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Actualizado: hace 2 horas 9 min

El anecdotario de los señores armados que vemos por la mañana

16 April, 2020 - 00:00

Josemi Lorenzo Arribas
Asamblea Antimilitarista de Madrid

El pacifismo se nos ha quedado antiguo.
Ahora somos antimilitaristas.

Gloria Fuertes (“Glorierías”)

Cuando un país está en guerra, por ejemplo, nunca hemos escuchado a una médica salir a la palestra para anunciar a cuántas personas se ha “abatido” el día previo. Pero sí nos quieren acostumbrar a que en tiempos de paz profesionales de la violencia (quienes tienen su monopolio “legítimo” y reciben un sueldo por ello, quiero decir) nos informen de los avances a la hora de salvarnos de un virus que no se elimina con armamento de última generación, ni de primera, ni con obediencia ciega, ni con I+D+i militarista, ni con desfiles ni banderas.

“Hemos ayudado a una señora mayor…”, “un joven pretendió burlar el confinamiento en no sé dónde mediante un truco…”, “hemos desinfectado no sé cuántas residencias…”, “en tal pueblo, disfrazado de…”, y así durante más de media hora. Diariamente.

El país, mientras, está aguantando como puede la embestida del virus COVID-19, sostenido por los debilitados servicios públicos que cuidan la vida y se encargan de los sectores esenciales que facilitan la misma. Desconocemos con ese nivel de precisión lo que le ha pasado, también diariamente, a una cajera con aquella persona que al ir a pagar le ocurrió algo; aquello, hasta gracioso, que a una repartidora le sucedió cuando llegó justo a tiempo para entregar algo importante; o eso otro que un limpiador observó, con estupor, cuando cumplía su obligación; ah, y lo del celador que... Y así, camioneros, carteras, farmacéuticas, riders, panaderos… No digamos nada médicas, médicos, enfermeras… ¿De verdad no hay anécdotas cotidianas que les suceden cada uno de estos días? ¿Por qué los señores armados han de mostrar presencia, horas de pantalla, con esa retahíla de las cosas que hacen, y no los demás?

Share y valor social

Da la sensación de que el valor social que se otorga a los profesionales que en estos días tienen mayor protagonismo que en tiempo ordinario se mide por la cuota de share que se administra a través de estas apariciones en la televisión. Sorprende mucho, por ejemplo, que el Ejército, del que habitualmente no se ha hablado nunca en este país y del que ha habido un consenso tácito entre los partidos en los tiempos de la alternancia democrática para no hablar ni discutir sobre él, comparezca cada día a contarnos detalles absolutamente prescindibles por boca de un señor lleno de condecoraciones. Si no fuera por la preocupante situación que vivimos, parecería un chiste. Si no fuera por razones ocultas, desde luego ni ese señor ni ningún otro de su rango se prestarían a semejante teatrillo. Ahora, sí. Les conviene.

Sorprende mucho que el Ejército comparezca cada día a contarnos detalles absolutamente prescindibles por boca de un señor lleno de condecoraciones.

Por otro lado, cuando en un discurso alguien se detiene en detalles muy precisos su interlocutor suele perder el hilo a la hora de captar lo esencial entre tanta hojarasca. Esto lo sabe cualquier persona dedicada a la comunicación o a la literatura. Por tanto, no es algo casual lo que está ocurriendo.

Con semejantes interlocutores desde el comienzo de las comparecencias no extraña la interesada puesta en escena de las metáforas bélicas, tan caras a Pedro Sánchez. Obviamente, es el universo semántico de aquellos a quienes tanto tiempo se les deja hablar. Ahí sí se encuentran en su salsa, y no cogiendo el mocho. Y de la guerra, saben, porque se dedican a prepararla, a ello han empleado esfuerzo, biografía y méritos, y así lo denuncian unas chapitas de colores en su pechera que no han conseguido precisamente limpiando, desinfectando ni mal leyendo gracietas. Con estas tristes metáforas bélicas, manoseadas hasta el hartazgo por militares, fuerzas policiales y obediente personal civil (ministerial, político, periodístico), con esta manera de entender las cosas, decimos, la lucha por salvar vidas se troca en referencias a soldados, estado de guerra, enemigo, más guerra, vencer, moral de victoria, guerra-guerra-guerra, ejército, economía bélica etc.

Toda esta verborrea superflua pretende normalizar lo más grave: ante un estado de alarma motivado por una cuestión puramente sanitaria, la única persona de este ramo que comparece se dedica a dar unos datos y hacer de maestro (o maestra) de ceremonias para dar paso a los uniformados para la turra diaria. Cuando enfermamos, queremos a una médica a nuestro lado, a un enfermero. No a un señor armado.

Toda esta verborrea superflua pretende normalizar que, ante un estado de alarma motivado por una cuestión puramente sanitaria, la única persona de este ramo que comparece se dedica a hacer de maestro (o maestra) de ceremonias.

Ante la gravedad de la situación que estamos viviendo que este señor, de oficio militar, coja una escoba y se dedique a barrer cuando se le está pagando un sueldo público tendría que ser noticia solo para anunciar un mundo nuevo en que, pasada la crisis, se reconvirtieran tales profesiones a estas otras, si es que hay vocación de servicio. Porque limpiando o desinfectando se cuida la vida, y aprendiendo a manejar un fusil, un cazabombardero o una fragata como las de Navantia se destruyen. Se aniquilan vidas aun incluso cuando no se entre nunca “en acción”. Cada euro, cada persona dedicada a esos menesteres pagada con fondos públicos es un euro y una persona detraída de donde más hace falta porque está en donde no hace falta ninguna. En el mejor de los casos.

Cada euro, cada persona dedicada al militarismo pagada con fondos públicos es un euro y una persona detraída de donde más hace falta porque está en donde no hace falta ninguna.

Un acrónimo, una propuesta: IFEMA

En Madrid, el recinto del IFEMA se ha convertido en algo parecido a un hospital porque hay camas, hay personas enfermas, medicamentos y principalmente por el generoso y responsable empeño del personal sanitario. Mucho de él voluntariamente ha decidido exponerse allí, ha trabajado en condiciones espantosas (mucho menos protegido que los militares que por allí pululan) y ha conseguido organizarse, a pesar muchas veces de sus jefes.

Por estas fechas, el año pasado y hace tres, y así sucesivamente, bienios hacia atrás, este mismo recinto ha acogido a una de las mayores ferias internacionales de armamento y tecnología para la muerte, actualmente llamada FEINDEF.

La plataforma Desarma Madrid lleva realizando acciones directas noviolentas de denuncia estos años el día de su inauguración. No es casual que algunas de las personas que están hoy en IFEMA atendiendo detrás de los EPIs, soportando la desorganización, arriesgando su cuerpo, apretando los dientes y aguantando el tirón, sean las mismas que ante las obscenas convocatorias de la exposición y compraventa de ingenios para matar estuvieran también protestando y denunciándolas, nuevamente exponiendo sus cuerpos. Militares y policía, entonces, cumplieron su función, que no fue estar del lado de la ciudadanía que se opone a la barbarie y a la muerte, sino proteger los intereses de una de las principales industrias del mundo en términos de rentabilidad.

Activistas contra HOMSEC - 11
Álvaro Minguito

Es paradójico que en el recinto de IFEMA, donde ahora se está cuidando y sosteniendo la vida, hace tan poco tiempo se estuviese mercadeando con armamento para destruirlas, fruto de los negocios realizados, en las guerras activas hoy mismo en el mundo. Y debía hacernos reaccionar ante la próxima edición con la que amenazan para el año 2021.

Es paradójico que en el recinto de IFEMA, donde ahora se está cuidando y sosteniendo la vida, hace tan poco tiempo se estuviese mercadeando con armamento para destruirlas.

Otro acrónimo, otra propuesta: IRPF

El Estado, ahora, en la crisis económica y social que nos ha venido encima debe asistir a millones de personas que lo va a necesitar. Para ello pagamos impuestos, se supone. De ahí debe salir.

Estamos en temporada de IRPF. Estamos, por tanto, en temporada de Objeción Fiscal a los Gastos Militares, campaña a la que en breve dedicaremos un capítulo específico. Animamos a que cada cual manifieste en su declaración, siquiera con un solo euro (Ni un hombre, ni una mujer, ni un euro para la guerra) ese rechazo a financiar el militarismo.

Objecion fiscal

Quienes no queremos “ser soldados”, como nos quieren los comparecientes mañaneros, tampoco queremos financiarlos, ni a ellos ni a sus generales ni a su gigantesco negocio de extracción de recursos públicos. No queremos contribuir con nuestro dinero a la preparación de la próxima guerra. Sí queremos sostener con nuestros impuestos una renta básica universal y esos servicios públicos esenciales que bien se está demostrando cuáles son, en proporción directa a la destrucción que han sufrido en los últimos años por las políticas neoliberales de PP y PSOE más los respectivos partidos nacionalistas de derechas.

Este año la estimación del Gasto Militar si contamos, además de las partidas destinadas al Ministerio de la Guerra (hoy, de Defensa), el Gasto Militar real encubierto en el resto de los ministerios, asciende a unos treinta mil millones de euros, según el cálculo del Grup Antimilitarista Tortuga. De esta cantidad, “solo” un tercio va al ministerio que preside la señora Margarita Robles.

Este año, el Gasto Militar ascenderá a 30.000 mil millones de euros. ¿Por qué no nos explican cada mañana los de las anécdotas sin gracia cuánto se podría haber invertido en Sanidad Pública con esa cantidad?

Treinta mil millones de euros. ¿Por qué no nos explican cada mañana los de las anécdotas sin gracia cuánto se podría haber invertido en, por ejemplo, Sanidad Pública, de haber contado cada año con una cantidad similar para utilizarla en lo que realmente construye sociedad?

Nos contaban estos días de atrás que Bruselas estaba buscando en los mercados internacionales 100.000 millones de euros que ayudasen a paliar el impacto económico de la pandemia en países como Italia y España. Quizá no hubiera que buscar tanto. Aquí derrochamos treinta mil todos los años.

A pesar del blanqueo que supone la ayuda humanitaria, la UME, y otros intentos de hacernos comulgar con ruedas de molino, es cierto que ahora todas las manos son bienvenidas para atajar las consecuencias de este virus. El sanitario… y el militarista.

Fuente: https://www.elsaltodiario.com/plane...

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El militarismo no descansa

15 April, 2020 - 00:00
Categorías: antimilitar

El gasto militar mundial es un 50% más alto que al final de la Guerra Fría

11 April, 2020 - 00:00

danilo albin

Allá donde hay armas quieren ver vacunas. Allá donde se preparan ejércitos, plantean que se entrenen médicos. En plena emergencia sanitaria por el coronavirus, el International Peace Bureau (IPB), considerada la organización pacifista y antimilitarista más antigua del planeta, ha emprendido una campaña mundial para pedir a las grandes potencias que destinen su astronómico presupuesto militar a la sanidad.

No hay tregua en las oficinas –ahora instaladas en las habitaciones de casa– del IPB. Estos días, las organizaciones que forman parte de esta plataforma apuran detalles de lo que será un mes intenso: desde este viernes 10 y hasta el próximo 9 de mayo inclusive, sus participantes llevarán a cabo la campaña de acción global para la reducción del gasto militar. En total, se estima que habrá un centenar de acciones en una treintena de países.

«La idea inicial era hacer un enfoque más centrado en el cambio climático, pero ocurrió lo que todos sabemos», dice a Público Jordi Calvo, coordinador del Centro Delàs de Estudios por la Paz y vicepresidente de la Junta del IPB. «Lo que todos sabemos» es, nada más y nada menos, que una pandemia global, con miles de muertes a sus espaldas y un cambio drástico en la vida cotidiana de millones y millones de personas.

De ahí, precisamente, la clave de la acción global de este año. «¿Cuánto dinero hemos dedicado a investigar en salud y cuánto al ámbito militar y a la compra de armamento?», resume Calvo. «Ahora estamos pagando esa mala gestión de lo público y ese análisis equivocado», subraya.
El IPB reclama «una reducción dramática del gasto militar en favor de la asistencia sanitaria»

Precisamente por eso, el IPB reclama «una reducción dramática del gasto militar en favor de la asistencia sanitaria y para satisfacer las necesidades sociales». «Es el momento de abrir una nueva página en las relaciones mundiales y poner las tensiones geopolíticas a un lado, para acabar con las guerras, para un alto el fuego en aquellos múltiples conflictos en todo el mundo, los cuales pueden dificultar un esfuerzo de solidaridad global», sostiene la ONG, creada en 1891 en Berlín –hoy tiene su oficina descentralizada en Barcelona– y galardonada en 1910 con un Premio Nobel de la Paz.

Según datos de esta organización, «el gasto militar es un 50% más alto hoy que al final de la Guerra Fría». «Se sitúa en la asombrosa cifra de 1,8 billones de dólares al año, mientras que la OTAN exige más aumentos a sus miembros», destaca en el manifiesto elaborado para reclamar, precisamente, que esta situación se revierta.

Según datos publicados por el Centro Delàs en abril de 2019, por entonces España se mantenía en el decimosexto puesto del ranking de países que más dinero dedican a Defensa, «con un gasto de 18.200 millones de dólares según datos del SIPRI (Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo) y cerca de 20.000 millones de euros según el cálculo del Centro Delàs».

La lista estaba encabezada por EEUU, que había aumentado su gasto militar hasta los 649 mil millones de dólares, un 4,6% más que el año anterior. Esa cifra representaba el 36% del gasto militar mundial en 2018. «Su gasto militar es el mismo que el de los 7 siguientes países que más gastan», destacaba el informe dado a conocer por el Centro Delás.

En segundo lugar estaba China, que había su gasto en un 5% hasta los 250 mil millones, «lo que representa el 14% del total mundial». De hehco, Estados Unidos y China juntos «representan la mitad del gasto militar mundial», seguidos por Arabia Saudí, India, Francia y Rusia.

Cambio de prioridades

Ahora, con los alarmantes datos del coronavirus sobre la mesa, el IPB encabeza esta campaña para pedir un urgente cambio de prioridades. «Pedimos a los países más ricos del mundo que se cuestionen lo que han hecho hasta ahora: se han dedicado demasiados recursos para militarizarnos. Ahora hay que utilizar estos recursos para hacer frente a las crisis sanitarias», explica Calvo, quien advierte sobre el carácter «económico y social» de la crisis que se avecina y que será sufrida, con especial intensidad, «por las comunidades más vulnerables».

En tal sentido, el IPB acompaña las jornadas de acción global con una recogida de firmas virtual para instar a los líderes del G20 a «levantar la sombra de la guerra y la política militar que ha arruinado la cooperación mundial en los últimos años y trabajar para asegurar que prevalezca un espíritu de paz y solidaridad».

«El G20 es responsable por el 82% del gasto militar mundial, representa casi todas las exportaciones de armas, y tiene en su territorio colectivo el 98% de las bombas nucleares del mundo. El G-20 es una plataforma compartida que reúne los intereses de los principales actores de la carrera de armamentos mundial», remarca.

Las firmas que se recojan serán llevadas a la próxima reunión de la Asamblea General de Naciones Unidas, prevista para septiembre próximo. Allí pedirán a los líderes mundiales que «actúen por una cultura de paz» y reduzcan drásticamente el gasto militar «en favor de la sanidad pública y la atención a las necesidades sociales y medioambientales».

Público

Categorías: antimilitar

El ejército y la pandemia

6 April, 2020 - 13:29

Llevamos un mes que estamos asistiendo a bastantes hechos anómalos, y parece que lo extremo de la situación hace que miremos esta anomalía sin sorprendernos, o al menos sin denunciarla.

Desde que empezó la pandemia, el ejército está asumiendo un papel, no ya activo, pero sí al menos presencial. Como si de las guerras del Golfo se trataran, las ruedas de prensa están siendo escoltadas por policías, guardias civiles, la ministra de defensa, etc. El lenguaje de la guerra es de uso normalizado. Su semántica militar es un arma de peligroso calado, pues más que mil palabras inútiles vale una que nos otorgue la paz. Como si se tratase de matar el virus a cañonazos se habla de enemigos a destruir, pero se olvidan de comentar que, para defender la salud, al igual que el trabajo, etc., los cañones y las armas lo único que hacen es restar el dinero que se debería haber dedicado a la sanidad, trabajo, etc.

El gasto público en defensa en España es de 30.000 M€ anuales, equivalente a construir 100 hospitales al año (todo ello sin contar el gasto privado).

Esto llama aún más la atención si tenemos en cuenta que en las calles no hay casi gente, y ésta va de lo más ordenada, aislada y hasta silenciosa, por lo cual los grupos de peligrosos pueden ser periodistas, algún funcionario o funcionaria, así como cualquier persona trabajadora derrengada del trabajo contra la pandemia.

La realidad que se impone es que para defender a la sociedad, el supuesto Ministerio de Defensa no sirve, y por lo tanto su presupuesto (desorbitado y creciente de año en año) es un despilfarro y es mejor destinarlo a otros ministerios que están más en sintonía con el concepto de defensa social.

Como consecuencia de la situación de alarma generado por el virus, el Ejercito y sus defensores han decidido tomar las calles, ahora que están vacías y nadie les puede afear su inutilidad. Y es por esto que los vemos en paradas militares absurdas, suplantando a la policía municipal, bomberos/as, sanitarios/as, etc.

¿Será ésta la causa o quizá solo se trate de que al no ser una actividad de primer orden y para no tener que quedarse en los cuarteles con el riesgo que ello conlleva de confinamiento con tanto poder de destrucción y sin consumo ordinario?

¿Qué sentido tiene militarizar los servicios de protección civil y de limpieza cuando la propia sociedad ha dado un ejemplo de organización, solidaridad y respuesta social ante la escasez de recursos sanitarios?

Creemos que socialmente estamos en una encrucijada que debería servirnos para abrir un debate sobre los valores a defender y los modelos de defensa que la sociedad requiere. No creemos que llenar las calles de soldados cuando la sociedad está mostrando una cultura de responsabilidad, sea lo adecuado, sino reconocer que la defensa a través del ejercito es un anacronismo y sobre todo un despilfarro peligroso que solo tiene sentido cuando pensamos en como apropiarnos de los recursos de los países empobrecidos

El bochornoso espectáculo del despliegue por Pamplona del viernes, o el de la semana pasada en Tudela, como si de ciudades ocupadas se tratara, solo responde a la vuelta de gobiernos con ideologías totalitarias, que, en caso de vencer la pandemia, justificará su modelo de control y vigilancia y que en caso de fallar les servirá de excusa para que en la próxima no nos pille de sorpresa. ¿Esta es la salida de la crisis que queremos?

BARDENAS LIBRES, AA-MOC-KEM

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Efectos secundarios del uso de la metáfora bélica en la crisis del coronavirus

5 April, 2020 - 00:00

Estos discursos grandilocuentes llevan implícita una lógica sacrificial característica de los héroes. Dispuestos a todo, con tal de servir a esa causa superior los héroes deben estar dispuestos a arriesgar su propia vida para vencer en una batalla.

Nantu Arroyo
Personal Docente e Investigador en Formación en Filosofía (Universidad Autónoma de Madrid)

Las metáforas bélicas se han convertido en el leitmotiv durante la crisis del coronavirus. Con discursos cargados de épica diversos gobernantes resaltan la necesidad de una unión de toda la ciudadanía ante un enemigo común. En esta contienda, nos dicen, el personal sanitario, el personal de cuidados, el personal de limpieza, pero también el personal de reposición o del servicio de caja de los supermercados, ente otras personas profesionales vinculadas a sectores denominados esenciales, están en primera línea de batalla. A todas estas personas se les atribuye valentía, una virtud propia de los héroes que hunde sus raíces en la virilidad.

Estos discursos grandilocuentes llevan implícita una lógica sacrificial característica de los héroes, en muchas ocasiones llaneros solitarios que, la mayoría de las veces por falta de lazos sociales y familiares, hacen gala de una independencia inmunitaria. Si no fuera por la Causa del sacrificio, que engrandece la figura de los héroes, el sacrificio y los sacrificados caerían del lado del martirio, por no poseer, en última instancia, un excesivo aprecio por su propia vida. Dispuestos a todo, con tal de servir a esa causa superior, los héroes deben estar dispuestos a arriesgar su propia vida para vencer en una batalla, que estamos librando, según nos dicen, contra un enemigo común que nos supera.

Sin embargo, algunas personas, como Yayo Herrero y Santiago Alba Rico, ya advirtieron de que no se trata de una guerra, sino de una catástrofe natural en condiciones de globalización planetaria.

Después de ellos, han sido muchas las personas, incluidas algunas portavoces de la cámara baja durante el pleno en el que se aprobó la prórroga del estado de alarma, las que han insistido en esta misma idea: “No es una guerra, sino una catástrofe”, como señaló Mertxe Aizpurua; o, como apuntó Mireia Vehí, “ni esto es una guerra, ni nosotros somos sus soldados”.

Pero no han sido las únicas. Algunas de las niñas de la guerra civil española, hoy ancianas que viven solas o con sus familias, a la pregunta de si esto una guerra, han respondido, rotundamente, que no. Esto no es una guerra, dicen ellas, porque no hay obuses cayendo del cielo, ni una prohibición absoluta de salir a la calle, sino un confinamiento que las personas con problemas de salud o de movilidad previos están paliando con la ayuda de los servicios públicos para la dependencia y con la ayuda de los servicios de asistencia sanitaria a domicilio y, en su ausencia, o por su saturación, con gestos diarios de solidaridad de otras personas cercanas. Ahora, quizá, nos pongamos un poco más en su piel.

Por ese motivo, no es de extrañar que buena parte del personal sanitario no se sienta representado por la narrativa belicista e intente sacarse de encima la etiqueta de “héroes”. Estas personas, cuyo trabajo es curar, atender y cuidar a otras, no son ajenas a la preocupación por el cuidado propio, no son ajenas a la preocupación por el mantenimiento de su propia vida y las de su gente. Por eso es comprensible que no quieran convertirse en héroes ni en heroínas, ni mucho menos en mártires. Todas ellas son lo que son: profesionales sanitarios desbordados que necesitan y merecen los mismos derechos laborales y los mismos cuidados que el resto de la población, personas que exigen condiciones de trabajo dignas y equipos de protección para desempeñar su labor sin sobre-exponerse a la enfermedad. Este es el tipo de unidad social que necesitamos.

Es cierto que existe una lucha diaria por unas condiciones de trabajo dignas que, en este caso, implican disponer de personal suficiente y de los medios materiales adecuados para atender a todos los pacientes. Pero el colapso de la sanidad, dado el elevado número de casos positivos que requieren tratamiento, es un hecho, incluso en un sistema de sanidad público como el español, que hace unos cuantos años, antes de la crisis de 2008, apuntaba maneras para convertirse en uno de los más robustos y eficaces del mundo. Las políticas de austeridad a las que se obligó entonces al Sur de Europa redujeron el número de camas en los hospitales, degradaron las condiciones laborales de prácticamente todo el personal asalariado público. Al mismo tiempo que se reducía el gasto en sanidad, educación e investigación corrían la misma suerte. Ahora, en marzo de 2020, en la comunidad con mayor número de casos, la Comunidad de Madrid, proliferan hospitales de campaña, como el instalado en IFEMA, centros de atención improvisados para personas sin hogar, morgues como la instalada en el Palacio de Hielo, y próximamente las instalaciones de la frustrada Ciudad de la Justicia.

Todos esos hospitales y centros de campaña, habilitados por las comunidades autónomas y por el Estado español tratan de paliar los colapsos de los hospitales, pero todavía faltan medios y la protección del personal es insuficiente. Por este motivo, no es de extrañar que España se encuentre entre los países con más personal sanitario contagiado, entre los cuales se cuentan ya, al menos, 5 muertes por los efectos del virus. El pabellón número 5 de IFEMA parece la guerra, pero las enfermeras no paran de repetir: “Esto no, así no…Aquí están los pacientes hacinados… Esto parece la guerra, entre las camas apenas hay dos pasos…”.

Parece la guerra, pero no lo es. Todas las crisis, por su excepcionalidad, sacan a relucir las deficiencias más profundas de los sistemas, la normalidad olvidada e invisibilizada para una gran mayoría. En este caso, estas deficiencias asumidas como “normales” se han hecho insoportables e insostenibles en el sistema sanitario, a nivel mundial, no sólo debido a la naturaleza sanitaria de esta emergencia, sino porque la muerte de más de 34.000 personas contabilizadas en 192 países, pone de repente de acuerdo, al menos en España, a todos los partidos en no escatimar en medios para reforzar el sistema sanitario y dar respuesta a esta crisis. Solo pedimos que estos medios sean para todas las personas, que se tenga en cuenta a todos los sectores de la población y que no se deje de lado a las personas ancianas que ayudaron a construir ese mismo sistema público que ahora, por falta de medios, se ve obligado a hacer frente, como puede, a la situación de colapso de los servicios de urgencias, como ha ocurrido en algunos hospitales madrileños, epicentro de la infección en España, como el hospital Infanta Leonor donde según esta noticia, “los pacientes se acuestan en el suelo, sobre una sábana, dos con mascarillas, uno con respirador”. “Otros se encorvan en las sillas, [mientras] los sanitarios con trajes de protección los sortean como pueden”.

Otras actividades, denominadas en estos días como “esenciales”, están inmersas, desde antes del estallido de esta crisis, en una enorme precariedad. Un ejemplo es el de las empleadas del hogar, que pertenecen a un régimen especial de la seguridad social y no gozan de derechos tan básicos como el derecho a paro, a bajas médicas o a la indemnización por despido. En este sector, como en el de la agricultura, trabajan muchas personas mal llamadas “ilegales” que, pese a realizar trabajos indispensables para el sostenimiento de nuestra sociedad, no figuran en los registros de la seguridad social, no cotizan y, por lo tanto, no tienen acceso a derechos laborales ni a una pensión justa.

Lo que esta crisis pone de relieve es una situación sanitaria insostenible, pero también la profunda crisis laboral, especialmente de todo el sector de los cuidados. Una crisis en la que se encuentra España desde hace décadas y que empeoró, notablemente, a partir de la crisis económica de 2008. Estamos ante una crisis de cuidados de inmensas proporciones, cuya respuesta no puede ser la de ponernos en una situación de guerra. La ciudadanía, ante esta situación, no deberíamos actuar como soldadesca, sino cuidarnos los unos a los otros. Por eso no es de extrañar que algunas de las intervenciones que mayor consenso social han generado en cuanto a la acción de la Unidad Militar de Emergencias (UME), hayan sido la limpieza y desinfección de las calles y estaciones, y no los casos de ejercicio de una violencia policial desproporcionada. Aplaudimos a las y los guardias civiles, como un cuerpo más de seguridad del Estado, que acercan provisiones a las personas de (por qué no decir en) riesgo, confinadas y aisladas en sus casas porque esta crisis no se resuelve a cañonazos sino reforzando el sistema público, priorizando los bienes preferentes e intangibles, como la sanidad, la educación, el derecho a la vivienda y a la energía. Como se puede ver en esta noticia publicada el 28 de marzo de 2020, en la página web del gobierno de España, en la que se aporta una fotografía de cómo la Guardia Civil entrega comida a un vecino de un pequeño pueblo de Cabrales en Asturias.

La guerra nada tiene que ver con salvar vidas, cuidarlas y mantenerlas, que es precisamente el principal objetivo de esta emergencia sanitaria global. Hoy necesitamos más que nunca poner de relieve que somos seres sociales dentro de un sistema global tejido por múltiples redes de interdependencia, en un sistema de acción recíproca construido socialmente dentro de un entorno natural que, a veces, tiende a recordarnos que los cuerpos tienen un límite de aguante y que la enfermedad forma parte de la vida. ¿Qué pasará después de la crisis con los próximos presupuestos? ¿Cuál será el futuro de nuestra Sanidad, nuestra Educación, nuestra Investigación? Nuestro bienestar depende de un sistema social a la altura de los tiempos.

Decía Pedro Sánchez, apelando a una cooperación real europea, que un país no puede (o no debería) salir de una crisis sobrevenida (ya sea sanitaria o económica) más endeudado de lo que entró en ella. Creo que estamos de acuerdo. Vivimos tiempos de excepción, tiempos de necesidad, tiempos de emergencia, de alarma, y no es la primera vez. Hemos vivido, en efecto, otros estados de emergencia. El primero, en 2010, cuando el enemigo común eran los controladores aéreos. Después presenciamos el estado de alarma declarado en Francia para hacer frente al terrorismo internacional. Ahora, en 2020, países de distintos continentes, actores contemporáneos de un mundo globalizado e interconectado, no sólo virtualmente sino también físicamente, declaran un estado de alarma que va produciendo réplicas, como los terremotos, y va extendiéndose con motivo de la propagación y el contagio de un virus aún más internacional que la peste negra o la gripe española, que hace avanzar como la pólvora diversas declaraciones del estado de emergencia.

Por este lado, algunos de los efectos secundarios, lógicos, que se deslizan por el hecho de utilizar la metáfora bélica son, por ejemplo, la articulación involuntaria de los problemas concretos que plantea la crisis desde una lógica inmunitaria ante el virus (algo en absoluto deseable, siempre que no sea mediante la creación de una vacuna). Esta tendencia está degenerando en episodios de “racismo vírico” o “racismo epidemiológico”, con reacciones como las que hemos podido ver en el sur de Italia con la gente que vuelve a casa para el confinamiento. Por muy estricta que sea la cuarentena individual, el miedo al contagio provoca situaciones de señalamiento y acusación pública entre los habitantes del resto de Italia. En este caso, el Sur señala al Norte, considerado como centro de propagación y contagio del virus, por falta de responsabilidad civil.

Que no nos pase como en la crisis económica de 2008, en la que por falta de objetivo común se produjo una brecha, aún más acuciada, entre el Norte y el Sur. A esta crisis no se la vence con heroicidad, dejando a las personas débiles o lentas atrás, que es hacia lo que apunta implícitamente la propia metáfora bélica; se la vence de manera colectiva, con solidaridad y cooperación real.

Algunas personas del sector sanitario, al no reivindicar sino unas condiciones de trabajo dignas, adecuadas a su puesto de trabajo, se aúnan así con toda la población activa, construyendo “sociedad”, eso que Margaret Thatcher afirmaba que no existía, y que quizá, como el resto de universales, como decía Foucault, efectivamente “no existen”, porque los universales “hay que construirlos”. La cuestión es: ¿desde dónde? ¿Desde la lógica de la unidad nacional? ¿Desde la lógica de la unidad frente a un enemigo común? ¿Desde la cooperación real en un mundo global?

Vivimos en un ecosistema planetario que es muy difícil de controlar. Día a día, todos los medios de comunicación, toda la clase política, nos piden esfuerzo y sacrificio, en lugar de compromiso, solidaridad y cooperación. Lo mismo ocurre con los poderes especiales concedidos por la situación de excepción a las fuerzas de seguridad. Toda capacidad especial ha de ser utilizada como un súper poder, es decir, con una gran responsabilidad, y creo que cualquier uso desproporcionado de violencia que aplaudimos nos convierte en cómplices de una especie de “comunitarismo autoritario” que crea escuela y deja secuelas. Porque, como decía César Rendueles este domingo 29 de marzo, “con frecuencia las pérdidas en libertades no son transitorias, sino que dejan secuelas en las instituciones y la cultura política de un país”.

Por eso, algunas creemos que las medidas de distanciamiento social no deberían de interpretarse como un ejercicio de disciplina militar. Más bien deberían adoptarse como un ejercicio de cuidado mutuo. Precaución, por tanto, ante argumentaciones reduccionistas que insisten, en términos bélicos, en que cualquier medio es bueno para ganar la batalla o lograr la victoria. El cómo salgamos de esta crisis importa y mucho, pero también importa el cómo la afrontemos. Nadie quiere salir de esta crisis convertido en un mártir de la causa; todos y todas queremos un trato justo.

Los hospitales de campaña, como el de IFEMA, son, a todos los efectos, hospitales que pasan a gestionarse dentro de la red de hospitales de la comunidad de Madrid. Sin embargo, por su condición de excepcionalidad, este hospital en concreto ha recibido una ayuda desinteresada de empresas y particulares. Está habiendo una gran ola de solidaridad y obra social. Esto sólo habla bien de unos pocos, que potencialmente podemos ser todas las personas. Lo que habla bien de todos los españoles y todas las españolas es un sistema público a la altura de las circunstancias. Por todo ello, la sanidad no debería depender de la heroicidad del personal médico y de limpieza, tampoco de la solidaridad o de la obra social de ciertas entidades, sino de un estado social a la altura de las circunstancias, pero entonces, quizá, igual de necesaria será, en el futuro, una reforma fiscal que permita redistribuir mejor la riqueza del país, que en estos momentos es absolutamente irreal. De hecho, ¿cuántas de las entidades que están donando dinero se benefician de privilegios y de paraísos fiscales?

Actuemos en conciencia. Vaya por delante mi absoluto e incondicional agradecimiento a todas las personas que voluntariamente están ayudado a que superemos esta situación lo antes posible. Pero que esto no vuelva a pasar implica un ejercicio de memoria histórica. No olvidemos, el año que viene, en los próximos presupuestos, que si la red de hospitales hubiese sido suficiente en personal y recursos no necesitaríamos caridad y buena voluntad.

Gracias a mis amigas y compañeras, ellas, con las que pienso y que me hacen pensar.

Fuente: https://www.elsaltodiario.com/el-ru...

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La UME, o el lobo con piel de cordero

26 March, 2020 - 00:00
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Yo no soy soldado, me niego a serlo

23 March, 2020 - 08:44

En muchos casos, estas situaciones de crisis a gran escala son aprovechadas para impulsar normas, políticas económicas que profundizan la desigualdad, enriquecen a las élites y hunden aún más a las personas más precarias. Y esto puede ser muy difícil cambiarlo una vez pasada dicha situación.

Gloria Sosa Sánchez-Cortés
Educadora social y licenciada en antropología social y cultural.

Cuando una ya está empezando a tener urticaria por el lenguaje bélico, de los medios de comunicación y del gobierno, de los últimos días, de repente escucha: “Hoy es viernes en el calendario, pero en estos tiempos de guerra o crisis, todos los días son lunes”, ”En esta guerra irregular y rara que nos ha tocado vivir o luchar, todos somos soldados" y otras lindezas que prefiero no volver a escuchar ni reproducir…

Y creo que es momento de decir, de recalcar, que: no, esto no es una guerra.

La guerra está orientada a provocar daños materiales y a otras personas. Significa crueldad, asesinatos, violaciones, impunidad, polarización social, tortura, deshumanización de quien se considera enemigo, utilización del cuerpo femenino como territorio de batalla, huida, desplazamientos tanto internos como externos, los cuales, por cierto, ahora ni aparecen en los medios de comunicación. Las guerras significan muertes, pero no por una enfermedad que no tenemos la capacidad de controlar, significan muertes porque los gobiernos lo han planificado y ejecutado.

Yo no soy soldado, me niego a serlo y solicito que no tratéis a la población civil como militar.

Como ya es sabido, lenguaje y pensamiento van unidos, las metáforas son más que figuras retóricas, nos revelan actitudes y posicionamientos ideológicos que merece la pena examinar desde un punto de vista crítico. El lenguaje que escuchamos y que utilizamos ayuda a reforzar nuestra visión del mundo.

Estamos ante una “emergencia de salud pública internacional” según la Organización Mundial de la Salud, inmersa en una crisis sistémica ecosocial más amplia. En este contexto, la utilización del simbolismo de la guerra no hace sino afianzar la guerra como institución. A pesar de que la manifestación explícita de la guerra se da solo, afortunadamente, cada cierto tiempo y en lugares diferentes, los elementos centrales que justifican la institución como tal, están vivos y se transmiten de generación en generación. Es muy probable que no sepamos qué hacer ante un incendio o una inundación, pero en el momento en que nuestro grupo entra en guerra, todo encuentra rápidamente su acomodo, todo está preparado en su manifestación física, social, emocional y psíquica. A través de cuentos, juegos infantiles, cine, series, videojuegos, creemos saber qué es la guerra.

La crisis del Covid-19 es tremenda, 257.000 casos confirmados como positivos a la hora de escribir el artículo y 10.000 personas muertas a nivel mundial. En España 20.410 positivos y 1.041 personas fallecidas. Pero conviene recordar las cifras de Siria, que en nueve años de guerra, según el recuento del Observatorio Sirio para los Derechos Humanos acumula ya 384.000 personas muertas, de ellas 116.000 civiles, y da cuenta del desarraigo de la mitad de la población: 5,7 millones de personas refugiadas en el exilio y más de seis millones de desplazadas internas por los combates. Y las de un país como Colombia, que después del acuerdo de Paz entre el Gobierno Nacional y las FARC-EP hasta el 20 de febrero de 2020 suma 817 personas, líderes sociales y defensoras de Derechos Humanos asesinadas, según informes de Indepaz. Personas muertas, asesinadas por otras personas organizadas políticamente. Igualmente parece razonable resaltar que el gobierno español dedica aproximadamente el doble de presupuesto al Ministerio de Defensa (8.500 millones de euros en 2019) que al Ministerio de Sanidad (4.292 millones de euros en 2019).

La guerra, como bien explican Ramón Fernández Durán y Luis González Reyes en el libro de La Espiral de la energía, “es un conflicto armado llevado a cabo de forma colectiva por dos unidades políticas distintas tras una preparación previa”. En ella, un elemento fundamental es el principio de “sustitución social”; es decir, el mal hecho a un individuo del grupo afecta al conjunto del grupo y puede repararse legítimamente mediante un acto de violencia contra cualquier individuo del otro grupo. Como se puede observar en la situación actual no existen dos unidades políticas distintas ni el principio de sustitución social, existe un virus, al que no deberíamos humanizar para hablar de él, porque evidentemente su funcionamiento no es semejante.

En la guerra, el uso de la violencia está legitimado y alentado socialmente. Estamos hablando de un uso de la violencia contra el “enemigo”, aunque también existe un control social interno fuerte. Se exige a la sociedad que está en guerra que se posicione y que se adapte a la maquinaria social, económica y militar de la guerra. Y quienes no siguen este mandato social, sufren persecución, marginación… nos convertimos en héroes, víctimas y también en traidores. En nuestra situación actual, vemos muchos vídeos, textos, noticias, que critican, en muchos casos con acritud y falta de respeto, a quienes no obedecen a ciegas las medidas impuestas. Los medios nos enseñan imágenes de “personas irracionales” que lo hacen sin motivo alguno, aparentemente sin importarles poner en riesgo nuestra vida, botellones, bares clandestinos, encuentros furtivos…

No se nos presentan a personas con razones con las que podríamos empatizar: familias que van al campo y sin encontrarse a nadie pasean porque ven cómo les está afectando psicológicamente o porque sus casas son muy pequeñas; personas que adquieren comida, combustible de forma no monetarizada (recoger leña o ir a la huerta a recoger verduras o plantarlas no está contemplado en el decreto); a quienes van en bici al trabajo porque les parece más sano que ir en transporte público o privado individualmente, porque tienen menos contactos y contaminan menos; amigas que van a apoyar a otras porque han perdido a un ser querido y no son población de riesgo; familias que se salen de lo normativo (familia nuclear monógama) y necesitan apoyo o quieren estar juntas; personas que salen de sus hogares porque no son seguros, porque tienen adicciones…

Dejarnos llevar por el imaginario de la guerra en un momento como el actual puede desembocar en una polarización social en la que solo concebimos personas buenas y malas, sin ver ni hacer un esfuerzo por comprender las diversas necesidades en un paquete de medidas en el que hay muchas que no se tienen en cuenta. Pareciera que todas las personas estamos sanas, tenemos casas amplias con espacios abiertos, familias seguras, acceso a la cultura… Dejarnos llevar por la institución de la guerra, puede conllevar justificar el uso de tecnologías invasivas de vigilancia y control social como las implantadas por el gobierno israelí y ceder nuestra privacidad al estado. Ya nos mostraba Noami Klein en La doctrina del shock (2007) que, en momentos de crisis, la gente tiende a centrarse en las emergencias diarias de sobrevivir a esa crisis, sea cual sea, y tiende a confiar demasiado en quienes están en el poder. En muchos casos, estas situaciones de crisis a gran escala son aprovechadas para impulsar normas, políticas económicas que profundizan la desigualdad, enriquecen a las élites y hunden aún más a las personas más precarias. Y esto puede ser muy difícil cambiarlo una vez pasada dicha situación.

Por eso no nos cansemos de repetirlo: no, no estamos en guerra. Ninguna guerra defiende la paz.

Fuente: https://www.elsaltodiario.com/coronavirus/coronavirus-soldado-guerra-extremadura-crisis

Categorías: antimilitar

Estamos en guerra, pero yo no soy su soldado

21 March, 2020 - 19:58

Desde la declaración del estado de alarma no dejan de suceder acontecimientos que animan a la reflexión, empezando por la utilización del miedo como método de amordazamiento hasta el análisis de nuestro propio comportamiento personal y colectivo. Pero hay algo que llama poderosamente la atención: las ruedas de prensa que, diariamente, ofrece el llamado Equipo técnico del comité de gestión de la crisis del Gobierno.

Endika Zulueta

La puesta en escena es brutal: un médico, Fernando Simón, rodeado —con apariencia de secuestrado— de un general del ejército —al que el médico le da la palabra el primero—, un alto mando de la guardia civil (otro militar), y otro alto mando de la policía nacional, junto a una sola mujer —María José Rayo, a la que le dan la palabra la última para hablar de los transportes—. Tampoco es gratuita. Tras una breve e insulsa —se intuye que muy a su pesar— intervención del médico, llegan los que parecen formar el núcleo duro del equipo. Y así todos los días de esta crisis/guerra.

El pasado viernes 20 de marzo, el jefe del Estado Mayor de la Defensa, general del aire Miguel Ángel Villarroya, comenzó su intervención —no improvisada, previamente escrita— diciendo crípticamente, mientras tuteaba a los televidentes, que “hoy es viernes en el calendario, pero en estos tiempos de guerra, o crisis, como queráis llamarlo, todos los días son lunes”. En su discurso declara que estamos en guerra y formamos parte del ejército bélico, “en esta guerra irregular y rara que nos ha tocado luchar, todos somos soldados”, y se muestra positivo con que la sociedad vaya acogiendo valores que entiende que son patrimonio del mundo militar. Aplaude la “disciplina” que estamos mostrando, “todos comportándose como soldados en este difícil momento”, afirma que “el espíritu de servicio no es exclusivo de los militares”, animando a que les copiemos, y “que todos nos comportemos como soldados”.

Informa, con la finalidad de ¿tranquilizarnos?, que el ejército continúa su despliegue por todo el territorio español. Nos cuenta que ayer en un pueblo de Zaragoza aplaudieron al ejército desde los balcones y sugiere que “ese es el espíritu que hay que demostrar”. Es de esperar que mañana se congratule de que, por fin, la sociedad española asuma también como propio el concepto, igualmente militar, de obediencia ciega. El médico dice “muchas gracias (mi) general”, y continúa dando la palabra al resto de uniformados.

Más inquietante si cabe fue la intervención del mando policial, José Ángel González al comenzarla afirmando que “la normalidad sigue siendo absoluta”. Ahora resulta que el estado de alarma ya es la situación normal. La excepción convertida en norma. Afirma que hay una “tendencia alcista” en número de personas detenidas, y avisa que, “en los incumplimientos, tolerancia cero” (¿incumplimientos de qué órdenes?, debemos recordar que por incumplir las normas previstas en el estado de alarma se prevén multas, no detenciones).

El teniente general de la Benemérita, Laurentino Ceña, tranquiliza a la población comunicando que desde un helicóptero se ha observado una fiesta “en un lugar inhóspito con difícil visión”, y que, en colaboración con otras fuerzas policiales han conseguido paralizarla y multar a sus intervinientes —realmente 4 personas en un hotel en Leganés— demostrando que “tienen vigilancia por mar, tierra y aire” —el Rey emérito debió llevarse los 100 millones a través de un agüero cósmico hacia otra dimensión—. Después nos cuenta que, durante el estado de alarma, la delincuencia se ha reducido en más de un 50% (entonces, ¿cómo se explica la “tendencia al alza” de las detenciones?).

La sra. Rayo, teóricamente personal civil, finaliza su intervención de forma sorprendente (no perdamos la capacidad de sorpresa) nuevamente con lenguaje militar, avisando que “es importante mantener esta guerra” y se permite “parafrasear a mi compañero, General Villarroya en sus tres cualidades del mundo militar que podemos aplicar en esta época que son ”la disciplina, el espíritu de servicio y la moral de victoria” —¿volverá otra vez el franquista desfile de la Victoria?—, mientras ambos sonríen con adolescente complicidad.

El médico finalmente comparte una intimidad: que él es “un tipo muy afectuoso”, pero que ahora, al llegar a su casa no tiene oportunidad de contacto “porque llega rendido” (que el médico hable de rendición en este contexto de lenguaje bélico quizá cobre todo el sentido después de escuchar a sus “compañeros”).

Hace ya unos años me declaré insumiso a la realización del servicio militar, entre otros motivos, porque consideraba que el ejército utilizaba a los jóvenes que se veían obligados a compartir un año de su vida en dicha institución, para trasladar a la sociedad civil sus principios rectores: disciplina, espíritu de servicio… obediencia ciega, y luchaba (y lucho) por una sociedad en la que podamos relacionarnos a través de otros valores: confianza, solidaridad, empatía, apoyo mutuo, reflexión colectiva…

Siempre pensé que solo tras un golpe de Estado podría ver un militar en TV arengando a la sociedad en defensa de sus valores, nunca imaginé verlo en un estado formalmente democrático, y teóricamente gestionado por una coalición de izquierdas.

No pretendo llegar a conclusión alguna con esto, pero sé que nada es neutro, y menos ahora que vuelven los tiempos de venta de (nuestra) libertad a cambio de (supuesta) seguridad. Son muchos datos, en muy poco tiempo, y procedentes de muchas fuentes.

Pero sí sé un par de cosas: que debemos cuidar nuestra salud individual y colectiva, con la misma intensidad que debemos defender los derechos fundamentales, entre ellos la dignidad; que el miedo y la rapidez de los acontecimientos no nos debe hacer olvidar que tenemos que pensar, de sentipensar y de reflexionar sobre lo que está sucediendo, porque eso es lo que nos ayudará a crecer; y que no debe haber pandemia alguna que nos haga perder nuestra conciencia crítica. Al contrario, estoy convencido que nos va a hacer mucho más fuertes.

Ah, por cierto, general, no se confunda: ni yo ni creo que muchas personas vayamos a ser nunca sus soldados: debe saber que, por supuesto que nos quedamos en casa, pero no por espíritu militar, ni por disciplina, ni por obediencia ciega (pues sepa que somos gente que piensa); lo hacemos por solidaridad, por el cuidado personal y colectivo, porque de ésta, o salimos juntxs o no salimos, y, por supuesto, por la defensa de la sanidad pública; y, en ese contexto, general, nuestra guerra no tiene nada que ver con la suya.

Desde el aislamiento físico, pero no emocional. Endika Zulueta San Sebastián, abogado. 20 de marzo de 2020.

Fuente: https://www.elsaltodiario.com/coron...

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«Cuestiones de ante-guerra»

21 March, 2020 - 00:00
Categorías: antimilitar

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