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Actualizado: hace 2 horas 10 min

Comparación entre Gastos Militares y Necesidades Sociales

14 March, 2020 - 00:10

Recuperamos este estudio de Tortuga, publicado en mayo de 2007, porque ahora, con la crisis del coronavirus parece que va a hacer falta mucho dinero para reforzar la sanidad, evitar que se hunda la pequeña economía y necesidades similares. Es solo por dar alguna idea sobre cuales son las partidas de gasto estatal perfectamente prescindibles de las que se podría sacar el dinero. Nota de Tortuga.

Grup Antimilitarista Tortuga

Navegando por Internet hemos recopilado datos sobre lo que cuesta poner en marcha determinados servicios básicos que se juzgan de gran utilidad por parte de la ciudadanía, y hemos establecido la comparación con el coste de algunos artefactos bélicos de esos que se utilizan para matar personas.

El coste de unos y otros está redondeado, ya que según unas páginas u otras hay pequeñas variaciones. Decir que el coste de la maquinaria bélica lo hemos obtenido de páginas relacionadas con empresas de armamento o foros de entendidos en esta cuestión nada sospechosos de simpatizar con nuestras ideas antimilitaristas.

Llama la atención el descomunal precio de algunos armamentos, y más si se tiene en cuenta todo lo que podría hacerse en la sociedad si se eliminara este inútil gasto. Por ejemplo, si se dedicara a la investigación contra el cáncer sólo la mitad de lo que se invierte en investigación militar, es de prever que la lucha contra esta enfermedad estaría muy desarrollada. De la misma manera, si no malgastáramos el erario público en estos costosos aparatos, es tremenda la cantidad de nuevos hospitales, centros deportivos, educativos etc. que podríamos tener.

Esta lista es escasa e incompleta. Rogamos a quien tenga datos sobre lo que cuestan estas cosas que nos los vaya remitiendo a ver si entre todas creamos una buena base de datos. Muchas gracias.

Cuartilla divulgativa para comparar gasto militar y necesidades sociales

Información sobre Objeción Fiscal al Gasto Militar

El gasto militar español 2007 según Pere Ortega

¿Qué valen las siguientes cosas?


Necesidades sociales

Un colegio de primaria con todas sus dotaciones: 4.800.000 €

Una escuela infantil: 1.500.000 €

Un hospital: 35.000.000 €

Un centro cultural: 800.000 €

Un pabellón polideportivo: 484.000 €

Atención social durante un año a 3.000 personas en necesidad extrema: 1.200.000 €

Caprichos de los militares

Un misil Tomahawck 1.000.000 €

Un cazabombardero Eurofighter Typhoon: 25.000.000 €

Un cazabombardero F-16: 23.000.000 €

Un cazabombardero F-22 (sin armamento): 110.000.000 €

Un avión “invisible” B-2: 1.900.000.000 € (mil novecientos millones; es el avión más caro del mundo)

Un helicóptero Eurocopter Tigre: 12.000.000 €

Un helicóptero Apache: 13.000.000 €

Un tanque Leopard 2-A4: 1.200.000 € (son una ganga comparados con lo que cuestan los tanques yankis)

Un tanque M1 A1 Abrams 4.300.000 €

Una fragata F-100: 600.000.000 €

Un portaviones con propulsión nuclear: 3.200.000.000 €

Un submarino S-80: 450.000.000 €

Y ya con la calculadora en la mano, por ejemplo nos salen estas comparaciones:

Un misil Tomahawck equivale a 0'20 ESCUELAS DE PRIMARIA PERFECTAMENTE DOTADAS (5 misiles = 1 escuela)
Un tanque M1 A1 Abrams a 0'89 escuelas (casi una)
Un helicóptero Eurocopter Tigre a 2'50 escuelas
Un cazabombardero Eurofighter Typhoon equivale a 5'20 escuelas
Un submarino S-80 a 94 escuelas
Una fragata F-100 a 125 escuelas
Un avión “invisible” B-2 a 396 escuelas
Un portaviones con propulsión nuclear a 667 escuelas

Un misil Tomahawck equivale a 0'02 HOSPITALES (35 misiles = un hospital)
Un tanque M1 A1 Abrams a casi 0'12 hospitales (8 tanques = 1 hospital)
Un helicóptero Eurocopter Tigre a 0'34 hospitales (3 helicópteros = 1 hospital)
Un cazabombardero Eurofighter Typhoon equivale a 0'71 hospitales (3 cazas = 2 hospitales)
Un submarino S-80 a 13 hospitales
Una fragata F-100 a 17 hospitales
Un avión “invisible” B-2 a 54 hospitales
Un portaviones con propulsión nuclear a 91'5 hospitales

Un misil Tomahawck equivale a LA ALIMENTACIÓN DE 2.500 PERSONAS EN NECESIDAD EXTREMA DURANTE UN AÑO
Un tanque M1 A1 Abrams a la de 10.750 personas
Un helicóptero Eurocopter Tigre a la de 30.000 personas
Un cazabombardero Eurofighter Typhoon equivale a la de 62.500 personas
Un submarino S-80 a la de 1.125.000 personas
Una fragata F-100 a la de 1.500.000 personas
Un avión “invisible” B-2 a la de 4.750.000 personas
Un portaviones con propulsión nuclear a la de 8.000.000 personas

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De bacilos y tecnocracia

14 March, 2020 - 00:00

Escrito por COMUNALES D'ASTURIES - VIVIR SELE

Ya sabemos lo que va a pasar. Nos esperan semanas, quizá meses de miedo y paranoia alentada por los medios. Tras unos buenos zarandeos a la población “manu militari”, arguyendo motivos de salud pública, tocará recomponer los restos del naufragio, quien sabe si abrochándose aún más el cinturón o teniendo que tragarse nuevos recortes y medidas impopulares.

No es que no exista la enfermedad que llaman coronavirus. No es que no existan los muertos y afectados. No es que, como aprovechan a vendernos algunos avispadillos, la medicina moderna sea una puta mierda y debamos volver todos a una especie de arcadia feliz rural donde todo se podía curar con ungüentos e infusiones de plantas.

Sin embargo, lo que tampoco se puede aceptar es la versión tecnócrata de los hechos que nos acabarán vendiendo aquellos que ocupan sillones en las altas esferas. Digan lo que digan ante las cámaras, los poderosos no hacen más que frotarse las manos con la miseria ajena, y no para lavárselas precisamente. Es lo que han hecho siempre.

Cuando la cosa se acabe, o por lo menos se mantenga bajo control habiéndosele puesto fin al desfile de despropósitos surrealistas al que estamos asistiendo, no cabe duda de lo que sucederá y de quien va a colgarse las medallas. El ejército, en primer lugar, reforzará aún más si cabe su inmerecidísima imagen de “chico bueno y patriota” al servicio de la ciudadanía. El resto de fuerzas armadas y uniformadas del estado, con particular mención de la ínclita guardia civil, ídem de ídem. Políticos, empresarios “solidarios”, el capitalismo entero en tanto que epítome del progreso técnico y el estado en tanto que muro de contención frente al espantajo de la “guerra del todos contra todos”, no dudarán de darse un baño de multitudes, chuparse las pollas unos a otros, dejarse las marcas de las manos en la espalda de tanta palmada mutua y presentarse como imprescindibles, ineludibles, inevitables, salvadores…. ¿qué haríais sin nosotros?

Sin embargo, de lo que no se va a hablar, lo que no se va a plantear ni por asomo, serán las condiciones inherentes al propio funcionar diario del capitalismo y el estado que han favorecido la propagación de esta pandemia.

Ningún “representante” del pueblo, de izquierdas o de derechas se atreverá a romper una lanza contra el discurso suicida del progreso tecnocrático y quien lo haga será tachado de alucinado nostálgico de la Edad de Piedra.

Nadie tendrá las pelotas de referirse a la tendencia demográfica mundial a concentrar la población en ciudades como lo que realmente es: UNA AUTÉNTICA LOCURA. Pero eso sí, las lagrimitas progres por el drama de la “España vaciada” seguirán rezumando por las mejillas de auténticos crápulas haciendo alarde de un oportunismo vomitivo.

Nadie, en fin, hará referencia a la responsabilidad del daño medioambiental causado por el estado y el capitalismo a la hora de provocar la espiral virulenta de microorganismos que antes no atacaban a los humanos, o de causar el que algunos virus o bacterias lleguen a traspasar la barrera de las especies. A lo sumo se hablará de parchear errores aquí y allá, pero nadie apuntará directamente al capitalismo, al estado y a la técnica sometida a sus designios como culpables y beneficiarios, al menos en parte, de situaciones como esta.

La enfermedad ha acompañado desde siempre a la humanidad y lo seguirá haciendo. No es posible desembarazarse de ella para siempre jamás, probablemente ni tan siquiera sea deseable que esto suceda. Por mucho que la medicina se desarrolle, por mucho que la sociedad haga lo propio, ni siquiera el mejor mundo posible se verá libre de epidemias o ataques a la salud de un tipo u otro. No es posible construir una sociedad humana sin causar al menos un mínimo de impacto sobre el entorno natural, y eso siempre puede traer resultados inesperados. Sin embargo, lo que sí sería hacedero es construir una sociedad más justa, equilibrada y sana, capaz de defenderse por sí misma de las amenazas que sea necesario sin el concurso de poderes y jerarquías externas y contrarias a ella.

Obviamente, la farmacopea de la medicina natural campesina no será nunca suficiente para hacerle frente a una crisis pandémica, y de buen seguro que es una suerte poder contar con la existencia de la investigación (y la profesión) médica; al menos de la que no se ha vendido aún a las multinacionales farmacéuticas y a los gobiernos. No obstante, lo que sí se podría hacer si se quisiese, sería mitigar el impacto de un brote epidémico o de una pandemia mediante una buena racionalización territorial y una mínima profilaxis comunitaria. El ejemplo más evidente de esto último traído a colación por la crisis del coronavirus sería el de una descentralización territorial que no contemple una diferencia tan abismal entre megaciudades de millones de habitantes y aldeas prácticamente deshabitadas, pues no en vano los núcleos poblacionales más afectados por dicha infección son las mayores urbes del país. Y es que, muy probablemente, las mejores medidas para defenderse de cualquier epidemia serían aquellas que redujesen el tamaño general de las poblaciones, eliminasen las megalópolis, retornasen el poder a órganos locales de democracia directa asamblearia confederados entre sí, sometiesen a debate popular la implementación de cualquier innovación técnica, enlenteciesen los ritmos de vida, impusiesen por doquier un modo de ser y estar en el mundo más tranquilo, más campechano, en donde primasen la sabiduría, la reflexión, la sociabilidad, el saber hacer etc.… relegando la velocidad y la prisa al papel más secundario posible.

Sin embargo, en esta sociedad tan eficiente, que tanto se las da de tecnificada, veloz y dinámica, lo que se observa es como todo el mundo, absolutamente T-O-D-O E-L M-UN-D-O pierde los papeles en cuanto algo absolutamente imprevisto asoma el morro por la puerta. De repente el espectro del caos aparece como de la nada. Miles de borregos 3 individualistas en el peor sentido del término, corren a abastecerse de papel higiénico en los supermercados al grito de “¡tonto el último!”. Las autoridades hacen lo que buenamente pueden para tratar de disimular lo evidente; que se hallan absolutamente desbordadas ante una situación que les supera. Mientras tanto, entre bastidores, los chicos del uniforme sacan brillo a la pipa ansiosos por hacer uso de una oportunidad más para justificar lo injustificable de su mera existencia. Las compañías de seguros, por su parte, se ponen las botas a hacer llamadas tratando de vender pólizas a una ciudadanía aterrorizada, las instituciones financieras preparan un más que posible corralito y las sanguijuelas de siempre salen de sus guaridas para hacer el agosto a costa del temor generalizado.

A continuación, observamos como los especímenes más gilipollas de Madrid, haciendo caso omiso de la única conclusión sensata que se diere hasta la fecha, rechazan el quedarse en casa para ir a llevarles la peste a gente de provincias que, claramente, estaba mucho mejor sin ellos. Ciudadanos modelo con segunda residencia (otra peste aculturadora y repugnante de la que bien poco se habla), capacidad de hacer “teletrabajo” y poca voluntad de aprender de los aborígenes a quienes incordian, se convierten en virus ellos mismos. Pero esto no es ninguna novedad, dado que ya les precede una larga reputación de plaga estacional típica de la época veraniega… contra la que no existe vacuna, ni intención de inventar una.

¿Qué es lo que busca el virus urbanita allende los horizontes hacia los que se moviliza? (siempre en coche, por supuesto) … Pues lugares alejados de la peste, aire puro, calles que no estén masificadas ni congestionadas de humo, ruido y automóviles, en donde la gente aún se salude por la calle aunque no se conozca o se conozca poco.

En definitiva, pueblos o pequeñas villas donde se pueda vivir en paz, despacio, a cámara lenta si fuese preciso. Pueblos de esos en los que, antiguamente, cuando había una epidemia nadie entraba “en modo pánico”, porque los propios vecinos lo tenían previamente consensuado. Quedarse en casa, aguantar, hacerle la compra o llevarle productos de la huerta o los animales propios al vecino o vecina enfermos, formar una cadena solidaria para lo que fuese menester, tener al médico sobre aviso para que acudiese cuando hiciese falta…

Precisamente lo que muchos cenutrios de ciudad han demostrado, una vez más, ser absolutamente incapaces de hacer.

Nunca es tarde para despabilarse, y a veces, a hostias se aprende.

Marzo de 2020: año 36 de la ERA ORWELL. En plena pandemia de coronavirus.

VIVIR SELE

Fuente: https://www.revolucionintegral.org/...

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Las lecciones que puede dar el coronavirus a la especie humana

14 March, 2020 - 00:00

Contemplamos a un diminuto virus desde lo alto del antropocentrismo, de Occidente, del neoliberalismo y de la globalización; pero tal vez podamos aprender algo de él.

En los últimos 6.000 años, pero sobre todo en los pasados 200 y, más concretamente, a partir de los años 50, las sociedades humanas han ido tomando altura. Mucha altura. Desde arriba, contemplamos a un diminuto virus y, tal vez, podamos aprender algo de él.

Desde lo alto del antropocentrismo

El ser humano primigenio era un predador que también podía ser cazado por otros predadores. Pero gracias a su increíble capacidad de coordinación y su desarrollo tecnológico ha conquistado la cúspide de la cadena trófica concibiéndose como invulnerable y todopoderoso.

Sin embargo, la vida surgió desde los seres vivos más minúsculos y sigue basándose en ellos. No en los superpredadores. El reino de lo pequeño es el que permite que exista la vida en el planeta. Sin las bacterias no habría suelo fértil y muchas otras cosas. De manera más general, sin ellas no sería posible la reutilización de los elementos (carbono, nitrógeno, fósforo, etc.) en grados de reciclaje inimaginables por la tecnología humana (del orden del 99,5-99,8%). No olvidemos que vivimos en un planeta en el que no entra materia nueva, que tenemos que apañarnos con lo que hay.

El coronavirus puede servir para hacernos recordar que lo minúsculo es determinante en la Tierra. Y que, en la trama de la vida, realmente somos prescindibles.

Desde lo alto del sistema agroindustrial

Para nuestro control de todos los seres vivos, el sistema agroindustrial resulta determinante. La domesticación de algunas especies animales y vegetales, y la transformación de los ecosistemas para que puedan medrar estas y no otras.

Desde el principio de la agricultura y la ganadería, esto ha provocado que distintos virus hayan saltado de otros animales a los seres humanos: de las vacas, el sarampión y la tuberculosis; de los cerdos, la tosferina; o de los patos, la gripe. Esto no ha dejado de ser así en las últimas décadas. Es más, es algo que se ha acelerado conforme se incrementaba la destrucción de distintos ecosistemas. Como refleja Sonia Shah: “Desde 1940, han aparecido o reaparecido centenares de microbios patógenos en regiones en las que, en algunos casos, nunca antes habían sido advertidos. Es el caso del VIH, del ébola en el oeste de África o del zika en el continente americano. La mayoría de ellos (60%) son de origen animal. Algunos provienen de animales domésticos o de ganado, pero principalmente (más de dos terceras partes) proceden de animales salvajes”. Este parece ser el caso del coronavirus, que puede tener como huésped original a los murciélagos.

Por otra parte, el sistema agroindustrial también es uno de los factores directores del cambio climático, como sabemos. Un reciente estudio muestra cómo el cambio climático ayuda a la transmisión de virus entre distintas especies de mamíferos. De este modo, en un mundo donde la disrupción ecosistémica es la norma, el ser humano no solo tiene cada vez menos defensas (por ejemplo, pierde potenciales principios farmacológicos, pues la mayoría de ellos provienen de otros seres vivos), sino que sufre amenazas crecientes. El desequilibrio ecosistémico es en todas las escalas, también la microbiana, y afecta de lleno a los seres humanos. Un ejemplo es el coronavirus.

Desde lo alto de Occidente

Entremos en las sociedades humanas, porque en ellas también se han producido escaladas de unas formas determinadas de organización social. La forma de vida occidental ha arrasado con todas las demás. Se ha convertido en la hegemónica, lo que ha supuesto una importante homogeneización social. Un ejemplo es la primacía de lo urbano, de lo moderno, de lo tecnológico. Una primacía que ha ido igualando los espacios de sociabilidad humana en todo el planeta pero que tiene, indudablemente, su epicentro en las regiones centrales.

El coronavirus pone en solfa esa primacía. La infección comenzó en el mundo urbano. En uno de sus territorios de mayor desarrollo y, desde ahí, se está expandiendo a sus equivalentes marcando casi a la perfección cuales son las venas por las que corre la globalización. En todo caso, también es determinante que en el Hemisferio norte es invierno (o como se soliera llamar a esta estación antes del cambio climático).

El virus se expande de manera sencilla porque hemos cercenado la diversidad humana en una “aldea global”. En la historia de la vida, la aparición de formas más complejas no ha conllevado la desaparición de las formas más simples, sino que se ha producido una reacomodación simbiótica (desde la perspectiva macro). Esto ha permitido a los sistemas tener más resiliencia. Sin embargo, en las sociedades dominadoras —y más en el capitalismo—, el incremento de complejidad ha destruido las formas menos complejas, perdiéndose diversidad cultural, económica y política.
Desde lo alto del neoliberalismo

El capitalismo ha llegado a su paroxismo con la globalización y con el neoliberalismo, aunque en realidad son dos caras del mismo proceso.

Una de las expresiones de la victoria del neoliberalismo es el desmantelamiento de lo público. Tantos años de desmontaje de la sanidad pública para que ahora, de manera dramática, descubramos que es lo único que tiene alguna posibilidad de parar el coronavirus y, a la vez, el sistema más vulnerable a la infección, ese por el que se cierras escuelas, ciudades y países para que no colapse. Mientras, la sanidad privada está escudada tras sus cláusulas de no atención en caso de pandemias.

La segunda es el desmantelamiento de lo común. Más dramático que el desmoronamiento de lo público ha sido el de lo común. El de las redes de apoyo mutuo sociales que permiten procesos de autoorganización. Es la victoria del sálvese quién pueda. Del individualismo absoluto. La epidemia del coronavirus muestra lo absurdo de esa estrategia. Las sociedades humanas están basadas en la hipercooperación (asimétrica, muy asimétrica).

No hay posibilidad de que nadie se salve en solitario porque dependemos del trabajo de muchísimas otras personas. Nos creemos individuos porque ocultamos las relaciones de cooperación forzada (podemos llamarlas explotación) que sostienen nuestra “individualidad”. Pero el coronavirus llega más lejos. El aislamiento para no expandir el contagio es, probablemente, el torpedo a la línea de flotación de lo que somos como especie más importante de la situación que estamos viviendo.

Desde lo alto de la globalización

El sistema socioeconómico actual tiene elementos de resiliencia importantes. Uno es que la alta conectividad aumenta la capacidad de responder rápido ante los desafíos. Por ejemplo, si falla la cosecha en una región, el suministro alimentario se puede garantizar desde otro lugar del planeta —si es que interesa— y lo mismo se podría decir de una parte sustancial del sistema industrial.

Sin embargo, la conectividad también incrementa la vulnerabilidad del sistema, ya que, a partir de un umbral, no se pueden afrontar los desafíos y el colapso de distintas partes afecta al conjunto. El sistema funciona como un todo interdependiente y no como partes aisladas que puedan sobrevivir solas. A partir de un elemento cualquiera, como el colapso por saturación de los servicios de emergencia, esta carencia se transmite al conjunto. En este sentido, demasiadas interconexiones entre sistemas inestables pueden producir por sí mismas una cascada de fallos sistémicos. Además, una mayor conectividad implica que hay más nodos en los que se puede desencadenar el colapso.

Pero el capitalismo global no solo está interconectado, sino que es una red con unos pocos nodos centrales. El colapso de alguno de ellos sería casi imposible de subsanar y se transmitiría al resto del sistema. Algunos ejemplos son: i) Todo el entramado económico depende de la creación de dinero (crédito) por los bancos, en concreto de aquellos que son “demasiado grandes para caer”. Además, el sistema bancario se ha hecho más opaco y, por lo tanto, más vulnerable con la primacía del mercado en la sombra. ii) La producción en cadenas globales dominadas por unas pocas multinacionales hace que la economía dependa del mercado mundial. Estas cadenas funcionan just in time (con poco almacenaje), son fuertemente dependientes del crédito, de la energía barata y de muchos materiales distintos. iii) Las ciudades son espacios de alta vulnerabilidad por su dependencia de todo tipo de recursos externos que solo pueden adquirir gracias a grandes cantidades de energía concentrada y a un sistema económico que permita la succión de riqueza. Pero, a su vez, son un agente clave de todo el entramado tecnológico, social y económico.

El colapso de esta maraña interconectada no tendrá una única causa, sino que se producirá por la incapacidad del sistema de solventar una multiplicación de desafíos en distintos planos en una situación de falta de resiliencia. El colapso se da en situaciones de altos niveles de estrés en distintos planos del sistema. Igual que sucede con el coronavirus: las personas que mueren por la infección lo hacen porque ya tenían un cuadro de patologías previas.

Pero el Covid-19, más allá de una metáfora de la vulnerabilidad de los sistemas con múltiples desafíos, es un desafío más a este sistema, como argumenta Nafeez Ahmed. El capitalismo global ya estaba en crisis antes de la pandemia de coronavirus —se puede leer a Michael Roberts—, pero las medidas de salud pública que se están tomando la refuerzan. Primero, al reducir de manera importante el número de personas trabajando para la reproducción del capital. Segundo, disminuyendo el número de personas que dan salida a los bienes y servicios producidos (el turismo es un ejemplo claro). Tercero, porque la propia producción se ve comprometida por cortarse las cadenas de producción (falta de actividad en unos lugares, falta de transporte en otros).

Más allá de estos elementos generales indispensables para la reproducción del capital, hay elementos concretos en la actual coyuntura que son centrales. Las crisis capitalistas conllevan un incremento de competencia entre los entes económicos respaldados por sus Estados que puede ser fatal. Por ejemplo, en el campo energético, donde ya hay una situación de crisis profunda fruto de haber alcanzado el pico del petróleo convencional y de acercarse todos los demás, la lucha se ha recrudecido. Arabia Saudí ha hecho que se desplomen los precios del crudo (ya bajos por la crisis económica). Con esto trata de torcer la mano de Rusia, pero quien más puede sufrir por todo esto es EE UU.

De los tres gigantes de extracción de hidrocarburos, el último es, con diferencia, quien tiene los costes de extracción más altos y, por lo tanto, quien va a sufrir más por unos precios del crudo por los suelos. Y la cuestión no es solo de la industria petrolera estadounidense, sino de su industria financiera, no en vano la primera está sostenida por inversiones gigantescas de la segunda. Y decir que hay problemas con las finanzas de EEUU es decir en realidad que están comprometidas las del mundo. Recordemos el crac del 2007/2008.

La cuestión no es solo de una crisis del sistema económico, sino también de la organización política, del Estado. El Estado tiene cada vez menos capacidad de hacer frente a crisis de amplio espectro. El coronavirus significa una desafío que pone al límite (ya veremos si supera) al sistema de salud. Ahora entendemos en Europa la construcción en Wuhan de un hospital gigantesco a marchas forzadas.

Pero la cuestión no es solo del sistema de salud. También está el control social. Hasta ahora, el miedo al contagio y la responsabilidad cívica han permitido implantar medidas muy duras de control social. Lo que hemos visto en China no tiene precedentes, al menos en las últimas décadas. Pero en Europa se está tomando un camino similar (con las adaptaciones político-culturales pertinentes). ¿Hasta cuándo será eso posible? Por ejemplo, si la mezcla entre desescolarización infantil y cierre de empresas se prolonga, ¿cuánto tardaremos en ver estallidos de las poblaciones más vulnerables? No imaginemos estallidos organizados, sino más bien estallidos desorganizados en forma de pillajes de supermercados. Unos estallidos que podrían reactivar la expansión del coronavirus, añadiendo de paso más complejidad a todo.

Ante estos estallidos, podemos prever una respuesta muy virulenta —el adjetivo viene que ni pintado— de la pujante extrema derecha, que pueda acrecentar la guerra que tiene declarada a los grupos sociales más vulnerables. Esto podría complicar mucho más la desestabilización sistémica si no logra tener éxito.

Tiremos de más hilos. Sin lugar a dudas, el Estado intentará responder a todos estos desafíos. Pondrá dinero para sostener las industrias petroleras, pondrá dinero para sostener los fondos especulativos, pondrá dinero para reprimir a la población, pondrá dinero para amortiguar el golpe en las clases más protestonas… Hasta que deje de poder hacerlo. Esto puede ser más rápido que tarde en una situación de agotamiento de las medidas tomadas frente a la crisis del 2007/2008, que aquí no hay espacio de desarrollar.

Estos son solo algunos ejemplos, podríamos pensar en más. El resumen es que el coronavirus no es el factor que va a provocar el colapso de nuestro orden social, pero puede ser el que lo desencadene en un contexto de múltiples vulnerabilidades del sistema (crisis energética, climática, material, de biodiversidad, de desigualdades, agotamiento de los espacios de inversión, deslegitimación del Estado, etc.). Y si no es el coronavirus, será otra la gota que colme el vaso.

Desde lo alto de la tecnología

En el imaginario social está la idea de que, pase lo que pase, el ser humano será capaz de resolverlo gracias a la tecnología. No lo decimos así, pero creemos que la tecnología nos permite ser omniscientes y omnipotentes.

Sin embargo, esto no es cierto. La tecnología tiene múltiples límites. Uno central —pero ni mucho menos único— es que para su desarrollo necesita grandes cantidades de materia y energía, justo dos de los elementos centrales que están fallando en la crisis múltiple que estamos viviendo. En el pasado, los cambios climáticos y las pandemias fueron factores determinantes en la evolución poblacional humana. Si en la historia reciente esto no ha sido así, se ha debido a que hemos tenido a nuestra disposición grandes cantidades de energía que, transformada en tecnología, nos ha permitido sortear estos desafíos. Esta disponibilidad energética —y por ello tecnológica)—abundante va a dejar de ser una realidad para siempre.

Pero, más allá de eso, la tecnología no genera soluciones inmediatas. En el caso de las investigaciones médicas, diseñar una vacuna en casos óptimos puede llevar 12-18 meses. Y diseñar una vacuna no quiere decir tenerla disponible de manera universal, pues después habría que resolver los problemas de rentabilidad, financiación, fabricación y distribución, que no son nimios. Igual puede ser demasiado tarde para sortear una crisis sistémica. Cuando las sociedades se enfrentan a múltiples vulnerabilidades, el tiempo cuenta, y mucho.

Por todo ello, uno de los principales aprendizajes que podríamos adquirir del coronavirus es que los seres humanos somos vulnerables, vivimos en cuerpos que se pueden morir sin que podamos evitarlo.

Tomando tierra

En conclusión, igual lo que podemos aprender del coronavirus es que necesitamos tomar tierra. Bajar de las alturas del capitalismo hipertecnológico hasta entendernos como parte de la trama de la vida. Desterrar el antropocentrismo.

Desde una mirada ecocéntrica, para el conjunto de la vida, para Gaia —de la que no somos más que un simple organismo más—, el coronavirus es una excelente noticia. Está significando un parón en la actividad económica que implica un freno a la destrucción ambiental, la primera de todas la distorsión climática.

Este tipo de frenazos en seco son los únicos que, a día de hoy, pueden evitar un cambio climático desbocado, que sería una catástrofe para el conjunto de la vida inimaginable

No nos engañemos, este tipo de frenazos en seco son los únicos que, a día de hoy, pueden evitar un cambio climático desbocado, que sería una catástrofe para el conjunto de la vida inimaginable. Este es el resultado de un trabajo reciente, en el que hemos mostrado cuáles podrían ser esas transiciones para la economía española. Lo único que permitiría tener opciones de sortear el desastre climático sería abordar rápidamente la triada decrecimiento-ruralización-localización con objeto de reintegrarnos de forma armónica en los ecosistemas. Ese es el camino que nos enseña el coronavirus.

El microorganismo también nos dice que para que esa reconversión se produzca con algo de garantía para las mayorías sociales son imprescindibles fuertes repartos del trabajo y de la riqueza.

Uno de los organismos que componen Gaia, debido a una mutación, se ha convertido en una pandemia que está poniéndola en serio riesgo. El coronavirus de Gaia son el antropocentrismo, el capitalismo o la tecnolatría. Por ello, hay que desterrarlos de forma urgente y tomando las medidas draconianas que sean necesarias.

Fuente: https://www.elsaltodiario.com/coron...

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La pobreza espiritual de una sociedad que minimiza la muerte de sus ancianos

14 March, 2020 - 00:00

En tiempos de pánico parece que todo vale con tal de exorcizar el miedo. Uno de los mantras que gobiernos (desalmados) y medios de comunicación (desinformados) han repetido hasta la saciedad para intentar calmar a la población es: ¡no os preocupéis, este coronavirus solo mata a los ancianos!

Pero ese “solo” duele en el alma. Duele a quienes tienen ancianos a su lado y a quienes les queda un mínimo de sensibilidad. Porque la grandeza de una sociedad se mide por la manera en que trata a sus mayores. Y una sociedad que convierte a sus ancianos en piezas prescindibles ha perdido todos sus puntos cardinales.
La sociedad que venera el cuerpo se condena a la decadencia del alma

En las culturas “primitivas” las personas más ancianas gozaban de una consideración especial porque se les consideraba reservorios de una gran sabiduría y conocimiento. El declive comenzó en la Grecia antigua y desde entonces no ha hecho sino empeorar, sufriendo una auténtica caída libre en las últimas décadas. El culto al cuerpo impulsado en aquel momento ha proseguido inexorablemente su curso. Pero una sociedad que venera el cuerpo es incapaz de ver más allá de las apariencias.

Una sociedad que venera lo superficial se condena a sí misma a la decadencia del alma. Esa sociedad empuja cada vez a más personas a preocuparse – y espantarse – por sus arrugas, lanzándolas en los brazos del floreciente negocio de la cirugía estética.

Esas personas en realidad no huyen de sus arrugas sino de lo que significan. Porque comprenden, en lo más profundo de su ser, que esas arrugas son el inicio de una condena al ostracismo. Y si hay algo peor que verse las arrugas al espejo, es saber que ya no cuentas porque durante toda la vida has recibido los mensajes sutiles – y otras veces no tan sutiles – de que los ancianos poco importan.
Lo que damos hoy a los ancianos, es lo que recibiremos mañana

La sociedad que minimiza la muerte de los ancianos se ha olvidado que ha sido construida por esos ancianos, esos que hoy se han convertido en un número que miramos con cierto estupor y desde la distancia, sintiéndonos falsamente seguros de que no nos va a tocar a nosotros. Fueron esos ancianos los que lucharon por muchas de las libertades que hoy disfrutamos. Los que recogieron los pedazos desechos de muchas familias durante la crisis y los que hoy están cuidando a sus nietos – aunque ello puede significar una condena – porque les han suspendido las clases.

Por eso, aunque sea ley de vida que las personas mayores nos abandonen primero, no puedo sino estremecerme por esos ancianos a los que nadie tiene en cuenta. Por mis ancianos. Y también por mí misma. Porque a la vejez llegamos todos, incluidos esos que hoy presumen de juventud y sacan músculo de inmunidad. Porque si bien es cierto que la muerte de niños y jóvenes estremece, eso no nos da derecho a minimizar la de quienes han vivido más. Cada vida cuenta. Olvidarnos de ello nos insensibiliza y acerca peligrosamente a la sociedad distópica que vaticinó Lois Lowry.

No puedo evitar estremecerme al pensar que vivo en una sociedad a la que parece importarle más las consignas y la economía que las vidas. En una sociedad donde el progreso se mide en términos de PIB y tecnología en vez de hablar en términos de bienestar y salud para todos y cada uno de sus miembros.

Por eso me resulta escalofriante la tranquilidad con la cual se dice que el coronavirus “solo” afecta seriamente a los ancianos – una verdad a medias ya que también mueren personas jóvenes y saludables, como indicó el mayor estudio realizado hasta el momento – y a personas con patologías previas, aunque bajo el paraguas de “patologías previas” no se esconden enfermedades terribles sino problemas tan comunes como la hipertensión y la diabetes – como reconoció el propio Ministerio de Sanidad. Y en España, 16,5 millones de personas padecen hipertensión, según la Sociedad Española de Cardiología y 5,3 millones tienen diabetes, según la Fundación para la Diabetes. Y todos no son ancianos.

Eso significa que esta lucha es de todos. Y no es una lucha por la supervivencia individual sino por la supervivencia colectiva. Por la supervivencia de los grupos más vulnerables. Y por la supervivencia de lo que queda de humanos en cada uno de nosotros. Porque si bien es cierto que en circunstancias extremas sale a relucir lo peor de las personas, también sale a la luz lo mejor que tenemos dentro. La decisión es nuestra.

Por eso, hoy alzo la voz por los ancianos. Por esos ancianos que quizá no la alzarán. Porque no pueden. O porque no quieren. O quizá porque tienen esa sabiduría que le confieren los años y saben que aprenderemos la lección, cuando la vida se encargue de colocar a cada uno en su sitio.

Aunque quizá, el mío sea tan solo un grito que no hará eco en una sociedad demasiado endurecida que se ha quedado sorda a todo lo que no sea su egolatría.

Fuentes:

Wu, Z. & McGoogan, J. M. (2020) Characteristics of and Important Lessons From the Coronavirus Disease 2019 (COVID-19) Outbreak in ChinaSummary of a Report of 72 314 Cases From the Chinese Center for Disease Control and Prevention. JAMA: doi:10.1001/jama.2020.264.

Fernández, E. et. Al. (2020) Informe Técnico. Enfermedad por coronavirus, COVID-19. Ministerio de Sanidad y Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias; 1-27.

Trejo, C. (2001) El viejo en la historia. Acta Bioethica; 7(1).

Fuente: https://rinconpsicologia.com/muerte...

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El relato oficial del coronavirus oculta una crisis sistémica

13 March, 2020 - 00:00

Todo parece indicar que esta epidemia representa una ocasión ideal para justificar la recesión económica capitalista que se acerca.

El nuevo coronavirus (SARS-Cov-2) tiene muchas caras. La faceta relacionada con la salud lleva semanas siendo minuciosamente examinada, o mejor dicho escrutada, por los medios de comunicación. Desde la última semana de enero hasta el momento de escribir este texto, el 9 de marzo, el coronavirus ha infectado de forma reconocida a más de 114.000 personas en más de 100 países, ha causado la muerte de más de 4.000 individuos, y es más que probable que varios miles de fallecimientos más engrosen la cuenta en las próximas semanas o meses en lo que ya se prevé será una pandemia.

Sin lugar a dudas, es un problema de salud serio, pero no el más importante, tal vez ni siquiera el más urgente. Un ejemplo de ello es la tasa de letalidad, estimada en un 3,4%, lo que se puede comparar con el 11% en el caso del SARS (síndrome respiratorio agudo grave) o el 34% del MERS (síndrome respiratorio del Oriente Medio). Pensemos además que cada día mueren en promedio en España más de 1.100 personas de causas muy diversas, y que la gripe común causa anualmente en nuestro país entre 6.000 y 15.000 muertes. No sabemos cuánta gente está infectada por el coronavirus, pero parece muy probable que un elevado porcentaje de casos pase desapercibido, con una sintomatología inadvertida o no registrada, lo que implicaría que la tasa de letalidad real sería bastante menor de la registrada hasta el momento.

Ello no significa, sin embargo, que el coronavirus no sea un tema de salud relevante o incluso preocupante.

En primer lugar, la mortalidad generada por el COVID-19 en los grupos de edad más avanzados o en las personas con patología previas es alta (cerca del 15% en mayores de 80 años) y su morbilidad y afectación general de salud puede ser importante.

En segundo lugar, tiene una elevada contagiosidad, lo que genera un problema de salud pública destacado en muchos países y potencialmente para todos. China, Corea del Sur, Japón, Irán e Italia son hasta el momento los más afectados. Y, aunque el riesgo de mortalidad sea bajo, dado que el potencial número de afectados podría llegar a ser muy elevado, esto podría llegar a implicar un recuento total de muertes muy alto.

Y tercero, el impacto de la epidemia sobre el sistema sanitario puede ser muy relevante por razones diversas: el periodo de incubación en que las personas son contagiosas es de cinco días; el número de casos es exponencial; un porcentaje elevado requerirá hospitalización bien sea por su situación clínica, vigilancia o aislamiento; los pacientes deberán estar aislados hasta que dejen de ser contagiosos, lo que requiere de afinados sistemas de cribado, un elevado volumen de procesamiento de muestras en centros de referencia, y una gobernanza integrada de decisiones clínicas y salud pública para identificar los pacientes cribados, puestos en cuarentena y si esta debe hacerse en domicilio o en un centro hospitalario.

Además, una parte importante del trabajo de muchos profesionales sanitarios españoles se está destinando al abordaje de la emergencia en curso. A ello se añade que el personal sanitario es el colectivo más expuesto y a la vez el que mayor riesgo alberga de contagiar a individuos particularmente vulnerables frente a la infección, por lo que la sobrecarga es doble.

Las sociedades científicas de diferentes especialidades médicas han realizado protocolos conjuntos y documentos informativos muy valiosos. Sin embargo, la complejidad y el coste asociados a estas medidas excepcionales son altos y suponen un elevado estrés para el sistema sanitario, que se traduce en un no menospreciable riesgo de desborde o incluso colapso si los hospitales actúan durante un periodo prolongado como principal frente de contención de la epidemia.

Por último, es también motivo para la preocupación la probabilidad de que, al menos a corto plazo, se trate de una epidemia “recurrente” que pueda repetirse cada año. Parece probable que el SARS-CoV-2 haya llegado para quedarse, y que permanezca entre los virus que habitualmente afectan a la humanidad como ocurrió con la gripe A.

Además, pueden aparecer epidemias de origen similar al coronavirus actual o incluso mucho más graves que podrían generar una pandemia con una mortalidad global mucho mayor. No hay olvidar que la causa del actual brote epidémico –y de otros previos como el SARS-CoV en 2002, la gripe aviar (H5N1) en 2003, la gripe porcina (H1N1) en 2009, el MERS-CoV en 2012, el ébola en 2013 o el Zyka (ZIKV) en 2015)– radica, en gran medida, en la compleja transmisión a través de animales relacionada con el desarrollo de una agricultura y avicultura intensivas y de un creciente mercado y consumo de animales salvajes y exóticos. A ello se une la capacidad actual de extensión de epidemias debido a la falta de higiene y recursos adecuados invertidos en salud pública, la densidad urbana, y la globalización turística, entre otros factores[1].

La globalización ha transformado la relación entre humanos y virus, donde lo local es global y lo global es local. Y muchos países no tienen sistemas de salud pública efectivos para hacer frente a los retos que se plantean, ni existe tampoco un sistema de salud pública global apropiado[2].

En todo caso, la mayoría de los países con recursos sanitarios públicos efectivos y que han aplicado medidas drásticas, como China, donde la ciudad de Wuhan, con 11 millones de habitantes, en la región de Hubei (58 millones), lleva desde finales de enero en una cuarentena draconiana, o Japón que ha cerrado colegios durante semanas, o Italia y España que progresivamente están ampliando el territorio de control y contención del coronavirus, deberán ser capaces de contener la epidemia en un tiempo relativamente breve, evitando así que el impacto en la salud colectiva se agrave con el paso del tiempo.

Una situación bien diferente puede ocurrir en muchos países pobres, con sistemas sanitarios muy débiles y con determinantes sociales de la salud muy deficientes (pobreza, hacinamiento urbano, sistemas de agua residuales defectuosos o inexistentes, negligencia de la industria farmacéutica, sistemas de salud pública débiles, dietas alimentarias deficientes, etc). Es el caso de muchos países africanos, donde el riesgo de que la epidemia cause daños muy notables o incluso extremos es elevado.

Pero si el problema de salud pública no es necesariamente tan extremadamente alarmante como se presenta en los medios, ¿por qué entonces se trata a esta epidemia como una cuestión que merece una atención casi exclusiva y con un seguimiento a tiempo real? El COVID-19 no es sólo un problema de salud global, sino también un problema con otras caras interconectadas de tipo económico, ecológico y social. Estas lo convierten, de hecho, en un problema sistémico y político sobre el que conviene reflexionar.

Desde el punto de vista económico, según numerosos analistas, consultoras o auditoras como Deloitte, el FMI, o la OCDE[3], la epidemia ha contribuido a frenar la economía generando un menor crecimiento y un descenso en la producción, comercio, consumo, turismo y transporte, o incluso la caída de las bolsas. Las fábricas y negocios cierran; millones de personas no realizan sus viajes habituales; se promueve el teletrabajo, la videoconferencia o la posibilidad de una mayor producción local para proteger las cadenas de suministro; amén de una fuerte subida en los precios de productos como los geles desinfectantes o las mascarillas. En una economía tan interdependiente, caótica y frágil como el capitalismo, donde la incertidumbre, la especulación y la constante búsqueda del beneficio son esenciales, las complejas consecuencias sistémicas futuras son una incógnita, pero todo apunta a la posibilidad de una cercana y grave recesión económica.

Desde el punto de vista ecológico, estrechamente conectado con la economía, el frenazo económico ha reducido el consumo de combustibles fósiles, la emisión de CO2 y la contaminación del aire. Por ejemplo, en China se ha reducido el consumo de petróleo notablemente y las emisiones de gases en un 25%. Lo mismo ocurrirá en otros muchos países.

El impacto de la epidemia del coronavirus puede parecer paradójico: sus evidentes efectos negativos en la salud, la sociedad y la economía, a corto plazo, son beneficiosos para la crisis climática y ecológica, y tal vez también para la salud, a medio plazo. Como en toda crisis económica, al frenar la actividad industrial y el transporte se reducen la mortalidad y morbilidad asociados a accidentes laborales, de tráfico, a la contaminación ambiental, etc.

Esa aparente paradoja queda despejada cuando se comprende que la lógica de crecimiento exponencial y muchos de los desarrollos característicos del capitalismo son altamente perjudiciales para la homeostasis del planeta y el desarrollo social y, por tanto, para la salud colectiva.

Desde el punto de vista social, estamos ante una epidemia de pánico, cuyo origen podemos rastrear en algunas de sus características esenciales: no es una epidemia altamente letal pero es nueva y de un origen aún no del todo esclarecido; no podemos predecir su evolución, lo que crea una gran incertidumbre; no existe un tratamiento ni vacuna efectivos; se ha extendido con rapidez en los países más ricos del planeta y, seguramente, en todo tipo de clases sociales; los medios de comunicación y las redes sociales han magnificado su impacto entre una población que mayoritariamente siente fobia al riesgo; la epidemia es una oportunidad para degradar y aislar a China, al tiempo que localmente se generan respuestas racistas y xenófobas.

Pero, además, la crisis del COVID-19 plantea dos asuntos adicionales de importancia. Por un lado, el imprescindible papel de los gobiernos, los servicios y la investigación pública para controlar de forma coordinada tanto la epidemia en sí como una probable ‘epidemia de autoritarismo', visible en China con medidas de vigilancia y control extremas para detectar casos de infección inadvertidos y la aplicación de medidas restrictivas poco transparentes, cuando no directamente represivas. La falta de claridad en la información difundida se refleja también en unos medios ciegos de inmediatez, atados al poder de grandes corporaciones, que buscan audiencia mediante el impacto inmediato emocional y el entretenimiento, y que son incapaces de transmitir un diagnóstico crítico y sistémico de lo que ocurre.

En segundo lugar, la actual ‘epidemia mediática' del coronavirus representa un coste de oportunidad, en un sentido bien conocido por muchos políticos: cuando no se quiere hablar de un tema que molesta se distrae la atención hablando de otro.[4] Ejemplos de ello son los ataques de Clinton en Sudán y Afganistán para tapar su affaire con Monica Lewinsky, o la la puesta en libertad por Berlusconi de políticos con cargos de corrupción el mismo día que Italia se clasificó para la final de la copa del mundo de fútbol. Al hablar casi exclusivamente del coronavirus durante tantas semanas no hablamos de otros problemas mucho más graves que pasan desapercibidos. Como ha señalado el filósofo Santiago Alba Rico: “Desde que existe el Covid-19 ya no ocurre nada. Ya no hay infartos ni dengue ni cáncer ni otras gripes ni bombardeos ni refugiados ni terrorismo ni nada. Ya no hay, desde luego, cambio climático”. O también el economista Fernando Luengo al decir que ya no se habla del “elevado endeudamiento de las corporaciones privadas no financieras, el cordón umbilical que une la política de los bancos centrales a las grandes entidades bancarias y corporaciones”, o “el aumento de la desigualdad, la represión salarial”, ni tampoco del drama de “las personas refugiadas en Lesbos, aplastadas por la policía griega y la extrema derecha”, o “los asesinatos de mujeres”. Ni desde luego tampoco se habla de la atroz crisis ecológica que vivimos, que pone en peligro la vida en el planeta y la propia existencia de la humanidad, o de la precarización laboral masiva que padecen miles de millones de personas en el mundo, incluso las investigadoras italianas de la Universidad de Milán y el Hospital Sacco que aislaron la cepa del coronavirus.

El COVID-19 es un detonador complejo de la crisis sistémica del capitalismo, en la que todos los factores anteriores están fuertemente interconectados, sin que se puedan separar entre sí. Todo parece indicar que esta epidemia puede representar una ocasión ideal para justificar la crisis económica capitalista que parece estar acercándose[5]. El miedo produce una brusca caída de la demanda, que baja el precio del petróleo, lo que revierte en la emergencia de una crisis anunciada hasta este momento. Muy probablemente el coronavirus no es el único responsable de las caídas en las bolsas, como se dice, ni de una economía capitalista desacelerada, con las ganancias de las corporaciones y la inversión industrial estancadas, sino que es la chispa de una crisis económica pospuesta donde la mala salud de la economía es muy anterior a la epidemia.

Como han señalado diversos economistas críticos, como Alejandro Nadal, Eric Toussaint o Michael Roberts[6], aunque los mercados bursátiles son imprevisibles, todos los factores de una nueva crisis financiera están presentes desde al menos 2017. El coronavirus sería tan solo la chispa de una explosión financiera pero no su principal causa[7]. Además, no debe menospreciarse el papel de los gigantes accionistas (fondos de inversión como BlackRock y Vanguard, grandes bancos, empresas industriales, y megamillonarios) en la desestabilización bursátil vivida en las últimas semanas. Estos agentes recogerían así los beneficios de los últimos años y evitarían pérdidas, invirtiendo en los más seguros aunque menos rentables títulos de deuda pública, y exigiendo a los gobiernos que una vez más echen mano de los recursos públicos para paliar pérdidas económicas.

La propaganda de los grandes grupos económicos y mediáticos oculta la realidad e impide comprender adecuadamente lo que está ocurriendo. Transformar la compleja estructura social de un tren sin frenos, como el capitalismo, requiere imaginar una sociedad distinta y realizar un cambio radical con políticas globales sistémicas en ecología, economía y salud, que diseñen y experimenten formas alternativas de vida en un modelo productivo y de consumo más justo, homeostático, simple y saludable. Un primer paso necesario es no engañarnos con las informaciones incompletas, emocionales o tóxicas del relato mediático hegemónico del coronavirus y tratar de comprender la crisis sistémica que oculta.

––––––––––

Joan Benach es profesor, investigador y salubrista (Grup Recerca Desigualtats en Salut, Greds-Emconet, UPF, JHU-UPF Public Policy Center), GinTrans2 (Grupo de Investigación Transdisciplinar sobre Transiciones Socioecológicas (UAM).

Notas

[1] Se produce mediante una reacción en cadena, con una retroalimentación positiva de desastres, que es común en países pobres. Ver: Mike Davis. El Monstruo llama a nuestra puerta. [Traducción de María Julia Bertomeu con prólogo de Antoni Domènech]. Barcelona, Viejo Topo, 2006.

[2] Idem.

[3] La OCDE advierte sobre la posibilidad de que el Covid-19 reduzca a la mitad el crecimiento económico mundial de 2020 que podría pasar del 2,9% al 1,5 del PIB. Ver: Michael Roberts. Coronavirus, deuda y recesión. Sin Permiso.

[4] Ver por ejemplo: Christenson DP Kriner DL. Mobilizing the public against the president: Congress and the political costs of unilateral action. American Journal of Political Science 2017; 61(4):769-785; Djourelova, M and R Durante (2019), Media Attention and Strategic Timing in Politics: Evidence from US Presidential Executive Orders, CEPR Discussion Paper 13961; Durante R, Zhuravskaya E. Attack when the world is not watching? US media and the Israeli-Palestinian conflict. Journal of Political Economy 2018;126(3):1085-1133.

[5] Dado que esta recesión no está causada por una falta de demanda sino de oferta (pérdida de producción, inversión y comercio), las soluciones keynesianas y monetaristas no funcionarán. La causa principal del estancamiento es la disminución de la rentabilidad del capital. La enorme deuda, particularmente en el sector corporativo, es una receta para un colapso grave si la rentabilidad del capital se redujera drásticamente. La epidemia acaba por fragilizar un sistema financiero que tiene el potencial de desencadenar una nueva crisis de deuda que podría llevar al colapso de empresas y el mundo financiero. Ver: Michael Roberts. Coronavirus, deuda y recesión. Sin Permiso.

[6] Ver: Eric Toussaint. No, el coronavirus no es responsable de las caídas en las bolsas. Rebelión; Alejandro Nadal. Tasa de interés: ¿vacuna contra el coronavirus? Sin Permiso; Michael Roberts. G20 y COVID-19. Sin Permiso; Michael Roberts. Coronavirus, deuda y recesión. Sin Permiso.

[7] Antes de la aparición del nuevo coronavirus ya se habían manifestado indicadores inquietantes en la economía mundial como la inversión de la curva de rendimientos (los rendimientos de títulos de más corto plazo superan a los de títulos de largo plazo), lo que es un indicio de lo mal que están las expectativas de los inversionistas. Un ejemplo de este tipo de distorsión son las distintas evaluaciones convencionales de los últimos trimestres en el mercado de valores que revelan cómo se ha abaratado dicho mercado en relación con el rendimiento de los bonos de 30 años. Y ese no es un fenómeno nuevo: la inversión de la curva de rendimientos en los mercados europeos lleva años y en los últimos viene aproximándose a niveles récord. Ver: Alejandro Nadal. Tasa de interés: ¿vacuna contra el coronavirus?. Sin permiso.

Fuente: https://ctxt.es/es/20200302/Politic...

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Pánico

13 March, 2020 - 00:00

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Apunte sobre Simone Weil y Antonio Gramsci

13 March, 2020 - 00:00

Nota de edición: El día 3 de febrero de 1909 nació Simone Weil. En ella la pregunta por el sentido del mal social (explotación y opresión) y de la desgracia o desventura de los humanos que tienen que enfrentarse con algo más que el dolor y el sufrimiento, se hace mística.

Está por hacerse un estudio comparativo de los escritos ético-políticos de Antonio Gramsci y de Simone Weil en los años treinta, en los años de entreguerras. Y sería muy interesante hacerlo. Podría ser tema para una tesina. Para introducir la obra de Simone Weil sin dejar del todo a Gramsci avanzaré algo sobre esta comparación.

La gran crisis bolsística y monetaria, que se inicia en EE.UU en 1929, ha tenido una enorme repercusión en Europa. El fascismo enzos de los años treinta y Hitler acaba de subir al poder en Alemania. Son años en los que el desempleo y la conflictividad social están en primer plano en toda Europa; son los años de la II República en España [cf. La lengua de las mariposas].

Mientras, en Italia, Gramsci está escribiendo, en 1934-1935, sus cuadernos en el aislamiento de la cárcel, ya muy enfermo, Simone Weil ha tomado una decisión muy drástica en su vida: ha dejado su puesto de profesora de filosofía en un instituto y ha decidido solicitar trabajo en una fábrica, primero en una empresa eléctrica, la fábrica Alsthom de París, y después en la fábrica de automóviles Renault de Boulogne-Billancourt.

Gramsci y Weil han tenido algunas experiencias parecidas. Ambos son universitarios y ambos han conocido de cerca la experiencia de la gran fábrica: Gramsci, que tenía 18 años más que Simone Weil, al acabar la primera guerra mundial, en la Fiat de Turín, entre 1919 y 1921; Weil catorce años después en la Renault de París. En esos años que van de 1921 a 1935 se está produciendo una reconversión industrial importantísima. Y, sobre todo, se está produciendo un cambio sustancial en la organización técnica del trabajo de fábrica.

Estamos en los orígenes del taylorismo y del fordismo, que han nacido en los EE.UU. [cf. sobre esto Tiempos modernos] y se están difundiendo por toda Europa [cf. Metrópolis]. Gramsci y Weil han reflexionado casi simultáneamente, en 1934-1935, sobre lo que este cambio significa, sobre lo que está representando la “organización científica” del trabajo, la mecanización de las funciones y los inicios de la automatización en el trabajo de fábrica.

Gramsci lo ha hecho en las notas de los Cuadernos de la cárcel dedicadas específicamente al tema “taylorismo, americanismo y fordismo”; Simone Weil en un volumen que lleva por título La condición obrera y también en algunos pasos de sus Reflexiones sobre las causas de la libertad y de la opresión social.

Antonio Gramsci y Simone Weil, siendo como eran, los dos, gentes de letras, personas con una formación humanista, se han formado en tradiciones que tenían, sin embargo, un gran respeto por la ciencia y por sus aplicaciones prácticas, tecnológicas. Gramsci en la tradición marxista, que ha vinculado siempre la emancipación de los hombres al progreso técnico y científico; Simone Weil en constante contacto con su hermano matemático, dialogando con él de cuestiones científicas, había hecho la tesis, en 1931, sobre un tema relacionado con la ciencia cartesiana: “Ciencia y percepción en Descartes”.

Pero ambos se han dado cuenta de la peligrosidad del cientificismo y del espíritu tecnocrático: Gramsci ha denunciado, en los Cuadernos, lo que llama “la superstición científica”, la infatuación de la ciencia de la época, que conlleva “ilusiones tan ridículas y concepciones tan infantiles que hasta la superstición religiosa acaba ennoblecida”; Simone Weil ha denunciado la tecnocratización y la idea de progreso técnico como una nueva forma de alienación y de empobrecimiento intelectual de los hombres.

Ambos, Gramsci y Weil, tienen entonces, en 1934-1935, un altísimo concepto de la ética. Son altruistas; son idealistas en lo moral.

Y aunque no se sienten a gusto con la formulación del imperativo kantiano actúan como si ese fuera su ideal: hacer un “nosotros” del propio “yo”. Se atienen a un altísimo concepto de la ética en sus vidas. En ambos casos se trata, en cierto modo, de una ética del sacrificio.

Gramsci, en la cárcel, a pesar de la enfermedad, del aislamiento y de la soledad, se niega reiteradamente a firmar una petición de gracia al régimen mussoliniano con el argumento de que no quiere disfrutar de una situación privilegiada en comparación con otros trabajadores encarcelados por el fascismo por los mismos motivos que él; no quiere convertirse, dice, en “un pingo almidonado”.

Simone Weil quiere vivir como viven entonces los trabajadores de fábrica, compartir sus vivencias y sus sufrimientos.

Para ambos la ética de la convicción (en el sentido weberiano) es esencial y para ambos el hacer es la mejor forma de decir. Ambos, Gramsci y Weil, tienen como centro principal de interés la condición obrera. Pero no solo por interés intelectual o sociológico (por conocer y analizar), sino con la idea de que este conocimiento es básico para que la clase obrera pueda emanciparse. Gramsci piensa en el proletariado industrial y en el campesinado pobre. Weil en estos años también. Pero cada vez en los desgraciados, desdichados, humillados y ofendidos en general.

Ninguno de los dos ha pensado que la clase obrera esté destinada a ir al Paraíso por su procedencia o por su lugar en el mundo. Y los dos han dado muchísima importancia a la subjetividad, a la voluntad de los sujetos. Uno es, en muchos aspectos, voluntarista. La otra es, en muchos aspectos, personalista.

Ni Gramsci ni Weil fueron políticos “profesionales” en el restringido sentido weberiano; no les satisfacía la política al uso y se sentían vinculados a formas alternativas de hacer política. Ambos critican la concepción de la política como mentira necesaria. Piensan que decir la verdad es revolucionario también en política. Y están

viviendo, además, en esos años, la tragedia personal que representa el complementar convicción ética y responsabilidad sociopolítica.

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Nota:

Apuntes (no fechados) para sus clases de filosofía moral y política (NE).

Capítulo 2º del libro de Francisco Fernández Buey Sobre Simone Weil. El compromiso con los desdichados.

www.elviejotopo.com

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Cárceles italianas en llamas

12 March, 2020 - 00:00

Al final de la primera temporada de la mítica serie carcelaria Oz (1997-2003), estalla un motín en la ficticia prisión de Oswald (conocida como “Oz”). Varios presos se hacen con el control de su módulo tras introducir clandestinamente una pistola y toman a varios funcionarios como rehenes, entre ellos al Jefe de Servicios, Tim McManus. En la superficie, pudiera parecer que el motivo de la protesta se debe a la eliminación de algunos derechos de los internos debido a los recortes presupuestarios, como los vis a vis íntimos o el derecho a fumar. Pero Kareem Said, uno de los inspiradores de la revuelta, no tarda en mostrarle a McManus la verdadera intención de sus actos en lo que, probablemente, es la mejor escena de la serie: “no estoy diciendo que los hombres encerrados en Oz son inocentes. Lo que digo es que no están aquí por los delitos que han cometido, sino por el color de su piel, por la falta de Educación, por el hecho de que son pobres. Verás, este motín no trata de recuperar el derecho a fumar, o los vis a vis; ni siquiera trata de mejor la vida en la cárcel. Este motín busca que la sociedad asuma su responsabilidad. Este motín versa sobre nuestro horrible sistema judicial. No necesitamos más prisiones, prisiones más grandes, prisiones mejores. Lo que necesitamos es una Justicia mejor. ¿Qué puedes ofrecerme tú al respecto? […] Tú quieres salvar este lugar, ¿verdad? Yo lo quiero derribar. Ladrillo a-hipócrita-ladrillo”.

Restricciones de derechos en cárceles italianas

A principios de marzo, el gobierno italiano de Giuseppe Conte anunció la restricción de varios derechos de los presos de sus cárceles para hacer frente al contagio generalizado del coronavirus. Esta vez no es por los recortes, sino por una epidemia médica, pero recuerda al arranque de Oz. Entre otras medidas, suspendió hasta el 22 de marzo las visitas de amigos y familiares a las que tienen derecho los presos con carácter semanal (que en muchos casos suponen su único contacto con el exterior), así como la concesión de permisos penitenciarios durante 15 días. También acordó la limitación al máximo de los movimientos de los presos en el interior de las prisiones italianas. Esto, además, en un contexto de hacinamiento penitenciario, teniendo en cuenta que Italia cuenta con una población penitenciaria de 61.230 presos, aunque sus instalaciones solo tienen capacidad de albergar a 50.950.

Poco después de anunciar este paquete de medidas, el 3 de marzo el Mecanismo Nacional para la Prevención de la Tortura italiano (el equivalente al Defensor del Pueblo) advirtió que “son preocupantes ciertas decisiones que van más allá de las indicaciones emitidas y que tienden a configurar un concepto de prevención absoluta que, superando los criterios de adecuación y proporcionalidad, acaba configurando el mundo penitenciario como separado del mundo exterior y portador de un factor intrínseco de morbosidad. […] El resultado es que se han notificado restricciones injustificadas de los derechos de las personas privadas de libertad y que parecen ser el fruto de un alarmismo que, a su vez, causa una alarma cada vez mayor que no encuentra base o justificación en cuanto a la eficacia de las medidas adoptadas”.

Cinco días después, el 8 de marzo, se organizaron algunos motines en una decena prisiones del norte de Italia. Varias de ellas han sufrido incendios. Hay seis muertos ya, tres de ellos en la cárcel de Módena. Al parecer, se trata de sobredosis después de que accedieran a la enfermería de la prisión. La cuarta y quinta víctimas mortales se han registrado en las penitenciarías de Verona y Alessandria, mientras que no se ha revelado el lugar del fallecimiento de la última persona por motivos de seguridad.

Al día siguiente, las protestas se extendieron a otros centros (hasta un total de 27), como el de San Vittore de Milán, uno de los más grandes de Italia, donde un grupo de presos consiguió subir a la azotea; o a las prisiones de Palermo y Bari. En Foggia 370 presos lograron escapar, de los cuales 70 han sido re-detenidos, pero 300 siguen libres.

Las personas presas denuncian que el virus se ha extendido entre la población reclusa y que, pese a ello, no se están realizando análisis ni aplicando los protocolos para controlar la enfermedad. Algunos, simplemente, han extendido sábanas pintadas con números de teléfono para poder ponerse en contacto con sus seres queridos.

Estas acciones son la expresión de la rabia de aquéllos a los que les han terminado de arrebatar lo poco que les quedaba, tras haber perdido hace tiempo la libertad y ya no tienen nada que perder. De quienes quieren tirar los muros de las prisiones, ladrillo a (hipócrita) ladrillo.

La función social de la prisión

Lo primero que aprendemos sobre la cárcel es que si haces algo malo, acabarás allí. Como explica Ignacio González Sánchez en “Las funciones de la cárcel” es que esta idea de la cárcel como castigo, como retribución, por un acto malo, es fundamental. Lo es, entre otras cosas, porque en ella ya se ven las primeras ambivalencias e imprecisiones en una política pública que debería de ser precisa en los objetivos que busca. Como se ha dicho, se busca que la existencia de este castigo disuada a la gente para que no delinca. Aun cuando se ha demostrado que, en gran medida, apenas tiene un efecto preventivo en la mayoría de la delincuencia –que es leve y no planificada-, se recurre a la idea de puro castigo, de venganza, de expiación. Sin más, se pasa de pedirle un objetivo racional a pedirle que satisfaga una inquietud emocional –el sentimiento de injusticia, de que eso “no puede ser”, de que el que la hace, la tiene que pagar-. Por otro lado, los políticos hacen de la cárcel un sitio opaco, sin control público ni apenas publicación de datos. Así cuesta un poco ver cómo va a dar miedo la cárcel. A tal punto llega el desconocimiento que es habitual escuchar que en la cárcel se está como en un hotel –curioso que ninguna de estas personas se vayan en verano a la cárcel, con su comida gratis y su piscina para 1000 personas dos horas al día, dos días a la semana, 3 meses al año).

Pero no todos los usos de la cárcel, y del sistema penal, son necesariamente sofisticados, ni tienen un desarrollo teórico sutil. En relación con lo expuesto hasta aquí, no es difícil ver que la cárcel, y sobre todo las condenas, también se emplean para proporcionar chivos expiatorios de ansiedades sociales. Con ello, generalmente, se pretende tranquilizar a la gente sobre cuestiones sobre las que puede no tenerse control. Si a mí me dicen que van a encerrar a aquellos que un día actúan de manera imprevisible y generan muchos y graves daños a personas, me da tranquilidad, pues ya se han tomado medidas y se está haciendo algo. La realidad es que hay ciertas cosas sobre las que no se puede hacer nada (en todo caso, algo preventivo desde fuera del sistema penal), y que muchos no estamos preparados para convivir con la incertidumbre sin que eso nos provoque ansiedad. La cárcel ayuda a reducir esa ansiedad. Además, ayuda a dar la sensación de que se está haciendo algo por solucionar un problema, se haga o no se haga nada más que encerrar a unos pocos de todos los que delinquen.

Más recientemente, sobre todo en los últimos años, y a raíz de los cambios políticos en la regulación del mercado laboral y en la forma y extensión de las políticas sociales, se ha propuesto que el castigo se está utilizando de una forma creciente para paliar problemas de legitimidad de los Estados. En concreto, se ha señalado que los Estados neoliberales están utilizando el sistema penal para dos cuestiones fundamentales: fomentar la aceptación de los trabajos precarios, inadmisibles e ilegales 40 años atrás, y, de manera más amplia, transformar un problema de seguridad social (pérdida de servicios públicos y de garantías asociadas al empleo) en uno de inseguridad criminal. Dado que el Estado ya no se presenta como garante de unas condiciones mínimas de explotación (el ejemplo más visible son las trabajadoras pobres), vuelca sus mensajes y actuaciones hacia la provisión de seguridad, redefiniendo las expectativas ciudadanas sobre la actuación estatal.

Algunas de estas funciones son muy importantes para entender la existencia y pervivencia de una institución, su funcionamiento y las demandas a atender. El hecho de que no estén contempladas por una ley no quiere decir que sean ilegales, ni que sean indeseadas, ni tampoco que sea justo que se usen así. Podría plantear cuestiones sobre la honestidad de las instituciones, que siguen prometiendo penas más duras para problemas que nada tienen que ver con eso. El Estado coge dos cuestiones inconexas –por ejemplo, brotes psicóticos y el encierro de niños; asistencia sanitaria a las personas y procesos migratorios- y las une mágicamente mediante un discurso enmarcado en medidas punitivas que pueden tener, o no, un efecto sobre el problema concreto, pero que, en todo caso, reafirman soberanamente una declaración de intenciones. Por seguir hablando de honestidad, parece también que a la mayoría de la gente le vale con la promesa, por cuanto le evita preocuparse de ciertos problemas, o relajarse con los que están preocupados. La cárcel a veces es una alfombra, y a mucha gente parece darle igual lo que pase debajo de ella, siempre que el salón luzca bonito.

La mayoría de los presos no cuestionan la existencia o la función social de las prisiones. No están de acuerdo en sufrir en sus carnes sus efectos adversos, pero no discuten el marco de las cárceles. No reivindican su abolición y aceptan las reglas que se les imponen, con el fin de salir a la mayor brevedad posible. Únicamente se rompe este contrato de paz social en casos extremos de emergencia, cuando la institución muestra su rostro más feroz y le recuerda al reo la absoluta falta de empatía que siente hacia él. Y cuando sucede esto es cuando los presos rompen el marco, se sublevan, tiran abajo las puertas y se fugan.

Reacciones a los motines y muestras de solidaridad

En Italia, un país sumido en el caos y en una cuarentena estatal, parlamentarios de Forza Italia, el antiguo partido político de Silvio Berlusconi, están apelando a que se emplee al Ejército contra los amotinados.

Pero no todo son reacciones negativas. El colectivo anticarcelario Todo puede Caer ha convocado el jueves 12 de marzo, a las 19h., una concentración frente a la Embajada italiana (calle Juan Bravo con Velázquez).

Convocamos esta concentración el día 12 de marzo a las 19h en frente de las puertas de la embajada italiana.

“Al hilo de las medidas adoptadas por el gobierno de italia contra lxs presxs, con el único fin de afianzar su poder y su control una vez más sobre la población encarcelada, se les ha prohibido las visitas con sus familiares, siendo éste el único contacto con el exterior y en muchos casos, su motor de supervivencia”, explican en un comunicado.

Por otro lado, un grupo de Solidarixs con lxs anarquistas represaliadxs en Italia se ha sumado a la convocatoria, denunciando que “las medidas de excepción tomadas por el Estado Italiano bajo la excusa del Covid-19 son parte de los muchos acordes de la melodía del avanzar de las condiciones de control social y la capidadad represiva de los Estados en todo el mundo. En plena oleada de revueltas en distintos terriotrios -Francia, Chile, Hong Kong, Irak, Irán…- el “Estado de Excepción” se convierte en norma. Y de paso, pasamos de puntillas por la destrucción de la tierra y la explotación y nocividadades que sobre todo lo vivo lleva operando este sistema desde que surgió esa auténtica enfermedad y pandemia mundial: la autoridad”.

¿Y en las cárceles españolas?

El 6 de marzo, la Secretaría General de Instituciones Penitenciarias española acordó un paquete de medidas muy similares a las italianas: suspensión de visitas, comunicaciones y cualquier contacto con internos y prohibir las salidas de reclusos, así como los cursos formativos, reuniones, congresos y seminarios.

En otras palabras, al igual que en Italia, se ha acordado la restricción absoluta de derechos y libertades de las personas presas. Quizás esto se explique mejor si atendemos al contexto de nuestro sistema penitenciario, en el que contamos con una población penitenciaria de 58.369 personas (excluyendo a Catalunya, que tiene las competencias transferidas) y tan solo 285 médicos y 6 psiquiatras para todo su sistema de salud. Y es que resulta mucho más sencillo y barato restringir injustificadamente los derechos de las personas presas (pese a que, en virtud de sus sentencias condenatorias, el único derecho que han perdido temporalmente es la libertad de movimiento) que invertir en un modelo sanitario eficiente y humano.

Por ello, doce organizaciones distintas, lideradas por la Asociación Pro Derechos Humanos de Andalucía, ha anunciado una campaña de denuncia de los inaceptables recortes de los derechos de las personas presas. Y es que si el Ministerio del Interior no recula y sigue la senda del Ejecutivo italiano, corre el riesgo de que la reacción de los presos se replique dentro de los muros de las cárceles españolas.

Información extraída de Naiz, Público, Txalaparta, Contramadriz, El País y The Social Science Post

[Ensayo] Cárceles en Llamas. El movimiento de presos sociales durante la Transición

Autor: César Lorenzo. Editorial Txalaparta. 2013

Cuando tras la muerte de Franco se abrieron las puertas de las prisiones para dejar salir a los opositores políticos a la dictadura, nadie imaginaba lo que vendría a continuación. Una oleada de motines como nunca se había visto antes.

La deriva cada vez más violenta de estas acciones, tanto en su desarrollo, como en la respuesta gubernamental, marcó de forma indeleble los años de la Transición. Fue tal la relevancia que adquirieron las protestas y tanta la alarma social que generaron las imágenes dantescas de prisiones destrozadas y presos heridos o muertos, que el gobierno se vio empujado a emprender una reforma urgente del sistema penitenciario. Pero a pesar de su temprana aprobación, la reforma tardó bastantes años en ofrecer resultados y no todos estuvieron en la línea prevista, mientras las condiciones intramuros se degradaban a ritmo acelerado a causa de la proliferación del consumo de drogas y la masificación.

A través del estudio de la conflictividad carcelaria de los años de la Transición, Cárceles en Llamas explica en detalle el proceso de transformación de las prisiones franquistas hasta el sistema penitenciario vigente hasta nuestros días.

Un recorrido atravesado por episodios oscuros y zonas de sombra sobre los que esta obra aporta luz y rigor, sin renunciar a un enfoque crítico que cuestiona el discurso hegemónico sobre el proceso que sentó los pilares del encierro contemporáneo en Estado Español.

Fuente: Todo por Hacer

Tomado de: https://kaosenlared.net/carceles-it...

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La vigilancia extrema de ciudadanos en China, un efecto colateral del coronavirus que ha venido para quedarse

12 March, 2020 - 00:00

Lily Kuo - Hong Kong

En los últimos dos meses, los ciudadanos chinos han tenido que adaptarse a un nuevo nivel de intromisión gubernamental. Para entrar a tu complejo residencial o a tu lugar de trabajo ahora hace falta escanear un código QR y dejar por escrito tu nombre, tu número de DNI, tu temperatura y tus últimos viajes.

Los operadores de telefonía están rastreando los desplazamientos de la gente y redes sociales como WeChat y Weibo han abierto líneas directas para reportar sobre otros posibles enfermos. En algunas ciudades incluso se recompensa al que denuncia a un vecino enfermo.

A la vez hay empresas chinas desplegando tecnologías de reconocimiento facial capaces de distinguir entre la multitud a los que tienen fiebre o a los que no llevan la mascarilla. Hay varias aplicaciones que, a partir de los datos sanitarios de cada ciudadano, alertan al resto cuando se les acerca alguien infectado o alguien que ha estado en estrecho contacto con un infectado.

Además de cerrar ciudades enteras, las autoridades estatales han implementado un sinfín de medidas de seguridad para contener el brote del coronavirus. Todos los que tienen que hacer cumplir las normas, desde los altos cargos hasta los empleados municipales, repiten el mismo estribillo: estamos en un "momento extraordinario" (feichang shiqi) que requiere medidas extraordinarias.

Tras infectar a más de 80.000 personas y provocar la muerte de unas 3.000, el número de nuevas infecciones por coronavirus en China ya está en descenso, pero los ciudadanos y los analistas se preguntan cuántas de estas medidas extraordinarias van a pasar a ser ordinarias.

"No sé qué pasará cuando termine la epidemia, ni me atrevo a pensarlo", dice Chen Weiyu, de 23 años. Empleada en Shanghai, tiene que entregar diariamente una revisión médica a su empresa. Para poder pasar al parque de la oficina tiene que escanear un código QR y registrarse: "El control ya estaba por todas partes, la epidemia acaba de hacer transparente esa vigilancia, que en tiempos normales no vemos".

Otros, como el activista de Guangzhou Wang Aizhong, son más categóricos sobre el futuro. "No hay duda de que esta epidemia ha dado más razones al Gobierno para vigilar a la gente, no creo que las autoridades descarten mantener este nivel de vigilancia tras el brote", dice. "Podemos sentir un par de ojos mirándonos todo el rato en cuanto salimos o nos quedamos en un hotel, estamos completamente expuestos a la vigilancia gubernamental".

Según los expertos, el virus surgido en diciembre en Wuhan ha proporcionado a las autoridades la excusa perfecta para acelerar la recopilación masiva de datos personales y rastrear a los ciudadanos, una perspectiva peligrosa teniendo en cuenta la falta de leyes estrictas sobre el uso de los datos personales.

La misión tiene el objetivo de trepar lentamente para quedarse, sostiene la investigadora principal de China para Human Rights Watch, Maya Wang. En su opinión, lo más probable es que usen al virus como un catalizador para aumentar el régimen de vigilancia masiva, igual que los Juegos Olímpicos de 2008 en Beijing o que la Expo de Shanghai en 2010: "Tras estos eventos, las técnicas de vigilancia masiva se hicieron más permanentes".

"Con el brote del coronavirus, enseguida se hicieron realidad la restricción a la libertad de movimientos y la puntuación del riesgo de cada uno", dice Wang. "Con el tiempo cada vez vemos un uso de la tecnología más intrusivo y menos capacidad de los ciudadanos para resistirlo".

"La vigilancia intrusiva ya es la nueva norma"

Para mucha gente en China, los nuevos niveles de vigilancia pública son obstáculos burocráticos extra, más frustrantes que siniestros, y una demostración de la incapacidad del Gobierno en la gestión del brote. Aunque los altos cargos hablen de ella con orgullo, el sistema de vigilancia de China está lleno de lagunas. Hubo muchas críticas por el caso de una ex paciente infectada que logró viajar de Wuhan a Beijing en febrero, mucho después de que la cuarentena entrara en vigor.

En la mira de los ciudadanos está la aplicación 'Código de Salud', de Alipay. Utilizada en más de 100 ciudades, la app distingue a los individuos con uno de tres colores en función de sus últimos viajes, del tiempo pasado en los focos de contagio y de la cercanía a posibles portadores del virus. Dentro de poco se van a introducir en el programa los números del DNI para permitir a cada persona comprobar el color de los demás.

Un internauta se quejaba en la red social Weibo de que su color había pasado de verde a amarillo (que obliga a cuarentena) solo por conducir a través de Hubei, sin parar. "Ni siquiera puedo salir a comprar pan o agua", decía otro en la provincia de Jiangsu, después de que su código pasara inexplicablemente a amarillo tras un viaje de trabajo.

Muchos se quejan de que la aplicación es sólo "para la galería" (xingshi zhuyi), una forma de que los funcionarios de menor nivel impresionen a sus superiores imponiendo restricciones a los ciudadanos. "Tengo un código de salud, un pase para mi complejo residencial y otro certificado de salud y aún así no puedo entrar en mi casa", escribió alguien en el apartado de comentarios. "Esto es una estupidez, por favor, déjennos movernos", puso otro.

Entre las medidas hay soluciones de tecnología avanzada y otras más comunes. En los espacios públicos se ha desplegado un ejército de empleados públicos para vigilar los puntos de entrada, exigir a los peatones que anoten sus datos o interrogar a la gente sobre sus últimos desplazamientos. Se han cerrado los lugares de culto, como las mezquitas, y en muchas ciudades y regiones se han prohibido las reuniones y hasta las cenas de pocas personas.

En febrero, empleados públicos de la provincia de Sichuan disolvieron un grupo de 10 personas que se había reunido en una fiesta para jugar al mahjong y les obligaron a leer en voz alta una disculpa que grabaron en vídeo. "Nos equivocamos, prometemos que no habrá una próxima vez y también vigilaremos a los demás", se los escucha decir en el vídeo, con las cabezas ligeramente inclinadas.

En otros vídeos publicados en Internet se ha visto a funcionarios locales atando a un hombre a un poste o tirando a la gente al suelo por no llevar la mascarilla. Hace poco despidieron a los policías de Wuhan que fueron grabados golpeando a un hombre por vender verduras en la calle.

La agencia oficial de noticias Xinhua recordó la semana pasada a los ciudadanos que quienes violen las medidas de prevención y control pueden ser condenados a entre tres y siete años de prisión, si es un caso especialmente grave, de acuerdo con lo estipulado por el código penal chino.

"La vigilancia intrusiva ya es la 'nueva normalidad'", cuenta Stuart Hargreaves, que en la Facultad de Derecho de la Universidad China de Hong Kong se especializa en leyes de privacidad y de información. "La pregunta para China es saber, si es que existe, cuál es el nivel de vigilancia que la población se niega a tolerar", añade.

Algunos temen que, en parte, las medidas continúen porque los ciudadanos se acostumbren a ellas. Desde Chengdu, Alex Zhang, de 28 años, lo relaciona con la teoría sobre el estado de excepción del filósofo italiano Giorgio Agamben, que escribió sobre la continuación de medidas tomadas durante emergencias.

"Este tipo de gestión y de pensamiento para enfrentarse al brote también puede usarse en otros ámbitos, como en los medios de comunicación, en el periodismo ciudadano o en los conflictos étnicos", dice Zhang. "Los ciudadanos aceptarán el método porque ya ha sido usado, se convertirá en lo normal".

Traducido por Francisco de Zárate

El Diario

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Farmacéuticas israelíes prueban medicamentos en prisioneros palestinos

11 March, 2020 - 00:00

La semana pasada las autoridades israelíes se negaron a entregar el cuerpo de Fares Baroud, quien falleció en una cárcel israelí después de sufrir una serie de enfermedades.

La profesora israelí Nadera Shalhoub-Kevorkian reveló ayer que las autoridades de ocupación israelíes otorgan permisos a grandes empresas farmacéuticas para realizar pruebas en prisioneros palestinos y árabes, informó Felesteen.ps.

Times of Israel también informó de que en una grabación del evento la profesora de la Universidad Hebrea también reveló que las firmas militares israelíes están probando armas en niños palestinos y llevan a cabo estas pruebas en los barrios palestinos de la Jerusalén ocupada.

En la Universidad de Columbia, en la ciudad de Nueva York, Shalhoub-Kevorkian dijo que recopiló los datos mientras realizaba un proyecto de investigación para la Universidad Hebrea.

«Los espacios palestinos son laboratorios», dijo. «Los toques de queda a largo plazo y la opresión palestina por parte del ejército israelí propician la invención de productos y servicios de corporaciones de seguridad patrocinadas por el Estado».

En su charla, titulada “Espacios agitados – Tecnologías violentas en la Jerusalén palestina”, la profesora agregó: “Ellos verifican qué bombas usar, bombas de gas o bombas de olor. Ya sea para poner sacos de plástico o sacos de tela. Para golpearnos con sus rifles o patearnos con sus botas”.

La semana pasada las autoridades israelíes se negaron a entregar el cuerpo de Fares Baroud, quien falleció en una cárcel israelí después de sufrir una serie de enfermedades. Su familia piensa que pueden haberlo utilizado para tales pruebas e Israel teme que esto pueda revelarse a través de investigaciones forenses.

5.000 pruebas en prisioneros

En julio de 1997 el periódico israelí Yedioth Ahronoth informó de comentarios de Dalia Itzik, presidente de un comité parlamentario, que reconoció que el Ministerio de Salud de Israel había otorgado permisos a las empresas farmacéuticas para probar sus nuevos medicamentos en los reclusos, señalando que ya se habían realizado 5.000 pruebas.

Robrecht Vanderbeeken, secretario cultural del sindicato belga ACOD, advirtió en agosto de 2018 que la población de la Franja de Gaza está «muerta de hambre, envenenada y los niños son secuestrados y asesinados para utilizar sus órganos».

Esto sigue a las advertencias anteriores del embajador palestino ante las Naciones Unidas, Riyad Mansour, quien dijo que los cuerpos de palestinos asesinados por las fuerzas de seguridad israelíes «fueron devueltos con córneas y otros órganos desaparecidos, lo que confirma aún más los informes anteriores sobre la sustracción de órganos por parte de la potencia ocupante».

Fuente: Globalresearch Traducido del inglés para Rebelión por J. M.

Tomado de: https://spanishrevolution.org/farma...

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Manifestantes

11 March, 2020 - 00:00

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La cumbre del heavy metal está en Camilo Sesto

11 March, 2020 - 00:00

El pasado viernes fue Black Friday, y como no hay nada más negro que una mazmorra llena de heavies, aquí vamos a abordar el tema desde la perspectiva de Camilo Sesto, un dios, un pionero del más noble género de la música: el heavy metal.

Aunque su incursión estuviera encubierta en la pomposidad sensible del musical Jesucristo Superstar y aunque durase 30 segundos. Pero es que el gran Camilo no necesita más de 30 segundos para mearse en todos lo rockeros de medio pelo que habitaron el infierno.

Camilo Sesto se ocupó de traer, financiar, producir y realizar la versión española de Jesucristo Superstar, el musical acerca de la vida de la joven estrella mediática de Palestina que murió de manera fortuita y desgraciada en el año 33 después de sí mismo.

Por si no lo recuerdas, toda la fuerza del estado de derecho romano cayó sobre el subversivo hombre barbudo que acabó colgado en una cruz de madera en lo alto de un cerro. Jesucristo Superstar cuenta esa historia, pero con canciones muy bonitas y muy emocionantes.

Andrew Lloyd Webber, autor de la versión original en inglés, dijo que la adaptación española de su ópera rock fue la mejor que se hizo en todo el mundo. El responsable musical de dicho trabajo fue Teddy Bautista, vocalista y líder de Los Canarios. Sí, ese Teddy Bautista.

Bautista, además de dirigir el proyecto, interpretaba a Judas en la obra y en, un sentido homenaje al personaje, aprovechó para inscribir los derechos de la obra al exclusivo nombre de su menda, lo que confirma que su querencia por el trabajo de los demás viene de lejos.

Esta bochornosa actuación televisiva reune a Bautista (Judas) y Sesto (Jesucristo). Se trata de un homenaje a Camilo y el divo de Alcoy le afea a Bautista la apropiación. Mientras, el canario se recochinea y dice que el negocio fue estupendo. Es complicado reunir más vergüenza ajena en una alegoría bíblica.

En lo musical, una de las piezas más célebres del musical es Getsemaní, una canción en la que Jesucristo duda de si su padre –da real and authentic God– no le estará haciendo una putadilla por echarse unas risas en casa.

La canción confirmó lo que ya se sabía: que Camilo Sesto tiene mucha mejor voz que Jesucristo himself y que es una bestia capaz de dominar cualquier registro vocal.

El momento más glorioso llega con esos agudos falsetes acompañados de rugido que constituyen la cumbre del heavy metal en España sin ser ni Camilo Sesto ni Jesucristo Superstar nada de eso. Bueno, Jesucristo Superstar sí era un poco heavy porque el primer álbum conceptual que se grabó de la obra de Webber llevaba a Ian Gillan, voz de Deep Purple, como cantante. Y solo una lluvia de hachas es más heavy que Deep Purple.

Hay dos maneras de comprobar esta rotunda afirmación que un servidor les hace. La primera es acudir a los archivos de RTVE para ver una actuación en directo en el programa Esta noche fiesta del 10 de mayo de 1977. En ese programa, solo el bigotón de José María Íñigo hace sombra al cantante sin ser capaz de oscurecer el falsete con el que Camilo invocó a Satán en la España posfranquista. Nunca hubo claveles tan merecidos.

La otra manera de comprobar certezas es ir a YouTube para ver los numerosos vídeos de reacción a las interpretaciones de Getsemaní por parte del alicantino. Para boomers y otras especies que no vivan en el tiempo presente, un vídeo reacción es un vídeo en el que un youtuber con más o menos gracia graba su primera impresión acerca de otro vídeo que conoce por primera vez. Como lo de Two Girls and One Cup, pero sin mousse de chocolate.

Existe una interesante colección de vídeos de reacción a Getsemaní por parte de profesores de canto, musicólogos, musicófilos o civiles indocumentados que retratan muy bien la magnitud de la interpretación del dios Camilo. Esto de aquí debajo es una lista de YouTube con siete ejemplos.

https://www.youtube.com/results?sea...

https://www.yorokobu.es/heavy-metal...

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La Casa Real provoca náuseas

10 March, 2020 - 20:19

La Casa Real me revuelve las entrañas. Siempre lo ha hecho al considerarla una institución pretérita, caduca y profundamente antidemocrática, máxima expresión del enchufismo. Ahora, con su silencio ante el escándalo del caso Corinna, soportado por pruebas aportadas por la Fiscalía suiza que embadurnan las paredes del Palacio de la Zarzuela del estiércol democrático más pestilente, no puede haber ninguna persona decente que no sienta náuseas ante este grupúsculo privilegiado.

Algunas miradas están posadas sobre Juan Carlos I; y digo solo "algunas" porque la maquinaria de un Estado en el que los resortes de la democracia continúan sin estar bien engrasados ya ha desplegado su mordaza a la Justicia. Ahí están quienes disfrutan y/o anhelan la herencia del franquismo, la derecha más casposa y, cómo no, el PSOE traidor de su tradición republicana.

A pesar de su mordaza, hay miradas sobre el emérito, sobre cómo la Fiscalía suiza aporta pruebas de la cuenta secreta del Borbón con 100 millones de dólares donado por la asesina Arabia Saudí. Y eso es calderilla comparados con los 2.000 millones de dólares en que se ha llegado a cifrar la fortuna del ojito derecho de Franco.

Estas miradas, no sólo deberían ser más numerosas sino, además, extenderse a Felipe VI y el silencio cómplice de la Casa Real. No porque este hecho no sea inconcedible viniendo de una institución que se cree por encima del bien y el mal ha de encajarse con resignación. Expresar el asco que nos produce es lo mínimo que podemos hacer.
El 9 de Mayo, lo quiera o no el Borbón y sus defensor@s, se votará en toda España el modelo de Estado.

Aunque el PSOE haya imposibilitado una comisión de investigación sobre Juan Carlos I, sin aportar alternativa alguna y volviendo a meter la basura bajo la alfombra, que la ministra de Hacienda y portavoz María Jesús Montero asegure que España colaborará con la justicia suiza no debe verse como algo extraordinario. Qué menos, que su protección de una monarquía presuntamente corrupta no alcance a tribunales internacionales que cumplen con su trabajo.

Y es que tampoco debemos olvidar que hace menos de dos años que la nuestra, la Justicia española, miró para otro lado cuando saltó el escándalo de Corinna. Archivó la causa y si te he visto no me acuerdo. Que ahora Anticorrupción y la Audiencia Nacional pidan información a Suiza vuelve a evidenciar el largo camino que le resta por recorrer a nuestra Justicia, en la que no todas y todos somos iguales. Quizás se reabra el caso, no por iniciativa propia, sino porque nuestra judicatura vuelve a quedar en evidencia ante la Justicia extranjera. Una vergüenza.

Corrupción, millones de dólares y euros por debajo de la mesa, amenazas mafiosas... la trama tiene todos los ingredientes para acabar mal, incluso, para Felipe VI, que fiel a su pasado y presente, siguiendo al pie de la letra los postulados de la institución obsoleta que lidera, camina ya desnudo entre nosotr@s creyéndose embutido en sus trajes caros. No lo está, ni mucho menos, y su silencio, su institución misma, nos produce unas náuseas insoportables. Ell@s y el resto de adláteres, desde la clase política a la empresarial y mediática que se suman a esa opacidad, mientras el estiercol delata cuán mal huele todo esto.

Público

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¿Qué llegará antes: El deshielo de la Antártida o el Fascismo?

10 March, 2020 - 00:00

Por lo poco que sé de Colombia, aunque sigo su evolución desde hace años, pienso que se desliza rápido al pasado.

Por otro lado, incluso sin su propio problema nacional, no ayuda nada que el mundo se desliza casi entero al fascismo:

en India se queman mezquitas y se asesina a los musulmanes gracias a la última ley de los fascistas hindúes en el gobierno de Modi;

en Grecia se apalea a los inmigrantes, se les desnuda y los niños no se libran de los gases de los botes de humo;

Turquía los usa como arma en su disputa con la UE;

toda la UE en pleno machaca a los que se aventuran en el mediterráneo;

en Sudáfrica (últimamente más tranquila) se da caza al emigrante de los países más pobres cercanos y lejanos y se les mata sin más;

los pacos (policías) chilenos desincentivan las manifestaciones de chavales y menores de edad sencillamente atropellando con sus coches patrulla, jeeps y furgonetas militarizadas a los que se manifiestan por las calles;

entre nosotros en Europa algunos ciudadanos “normales” evitan, insultan y hasta golpean a chinos y orientales (confundidos con chinos), quienes a lo mejor llevan años viviendo en países europeos;

los gringos más indeseables se van también de caza a la frontera con Méjico para detener y también asesinar a algún latinoamericano que tenga la mala suerte de toparse con esas jaurías armadas;

para qué hablar de los gobiernos de la antigua Europa del Este y también del ascenso de la ultraderecha en toda Europa;

"mi familia primero y luego el resto" es hoy el Evangelio que anuncia gozoso VOX y que por supuesto no se escucha condenar a la Santa Madre Iglesia. Está ocupadísima aumentando los colegios concertados (abiertos de par en par a los emigrantes) y cobrando de los impuestos para mantener una cadena de televisión y una emisora de radio fascista donde las haya (la que conminaba a Zapatero a tratar a los ‘terroristas vascos' como Israel a los palestinos) y siempre con la ayuda desinteresada de la derechita cobarde;

ésta también celebra la reciente decisión del Tribunal Europeo de Derechos Humanos sobre la bienvenida que se dispensa en Europa a los que vienen en cayuco (los que traen la pasta robada en África y otros continentes entran y salen y vuelven a entrar y a salir como Pedro por su casa);

La Virgen se ha aparecido también a la izquierda porque este tribunal contradice un fallo anterior europeo y entonces el gobierno del PSOE/UP puede mirar para otro lado y ya no quedan más que las ONGs y asociaciones para denunciar.

Se mire donde se mire el (neo) fascismo se extiende por el mundo sin que sea precisa la existencia de un partido en cuya bandera figure una esvástica y sin que los neofascistas de hoy tengan que vestirse con camisa parda para al menos poder verlos venir.

¿Qué llegará antes, un número más o menos grande de países gobernados por fascistas o el deshielo de Polo Sur?

Claire L. Parkinson, investigadora de la NASA da una pista:

“En apenas tres años la Antártida perdió tanto de su hielo marino como el Ártico en cuarenta años".

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Recibimiento a migrantes

9 March, 2020 - 00:00

Así recibe Europa a los refugiados de la guerra de Siria
Fuente

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"Falso positivo"

9 March, 2020 - 00:00

LO QUE NO QUIEREN QUE SEPAS DE LOS FALSOS POSITIVOS

Más que un documental, este es un viaje a las profundidades de la bajeza humana, a una de las mayores atrocidades cometidas en suelo Latinoamericano, el asesinato de miles de inocentes a quienes se hacía pasar por guerrilleros. Crímenes cometidos por una parte del ejercito colombiano- al servicio de la oligarquía-, a cambio de dinero, permisos o privilegios. Sin duda la mayor deshonra y cobardía en la historia de las fuerzas armadas colombianas, y un elemento importante para entender los límites morales de quienes gobiernan a la fuerza uno de los países más desiguales del mundo, en base a un modelo neoliberal impuesto a fuego y sangre para conseguir enormes fortunas personales, aunque sea a costa de empobrecer a todo un país.

En esta ocasión la historia la cuentan las propias víctimas, las madres y líderes sociales de Soacha, un pobre municipio de Bogotá que es el escenario de esta triste historia. Su voz debe ponernos a todos en marcha para desenmascarar y enfrentar sin miedo al puñado de codiciosos y asesinos que desde despachos, curules y comandos generales, constituyen la mayor amenaza para la paz y la vida en Colombia.

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Cambiar la política penitenciaria

9 March, 2020 - 00:00

(Publicado en euskara en Berria).

Es urgente un giro en la política penitenciaria por inhumana, absurda y enfrentada con la legalidad.

En la actualidad hay 208 personas presas vascas por su vinculación directa o indirecta con la desaparecida ETA, dispersadas por 40 cárceles españolas, mientras otras 37 penan en 10 prisiones francesas. De ellas, el 80% están alejadas a más de 400 kms., y muchas a más de 900 kms. Las visitas de familiares exigen largos viajes, habiéndose producido en los últimos 30 años 347 siniestros con 16 personas fallecidas y más de 1.000 heridas. Unos 100 niños y niñas recorren cada 15-30 días más de 1.000 kms., para poder visitar a su padre o madre. El coste calculado de ese alejamiento del familiar preso es de casi 20.000 euros de media al año por familia; una carga insoportable. 20 tienen más de 60 años. 55 llevan cumplidos más de 20 años y 42 tres cuartas partes de su condena sin que se les apliquen beneficios penitenciarios. Son más de 16 con enfermedades graves incurables y 4 con enfermedades síquicas graves.

Han transcurrido casi 10 años desde el último atentado de ETA (Francia), casi 11 años del último ocurrido en España -con el asesinato de dos guardias civiles en Mallorca-, 9 del alto el fuego definitivo, 3 del desarme y casi dos de su desaparición por autodisolución unilateral.

La tardanza de esa disolución -en un proceso de cierre ordenado y general- se debió en buena medida a la dispersión en cárceles lejanas, lo que indica que esa política penitenciaria hace años que dejó de ser funcional para la estrategia antiterrorista desde la que se ideó. Nos explicamos.

Por una parte, iniciada esa estrategia en 1.989 con Felipe González, se justificó como parte de la política antiterrorista con el doble objetivo de distanciar a ETA de los presos y de favorecer el abandono individual de la organización mediante la solicitud previa del tercer grado. Esa política no alcanzó sus objetivos puesto que ETA tomó la decisión de dejar la violencia 22 años después, sin que aquella defección se produjera salvo en algunos casos. Pero mientras tanto continúa perjudicando, fundamentalmente, a sus familiares.

El acercamiento de un número sensible de presos solo ocurrió en escasas ocasiones como respuesta a las treguas de ETA o a negociaciones, lo que se produjo tanto con gobiernos del PP –con Aznar y Mayor Oreja- como del PSOE. Con la autodisolución unilateral hay muchos más motivos.

Por otra parte, la exigencia de respeto de los derechos fundamentales de las personas internas en prisión y el fin del alejamiento es ya opinión pública y ha sido aprobada por amplias mayorías, tanto en el Parlamento Vasco como en el de Navarra, y en las Juntas Generales de los territorios vascos y cuenta, además, con el apoyo unánime del sindicalismo vasco.

En contraste se constata la actitud de la Administración francesa, propiciando que una parte importante de personas presas en Francia haya sido trasladada a cárceles más cercanas a sus lugares de origen.

En 2013 una declaración del colectivo mayoritario de personas presas EPPK reconocía el daño causado y manifestaba su decisión de hacer uso de la legislación para normalizar su régimen carcelario. Sin embargo, excepto por algunas decisiones muy puntuales de aplicación del art. 100.2 que alivia, en parte, su situación, la política penitenciaria no se ha modificado. El Gobierno de Pedro Sánchez, ha realizado 30 traslados -la mayor parte de ellos de escasa aproximación- y 28 cambios de grado, sin que quepa hablar de cambio de política.

El Derecho debe regir todas las relaciones humanas, también las de las personas internas en prisión, con las obligaciones consiguientes del Estado, respecto a la salud, bienestar -con acumulación de condenas y progresiones de grado- y al régimen jurídico general. Y tienen derecho a la vida familiar según el Convenio Europeo de Derechos Humanos y la jurisprudencia del Tribunal de Estrasburgo, así como el propio artículo 12 de la Ley General Penitenciaria.

Hoy más que nunca hay que revisar las legislaciones de excepción, la doctrina judicial y los protocolos penitenciarios, desde una Justicia Restauradora que, basada en la legalidad, dé importancia, además de a la pena misma, a la relación entre víctimas, victimarios y sociedad, buscando restañar el daño social. La Justicia Restauradora es apropiada para asentar un tránsito político, procurando equilibrar principios jurídicos (verdad, justicia, reparación y garantía de no repetición). Persigue, además, la reconciliación política y la construcción de una paz duradera desde el respeto a todas las víctimas.

Las víctimas, todas, tienen derecho a ser oídas y a ser reparadas en el daño causado, pero no a dictar la política penitenciaria. La justicia no puede ser amnésica, pero su interpretación y la acción política y penitenciaria no deben ir contra la normalización sociopolítica. La sociedad vasca quiere dar pasos hacia una paz justa, con memoria, pero sin facturas añadidas ni intereses de parte.

El escenario de “vencedores y vencidos”, en el que algunos tienen instalado su discurso, lleva implícita la continuidad de un esquema de confrontación hasta la destrucción del contendiente o simplemente para hacer daño, en una variante de la Ley del Talión, especialmente inútil cuando ya no existe ETA. Así el no cómputo del tiempo cumplido en prisiones de otro Estado de la UE, a los efectos de acumulación de penas es uno de esos casos y es contrario a la Decisión Marco europea (2008) de obligado cumplimiento.

De forma alternativa a una lógica de contrarios, se daría un paso de gigante si se aceptaran dos puntos de partida: uno, la primacía ética de los derechos humanos y la integración social; y, dos, que estamos en tránsito desde un estadio superado de violencia, a otro de paz, convivencia y reconciliación que requiere la implicación de todas las partes y una aplicación normalizada de la legalidad.

Memoria, atención a las víctimas y regularización carcelaria, son tres precondiciones para un marco de convivencia y de normalización. En este último campo apostamos por decisiones que compatibilizan derechos humanos y legalidad.

1. Para la excarcelación de las personas presas con enfermedades graves incurables o con edad avanzada (mayores de 70 años) la legislación prevé: la suspensión de condena de los artículos 60 y 80 del Código Penal; libertad condicional del art. 91 (si hay peligro “patente” para la vida); o regímenes de semilibertad o cumplimiento atenuado de la pena (tercer grado previsto en el art. 104.4 del Reglamento Penitenciario o un segundo grado en el 100.2).

2. El fin del alejamiento de las personas presas de su entorno familiar y social debe realizarse mediante traslado de quienes lo soliciten a cárceles de Euskal Herria para hacer real el artículo 12 de la ley General Penitenciaria.

3. Se debe acabar con el rechazo sistemático a la progresión de grados, al otorgamiento de permisos y a las redenciones para los sometidos al Código Penal de 1.973. Asimismo debería restituirse la competencia a los jueces naturales con derogación de los Juzgados Centrales de Vigilancia Penitenciaria y conceder la libertad condicional a las que hayan cumplido 3⁄4 partes de su condena, previa clasificación en tercer grado.

En la expectativa de reunirnos con quienes lo deseen se les ha entregado a los Grupos Parlamentarios del Congreso de los Diputados y al Ministro del Interior un dossier con este enfoque. Se trata de gestionar un nuevo tiempo para la convivencia.

Joseba Azkarraga, Iñaki Lasagabaster y Ramón Zalloson miembros de la red ciudadana SARE

Fuente: https://vientosur.info/spip.php?art...

Categorías: Tortuga Antimilitar

Mujer con delantal

8 March, 2020 - 00:00

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