observar, oficialmente, se respetaba a la pequeña burguesía campesina para que ésta no fuera enemiga de la Revolución, pero las cosas se torcieron pronto, asestando una herida de muerte al devenir del proceso revolucionario, de la cual no podría recuperarse ya. En la mayoría de casos los pequeños campesinos fueron coaccionados violentamente para que cedieran su propiedad a la colectividad, pasando a ser un jornalero más. Estos actos acabarían provocando que la pequeña burguesía campestre acabara recalando en las filas de UGT y del PSUC, por tanto se cumplían los malos augurios del Congreso de septiembre de 1936 que pronosticó que los pequeños propietarios podían acabar en las filas de los enemigos de la Revolución si no se les respetaba. Y así ocurrió.

El descontento de los pequeños propietarios del campo fue tal que en enero de 1937, en la localidad de Fatarella (Tarragona), hubo un levantamiento de esa pequeña burguesía contra la CNT-FAI, con el inestimable apoyo del gobierno de la Generalitat y de los principales partidos comunistas y socialistas.

No nos extenderemos más en el presente artículo, pues ya existe otro que escribimos sobre la problemática de las colectivizaciones campesinas y que enlazaremos aquí para que sirva de complemento para así poder entender más y mejor el transcurso de la Revolución social en la zona campesina: http://kntrakultura.blogspot.com.es....

Borja Mera Barriobero (@borjalibertario )

BIBLIOGRAFIA:

GABRIELE RANZATO – LUCHA DE CLASES Y LUCHA POLÍTICA EN LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA.

HISTORIA DEL MOVIMIENTO ANARQUISTA EN ESPAÑA – JOSEP TERMES.

HISTORIA DEL MOVIMIENTO ANARCOSINDICALISTA ESPAÑOL – JUAN GOMEZ CASAS.

LOS COMITÉS DE DEFENSA DE LA CNT EN BARCELONA (1933-1938) – AGUSTÍN GUILLAMÓN.

Fuente: https://www.portaloaca.com/historia...

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El fin de la ilusión revolucionaria

Tortuga Antimilitar - 28 July, 2018 - 00:00

El autor de El siglo de la revolución y Por el bien del imperio cuestiona el mito del 68 y pide otros caminos para la confrontación con el capitalismo.

Josep Fontana

El 4 de abril de 1967, Martin Luther King decía en la iglesia de Riverside, en Nueva York: “Estos son tiempos de revolución. En todo el mundo los hombres se sublevan contra los viejos sistemas de explotación y opresión, y de la matriz de un mundo precario nacen nuevos sistemas de justicia e igualdad. Los descalzos y descamisados de la tierra se levantan como nunca antes lo habían hecho”.

Era, de algún modo, la renovación de las esperanzas revolucionarias nacidas 50 años antes en Rusia. Pero 1968 iba a ver el fin de estas ilusiones, así como el del propio King, asesinado el 4 de abril en Memphis.

Todos los movimientos iniciados en este año acabaron en el fracaso: el intento de establecer un “socialismo con rostro humano” en Praga, los movimientos estudiantiles en Alemania, Italia y Polonia, las protestas contra la guerra de Vietnam en Estados Unidos…

El ejemplo más claro de este fracaso fue posiblemente el de los sucesos de mayo en París. Todo había comenzado aquí como un problema estrictamente universitario; el 7 de mayo las reivindicaciones eran: “Reapertura de las facultades, anulación de todos los procesos y el Quartier Latin para los estudiantes” (esto es: la policía fuera).

Pero la movilización creciente de los que protestaban, sumada a la solidaridad de los sindicatos, que el 11 de mayo llamaban a una huelga de 24 horas, alentó las esperanzas de los estudiantes, que proclamaban que su lucha “es parte integrante de la lucha de las masas trabajadoras y explotadas”.

Por entonces, sin embargo, el sindicato mayor, la CGT, y el Partido Comunista habían decidido que era preferible negociar mejoras salariales con la patronal antes que seguir el juego de estos jovencitos, y ordenaban a los obreros de la Re­nault, en Billancourt, que cerrasen las puertas a los manifestantes que acudieron el 17 de mayo a solidarizarse con los trabajadores. Dos días más tarde el manifiesto de un grupo que se expresaba en francés y en castellano denunciaba: “Las organizaciones ‘obreras' tradicionales, oportunistas y reformistas, han demostrado su incapacidad para dirigir la lucha contra la burguesía”.

Estaba claro que no iba a haber una acción conjunta de los estudiantes y de los trabajadores, y que no cabía mantener ninguna esperanza de un triunfo revolucionario. Pero las fantasías habían llegado a tal punto que el 30 de mayo los “situacionistas” publicaban un manifiesto en que decían: “Lo que hemos hecho en Francia asusta a Europa y pronto amenazará a todas las clases dominantes del mundo, desde los burócratas de Moscú y Pekín hasta los millonarios de Washington y Tokio. Así como hemos hecho estremecer a París, el proletariado internacional volverá al asalto de las capitales de todos los Estados y ciudadelas de la alienación”.

Por entonces, sin embargo, De Gaulle, tras haber recibido el apoyo incondicional del Ejército, tomaba de nuevo las riendas y restablecía el orden en pocos días.

La lección más significativa de esta historia es que esta iba a ser la última vez que un movimiento de masas, heredero de las ilusiones expresadas por Lenin en las “tesis de abril” de 1917, aspirase a cambiar el mundo. Para enfrentarse al capitalismo, que ha dominado por completo el mundo en los 50 años que han seguido a la frustración de 1968, habrá que cambiar de proyecto y explorar nuevos caminos.

Fuente: https://www.elsaltodiario.com/histo...

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Ser de un sitio

Tortuga Antimilitar - 27 July, 2018 - 00:00

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Si es violento no es anarquismo

Tortuga Antimilitar - 27 July, 2018 - 00:00

El autor sostiene que “en puridad, la violencia es injustificable desde teorías anarquistas, porque toda violencia supone el ejercicio del poder y es precisamente el ejercicio del poder contra lo que lucha el anarquismo”


Manifestación de un grupo de anarquistas. FERNANDO SÁNCHEZ

“Curiosamente se llaman antifascistas, pero su forma de actuar es fascista”, decía la semana pasada Javier Garisoain, secretario general de Comunión Tradicionalista Carlista, comentando el ataque que este 20N se produjo en el local que la asociación conservadora estudiantil Foro Universitario Francisco de Vitoria tiene en la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense de Madrid. La investigación policial sigue abierta y todavía no se conoce a qué grupo pertenecían los asaltantes que destrozaron el local y agredieron a varios estudiantes. Minutos antes, a las 14:00 horas, había arrancado desde el metro de Ciudad Universitaria una marcha en la que participaron, entre otros, miembros del Bloque Antifascista de Estudiantes (BAE) y del Bloque Anarquista. Las informaciones e imágenes sobre la agresión han podido verse en infinidad de medios de distinto signo político.

En la web del BAE se desmarcan así del ataque: “El cortejo del BAE, respetando la decisión de la asamblea de la Facultad de Derecho de no entrar dentro del edificio, decidió permanecer en el exterior con la pancarta, coreando consignas antifascistas, mientras que parte de la manifestación entraba en la facultad”.

No se sabe si los asaltantes pertenecen (o dicen pertenecer) al Bloque Anarquista o a cualquier otra organización que se autocalifique de ‘anarquista'. Lo que sí es un hecho es que llevamos meses leyendo informaciones sobre grupos ‘anarquistas' violentos. Hace unos días se informaba de la detención de cinco supuestos miembros de la Federación Anarquista Informal / Frente Revolucionario Internacional (FAI / FRI) por la bomba que estalló en la basílica del Pilar en Zaragoza en octubre. En abril trascendía a los medios un informe de la policía en el que daba por hecho que el anarquismo implica violencia. En él se podía leer que la crisis actual “es el caldo de cultivo idóneo para considerar que estamos en un periodo expansivo de las actividades anarquistas”. La policía, haciendo gala de una ignorancia suprema sobre ideologías políticas, da por hecho que las “actividades anarquistas” son violentas. ¿Son violentas las bibliotecas populares? ¿Las concentraciones? ¿Los comedores veganos? ¿Las asambleas? ¿Los grupos de debate? ¿Los de autoconsumo?

El anarquismo no es esencialmente violento. De hecho creo que la violencia es contraria al anarquismo. El tema de la violencia es una vieja cuestión de debate (no resuelta) entre las organizaciones de esta ideología. Existen importantes teóricos del anarquismo que siempre rechazaron la violencia: “Ni Godwin ni Proudhon la propiciaron nunca: el primero como hijo de la ilustración, confiaba en la educación y en la persuasión racional; el segundo, consideraba que una nueva organización de la producción y del cambio bastaría para acabar con las clases sociales y con el gobierno propiamente dicho. Más aún, algunos anarquistas, como Tolstoi, eran tan radicalmente pacifistas que hacían consistir su Cristianismo, coincidente con su visión anárquica, en la no resistencia al mal. Para ellos, toda violencia engendra violencia y poder, y “no se puede combatir el mal con el mal”, escribía Ángel Capelleti en Las doctrinas anarquistas (editado por la Federación Ibérica de Juventudes Anarquistas).

En puridad, la violencia es injustificable desde teorías anarquistas, porque toda violencia supone el ejercicio del poder y es precisamente el ejercicio del poder contra lo que lucha el anarquismo. Los anarcopacifistas lo entendieron perfectamente. Esta rama del anarquismo se inspira en las teorías de Henry David Thoreau, el citado Tolstoi y en Mahatma Ghandi y aboga por la resistencia pacífica como la forma más efectiva de desobediencia civil. Es también la única opción coherente con la esencia de la teoría anarquista. En la historia hay infinidad de ejemplos de logros conquistados mediante la resistencia pacífica, desde la Huelga de los Plebeyos, en el siglo V antes de nuestra era, la lucha contra el Colonialismo o la caída de la dictadura en Portugal, con la Revolución de los Claveles en 1974.

Es evidente que hay otros autores (Bakunin, Koprotkin, Malatesta) que se autoproclaman anarquistas y que han justificado la violencia o, usando el eufemismo clásico, la ‘acción directa'. Los atentados que han propiciado sus teorías no han hecho más que dar argumentos a los grupos conservadores y a los de extrema derecha, así como a la represión estatal. No hace falta haber leído mucho para saber que el Estado administra como nadie la violencia, tiene todos los medios a su alcance para ejercerla y que intentar combatir al Estado con métodos violentos no sólo es inútil, es que además es estúpido. También denota una alarmante falta de formación y, lo que es peor, de imaginación.

La emancipación humana (ese frágil e inacabable proceso) pasa únicamente por el afán constante de controlar un instinto natural que es el que alimenta al ultracapitalismo y a las estructuras que lo sirven. Ese instinto natural no eso otro que la violencia. La violencia es siempre, y en todo contexto, reaccionaria, es una expresión del poder, al que sirve. El recurso a la violencia es un fracaso humano, aunque a veces se recurra a ella con la supuesta intención de evitar un daño mayor o de lograr un beneficio superior.

No sé a qué grupo se adscriben los individuos que el otro día asaltaron ese local estudiantil, pero su acción no se diferencia en nada de la de los miembros de La Falange que atacaron la sede de la Generalitat de Catalunya el pasado 11 de septiembre. Por una vez, y sin que sirva de precedente, tengo que dar la razón a Garisoain cuando dijo eso de “curiosamente se llaman antifascistas, pero su forma de actuar es fascista”.

Fuente: La Marea

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Vivimos una epidemia de la tristeza: Así se están desplomando nuestros niveles de felicidad

Tortuga Antimilitar - 27 July, 2018 - 00:00

A todos nos gustaría ser un poco más felices.

El problema está en que muchas de las cosas que determinan la felicidad están fuera de nuestro control. Algunos estamos predispuestos genéticamente a ver el mundo de color de rosa, mientras que otros lo ven todo más oscuro. Cosas malas nos pasan y ocurren en todo el mundo: la gente puede ser cruel y el trabajo puede ser tedioso.

Sin embargo, sí que decidimos la forma en la que pasamos nuestro tiempo libre y esa es la razón por la que merece la pena preguntarse cuáles son las actividades de tiempo libre que están asociadas a la felicidad y cuáles no. En un nuevo análisis de 1 millón de adolescentes de Estados Unidos, mis coautores y yo hemos examinado cómo pasan los adolescentes su tiempo libre y qué actividades están relacionadas con la felicidad y cuáles no.

Queríamos ver si los cambios en la forma en la que los adolescentes pasan su tiempo libre podrían explicar en parte el descenso de los niveles de felicidad en los adolescentes desde 2012, así como el descenso en los niveles de felicidad en adultos desde el año 2000.
Un posible culpable aparece

En nuestro estudio, hemos analizado datos representativos a nivel nacional en Estados Unidos en alumnos de entre 16 y 18 años de forma anual desde 1991.

Cada año les preguntamos a los adolescentes sobre su felicidad en términos generales y a qué dedican su tiempo libre. Nos hemos dado cuenta de que los adolescentes que pasan más tiempo quedando con amigos, haciendo ejercicio, practicando deporte, participando en servicios religiosos, leyendo o incluso haciendo los deberes eran más felices. Sin embargo, los adolescentes que pasan más tiempo en Internet, jugando a videojuegos, en las redes sociales, mandando mensajes, usando chat de vídeo o viendo la televisión eran menos felices.
Vivimos Epidemia Tristeza Sospechoso número 1. (Jaelynn Castillo/Unsplash)

Dicho de otra manera, toda aquella actividad que no incluyera una pantalla estaba relacionada con una mayor felicidad y toda actividad que incluyera una pantalla estaba relacionada con una menor felicidad. Las diferencias eran considerables: los adolescentes que pasaban más de cinco horas al día conectados tenían el doble de posibilidades de ser infelices que aquellos que pasaban online menos de una hora al día.

Por supuesto, puede que el motivo sea que la gente que no es feliz quiera matar el tiempo con actividades que incluyan una pantalla. Sin embargo, hay un número cada vez mayor de estudios que demuestran que la causa de la infelicidad suele ser el uso de las pantallas y no al revés.

En un experimento, los participantes a los que se les pedía que se desconectaran de Facebook durante un fin de semana eran más felices, se sentían menos solos y estaban menos deprimidos cuando acababa el fin de semana que aquellos que habían continuado usando Facebook. En otro estudio, los adultos jóvenes a los que se les pedía que dejaran Facebook por motivos laborales eran más felices que aquellos que seguían teniendo sus cuentas activas.

Además, varios estudios longitudinales muestran que el tiempo que se pasa usando una pantalla provoca infelicidad, pero que la infelicidad no hace que pasemos más tiempo usando pantallas. Si quieres comprobar los consejos de esta investigación, solamente tienes que hacer algo muy sencillo: deja el móvil o la tablet y ponte a hacer algo, lo que sea.

No son solo los adolescentes

Esta relación entre felicidad y uso del tiempo es algo preocupante porque la generación actual de adolescentes (a la que llamo "iGen" en mi libro del mismo nombre) pasa más tiempo delante de una pantalla que cualquier generación anterior. El tiempo que los adolescentes pasan conectados se ha duplicado entre 2006 y 2016; y un 82% de los adolescentes de 17 años usan las redes sociales a diario (en comparación con el 51% que las usaba a diario en 2008).

Es evidente que la felicidad de los adolescentes ha caído en picado desde 2012 (el año en el que la mayoría de los estadounidenses se hizo con un smartphone). Lo mismo pasó con la autoestima y con el nivel de satisfacción de sus vidas, especialmente el nivel de satisfacción con sus amigos, con la cantidad de momentos de diversión y con sus vidas en general.

Este declive en el bienestar se asemeja a otras investigaciones que demuestran un aumento en los problemas de salud mental entre la generación iGen, incluyendo síntomas de depresión, altos niveles de depresión, autolesiones y suicidios. Especialmente si los comparamos con el optimismo y el positivismo casi incansable de los millennials, la iGen es mucho más insegura y depresiva.

Algo parecido parece estar ocurriendo entre los adultos: mis coautores y yo ya nos habíamos dado cuenta de que los adultos mayores de 30 años eran menos felices de lo que eran hace 15 años y que los adultos cada vez tenían sexo con menos frecuencia. Puede haber muchas razones para estas tendencias, pero los adultos también pasan cada vez más tiempo con las pantallas de lo que lo hacían antes. Esto podría incluir menos interacciones cara a cara con otras personas, incluyendo con sus parejas sexuales. El resultado: menos sexo y menos felicidad.

Aunque los niveles de felicidad en adolescentes y en adultos disminuyeron durante los años con mucho paro durante la crisis (2008-2010), los niveles de felicidad no han remontado desde 2012 cuando la economía se recuperó progresivamente. Al contrario, puesto que los niveles de felicidad han seguido bajando a pesar de la mejora en la economía, haciendo que sea poco probable que los ciclos económicos hayan influído en los bajos niveles de felicidad desde 2012.

El aumento de la desigualdad salarial podría ser un factor influyente, especialmente en el caso de los adultos. Pero si fuera el caso, los niveles de felicidad tendrían que haber estado empeorando desde la década de los 80 cuando la desigualdad salarial comenzó a aumentar. Por el contrario, los niveles de felicidad comenzaron a bajar aproximadamente en el año 2000 en el caso de los adultos y en 2012 en el caso de los adolescentes. A pesar de todo, es posible que las preocupaciones sobre el mercado laboral y la desigualdad salarial alcanzaran su punto máximo en los primeros años del siglo actual.

Lo que nos pareció sorprendente es que los adolescentes que no usan los medios digitales para nada eran un poco menos felices que aquellos que usan los medio digitales un poco (menos de una hora al día). A partir de ahí los niveles de felicidad iban bajando con el aumento de horas de uso. De ahí podemos llegar a la conclusión de que los adolescentes más felices son aquellos que utilizan los medios digitales, pero durante un tiempo limitado.

La respuesta, por lo tanto, no está en dejar de usar las tecnologías. La solución es algo que ya sabemos: hay que hacer todo con moderación. Utiliza tu teléfono para todas esas cosas que te pueden resultar útiles, pero también déjalo de vez en cuando y ponte a hacer alguna otra cosa.

Te sentirás más feliz.

Autor: Jean Twenge, San Diego State University.

Este artículo ha sido publicado originalmente en The Conversation.

Traducido por Silvestre Urbón.

Fuenter: https://magnet.xataka.com/en-diez-m...

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Colombia: Ser indiferentes ante los asesinatos de los líderes sociales nos convierte en cómplices

Tortuga Antimilitar - 26 July, 2018 - 00:00

Hoy podemos tomarnos las calles de manera pacífica para pedir que la vida de quienes trabajan por la paz y la justicia sean respetadas y también El 11 de febrero de 1917, Antonio Gramsci publicó en Italia el conocido texto Odio a los indiferentes. Cien años después, sus palabras se hacen más que vigentes y, por tanto, […]

Hoy podemos tomarnos las calles de manera pacífica para pedir que la vida de quienes trabajan por la paz y la justicia sean respetadas y también

El 11 de febrero de 1917, Antonio Gramsci publicó en Italia el conocido texto Odio a los indiferentes. Cien años después, sus palabras se hacen más que vigentes y, por tanto, tienen que resonar y despertarnos del adormecimiento que vivimos en Colombia, el cual, precisamente se manifiesta en la gran indiferencia que nos corroe frente al vil y cobarde asesinato de cientos de líderes sociales en el país.

En su ensayo, Antonio Gramsci decía: “Quien realmente vive no puede no ser ciudadano, no tomar partido. La indiferencia es apatía, es parasitismo, es cobardía, no es vida. Por eso odio a los indiferentes”. Por tanto, en cierta medida, nosotros seríamos odiados por Gramsci, pues no utilizamos nuestro poder de ciudadanos para proteger la vida de quienes trabajan desde abajo, para construir un país más justo; en otras palabras, somos cómplices de sus asesinatos.

Hemos sido cobardes y apáticos frente a la sangre que queda impune y sin memoria en un país en donde los ciudadanos se preocupan más por el fútbol, que enceguece y distrae, que de lo esencial: salvaguardar la vida de quienes hacen en gran parte, el trabajo que las instituciones del Estado social de derecho deberían hacer. Nuestra indiferencia se contradice con la supuesta alegría que nos caracteriza ante el mundo. Pues cómo podemos tener una alegría auténtica cuando en este país importa más un partido de fútbol que la barbarie de las muertes de quienes comparten con nosotros el mismo cielo, el mismo sol, la misma tierra.

Nuestra indiferencia también se manifiesta en el hecho de que seamos unos cristianos-católicos de rito, de culto, de baile, de show y no de evangelio, pues si fuésemos cristianos desde la médula de la religión de Jesús, honraríamos la vida de quienes trabajan por la construcción de un reino en donde no nos matemos, tal como lo rememora una de las bienaventuranzas: “Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios”.

Bien es cierto que muchas personas pueden creer que su indiferencia no afecta en nada el devenir de la historia y que son los poderosos quienes tienen una responsabilidad frente a ella. No obstante, nuestra indiferencia tiene un peso fundamental en la construcción de la vida colectiva, y Gramsci de nuevo nos lo recuerda: “la indiferencia es el peso muerto de la historia”.

Ahora bien, hoy 6 de julio de 2018, a las 6:00 p.m. podemos tomarnos las calles de manera pacífica para pedir que la vida de quienes trabajan por la paz y la justicia sean respetadas y también, que los hechos atroces no se queden en la impunidad. Así mismo, que esta noche, nuestro clamor llegue a los verdugos para que recuerden que ellos también tienen alma y que su naturaleza no ha de ser la de destruir a los otros, su propia especie, sino de cuidarla y respetarla. De igual manera es importante decir que, después de las manifestaciones de esta noche, hay que seguir luchando, pues no podemos permitir que el encuentro de hoy se convierta tan solo en un evento para poder tomar fotos conmovedoras para subir a Facebook e Instagram.

www.las2orillas.co/ser-indiferentes...

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Presunción de veracidad de los agentes de policía y Ley Mordaza: Una historia real

Tortuga Antimilitar - 26 July, 2018 - 00:00

La presunción de veracidad de los agentes de policía y guardia civil supone, resumidamente, que su palabra vale más que la de cualquier otro ciudadano. Es decir, que si 5 testigos dicen una cosa pero un atestado policial refleja la contraria, prima el atestado (o la declaración del policía que la presenció, si hablamos de pruebas testificales en juicios).

La presunción de veracidad no es absoluta, pero para desmentirla requiere pruebas absolutamente incontestables de que el agente de policía no dice la verdad. En esencia, un vídeo o grabación de audio donde los hechos queden plasmados de forma irrefutable. Como digo, las simples testificales no sirven para desmontarla.

En este contexto, nació la Ley Mordaza que, entre otras muchas cosas, sanciona El uso no autorizado de imágenes o datos personales o profesionales de autoridades o miembros de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad que pueda poner en peligro la seguridad personal o familiar de los agentes, de las instalaciones protegidas o en riesgo el éxito de una operación, con respeto al derecho fundamental a la información.

Realmente, este precepto no prohíbe grabar a agentes de la autoridad, sino usar las fotos o grabaciones de un modo que les ponga en peligro (por ejemplo, poniendo su cara en internet para que la gente investigue su identidad). Ahora bien, la policía lo puede usar (y según me dicen diversos afectados, lo está usando) para requisar y hacer desaparecer grabaciones de manifestaciones donde sus agentes se estén pasando. La excusa para ello sería que, dada la trayectoria antisistema de quienes graban, es más que presumible que van a emplear las grabaciones con fines ilícitos y, por ello, está justificado quitárselas y acusarles de infracción de la Ley Mordaza, con la consiguiente multa salvaje.

De este modo, el miedo a grabar (pues las sanciones tienen muchos ceros) y las requisas de grabaciones provocan que la presunción de veracidad se convierta en impunidad, pues es más difícil que nunca obtener grabaciones que la desmientan. Y sin grabaciones, la palabra de un agente va a misa (ello aparte de que van generalizadamente sin número de placa).

Y aquí viene mi historia. Hace un tiempo, en una manifestación, un policía apaleó brutalmente a un amigo mío. Aquí tenéis el vídeo:

www.youtube.com/watch?v=Pqj3Ufxmb1g

Y aquí cómo quedó:

www.youtube.com/watch?v=FJyuk6IIqK4

En este contexto, 3 policías firmaron un atestado diciendo que otro agente vio con sus propios ojos cómo mi amigo tropezó contra una moto y se dio de cara contra ella, debiéndose esas heridas al tropiezo fortuito (lo más sangrante es que el atestado dice que, alarmados por las lesiones que se hizo, los agentes acudieron a ayudarle). Gracias al vídeo, probamos que el atestado era falso y ahora mismo sus autores están imputados por ello.

Saco la historia a colación por si alguien me dice que es ciencia ficción afirmar que un policía sería capaz de mentir en un atestado o en un juicio. Pues eso, que el derecho de los ciudadanos a grabar las actuaciones policiales, y el deber de portar el número de placa, tienen un fin: evitar que se pueda apalear impunemente y acusar a motos inocentes de la autoría de la paliza. Y, visto lo visto, la presunción de veracidad de los agentes de policía debe ser abolida. Por eso apoyo la iniciativa que hoy se ha presentado en el Congreso a tal efecto. En un juicio, todas las pruebas deben valer lo mismo, sin privilegios para ninguna de las partes.

Fuente: https://www.meneame.net/story/presu...

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Nicaragua: La complicidad del silencio

Tortuga Antimilitar - 25 July, 2018 - 00:00

Paco Gómez Nadal

Algún día todos seremos pasto del olvido, pero las hemerotecas –en papel, digitales, virtuales…- seguirán ahí. Despertaremos y el silencio cómplice de una gran parte de las izquierdas sobre lo que está aconteciendo en Nicaragua nos pasará factura.

Un hermano, revolucionario, resistente, poderoso, me escribe hoy: “Luchamos por la vida, pero ando buscando ataúdes para los compas que nos mataron ayer... solo en Masaya asesinaron a 11 personas. Paradojas de esta lucha”. Y yo me rompo por dentro y me dan ganas de salir a gritar a la calle… a esas calles vacías de solidaridad con la lucha solitaria de una mayoría del pueblo nicaragüense contra la dictadura familiar de Daniel Ortega y Rosario Murillo, apoyada por aquellos que se niegan a ver que del Frente Sandinista que conocimos y que apoyamos ya no queda casi nada. Al menos, no está en la parte alta de la pirámide de poder orquestada por esta pareja enferma que igual invoca a los espíritus que saca a los paramilitares a la calle.

En los pasillos del Foro de Sao Paulo, el gran encuentro de las izquierdas latinoamericanas que en este momento se celebra en La Habana, los secuestradores del sandinismo insisten en que todo es un complot del imperio: “La derecha ya no tiene gente, ya a sus marchas y convocatorias no va casi nadie, porque muchas personas abrieron los ojos percatándose de la manipulación de la que fueron víctimas”, declaraba Carlos Fonseca Terán a Prensa Latina. Continúa: “Pretenden hacernos ver como genocidas, que masacramos al pueblo, a los manifestantes pacíficos, lo cual es totalmente falso”.

Mientras los medios de la izquierda más inmovilista difunden la versión del complot, en los medios de comunicación convencionales Nicaragua es una anécdota: unos 20 segundos de suceso en los que el proceso no tiene peso. Pero yo hablo con compañeros y compañeras que no son sospechosos de contrarrevolucionarios –entre otras cosas porque el gobierno que encabeza Daniel Ortega desde hace 11 años no es revolucionario-, que pusieron cuerpo y alma en la verdadera revolución, que han sido coherentes a lo largo de todos estos años de alianzas corruptas entre Daniel y las élites sandinistas con la peor de las derechas del país.

Y lo que me cuentan esos compas no dibuja un golpe de estado orquestado por la derecha, sino la sordera violenta de un matrimonio multimillonario y ensimismado con el poder incapaz de escuchar a un pueblo que se cansó de la arbitrariedad y del mesianismo. Nadie recuerda ya que la revuelta de los estudiantes comenzó por la reforma del sistema de pensiones que realizó Ortega al dictado del Fondo Monetario Internacional: nada revolucionario, me temo.

Este domingo, el objetivo de los paramilitares y de la policía fue Masaya y los Pueblos Blancos. Mientras la persecución, las detenciones arbitrarias y los muertos se multiplica, Ortega programa actos de homenaje a la revolución traicionada por él mismo y hace desconexiones totales de la televisión para que sus chicos armados puedan actuar sin que la noticia se vea –aunque las redes que todo lo pueden rompen el bloqueo-.

Imagino que eso irá a más conforme se acerque el 19 de julio, cuando se conmemora la entrada triunfal a Nicaragua tras el triunfo de la revolución y la expulsión de Somoza, en 1979. ¿Qué van a hacer las izquierdas españolas, catalanas, vascas… mientras? Imagino que seguir calladas, inmutables. Es fácil organizar actos contra el pérfido gobierno de Israel o en contra de la hipocresía europea en el caso de los migrantes, pero queda “feo” manifestarse en contra de un régimen que, en teoría, está en manos de uno de los históricos partidos revolucionarios.

Esta complicidad se pagará. Este abandono de los compañeros y compañeras nicaragüenses, seguirá ahondando la profunda desconexión de las izquierdas con la realidad cuando esa realidad no coincide con nuestros imaginarios. A mi, personalmente, me da vergüenza propia y ajena que sigamos sin aprender.

PD1: ¿Alguien se pregunta por qué el Ejército nica no ha salido a frenar esta “operación imperialista de la derecha”?

PD2: Ni Correa era revolucionario, ni García Linera es el nuevo faro del marxismo andino amazónico, ni Maduro es Chávez, ni Lula es Chico Mendes. Siento que la realidad sea así (de decepcionante).

Fuente: https://www.elsaltodiario.com/desce...

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La guerra aquí

Tortuga Antimilitar - 25 July, 2018 - 00:00

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De Ruanda a la RDC: El peligroso recorrido de un niño refugiado

Tortuga Antimilitar - 25 July, 2018 - 00:00

Constance Mutimukeye
Umoya

Con ocasión del día mundial de los refugiados, celebrado el miércoles 20 de junio de 2018, Jambonews ha entrado en contacto con Alphonse, un joven refugiado ruandés, que vive en Bruselas. Alphonse iba a cumplir 9 años en 1994 cuando abandonó el paraíso de Kigali para encontrase en el infierno de Kisangani. En esta conversación, Alphonse vuelve sobre el peligroso recorrido que efectuó entonces cuando no tenía más que 9 años. A través de su relato y de sus recuerdos infantiles, Alphonse nos permite comprender las condiciones de vida en los campos de refugiados ruandeses del este de la RDC de finales de los años 1990.

Primera huida: de Ruanda a la RDC

Alphonse proviene de una familia de tres hijos. En 1994, vivía en Kigali con su madre, su hermana y su hermano pequeño; su padre había fallecido. Cuando estalló la guerra en su barrio de Kigali, su familia y él huyeron hacia Kibuye, a casa de su abuela materna. Hicieron el trayecto en coche; su familia protegió su inocencia de manera que no realizó lo estaba pasando. “Estábamos en un coche y no estábamos autorizados a mirar por las ventanillas, para que no viéramos las atrocidades que sucedían. Los parientes hicieron todo lo posible para que no constatáramos con nuestros ojos las atrocidades”. Por eso, Alphonse no ha guardado un traumatismo particular con relación a la guerra y el genocidio perpetrado contra los tutsi en 1994.

Con el avance del FPR, que cometía exacciones contra la población civil a medida que avanzaba, la población se desplazó al este de Zaire, hoy República Democrática del Congo. Alphonse y su familia comenzaron por instalarse en un campo de refugiados en Bukavu. Aunque no era más que un niño, Alphonse guarda recuerdos precisos de este campo improvisado. Los refugiados no poseían todos los mismos medios; unos habían huido sin nada y otros estaban equipados. En el caso de Alphonse, ellos seguían teniendo su coche en Bukavu: “tuvimos la suerte de haber huido con algunos bienes”.

El ACNUR (Alto Comisionado para refugiados) terminó por dirigir a los refugiados hacia campo más apropiados. Los más conocidos en Bukavu eran: Inera 1 y 2; Kashusa, Adi Kivu, Shabarabe. Alphonse fue llevado al campo de Kashusha; ya había refugiados en él y poco a poco comenzó la instalación. El campo estaba subdividido en varias partes o barrios que tenían los nombres de las antiguas prefecturas de Ruanda: Kigali, Gitarama, Butare…Los refugiados quedaban a cargo del ACNUR y de otros organismos:

• Se distribuyeron tiendas, lo que permitió a los refugiados la construcción de chozas de plástico o casitas con retretes propios para cada familia.

• Se distribuyeron raciones alimenticias.

• Una parte de los refugiados se lanzó a crear pequeños proyectos (construcción, comercio, agricultura…)

• En el campo de Inera se construyó una escuela con la ayuda del ACNUR. Alphonse iba todos los días a esta escuela y nos habla algo sobre la misma: “La escuela estaba en el interior del campo, hecha por los refugiados y para los refugiados. Los maestros eran refugiados; estaba organizada con la ayuda del ACNUR y de otros organismos. Aprendíamos lenguas, matemáticas, historia y otras materias, como en Ruanda. Al mediodía, la comida era distribuida en la escuela. La diferencia con Ruanda era que las escuelas eran tiendas, nos sentábamos en el suelo, cada niño se las arreglaba para sentarse, algunos tenían una banqueta…)

En resumen, de la nada y en unos meses, los refugiados se habían dotado de un ritmo de vida. Alphonse vivía al día sin realizar lo que sucedía “a esa edad yo no podía comprender lo que estaba sucediendo, no tenía conciencia de vivir en un campo de refugiados, de haber abandonado Ruanda y de que la vida no era tan rosa”.

En el tema de la seguridad, Alphonse nos explica que estaba garantizada, “había fuerzas del orden enviadas por el gobierno de Zaire; recuerdo que en medio del campo había un espacio donde estaban las fuerzas del orden zaireñas; les llamábamos contingentes de seguridad, vestidos de naranja y garantizaban la seguridad en el campo. Estaban armados y circulaban para asegurar que todo iba bien. Había también un pequeño calabozo en el campo; podían coger a los malhechores y encerrarlos en él”.

Segunda huida: la primera guerra de la RD Congo

Cuando a finales de 1996 llegó la guerra a Kashusha, nos explica Alphonse que fue brutal y repentina. Una mañana, al ir a la escuela, encontraron el puesto de guardia vacío, los contingentes de seguridad no estaban; vieron cadáveres en el interior del puesto. No sabían quiénes los habían matado: “Nos marchamos del lugar camino de la escuela y de repente oímos disparos. Era muy violento, todo el mundo se puso a correr; yo, mi hermano pequeño y mi hermana regresamos a juntarnos con la familia; Nos organizamos y abandonamos inmediatamente el campo”.

Vieron una humareda en la otra punta del campo y se produjo un movimiento de pánico. Todo el mundo salió a la carrera. Los refugiados se desplazaron hacia el norte y tras una caminata de dos o tres días llegaron a Nyabibwe. En Nyabibwe vivían ruandeses instalados desde hacía mucho tiempo que ayudaron a los refugiados a instalarse provisionalmente y a descansar a la espera de que las cosas se calmaran.

Unos diez días después de su llegada, durante la noche, los refugiados oyeron de nuevo disparos. Nuevamente tuvieron que huir y emprendieron un trayecto montañoso. Subieron las montañas hasta llegar a Shangi. Alphonse recuerda que Shangi fue una tierra inhóspita para los refugiados. Caía mucha agua y rayos y muchas personas murieron fulminadas. En el caos provocado por la huida y las malas condiciones climáticas, Alphonse perdió todo rastro de su familia. Entonces se encontró solo, caminando en medio de la muchedumbre: “Yo tenía 11 años y tenía la impresión de que las cosas se envenenaban; sentía que se iban a agravar más de lo imaginable y tuve miedo. Fue en Shangi donde perdí a mi familia; no supe a dónde se marchó mi familia. Con 11 años, me encontré solo y caminé solo, durante varios meses. Caminé solo desde Shangi a Kisangani, situado a varios cientos de kilómetros más lejos, más al norte. Yo caminaba siguiendo a la muchedumbre sin saber a dónde iba y todo ello durante varios meses”.

Para Alphonse la supervivencia era cuestión del día a día: para alimentarse, se las tuvo que arreglar él solito; a veces podía contar con la ayuda de otros refugiados o pasar todo un día sin nada que comer. La solidaridad de los refugiados le marcó mucho; se prestaban las cacerolas y algunos le daban de comer o le tomaban a su cargo.

En el trayecto, había que contar con la suerte para no caer enfermo; los enfermos se quedaban en el camino para morir y el resto proseguía su camino. Alphonse nos cuenta que una vez le alcanzó la enfermedad: “Caí enfermo solamente una vez; creo que era malaria; tenía frío y náuseas; no podía caminar; no tomé medicina alguna; felizmente Dios me ayudó y la malaria desapareció ella sola”. Lo que le salvó fue que su enfermedad llegó en el momento en que el ritmo de la marcha era más lento, entre Shangi y Walikale, y pudo reemprender el trayecto tras su curación. “Los ataques llegaban por golpes y sucedía que la muchedumbre corría durante dos o tres días y después la situación se calmaba y la masa de gente moderaba la marcha para descansar”.

Durante el trayecto, Alphonse no se desanimó nunca; pensaba mucho en su familia y espera encontrarla; no pensó nunca en la muerte; no se sintió amenazado. “Yo quería encontrarme con ellos un día”.

Las condiciones de vida eran precarias; como manta Alphonse se servía de un chaquetón. Nos declara que se vistió con la misma ropa durante un año, de Kashusha a su regreso a Ruanda. “Llevé las mismas prendas de vestir durante un año, un pantalón corto azul, una camisa y una chaqueta; llevé la misma ropa hasta mi regreso a Ruanda”. Alphonse nos cuenta también que en esas condiciones los más vulnerables fueron los niños. Vio muchos cadáveres: “Había quienes morían por enfermedad o por fatiga; había quienes fallecían a causa de la lluvia; en periodo de lluvias podía llover durante una semana sin parar. Los más vulnerables fueron los niños de mi edad o más jóvenes. Fueron muchos los que murieron por cansancio y eso me producía mucho daño. Lo que hay que comprender es que nosotros no conocíamos el camino, de tal modo que podíamos caminar dando vueltas. Por consiguiente, he visto y conocido muchos niños muertos. Habiéndoles dejado en el camino, al volver al mismo sitio por haber dado un bucle, vi sus cadáveres en la cuneta”.

Sobre las otras condiciones de vida, Alphonse nos indica que los refugiados eran muy numerosos; recuerda también las diferentes etapas: Kashusha, Nyabibwe, Shangi, Wlikale, Tingi Tingi, Biaro, Kisangani. Como ejemplo, se pararon durante unos meses en Tingi Tingi. Por suerte se cruzó con su tía, la hermana pequeña de su madre, que estaba con su marido y su hija. Permanecieron juntos.

Las condiciones de vida en Tingi Tingi eran netamente más degradadas que las de Kashusha: “Era peor; las condiciones no eran las mismas; todo era improvisado; la gente cortaba árboles para hacerse con un lugar donde abrigarse y construir pequeñas chozas para los que tenían la suerte de tener todavía tiendas. Nos quedamos allá durante unos meses y ello permitió al ACNUR y a otras asociaciones llegar al terreno. Nos aportaron una ayuda; pudimos entonces acceder a medicamentos y a alimentos. Había una amplia carretera que había sido trazada para permitir aterrizar a pequeños aviones: me acuerdo de ello, había pequeños aviones que traían medicinas y alimentos”.

La salida de Tingi Tingu fue dolorosa; contrariamente a otras huidas, los refugiados habían sido advertidos de que el campo iba a ser atacado. Una parte se adelantó y salió. Para Alphonse y su familia ello no fue posible: su tía estaba enferma y no podía caminar. Estaba encamada en el pequeño dispensario del Tingi Tingi. Tras muchas vacilaciones su marido, el tío de Alphonse tuvo que resignarse a dejarla sola al llegar los asaltantes. Desde ese día, no han tenido nunca noticias de su tía. Camp de réfugiés de Tingi-Tingi

Las circunstancias de cada huida eran siempre las mismas; disparos, humaredas. Alphonse piensa que los militares que los perseguían permanecía unos momentos en cada lugar para limpiar: “Insistían en destruir todo, quemarlo todo; quemaban las chozas; quemaban las casitas; no nos perseguían corriendo, sino quemando”. Alphonse prosiguió la huida e hizo una etapa en Biaro, tristemente célebre por sus numerosas atrocidades cometidas contra los refugiados. Terminó por llegar a Kisangani donde se cruzó con un amigo de la familia que había hecho el mismo trayecto que él. Este amigo le ayudó y lo condujo a Save the Children, un organismo venido en ayuda de los niños abandonados. Save the Children se hizo cargo de él y lo repatrió a Ruanda.

Fuente: Rebelión

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Los africanos son europeos sólo para el fútbol

Tortuga Antimilitar - 24 July, 2018 - 00:00

1400 muertos en seis meses por la xenofobia europea: No tienen nombre ni rostro (los medios hegemónicos los reducen a ser solo números), y para siempre quedaron sepultados en el anonimato del fondo del mar y para siempre separados de la familia.

Inglaterra, Francia y Bélgica, tres de las cuatro naciones semifinalistas del Mundial de Fútbol Rusia 2018, tienen en sus planteles jugadores de ascendencia africana. El legado del colonialismo y la inmigración como consecuencia de ello pone de relieve una historia que sigue latiendo al ritmo de la xenofobia y la discriminación.

Catorce de los 23 integrantes de la selección campeona, ¿Francia?, son de origen africano: Kanté es de Mali; Mendy, Dembelé y Sidibé de Senegal, Pogbá de Guinea, Umitití y Mbappé de Camerún, Ramis de Maruuecos, Fekir de Argelia, Kimpembé de Congo, Tolissó de Togo, y N´Zonzi, Mandanda y Matuidi de la República Democrática del Congo.

Hace 20 años, en el Mundial de Francia 1998, la selección local logró coronarse campeona al admitir que los descendientes de africanos eran también ciudadanos franceses. Desde ese momento, no es raro ver a negros, turcos y árabes en otras selecciones “europeas” como Alemania, Bélgica, Inglaterra e incluso las escandinavas.

Zinedine Zidane revolvió entonces muchos sentimientos de culpa de los franceses porque "Zizou" es hijo de una Argelia en la que el colonialismo francés perpetró demasiados horrores. Veinte años después, la selección de Francia es incluso más multicultural que en 1998. Inglaterra es otro ejemplo de multiculturalidad que beneficia a su fútbol. Diferente es la historia de Croacia: los Balcanes no son tierra de inmigración, sino más bien lo opuesto. Suiza puede dar fe de ello con varios balcánicos en su selección.

Ilógico quizá, nunca un conjunto africano pasó de cuartos de final, pero África triunfa en Rusia mediante Bélgica, Inglaterra y Francia. Hombres y mujeres que dejaron Congo, Guinea, Marruecos, Camerún, Argelia, Mali, Nigeria y Angola para instalarse en Europa, ven hoy con orgullo cómo sus hijos son héroes deportivos vistiendo las camisetas de esos países en que todos crecieron, y mayoritariamente nacieron.

Esos hijos son franceses, belgas, ingleses, daneses o suecos, pero saben bien de dónde vienen sus familias. Es el caso del belga Romelu Lukaku, cuyos padres llegaron del ex Zaire, hoy República Democrática del Congo. El de Blaise Matuidi: sus padres abandonaron Angola, devastada por una guerra civil que dejó más de medio millón de muertes. "Nunca olvidé mis raíces angoleñas. Tuve que tomar una decisión difícil al optar por Francia", dijo años atrás el mediocampista.

Y el caso de Samuel Umtiti, autor del gol que lanzó a Francia a la final, nació en Camerún pero creció en Francia. Sin duda, África aportó mucho al creciente éxito de Europa.

1.400 muertos en seis meses por la xenofobia europea

Más de 1.400 inmigrantes, de enero hasta principios de julio 2018, perdieron la vida en las aguas del Mediterráneo. No tienen nombre ni rostro (y los medios hegemónicos los convierten en números), y para siempre quedaron sepultados en el anonimato del fondo del mar y para siempre separados de la familia.

Sus sueños se transforman en pesadillas, la esperanza en tragedia. Según el diario italiano Corriere della Sera en el primer cuatrimestre de 2018 el 9% de los migrantes-refugiados del norte de África se ahogaron en el cruce del Mediterráneo. Sería evidentemente una exageración llamarlos mártires de la migración.

En cuanto a la inmigración actual de los refugiados, el fenómeno se debe, entre otros factores, a la asimetría aguda entre los países y las regiones centrales y países periféricos. Lo cierto es que el progreso técnico y el crecimiento económico, por sí solos, no conducen al desarrollo integral ya la paz, que sólo son posibles cuando el crecimiento se acompaña de una distribución real y profunda de la renta y la riqueza.

La asimetría es aún mayor cuando comparamos las naciones del viejo continente europeo con aquellas del nuevo continente africano. Con la revolución del transporte y de las comunicaciones, cosas y personas corren y vuelan a una velocidad, una aceleración sin precedentes: asombra hoy la velocidad de desplazamiento de mercancías, dinero, tecnología, noticias, conocimiento, información, armas, drogas y violencia, a veces apenas por Internet.

Los jóvenes africanos tienen, al otro lado del desierto y del Mediterráneo, una posible salida de Eldorado. Se agregan a esto los factores que conducen al éxodo masivo de su propia tierra, incluyendo un sentido de liberación de las sociedades tradicionales de control social rígido, dice Alfredo Gonçalvez, vicario general de la Congregación de los Misioneros de San Carlos.

Sin dudas, la movilidad humana se encuentra umbilicalmente ligada a la política económica de cada país y de todo el globo. Hoy, los desplazamientos humanos masivos se convirtieron en planetarios y de ahí su relación con la geopolítica mundial, con el giro a la derecha (y ultraderecha) de varios países, los europeos (en especial Francia., Alemania, en parte el Reino Unido, Austria, Hungría, Polonia, Italia) y Estados Unidos. Incluso los países escandinavos, la República Checa, Eslovenia.

Lo más grave es que tal actitud xenófoba suele ser una caja de resonancia de las respectivas poblaciones, en las que reina el miedo, la amenaza y el rechazo al otro, al extranjero, en los que se basa el prejuicio y la discriminación, el racismo y la xenofobia.

La última cumbre de la Unión Europea (UE) formada por 18 países, se realizó el 28 y 29 de junio pasado, donde quedó patente que el tema de los migrantes representan una 'papa caliente'. Los gobernantes son presionados por buena parte de su población que no acepta la vecindad de los migrantes; y también por el Acuerdo de Berlín de 2017, con la promesa de un sistema de cuotas para cada nación

¿Progresos en la cumbre? Nada cambió: cada país se presenta con una serie de condiciones que más parecen muros invisibles, y rechazan un posicionamiento taxativo y solidario, aun cuando reconocen que ningún país puede resolver por sí solos lo que ellos llaman " crisis migratoria ", pero al mismo tiempo, se aferran a las ventajas y desventajas de la política interior y exterior.

Los medios hegemónicos –que representan los poderes fácticos de cada país y de la UE– siguen hablando de inmigrantes ilegales. La prensa italiana, por ejemplo, habló del fracaso de la cumbre, otros del "caos, la indiferencia y la insensibilidad", "decadencia y la ceguera" o "matanza silenciosa" para definir el resultado de las negociaciones fallidas en Europa. Y el retorno prevalecer es el nacionalismo de otros tiempos, es una especie renovada de la ideología de la seguridad nacional notoria.

Criminalización de los migrantes

La potitización de las migraciones representa, en general, la criminalización de los migrantes, señala el vicario brasileño Alfredo Gonçalves. Son fuertemente indeseados, rechazados. Para los gobiernos de derecha, constituyen un "problema" que exige soluciones; para ciertos medios de comunicación son una "amenaza" disfrazada; para buena parte de la población, provocan "miedo y riesgo", temen lo que califican despectivamente como "ola negra", "avalancha humana”.

Algunos analistas más serios hablan de tener en cuenta el argumento de la demografía, ya que varios países europeos están en declive de población, con un crecimiento por debajo de cero. Los migrantes, en su mayoría jóvenes, podrían llenar el vacío de una generación en cuanto a la sustitución de la mano de obra que tarde o temprano comienzan a agotarse..

Según otros, Europa está cosechando lo que sembró en los siglos pasados, en los oscuros días del colonialismo más rapaz, despojando a vastas zonas de África y Medio Oriente de todas sus riquezas, llevándose incluso a los trabajadores que fueron convertidos en esclavos y enviados a las Américas.

Lo cierto es que el discurso de la derecha xenófoba -expatriar a los indocumentados e impedir la entrada de nuevos inmigrantes (copiado casi literalmente de la política de "tolerancia cero" de Trump),- detenta gran apoyo popular. Algunos gobiernos de centroizquierda, intentaron e intentan mantener las fronteras abiertas, socorro, rescate, acogida e intento de inserción.

Hay casos extremos, como en Hungría, donde las personas, familias y entidades que se disponen a acoger y ayudar a los inmigrantes pueden ser consideradas criminales y, por lo tanto, pasibles de penalidad y prisión.

En julio, el austríaco Sebastián Kurz, dictó medidas para reforzar el control en la frontera entre Austria e Italia en Brennero. El ultraderechista italiano Matteo Salvini envió una circular a todos los alcaldes, para restringir el derecho de asilo a los inmigrantes y llevó al Tribunal Supremo a la idea europea de cerrar los puertos italianos a todos los buques internacionales.

Fronteras como las que unen y dividen Turquía y Grecia, Norte de África y el sur de Europa, México y EE.UU., Myanmar y Bangladesh, la isla de Batan (Malasia) y Singapur, Chile, Perú y Bolivia, al mismo tiempo, Venezuela, Colombia y Brasil, Paraguay, Argentina y Brasil, entre otros,- se convierten en volcanes en estado de erupción.

Las motivaciones de la migración son casi siempre las mismas: pobreza, miseria, hambre, falta de empleo y oportunidad; violencia, guerra, conflictos que pueden ser étnicos, religiosos o político-ideológicos; desastres naturales, no raramente amplificados debido a los progresivos cambios ambientales. Escapan a los jóvenes sobre todo, pero también a las mujeres y, de forma creciente, a los niños desatendidos

La población que llega a Europa viene en su inmensa mayoría de los países de África, Oriente Medio y Asia menor. "En el corredor entre Europa y África, en cambio, lo que está en juego son los países pobres, donde domina la 'limpieza' étnica, religiosa o ideológica, las luchas fratricida, la sequía y las inundaciones, sea la persecución política, la prisión o ejecución pura y simple, sea la muerte a cuentagotas ya los ojos de la propia familia, debido a las condiciones precarias en que viven..

La gran mayoría migratoria se origina en los países africanos, especialmente en la región subsahariana; Oriente Medio. Países como Siria, Afganistán, Iraq en el Oriente Medio; , Libia, Etiopía, Eritrea, Somalia, Sudán, Senegal, Burkina Faso, Chad, Malí (África) aparecen en el primer plano. Las demás naciones como la India, Sri Lanka, Filipinas, Myanmar e Indonesia (Asia) expulsan a miles de personas, algunas de las cuales también llegan a Europa.

Brasil y Argentina ¿son europeos?

También el gobierno golpista de Brasil y el neoliberal de Argentina estudian cómo impedir la entrada de los ciudadanos, a la inmigración, es decir, la forma legal y documentada, para desencadenar la carrera represiva a través de "ilegales" y sin documentos en orden. No sólo contra los tradicionales migrantes de sus países vecinos, sino también los provenientes de Haití, Centroamérica, África y Oriente Medio.

Fútbol y migración

Un 7% de la población francesa es de origen inmigrante, proporción que en su selección se multiplica por diez. Suiza, donde uno de cada cuatro habitantes tiene procedencia extranjera, presentó en Rusia una selección con 60% de jugadores de origen inmigrante. Similar es lo de Inglaterra, con un 10%, cifra que en la selección, con importante aporte jamaiquino, crece al 50%.

Inglaterra presentó seis futbolistas de origen nigeriano en el último Mundial Sub 17, para el que paradójicamente (o quizás no tanto) Nigeria no se clasificó. Los ingleses son hoy campeones mundiales sub 17 y sub 20 y buscan el título de mayores, señala Sebastián Fest..

Y no solo África renueva y mejora el fútbol europeo. Más allá de los jamaiquinos de Inglaterra, Alemania tiene entre sus figuras a hijos de inmigrantes turcos, como Mesut Özil e Ilkay Gündogan, además de jugadores de origen africano, como Sami Khedira (su papá es tunecino) y Jérôme Boateng (de padres ghaneses). El hermano de éste, Kevin-Prince, juega para Ghana.

Albania lo hace representada por la Confederación Helvética. Edi Rama, el primer ministro albanés, abrió días atrás una cuenta bancaria para que sus conciudadanos donaran dinero que permitiera pagar las multas a Granit Xhaka y Xherdan Shaquiri por haber celebrado sus goles a Serbia haciendo el gesto del águila bicéfala, símbolo de la Gran Albania y de explosivas reverberancias geopolíticas en los Balcanes.

Suiza cuenta con futbolistas nacidos en Camerún, Costa de Marfil y Cabo Verde. Xhaka y Shaquiri nacieron en Suiza, pero siguen muy ligados a la tierra de sus padres. Incluso Taulant, hermano de Granit, juega por Albania. Y Bélgica, ejemplo clarísimo de talento de la inmigración, es una Torre de Babel: sus futbolistas hablan entre sí básicamente en inglés en los partidos, añade Fest.

Y aunque el protagonismo no sea el de sus selecciones, África aportó mucho al creciente éxito de Europa. Hay una revolución que se gesta en las periferias de las grandes ciudades europeas: tras cambiarle la cara a la sociedad europea, la inmigración está cambiándosela ahora también a su fútbol, a pesar de la xenofobia y la discriminación alentada por sus elites.

Aram Aharonian: Periodista y comunicólogo uruguayo. Mágister en Integración. Fundador de Telesur. Preside la Fundación para la Integración Latinoamericana (FILA) y dirige el Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, www.estrategia.la )

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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Sobre la libertad de La Manada: Por una justicia feminista y un feminismo antipunitivista

Tortuga Antimilitar - 24 July, 2018 - 00:00

El jueves recibí por una lista de Telegram la primera noticia sobre la libertad provisional para los condenados de la Manada. También muchísimos mensajes de indignación y muy pocos argumentos o información concreta de los motivos de la puesta en libertad. Yo tenía algunas dudas sobre cómo debíamos reaccionar, sobre el caso concreto –me faltaban datos, razonamientos jurídicos– pero no me atreví a expresarlas en ese grupo. La unanimidad era abrumadora, casi como un muro. En mis redes sociales también.

Tuve dudas sobre todo porque soy una lega en derecho pero también porque tengo un tic que me hace saltar un resorte interno: una cierta desconfianza por principio en el sistema penal, en la cárcel como solución. Conozco gente que ha sido encarcelada por acciones políticas, por actos de desobediencia, por defender determinadas ideas. Gente que ha sido torturada en el sistema penal. Por eso, defender los derechos procesales siempre me ha parecido un deber, porque los excesos de la justicia pueden recaer fácilmente en gente que lucha contra otro tipo de excesos que consolidan la desigualdad en la sociedad, o simplemente, en personas que pelean por poder decir según que cosas, por manifestarse –y últimamente hasta por cantar, o poner tuits–. Podría haberme pasado a mí o a alguno de mis compañeros. Siempre queda además, que estos excesos también pueden recaer en inocentes, por eso existen los derechos procesales y por eso hay que defenderlos.

Por otra parte, sé que las mujeres estamos teniendo que librar una dura batalla para que las violaciones, los abusos, la violencia en el hogar o la pareja sean reconocidas y combatidas. Hasta hace muy poco en nuestro país lo que en principio se llamó “violencia doméstica” era un “asunto privado” que se toleraba, que a penas se denunciaba. Hoy todavía pedimos más recursos y medidas de protección ante la persistencia de los asesinatos. Hemos tenido que luchar a brazo partido para que se nos crea cuando explicamos abusos –la palabra de una mujer que cuenta una violación es una palabra que ponemos inmediatamente en duda–. Por no hablar de la escasa atención o medidas de protección que reciben las víctimas de trata o las de abusos cuando son inmigrantes que trabajan casi sin derechos en nuestros campos. Estar borracho es una atenuante que puede reducir la pena en caso de violación. Entre otras muchas cosas incomprensibles como la que ha suscitado la reacción furibunda a la sentencia de la Manada: la diferencia entre abuso y agresión basada en la existencia o no de violencia de los agresores o resistencia de la víctima. Si no hay consentimiento, hay violación, decimos. Parece obvio. Así que no. La justicia no protege suficientemente a las mujeres cuando son agredidas porque son mujeres en toda esa construcción que nos hace estar al servicio de otros, o satisfacer a otros, o confirmar a los hombres en su posición de varones a través de la fuerza que ejercen sobre nosotras.

Y con todo esto a cuestas, el jueves cuando estalló la oleada de indignación, yo tenía dudas, pero me costaba expresarlas incluso en grupos de confianza. Todo se acelera en estos tiempos y hay miedo de expresar según que planteamientos. Miedo de los linchamientos en redes, miedo de que te estigmaticen, te boicoteen o te acusen. El periodismo siempre ha sido deporte de riesgo si se confrontaba al poder, ahora también tiene que confrontar los climas sociales. Es bueno que se controle al periodismo, me dije. Pero también acojona un poco. Hay mucho de emocionalidad en estos acontecimientos que funcionan como un clima, que de alguna manera se articulan o generan sujeto político en torno a la indignación. Es importante pensar bien cómo intervenir en ellos porque no es fácil. También necesitaba reflexionarlo un poco más, leer algo más, hablar con compañeras que saben. Tampoco hay por qué opinar sobre todo siempre, me dije. No siempre es útil. Calma.

Casi al momento de recibir la noticia me escribió una amiga:

¿Viste lo de la manada? Entiendo la rabia y la indignación, pero me jode salir a la calle a pedir que permanezca gente en prisión.

A mí me pasa lo mismo. Pero no sé cómo expresarlo o si quiera si vale la pena.

Pues me ha escrito bastante gente en privado sobre el tema. Si se trata de elegir bandos yo tengo muy claro cual es el mío, pero no puede ser que todo discurso o acción se organice casi instantáneamente en torno a bandos.

¿Quieres que más adelante escribamos algo juntas?

Sí, en el 2019. ;-)

Leyendo la protesta

El viernes ya sabía algo más del caso, había leído críticas fundamentadas a la puesta en libertad desde posiciones feministas que hablaban de los límites del derecho en estos casos, al tiempo que defendían las garantías procesales de forma matizada. A pesar de eso, fuimos a la manifestación arrastrando nuestras dudas. Unas chicas gritaban: “Violadores a prisión”.

Una compañera que me acompañaban dijo: “Me cuesta gritar eso”. Otro amigo intervino: “Dan igual los detalles concretos, esto es una impugnación completa. En los últimos 4/5 años, al ciclo 15M le ha seguido un ciclo feminista, que como sucedió en su momento es un poti poti de cosas muy diferentes y no tiene estructuración política. Fijaros, las demandas más concretas se articulan en torno a la violencia, que es como el elemento vertebrador de esta oleada. Esta demanda plantea un conflicto con el Estado, con las instituciones del poder judicial. Molaría que aquí saliese un programa político más amplio de economía feminista, cuidados, etc., pero las condiciones vienen dadas así y está bien que así sea.”

La chica le respondió: “Puede ser, pero aún así, estamos en un momento muy frágil. El discurso hegemónico de hoy es un discurso procarcelario. Esto podría valer para legitimar la cadena perpetua, el propio sistema punitivo patriarcal. Y si no, mira eso” –dijo señalando una pancarta con la cara de los violadores–.

Pero ni las pancartas, ni los monigotes ahorcados que representan a los violadores colgando me preocupaban a mí. No dejan de ser expresiones de enfado, mensajes que más bien hablan de la indefensión de la víctima, de cómo es pasar a la ofensiva simbólica desde la conciencia de la propia fragilidad constantemente recordada a golpe de sucesos en los informativos, una suerte de pequeña revancha emocional. Me preocupaba más la instrumentalización que pudiese hacerse desde las instituciones y partidos que son los que al final tienen la capacidad enunciativa más potente, el acceso a los medios de comunicación y los que en definitiva se arrogan la capacidad de “interpretar” las demandas ciudadanas y el significado de expresiones como una protesta masiva. Es bueno el desborde, ¿pero quién puede decir que significa exactamente una manifestación como la del viernes? ¿Las estructuras del feminismo institucional que están más cercanas al poder? ¿Los políticos que quieren convertir en votos las demandas feministas? El movimiento feminista en estos momentos está absolutamente desbordado por su propia potencia ¿quién tiene la potestad de hablar por él? Es importante resaltar que es desde sus organizaciones formales más diversas –como las plataformas del 8M– de donde salen los mensajes menos punitivistas, son una auténtica referencia.

Por su parte, Soraya Sáenz de Santamaría aprovechó para justificar la prisión permanente revisable –perpetua, sin eufemismos–. Pedro Sánchez se apresuró a hablar de la necesidad de un cambio en el Código Penal y declaró su compromiso con la “lucha contra el terrorismo machista”. No alegra mucho esa comparación porque conocemos perfectamente la legislación de excepción que ha dejado la “lucha antiterrorista” en nuestro ordenamiento jurídico. Y también cómo ha sido utilizada, por ejemplo, en el caso de los titiriteros que tantos juristas criticaron. Como explicaba Beatriz Gimeno en un artículo, los cambios impuestos en caliente y a golpe de emociones favorecen la “impunidad del poder” porque “normalizamos la terrible idea de que cualquier medio punitivo que emplee el Estado es aceptable con tal de conjurar determinados peligros”. La movilización se ha ido articulando como reacción a sentencias judiciales como provocada por el caso de Juana Rivas, y ahora este. Es un programa que plantea una confrontación, ¿pero hacia dónde lo queremos llevar? ¿Cómo se protege mejor a las mujeres? ¿El aumento de penas o el recorte de derechos contribuyen a evitar nuevas agresiones? Los datos nos dicen que no.

“No es un caso aislado, se llama patriarcado. Las calle, la noche, también son nuestras. Que no, que no, que no tenemos miedo” –se cantaba en la manifestación–, con más ganas las más jóvenes, que en general ya no tienen madres que les prohiban salir de noche, pero que se sienten expulsadas del ocio nocturno por las amenazas de agresiones sexuales. Eso estaba también: un acto de afirmación colectivo. Allí, más allá de las pancartas contra los violadores y el cabreo, lo que vivimos fue una enorme alegría de estar juntas. Porque al final, también era un mensaje para la chica que sufrió la violación: estamos contigo, no estás sola. “Mientras haya esto –me dijo otra amiga señalando alrededor–, no habrá fascismo en España”.

Después de la manifestación me encontré en una fiesta con una amiga que estudió derecho. Ella lo tenía claro: “Yo también parto de una mirada antirepresiva porque es a lo que me he dedicado toda la vida, pero tal y como han ido las cosas, para mí la liberación no se entendería sin el movimiento feminista. Es un mensaje, ha sido una reacción por nuestra impugnación al sistema judicial. Es cierto que se tiene que acabar con la diferencia entre abuso y agresión sexual y creo que eso lo estamos ganando. La realidad ahora es que nos estamos encontrando con jueces que hacen lo posible por aplicar abuso porque agresión implica penas de hasta 15 años de cárcel. Son muy altas y a los jueces les cuesta aplicarlas. Si se reforma la ley habría que bajarlas. Pero a ver quién dice eso en este contexto.”

Un feminismo del deseo

Una investigadora que ha estado trabajando en prisiones con violadores, Rita Laura Segato intervino el año pasado en el Senado argentino en contra de la propuesta de privar de ciertos derechos a los agresores sexuales –como las salidas transitorias o la libertad condicional–. Ella explica que las agresiones sexuales que conseguimos tipificar como crimen constituyen la punta de un iceberg de un comportamiento social extenso y que implica una espiral de violencia de más calado. Así, la violación sería sólo otra manifestación de una serie de "agresiones" que se reproducen socialmente, que nos atraviesan a todos y que arrancan con la cosificación de la mujer. Es lo que desde el feminismo se llama “cultura de la violación”. Cómo confrontarla también implica un debate: si mediante la prohibición o a través del trabajo político de producción discursiva y la propuesta de modelos alternativos. (Por la forma de conducir el debate en las redes y las peticiones de boicot y prohibiciones, parece que la mentalidad punitivista arraiga también muchas veces en nuestros movimientos en diferentes lugares.)

En cualquier caso, si el problema de las agresiones es social, como dice Segato, las soluciones no pueden pasar solo por lo penal que acaban por “enviar al violador a una verdadera escuela de violación como es la cárcel”. Y propone un trabajo en varios planos, donde la formación de los jueces sería una parte más, en la línea de lo que propone el protocolo Estambul, donde desde una mirada no punitivista, se reclama una revisión del funcionamiento de la justicia en clave feminista.

“¿Son las soluciones que el Estado puede dar el tipo de soluciones que necesitamos? ¿O deberíamos ser capaces –sin abandonar ese camino– de pensar en otras formas de transformar la sociedad y las relaciones entre las personas? Pienso que estamos en tiempo ya de pensar en otros caminos de la propia sociedad. Caminos que tienen que ver con la reconstrucción de lazo allí donde existen jirones de comunidad –como todavía se da ciertamente en España–, reconstrucción de vida relacional, de una comunidad que cuida. Reforzar ese camino traerá soluciones mejores para la protección de las mujeres que las penas de cárcel, que las penas punitivas. Hay que reforzar un ojo vigilante que es el de la propia sociedad”, decía Segato en una entrevista.

No queremos una justicia machista que no nos defienda y no creemos que la solución sea el populismo punitivo. La posición es complicada y a veces es difícil de explicar. En esta línea, decía Silvia Federici que la violencia que sufrimos no es solo violencia individual, es también del Estado, de la policía y de las cárceles, y que “el feminismo es un movimiento contra la violencia y los abusos institucionales, pero también es una manifestación de deseo, de voluntad de construir una sociedad diferente.” La justicia no siempre equivale a más castigo. Más penas y menos derechos no nos van a proteger mejor de esas violencias que se retroalimentan, pero más feminismo, es decir, más estar juntas en el camino hacia esa sociedad diferente que prefiguramos, con toda seguridad sí.

Autora:

Nuria Alabao
Es periodista y doctora en Antropología. Es miembro de la Fundación de los Comunes.

Fuente: http://ctxt.es/es/20180627/Firmas/2...

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Tortuga Antimilitar - 23 July, 2018 - 00:00

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‘La Manada' en libertad. Riesgos y dudas

Tortuga Antimilitar - 23 July, 2018 - 00:00

Miguel Pasquau Liaño

¿Puedo pedir a quien se esté pensando si lee este artículo que haga un esfuerzo por ponerse en estado de duda, es decir, por abrirse a la posibilidad, por remota que sea, de estar equivocado?

Aclaro que mi intención no es defender el auto de la AP Navarra. Ni lo contrario. Sí lo es, lo reconozco, salir al paso de algunas de las críticas que se le han hecho, incluso por cargos públicos. El auto tiene aspectos sobre los que cabe una crítica más que legítima (y alguna que he leído es especialmente consistente respecto de uno de los acusados), pero es importante esforzarse en delimitar qué podría reprochársele, y qué no puede reprochársele.

Comencemos por lo que no admite discusión: los acusados del caso La Manada han sido condenados a nueve años de prisión por abuso sexual. La sentencia ha sido recurrida tanto por las acusaciones (postulando la existencia de agresión sexual, con una pena mayor) y por la defensa (defendiendo la absolución por haber existido consentimiento de la denunciante). No hay, pues, aún, condena firme: sólo una condena provisional. Estamos en espera de la penúltima (TSJ Navarra) y última palabra (TS). La justicia llega siempre un poco más tarde de lo deseable.

En esta situación, los acusados aún no deben cumplir la pena, porque no es ejecutable. Pero pueden estar en la cárcel como presos preventivos. Así lo han estado desde el 7 de julio 2016, por haberlo acordado el Juez de Instrucción por el plazo máximo de dos años que marca la ley. Transcurrido ese plazo, y existiendo condena provisional, la ley permite una prórroga de esa medida cautelar por una duración de hasta la mitad de la pena impuesta (es decir, un total de cuatro años y medio). Esa prórroga no es automática. Sólo puede reclamarse a petición de las acusaciones, y tras un reexamen a fondo, y no rutinario, de las causas que justifican el hecho excepcional de que alguien aún no declarado culpable por sentencia firme esté en la cárcel. Esto era lo que debía decidir la Audiencia Provincial.

Para tomar esta decisión (prórroga o no de la prisión preventiva), el tribunal no debe mirar a la opinión pública, ni al deseo de la víctima, sino a la persona del acusado (en este caso los acusados) y sus circunstancias, así como a los riesgos reales a que pueda estar sometida la víctima. Y debe hacerlo desde una perspectiva que está muy claramente marcada por la ley: déjenlo libre, salvo que aprecien un riesgo real (no aparente) de que se fuguen, o un riesgo real de que vuelvan a cometer hechos similares a aquellos por los que se les enjuicia en el tiempo que falta hasta que recaiga sentencia firme, y (esto es importante y menos recordado) salvo que esos riesgos no puedan prevenirse suficientemente con medidas alternativas a la prisión.

Podría parecer que esta sentencia incrementa el riesgo de fuga si se les deja en libertad, porque ya hay una primera valoración sobre su culpabilidad. Pero eso no es suficiente.

Quédense de momento con esto, porque no es discutible: la Audiencia Provincial no podía acordar la prórroga por su convicción de que son culpables, ni porque su libertad genere "alarma social", ni porque los miembros del tribunal piensen íntimamente que los acusados merecen la cárcel, ni como modo de compensar la impuntualidad de la Justicia. Lo que tenían que decidir era si existen o no medidas preventivas diferentes a la cárcel que, en un pronóstico cuidadosamente hecho, ofrezcan garantías de que en caso de recaer sentencia firme condenatoria van a cumplirla, y de que mientras tanto no van a agredir a una mujer. Una decisión, por cierto, nada fácil, porque comporta una ponderación de riesgos para la que no hay estadísticas ni oráculos.

Los derechos valen si sirven cuando una mayoría no querría reconocerlos

La libertad provisional no es un beneficio que se concede al acusado. Es al contrario. La prisión preventiva es una medida que o bien se justifica en esas causas que he expuesto, o comporta una vulneración de los derechos del acusado. Y esto está bien que sea así. No se trata de invocar el argumento legal o constitucional a ciegas, o porque sí. Si la Constitución recoge esa garantía es como resultado de los abusos que históricamente se han cometido con la prisión antes de la condena firme, generalmente con la complacencia de una mayoría social. Pero con las garantías ocurre siempre lo mismo: que cuando se emplean y se respetan, pueden percibirse socialmente como un burladero o un privilegio. Y ahí hay un error de fondo sobre el que es trabajoso advertir.

Las garantías sólo tienen sentido, sólo son tales, si resisten cuando el viento sopla en contra. Y, ojo, a veces el viento somos nosotros. Estamos muy acostumbrados a ver películas en las que el acusado o el condenado es el bueno, y lo está por equivocación, y ahí sí entendemos la garantía, porque nos ponemos en su lugar. Pero cuando hemos llegado a la conclusión de que es el malo, no entendemos esa garantía. Sólo nos interesa la “justicia material”. Pero hay que tener cuidado con la “justicia material”, aunque sólo fuera porque es habitual que no nos pongamos de acuerdo unos y otros sobre lo que es justo: por eso el Derecho, consciente de su modestia, se pone límites a sí mismo, y esos límites son las garantías. Es importante que sepamos que o la garantía funciona y resiste en los dos casos (es decir, para quienes creemos buenos y para quienes creemos malos) o no es realmente una garantía, porque entonces depende de la valoración de cada cual. O de la opinión pública. ¿Por qué es así? Pues porque nos hemos puesto de acuerdo en desconfiar de las impresiones (cargadas de prejuicios) a la hora de tomar estas decisiones. Por eso hay árbitros, y jueces, y sobre todo juicios.

Para apreciar el sentido de una garantía es necesario ponerse siempre en lo peor (para el afectado), siempre que lo peor sea posible: el policía que ha presentado la prueba puede ser un tramposo, el juez puede equivocarse por prejuicios o ignorancia, el confeso ha sido forzado o torturado, el testigo miente. Las garantías están para cubrir esos riesgos, aunque estadísticamente lo normal sea que esos riesgos no se produzcan. Aunque a veces protejan al delincuente, merece la pena, porque el delincuente merece la condena, pero no la merma de garantías. El Derecho penal se autolimita porque se sabe falible. Los límites tienen que ser rigurosos, y no depender de las apariencias. Si tenemos memoria, sabemos que merece la pena.

La Manada

Vayamos a La Manada. Pero vayamos poco a poco. Dejemos a un lado nuestra íntima convicción, la sentencia firme que cada uno hemos dictado ya. Hagamos ese esfuerzo. Ellos y sus abogados dicen que no violaron ni abusaron de la denunciante, y que hubo consentimiento, acuerdo previo para realizar esa práctica sexual, o al menos que no tuvieron modo de saber que no lo consentía. La mayoría de españoles piensa que no hubo ese consentimiento (me incluyo en esa mayoría, por razones que he defendido en algún foro y que no son las más repetidas), y dos de los tres jueces que dictaron la primera sentencia lo vieron así; pero estoy seguro de acertar si digo que la mayoría de los españoles sí reconoce a esos acusados su derecho a defender su versión con todos los medios a su alcance, a no confesarse culpables, y a recurrir la sentencia que les ha condenado.

Si es así, demos el siguiente paso: la cuestión de si son culpables o no lo son sigue estando abierta. No podemos considerar como premisa lo que precisamente se está discutiendo, ya que premisa es lo que ya no se puede discutir. Para razonar sobre la prisión provisional, hemos de partir intelectualmente de que cabe alguna posibilidad de que un tribunal superior concluya que la sentencia que los condenó esté equivocada, y les dé la razón a los acusados.

Lo que no podemos es reprochar una medida de libertad provisional porque deseemos que paguen lo que hicieron

En consecuencia, todavía no puede castigarse a los acusados como culpables de un abuso sexual, porque ellos están en tiempo de defender su inocencia. Es como si en el minuto 80 de un partido se anotasen ya los tres puntos al equipo que va ganando 1-0 y jugando mejor. Usted puede llamar a los acusados sinvergüenzas, violadores, monstruos, lo que quiera; pero es importante que admita la posibilidad de estar equivocándose. Pueden sin embargo, es cierto, estar en prisión mientras se dice la última palabra sobre su culpabilidad, como ya se ha dicho: el sistema admite el riesgo de privar de libertad a un inocente. Los abogados que han llevado defensas penales habrán vivido con frustración cómo en ocasiones la prórroga de la prisión provisional se acuerda desde una valoración rutinaria, por inercia, o porque es más arriesgado soltar a quien ya está estigmatizado como posible delincuente. Y protestan con razón. Procuran convencer al juez de que van a acudir al juicio, de que no van a aprovechar la libertad para volver a cometer delito, y de que es más apropiado otro tipo de medidas cautelares, como una fianza que perderán si abusan de esa libertad, la retirada del pasaporte, la prohibición de ciertos comportamientos o lugares, la comparecencia de control en un juzgado cada cierto tiempo, etc. Cuántas veces saben que tienen razón, y sin embargo sus defendidos siguen en prisión.

Los riesgos, los sesgos y los prejuicios

Podemos discutir, en este caso y en otros controvertidos (como el juicio contra los independentistas catalanes), si dejarlos en libertad comporta riesgos relevantes de que no se consiga lo que se pretende con el proceso penal, que es averiguar si son culpables y castigarlos si lo han sido. Lo que no podemos es reprochar una medida de libertad provisional porque deseemos que paguen lo que hicieron, o porque lo desee una multitud. Para eso no hay que tener prisa. Ya pagarán, si tienen que pagar, es decir, si el último tribunal los condena. No puede utilizarse la prisión preventiva como castigo anticipado, ni como escarmiento, ni como medio para dar satisfacción a la opinión pública. Ni en La Manada, ni en Cataluña, ni en Alsasua, ni en Nóos. Y una vez cumplan la condena, tendrán derecho a salir a la cárcel y usted deberá aceptarlo aunque ello comporte riesgo de reincidencia, salvo que sea partidario de la cadena perpetua.

Lo sé, en el caso de La Manada ya ha habido un juicio, y hay una condena, aunque provisional. Podría parecer que esta sentencia incrementa el riesgo de fuga si se les deja en libertad, porque ya hay una primera valoración sobre su culpabilidad. Pero eso no es suficiente. Debe tenerse en cuenta que hay un voto particular, y que los acusados pueden tener esperanzas razonables de recurrir con éxito, y por ello es fácil pensar que su preocupación esté centrada en ganar el recurso y evitar los años de cárcel, más que en volver a violar a una chica en estos meses, que acabaría de hundirlos definitivamente, tanto en este proceso como en otro que tienen abierto. Debe también considerarse que entraron al juicio con una acusación del Fiscal que pedía 22 años, y que salieron con una condena de 9, lo que permite pensar que el riesgo de fuga es menor, porque para evitar 22 años uno está más proclive a arriesgarse y fugarse que por 9 (que ya serían 7, pues han cumplido 2, y dentro de cuatro podrían gozar de beneficios penitenciarios). Igualmente, debe considerarse que si vuelven a delinquir en este tiempo, la satisfacción de sus deseos les costará automáticamente 6.000 euros a cada uno (al margen de otra pena de cárcel y otra indemnización civil). Y que día sí y día no tienen que comparecer en un Juzgado. Y que han de estar permanentemente localizables a través de su teléfono móvil (que indicará su ubicación).

Estas consideraciones aparecen en el auto que ha acordado su libertad provisional, del que ha sido ponente la magistrada que votó a favor de considerarlos culpables. No es obligatorio estar de acuerdo. No lo está uno de los miembros del tribunal. Tampoco era obligatorio estar de acuerdo con los autos del magistrado Llarena, ni con el que encarceló preventivamente a dos titiriteros. Es comprensible incluso que cunda la impresión de que se emplean diferentes raseros según la raza, género, clase, condición social o profesión que tenga el acusado, y que esto produzca desazón. Como empecé diciendo, la intención de este artículo no es defender a ciegas el auto, sino expresar mis reservas sobre la seguridad con la que mucha gente está convencida de que lo que ha hecho la Audiencia es un disparate incomprensible. De paso, pretende recordar las razones por las que en las sociedades avanzadas (en las que hay menos abusos de poder) la prisión preventiva es una medida excepcional, y que lo que debe motivarse con razones seguras es la cárcel, y no su sustitución por otras medidas. Es importante que cultivemos una y otra vez, incesantemente, la sospecha frente a nuestros prejuicios. No sólo vigilar los de los demás, también los propios. Estadísticamente es imposible que siempre los sesgos y prejuicios estén al lado contrario, y que en el nuestro sólo esté el buen juicio.

Y por supuesto, si no están de acuerdo con una decisión judicial, díganlo: ese no es el problema. El problema es no hacer un esfuerzo por informarse de cuáles son las razones que pudieran hacernos dudar de nuestras propias sentencias: es imposible que todo el mundo lleve siempre razón, y también lo es que siempre la lleve el mismo: "yo", es decir, "nosotros". Nada mejor para salir de las burbujas que discutir.

Fuente: http://ctxt.es/es/20180620/Firmas/2...

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