Tortuga Antimilitar


Subscribe to Tortuga Antimilitar feed
Actualizado: hace 4 min 36 seg

Colombia: Ser indiferentes ante los asesinatos de los líderes sociales nos convierte en cómplices

26 July, 2018 - 00:00

Hoy podemos tomarnos las calles de manera pacífica para pedir que la vida de quienes trabajan por la paz y la justicia sean respetadas y también El 11 de febrero de 1917, Antonio Gramsci publicó en Italia el conocido texto Odio a los indiferentes. Cien años después, sus palabras se hacen más que vigentes y, por tanto, […]

Hoy podemos tomarnos las calles de manera pacífica para pedir que la vida de quienes trabajan por la paz y la justicia sean respetadas y también

El 11 de febrero de 1917, Antonio Gramsci publicó en Italia el conocido texto Odio a los indiferentes. Cien años después, sus palabras se hacen más que vigentes y, por tanto, tienen que resonar y despertarnos del adormecimiento que vivimos en Colombia, el cual, precisamente se manifiesta en la gran indiferencia que nos corroe frente al vil y cobarde asesinato de cientos de líderes sociales en el país.

En su ensayo, Antonio Gramsci decía: “Quien realmente vive no puede no ser ciudadano, no tomar partido. La indiferencia es apatía, es parasitismo, es cobardía, no es vida. Por eso odio a los indiferentes”. Por tanto, en cierta medida, nosotros seríamos odiados por Gramsci, pues no utilizamos nuestro poder de ciudadanos para proteger la vida de quienes trabajan desde abajo, para construir un país más justo; en otras palabras, somos cómplices de sus asesinatos.

Hemos sido cobardes y apáticos frente a la sangre que queda impune y sin memoria en un país en donde los ciudadanos se preocupan más por el fútbol, que enceguece y distrae, que de lo esencial: salvaguardar la vida de quienes hacen en gran parte, el trabajo que las instituciones del Estado social de derecho deberían hacer. Nuestra indiferencia se contradice con la supuesta alegría que nos caracteriza ante el mundo. Pues cómo podemos tener una alegría auténtica cuando en este país importa más un partido de fútbol que la barbarie de las muertes de quienes comparten con nosotros el mismo cielo, el mismo sol, la misma tierra.

Nuestra indiferencia también se manifiesta en el hecho de que seamos unos cristianos-católicos de rito, de culto, de baile, de show y no de evangelio, pues si fuésemos cristianos desde la médula de la religión de Jesús, honraríamos la vida de quienes trabajan por la construcción de un reino en donde no nos matemos, tal como lo rememora una de las bienaventuranzas: “Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios”.

Bien es cierto que muchas personas pueden creer que su indiferencia no afecta en nada el devenir de la historia y que son los poderosos quienes tienen una responsabilidad frente a ella. No obstante, nuestra indiferencia tiene un peso fundamental en la construcción de la vida colectiva, y Gramsci de nuevo nos lo recuerda: “la indiferencia es el peso muerto de la historia”.

Ahora bien, hoy 6 de julio de 2018, a las 6:00 p.m. podemos tomarnos las calles de manera pacífica para pedir que la vida de quienes trabajan por la paz y la justicia sean respetadas y también, que los hechos atroces no se queden en la impunidad. Así mismo, que esta noche, nuestro clamor llegue a los verdugos para que recuerden que ellos también tienen alma y que su naturaleza no ha de ser la de destruir a los otros, su propia especie, sino de cuidarla y respetarla. De igual manera es importante decir que, después de las manifestaciones de esta noche, hay que seguir luchando, pues no podemos permitir que el encuentro de hoy se convierta tan solo en un evento para poder tomar fotos conmovedoras para subir a Facebook e Instagram.

www.las2orillas.co/ser-indiferentes...

Categorías: Tortuga Antimilitar

Presunción de veracidad de los agentes de policía y Ley Mordaza: Una historia real

26 July, 2018 - 00:00

La presunción de veracidad de los agentes de policía y guardia civil supone, resumidamente, que su palabra vale más que la de cualquier otro ciudadano. Es decir, que si 5 testigos dicen una cosa pero un atestado policial refleja la contraria, prima el atestado (o la declaración del policía que la presenció, si hablamos de pruebas testificales en juicios).

La presunción de veracidad no es absoluta, pero para desmentirla requiere pruebas absolutamente incontestables de que el agente de policía no dice la verdad. En esencia, un vídeo o grabación de audio donde los hechos queden plasmados de forma irrefutable. Como digo, las simples testificales no sirven para desmontarla.

En este contexto, nació la Ley Mordaza que, entre otras muchas cosas, sanciona El uso no autorizado de imágenes o datos personales o profesionales de autoridades o miembros de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad que pueda poner en peligro la seguridad personal o familiar de los agentes, de las instalaciones protegidas o en riesgo el éxito de una operación, con respeto al derecho fundamental a la información.

Realmente, este precepto no prohíbe grabar a agentes de la autoridad, sino usar las fotos o grabaciones de un modo que les ponga en peligro (por ejemplo, poniendo su cara en internet para que la gente investigue su identidad). Ahora bien, la policía lo puede usar (y según me dicen diversos afectados, lo está usando) para requisar y hacer desaparecer grabaciones de manifestaciones donde sus agentes se estén pasando. La excusa para ello sería que, dada la trayectoria antisistema de quienes graban, es más que presumible que van a emplear las grabaciones con fines ilícitos y, por ello, está justificado quitárselas y acusarles de infracción de la Ley Mordaza, con la consiguiente multa salvaje.

De este modo, el miedo a grabar (pues las sanciones tienen muchos ceros) y las requisas de grabaciones provocan que la presunción de veracidad se convierta en impunidad, pues es más difícil que nunca obtener grabaciones que la desmientan. Y sin grabaciones, la palabra de un agente va a misa (ello aparte de que van generalizadamente sin número de placa).

Y aquí viene mi historia. Hace un tiempo, en una manifestación, un policía apaleó brutalmente a un amigo mío. Aquí tenéis el vídeo:

www.youtube.com/watch?v=Pqj3Ufxmb1g

Y aquí cómo quedó:

www.youtube.com/watch?v=FJyuk6IIqK4

En este contexto, 3 policías firmaron un atestado diciendo que otro agente vio con sus propios ojos cómo mi amigo tropezó contra una moto y se dio de cara contra ella, debiéndose esas heridas al tropiezo fortuito (lo más sangrante es que el atestado dice que, alarmados por las lesiones que se hizo, los agentes acudieron a ayudarle). Gracias al vídeo, probamos que el atestado era falso y ahora mismo sus autores están imputados por ello.

Saco la historia a colación por si alguien me dice que es ciencia ficción afirmar que un policía sería capaz de mentir en un atestado o en un juicio. Pues eso, que el derecho de los ciudadanos a grabar las actuaciones policiales, y el deber de portar el número de placa, tienen un fin: evitar que se pueda apalear impunemente y acusar a motos inocentes de la autoría de la paliza. Y, visto lo visto, la presunción de veracidad de los agentes de policía debe ser abolida. Por eso apoyo la iniciativa que hoy se ha presentado en el Congreso a tal efecto. En un juicio, todas las pruebas deben valer lo mismo, sin privilegios para ninguna de las partes.

Fuente: https://www.meneame.net/story/presu...

Categorías: Tortuga Antimilitar

Nicaragua: La complicidad del silencio

25 July, 2018 - 00:00

Paco Gómez Nadal

Algún día todos seremos pasto del olvido, pero las hemerotecas –en papel, digitales, virtuales…- seguirán ahí. Despertaremos y el silencio cómplice de una gran parte de las izquierdas sobre lo que está aconteciendo en Nicaragua nos pasará factura.

Un hermano, revolucionario, resistente, poderoso, me escribe hoy: “Luchamos por la vida, pero ando buscando ataúdes para los compas que nos mataron ayer... solo en Masaya asesinaron a 11 personas. Paradojas de esta lucha”. Y yo me rompo por dentro y me dan ganas de salir a gritar a la calle… a esas calles vacías de solidaridad con la lucha solitaria de una mayoría del pueblo nicaragüense contra la dictadura familiar de Daniel Ortega y Rosario Murillo, apoyada por aquellos que se niegan a ver que del Frente Sandinista que conocimos y que apoyamos ya no queda casi nada. Al menos, no está en la parte alta de la pirámide de poder orquestada por esta pareja enferma que igual invoca a los espíritus que saca a los paramilitares a la calle.

En los pasillos del Foro de Sao Paulo, el gran encuentro de las izquierdas latinoamericanas que en este momento se celebra en La Habana, los secuestradores del sandinismo insisten en que todo es un complot del imperio: “La derecha ya no tiene gente, ya a sus marchas y convocatorias no va casi nadie, porque muchas personas abrieron los ojos percatándose de la manipulación de la que fueron víctimas”, declaraba Carlos Fonseca Terán a Prensa Latina. Continúa: “Pretenden hacernos ver como genocidas, que masacramos al pueblo, a los manifestantes pacíficos, lo cual es totalmente falso”.

Mientras los medios de la izquierda más inmovilista difunden la versión del complot, en los medios de comunicación convencionales Nicaragua es una anécdota: unos 20 segundos de suceso en los que el proceso no tiene peso. Pero yo hablo con compañeros y compañeras que no son sospechosos de contrarrevolucionarios –entre otras cosas porque el gobierno que encabeza Daniel Ortega desde hace 11 años no es revolucionario-, que pusieron cuerpo y alma en la verdadera revolución, que han sido coherentes a lo largo de todos estos años de alianzas corruptas entre Daniel y las élites sandinistas con la peor de las derechas del país.

Y lo que me cuentan esos compas no dibuja un golpe de estado orquestado por la derecha, sino la sordera violenta de un matrimonio multimillonario y ensimismado con el poder incapaz de escuchar a un pueblo que se cansó de la arbitrariedad y del mesianismo. Nadie recuerda ya que la revuelta de los estudiantes comenzó por la reforma del sistema de pensiones que realizó Ortega al dictado del Fondo Monetario Internacional: nada revolucionario, me temo.

Este domingo, el objetivo de los paramilitares y de la policía fue Masaya y los Pueblos Blancos. Mientras la persecución, las detenciones arbitrarias y los muertos se multiplica, Ortega programa actos de homenaje a la revolución traicionada por él mismo y hace desconexiones totales de la televisión para que sus chicos armados puedan actuar sin que la noticia se vea –aunque las redes que todo lo pueden rompen el bloqueo-.

Imagino que eso irá a más conforme se acerque el 19 de julio, cuando se conmemora la entrada triunfal a Nicaragua tras el triunfo de la revolución y la expulsión de Somoza, en 1979. ¿Qué van a hacer las izquierdas españolas, catalanas, vascas… mientras? Imagino que seguir calladas, inmutables. Es fácil organizar actos contra el pérfido gobierno de Israel o en contra de la hipocresía europea en el caso de los migrantes, pero queda “feo” manifestarse en contra de un régimen que, en teoría, está en manos de uno de los históricos partidos revolucionarios.

Esta complicidad se pagará. Este abandono de los compañeros y compañeras nicaragüenses, seguirá ahondando la profunda desconexión de las izquierdas con la realidad cuando esa realidad no coincide con nuestros imaginarios. A mi, personalmente, me da vergüenza propia y ajena que sigamos sin aprender.

PD1: ¿Alguien se pregunta por qué el Ejército nica no ha salido a frenar esta “operación imperialista de la derecha”?

PD2: Ni Correa era revolucionario, ni García Linera es el nuevo faro del marxismo andino amazónico, ni Maduro es Chávez, ni Lula es Chico Mendes. Siento que la realidad sea así (de decepcionante).

Fuente: https://www.elsaltodiario.com/desce...

Categorías: Tortuga Antimilitar

La guerra aquí

25 July, 2018 - 00:00

Categorías: Tortuga Antimilitar

De Ruanda a la RDC: El peligroso recorrido de un niño refugiado

25 July, 2018 - 00:00

Constance Mutimukeye
Umoya

Con ocasión del día mundial de los refugiados, celebrado el miércoles 20 de junio de 2018, Jambonews ha entrado en contacto con Alphonse, un joven refugiado ruandés, que vive en Bruselas. Alphonse iba a cumplir 9 años en 1994 cuando abandonó el paraíso de Kigali para encontrase en el infierno de Kisangani. En esta conversación, Alphonse vuelve sobre el peligroso recorrido que efectuó entonces cuando no tenía más que 9 años. A través de su relato y de sus recuerdos infantiles, Alphonse nos permite comprender las condiciones de vida en los campos de refugiados ruandeses del este de la RDC de finales de los años 1990.

Primera huida: de Ruanda a la RDC

Alphonse proviene de una familia de tres hijos. En 1994, vivía en Kigali con su madre, su hermana y su hermano pequeño; su padre había fallecido. Cuando estalló la guerra en su barrio de Kigali, su familia y él huyeron hacia Kibuye, a casa de su abuela materna. Hicieron el trayecto en coche; su familia protegió su inocencia de manera que no realizó lo estaba pasando. “Estábamos en un coche y no estábamos autorizados a mirar por las ventanillas, para que no viéramos las atrocidades que sucedían. Los parientes hicieron todo lo posible para que no constatáramos con nuestros ojos las atrocidades”. Por eso, Alphonse no ha guardado un traumatismo particular con relación a la guerra y el genocidio perpetrado contra los tutsi en 1994.

Con el avance del FPR, que cometía exacciones contra la población civil a medida que avanzaba, la población se desplazó al este de Zaire, hoy República Democrática del Congo. Alphonse y su familia comenzaron por instalarse en un campo de refugiados en Bukavu. Aunque no era más que un niño, Alphonse guarda recuerdos precisos de este campo improvisado. Los refugiados no poseían todos los mismos medios; unos habían huido sin nada y otros estaban equipados. En el caso de Alphonse, ellos seguían teniendo su coche en Bukavu: “tuvimos la suerte de haber huido con algunos bienes”.

El ACNUR (Alto Comisionado para refugiados) terminó por dirigir a los refugiados hacia campo más apropiados. Los más conocidos en Bukavu eran: Inera 1 y 2; Kashusa, Adi Kivu, Shabarabe. Alphonse fue llevado al campo de Kashusha; ya había refugiados en él y poco a poco comenzó la instalación. El campo estaba subdividido en varias partes o barrios que tenían los nombres de las antiguas prefecturas de Ruanda: Kigali, Gitarama, Butare…Los refugiados quedaban a cargo del ACNUR y de otros organismos:

• Se distribuyeron tiendas, lo que permitió a los refugiados la construcción de chozas de plástico o casitas con retretes propios para cada familia.

• Se distribuyeron raciones alimenticias.

• Una parte de los refugiados se lanzó a crear pequeños proyectos (construcción, comercio, agricultura…)

• En el campo de Inera se construyó una escuela con la ayuda del ACNUR. Alphonse iba todos los días a esta escuela y nos habla algo sobre la misma: “La escuela estaba en el interior del campo, hecha por los refugiados y para los refugiados. Los maestros eran refugiados; estaba organizada con la ayuda del ACNUR y de otros organismos. Aprendíamos lenguas, matemáticas, historia y otras materias, como en Ruanda. Al mediodía, la comida era distribuida en la escuela. La diferencia con Ruanda era que las escuelas eran tiendas, nos sentábamos en el suelo, cada niño se las arreglaba para sentarse, algunos tenían una banqueta…)

En resumen, de la nada y en unos meses, los refugiados se habían dotado de un ritmo de vida. Alphonse vivía al día sin realizar lo que sucedía “a esa edad yo no podía comprender lo que estaba sucediendo, no tenía conciencia de vivir en un campo de refugiados, de haber abandonado Ruanda y de que la vida no era tan rosa”.

En el tema de la seguridad, Alphonse nos explica que estaba garantizada, “había fuerzas del orden enviadas por el gobierno de Zaire; recuerdo que en medio del campo había un espacio donde estaban las fuerzas del orden zaireñas; les llamábamos contingentes de seguridad, vestidos de naranja y garantizaban la seguridad en el campo. Estaban armados y circulaban para asegurar que todo iba bien. Había también un pequeño calabozo en el campo; podían coger a los malhechores y encerrarlos en él”.

Segunda huida: la primera guerra de la RD Congo

Cuando a finales de 1996 llegó la guerra a Kashusha, nos explica Alphonse que fue brutal y repentina. Una mañana, al ir a la escuela, encontraron el puesto de guardia vacío, los contingentes de seguridad no estaban; vieron cadáveres en el interior del puesto. No sabían quiénes los habían matado: “Nos marchamos del lugar camino de la escuela y de repente oímos disparos. Era muy violento, todo el mundo se puso a correr; yo, mi hermano pequeño y mi hermana regresamos a juntarnos con la familia; Nos organizamos y abandonamos inmediatamente el campo”.

Vieron una humareda en la otra punta del campo y se produjo un movimiento de pánico. Todo el mundo salió a la carrera. Los refugiados se desplazaron hacia el norte y tras una caminata de dos o tres días llegaron a Nyabibwe. En Nyabibwe vivían ruandeses instalados desde hacía mucho tiempo que ayudaron a los refugiados a instalarse provisionalmente y a descansar a la espera de que las cosas se calmaran.

Unos diez días después de su llegada, durante la noche, los refugiados oyeron de nuevo disparos. Nuevamente tuvieron que huir y emprendieron un trayecto montañoso. Subieron las montañas hasta llegar a Shangi. Alphonse recuerda que Shangi fue una tierra inhóspita para los refugiados. Caía mucha agua y rayos y muchas personas murieron fulminadas. En el caos provocado por la huida y las malas condiciones climáticas, Alphonse perdió todo rastro de su familia. Entonces se encontró solo, caminando en medio de la muchedumbre: “Yo tenía 11 años y tenía la impresión de que las cosas se envenenaban; sentía que se iban a agravar más de lo imaginable y tuve miedo. Fue en Shangi donde perdí a mi familia; no supe a dónde se marchó mi familia. Con 11 años, me encontré solo y caminé solo, durante varios meses. Caminé solo desde Shangi a Kisangani, situado a varios cientos de kilómetros más lejos, más al norte. Yo caminaba siguiendo a la muchedumbre sin saber a dónde iba y todo ello durante varios meses”.

Para Alphonse la supervivencia era cuestión del día a día: para alimentarse, se las tuvo que arreglar él solito; a veces podía contar con la ayuda de otros refugiados o pasar todo un día sin nada que comer. La solidaridad de los refugiados le marcó mucho; se prestaban las cacerolas y algunos le daban de comer o le tomaban a su cargo.

En el trayecto, había que contar con la suerte para no caer enfermo; los enfermos se quedaban en el camino para morir y el resto proseguía su camino. Alphonse nos cuenta que una vez le alcanzó la enfermedad: “Caí enfermo solamente una vez; creo que era malaria; tenía frío y náuseas; no podía caminar; no tomé medicina alguna; felizmente Dios me ayudó y la malaria desapareció ella sola”. Lo que le salvó fue que su enfermedad llegó en el momento en que el ritmo de la marcha era más lento, entre Shangi y Walikale, y pudo reemprender el trayecto tras su curación. “Los ataques llegaban por golpes y sucedía que la muchedumbre corría durante dos o tres días y después la situación se calmaba y la masa de gente moderaba la marcha para descansar”.

Durante el trayecto, Alphonse no se desanimó nunca; pensaba mucho en su familia y espera encontrarla; no pensó nunca en la muerte; no se sintió amenazado. “Yo quería encontrarme con ellos un día”.

Las condiciones de vida eran precarias; como manta Alphonse se servía de un chaquetón. Nos declara que se vistió con la misma ropa durante un año, de Kashusha a su regreso a Ruanda. “Llevé las mismas prendas de vestir durante un año, un pantalón corto azul, una camisa y una chaqueta; llevé la misma ropa hasta mi regreso a Ruanda”. Alphonse nos cuenta también que en esas condiciones los más vulnerables fueron los niños. Vio muchos cadáveres: “Había quienes morían por enfermedad o por fatiga; había quienes fallecían a causa de la lluvia; en periodo de lluvias podía llover durante una semana sin parar. Los más vulnerables fueron los niños de mi edad o más jóvenes. Fueron muchos los que murieron por cansancio y eso me producía mucho daño. Lo que hay que comprender es que nosotros no conocíamos el camino, de tal modo que podíamos caminar dando vueltas. Por consiguiente, he visto y conocido muchos niños muertos. Habiéndoles dejado en el camino, al volver al mismo sitio por haber dado un bucle, vi sus cadáveres en la cuneta”.

Sobre las otras condiciones de vida, Alphonse nos indica que los refugiados eran muy numerosos; recuerda también las diferentes etapas: Kashusha, Nyabibwe, Shangi, Wlikale, Tingi Tingi, Biaro, Kisangani. Como ejemplo, se pararon durante unos meses en Tingi Tingi. Por suerte se cruzó con su tía, la hermana pequeña de su madre, que estaba con su marido y su hija. Permanecieron juntos.

Las condiciones de vida en Tingi Tingi eran netamente más degradadas que las de Kashusha: “Era peor; las condiciones no eran las mismas; todo era improvisado; la gente cortaba árboles para hacerse con un lugar donde abrigarse y construir pequeñas chozas para los que tenían la suerte de tener todavía tiendas. Nos quedamos allá durante unos meses y ello permitió al ACNUR y a otras asociaciones llegar al terreno. Nos aportaron una ayuda; pudimos entonces acceder a medicamentos y a alimentos. Había una amplia carretera que había sido trazada para permitir aterrizar a pequeños aviones: me acuerdo de ello, había pequeños aviones que traían medicinas y alimentos”.

La salida de Tingi Tingu fue dolorosa; contrariamente a otras huidas, los refugiados habían sido advertidos de que el campo iba a ser atacado. Una parte se adelantó y salió. Para Alphonse y su familia ello no fue posible: su tía estaba enferma y no podía caminar. Estaba encamada en el pequeño dispensario del Tingi Tingi. Tras muchas vacilaciones su marido, el tío de Alphonse tuvo que resignarse a dejarla sola al llegar los asaltantes. Desde ese día, no han tenido nunca noticias de su tía. Camp de réfugiés de Tingi-Tingi

Las circunstancias de cada huida eran siempre las mismas; disparos, humaredas. Alphonse piensa que los militares que los perseguían permanecía unos momentos en cada lugar para limpiar: “Insistían en destruir todo, quemarlo todo; quemaban las chozas; quemaban las casitas; no nos perseguían corriendo, sino quemando”. Alphonse prosiguió la huida e hizo una etapa en Biaro, tristemente célebre por sus numerosas atrocidades cometidas contra los refugiados. Terminó por llegar a Kisangani donde se cruzó con un amigo de la familia que había hecho el mismo trayecto que él. Este amigo le ayudó y lo condujo a Save the Children, un organismo venido en ayuda de los niños abandonados. Save the Children se hizo cargo de él y lo repatrió a Ruanda.

Fuente: Rebelión

Categorías: Tortuga Antimilitar

Los africanos son europeos sólo para el fútbol

24 July, 2018 - 00:00

1400 muertos en seis meses por la xenofobia europea: No tienen nombre ni rostro (los medios hegemónicos los reducen a ser solo números), y para siempre quedaron sepultados en el anonimato del fondo del mar y para siempre separados de la familia.

Inglaterra, Francia y Bélgica, tres de las cuatro naciones semifinalistas del Mundial de Fútbol Rusia 2018, tienen en sus planteles jugadores de ascendencia africana. El legado del colonialismo y la inmigración como consecuencia de ello pone de relieve una historia que sigue latiendo al ritmo de la xenofobia y la discriminación.

Catorce de los 23 integrantes de la selección campeona, ¿Francia?, son de origen africano: Kanté es de Mali; Mendy, Dembelé y Sidibé de Senegal, Pogbá de Guinea, Umitití y Mbappé de Camerún, Ramis de Maruuecos, Fekir de Argelia, Kimpembé de Congo, Tolissó de Togo, y N´Zonzi, Mandanda y Matuidi de la República Democrática del Congo.

Hace 20 años, en el Mundial de Francia 1998, la selección local logró coronarse campeona al admitir que los descendientes de africanos eran también ciudadanos franceses. Desde ese momento, no es raro ver a negros, turcos y árabes en otras selecciones “europeas” como Alemania, Bélgica, Inglaterra e incluso las escandinavas.

Zinedine Zidane revolvió entonces muchos sentimientos de culpa de los franceses porque "Zizou" es hijo de una Argelia en la que el colonialismo francés perpetró demasiados horrores. Veinte años después, la selección de Francia es incluso más multicultural que en 1998. Inglaterra es otro ejemplo de multiculturalidad que beneficia a su fútbol. Diferente es la historia de Croacia: los Balcanes no son tierra de inmigración, sino más bien lo opuesto. Suiza puede dar fe de ello con varios balcánicos en su selección.

Ilógico quizá, nunca un conjunto africano pasó de cuartos de final, pero África triunfa en Rusia mediante Bélgica, Inglaterra y Francia. Hombres y mujeres que dejaron Congo, Guinea, Marruecos, Camerún, Argelia, Mali, Nigeria y Angola para instalarse en Europa, ven hoy con orgullo cómo sus hijos son héroes deportivos vistiendo las camisetas de esos países en que todos crecieron, y mayoritariamente nacieron.

Esos hijos son franceses, belgas, ingleses, daneses o suecos, pero saben bien de dónde vienen sus familias. Es el caso del belga Romelu Lukaku, cuyos padres llegaron del ex Zaire, hoy República Democrática del Congo. El de Blaise Matuidi: sus padres abandonaron Angola, devastada por una guerra civil que dejó más de medio millón de muertes. "Nunca olvidé mis raíces angoleñas. Tuve que tomar una decisión difícil al optar por Francia", dijo años atrás el mediocampista.

Y el caso de Samuel Umtiti, autor del gol que lanzó a Francia a la final, nació en Camerún pero creció en Francia. Sin duda, África aportó mucho al creciente éxito de Europa.

1.400 muertos en seis meses por la xenofobia europea

Más de 1.400 inmigrantes, de enero hasta principios de julio 2018, perdieron la vida en las aguas del Mediterráneo. No tienen nombre ni rostro (y los medios hegemónicos los convierten en números), y para siempre quedaron sepultados en el anonimato del fondo del mar y para siempre separados de la familia.

Sus sueños se transforman en pesadillas, la esperanza en tragedia. Según el diario italiano Corriere della Sera en el primer cuatrimestre de 2018 el 9% de los migrantes-refugiados del norte de África se ahogaron en el cruce del Mediterráneo. Sería evidentemente una exageración llamarlos mártires de la migración.

En cuanto a la inmigración actual de los refugiados, el fenómeno se debe, entre otros factores, a la asimetría aguda entre los países y las regiones centrales y países periféricos. Lo cierto es que el progreso técnico y el crecimiento económico, por sí solos, no conducen al desarrollo integral ya la paz, que sólo son posibles cuando el crecimiento se acompaña de una distribución real y profunda de la renta y la riqueza.

La asimetría es aún mayor cuando comparamos las naciones del viejo continente europeo con aquellas del nuevo continente africano. Con la revolución del transporte y de las comunicaciones, cosas y personas corren y vuelan a una velocidad, una aceleración sin precedentes: asombra hoy la velocidad de desplazamiento de mercancías, dinero, tecnología, noticias, conocimiento, información, armas, drogas y violencia, a veces apenas por Internet.

Los jóvenes africanos tienen, al otro lado del desierto y del Mediterráneo, una posible salida de Eldorado. Se agregan a esto los factores que conducen al éxodo masivo de su propia tierra, incluyendo un sentido de liberación de las sociedades tradicionales de control social rígido, dice Alfredo Gonçalvez, vicario general de la Congregación de los Misioneros de San Carlos.

Sin dudas, la movilidad humana se encuentra umbilicalmente ligada a la política económica de cada país y de todo el globo. Hoy, los desplazamientos humanos masivos se convirtieron en planetarios y de ahí su relación con la geopolítica mundial, con el giro a la derecha (y ultraderecha) de varios países, los europeos (en especial Francia., Alemania, en parte el Reino Unido, Austria, Hungría, Polonia, Italia) y Estados Unidos. Incluso los países escandinavos, la República Checa, Eslovenia.

Lo más grave es que tal actitud xenófoba suele ser una caja de resonancia de las respectivas poblaciones, en las que reina el miedo, la amenaza y el rechazo al otro, al extranjero, en los que se basa el prejuicio y la discriminación, el racismo y la xenofobia.

La última cumbre de la Unión Europea (UE) formada por 18 países, se realizó el 28 y 29 de junio pasado, donde quedó patente que el tema de los migrantes representan una 'papa caliente'. Los gobernantes son presionados por buena parte de su población que no acepta la vecindad de los migrantes; y también por el Acuerdo de Berlín de 2017, con la promesa de un sistema de cuotas para cada nación

¿Progresos en la cumbre? Nada cambió: cada país se presenta con una serie de condiciones que más parecen muros invisibles, y rechazan un posicionamiento taxativo y solidario, aun cuando reconocen que ningún país puede resolver por sí solos lo que ellos llaman " crisis migratoria ", pero al mismo tiempo, se aferran a las ventajas y desventajas de la política interior y exterior.

Los medios hegemónicos –que representan los poderes fácticos de cada país y de la UE– siguen hablando de inmigrantes ilegales. La prensa italiana, por ejemplo, habló del fracaso de la cumbre, otros del "caos, la indiferencia y la insensibilidad", "decadencia y la ceguera" o "matanza silenciosa" para definir el resultado de las negociaciones fallidas en Europa. Y el retorno prevalecer es el nacionalismo de otros tiempos, es una especie renovada de la ideología de la seguridad nacional notoria.

Criminalización de los migrantes

La potitización de las migraciones representa, en general, la criminalización de los migrantes, señala el vicario brasileño Alfredo Gonçalves. Son fuertemente indeseados, rechazados. Para los gobiernos de derecha, constituyen un "problema" que exige soluciones; para ciertos medios de comunicación son una "amenaza" disfrazada; para buena parte de la población, provocan "miedo y riesgo", temen lo que califican despectivamente como "ola negra", "avalancha humana”.

Algunos analistas más serios hablan de tener en cuenta el argumento de la demografía, ya que varios países europeos están en declive de población, con un crecimiento por debajo de cero. Los migrantes, en su mayoría jóvenes, podrían llenar el vacío de una generación en cuanto a la sustitución de la mano de obra que tarde o temprano comienzan a agotarse..

Según otros, Europa está cosechando lo que sembró en los siglos pasados, en los oscuros días del colonialismo más rapaz, despojando a vastas zonas de África y Medio Oriente de todas sus riquezas, llevándose incluso a los trabajadores que fueron convertidos en esclavos y enviados a las Américas.

Lo cierto es que el discurso de la derecha xenófoba -expatriar a los indocumentados e impedir la entrada de nuevos inmigrantes (copiado casi literalmente de la política de "tolerancia cero" de Trump),- detenta gran apoyo popular. Algunos gobiernos de centroizquierda, intentaron e intentan mantener las fronteras abiertas, socorro, rescate, acogida e intento de inserción.

Hay casos extremos, como en Hungría, donde las personas, familias y entidades que se disponen a acoger y ayudar a los inmigrantes pueden ser consideradas criminales y, por lo tanto, pasibles de penalidad y prisión.

En julio, el austríaco Sebastián Kurz, dictó medidas para reforzar el control en la frontera entre Austria e Italia en Brennero. El ultraderechista italiano Matteo Salvini envió una circular a todos los alcaldes, para restringir el derecho de asilo a los inmigrantes y llevó al Tribunal Supremo a la idea europea de cerrar los puertos italianos a todos los buques internacionales.

Fronteras como las que unen y dividen Turquía y Grecia, Norte de África y el sur de Europa, México y EE.UU., Myanmar y Bangladesh, la isla de Batan (Malasia) y Singapur, Chile, Perú y Bolivia, al mismo tiempo, Venezuela, Colombia y Brasil, Paraguay, Argentina y Brasil, entre otros,- se convierten en volcanes en estado de erupción.

Las motivaciones de la migración son casi siempre las mismas: pobreza, miseria, hambre, falta de empleo y oportunidad; violencia, guerra, conflictos que pueden ser étnicos, religiosos o político-ideológicos; desastres naturales, no raramente amplificados debido a los progresivos cambios ambientales. Escapan a los jóvenes sobre todo, pero también a las mujeres y, de forma creciente, a los niños desatendidos

La población que llega a Europa viene en su inmensa mayoría de los países de África, Oriente Medio y Asia menor. "En el corredor entre Europa y África, en cambio, lo que está en juego son los países pobres, donde domina la 'limpieza' étnica, religiosa o ideológica, las luchas fratricida, la sequía y las inundaciones, sea la persecución política, la prisión o ejecución pura y simple, sea la muerte a cuentagotas ya los ojos de la propia familia, debido a las condiciones precarias en que viven..

La gran mayoría migratoria se origina en los países africanos, especialmente en la región subsahariana; Oriente Medio. Países como Siria, Afganistán, Iraq en el Oriente Medio; , Libia, Etiopía, Eritrea, Somalia, Sudán, Senegal, Burkina Faso, Chad, Malí (África) aparecen en el primer plano. Las demás naciones como la India, Sri Lanka, Filipinas, Myanmar e Indonesia (Asia) expulsan a miles de personas, algunas de las cuales también llegan a Europa.

Brasil y Argentina ¿son europeos?

También el gobierno golpista de Brasil y el neoliberal de Argentina estudian cómo impedir la entrada de los ciudadanos, a la inmigración, es decir, la forma legal y documentada, para desencadenar la carrera represiva a través de "ilegales" y sin documentos en orden. No sólo contra los tradicionales migrantes de sus países vecinos, sino también los provenientes de Haití, Centroamérica, África y Oriente Medio.

Fútbol y migración

Un 7% de la población francesa es de origen inmigrante, proporción que en su selección se multiplica por diez. Suiza, donde uno de cada cuatro habitantes tiene procedencia extranjera, presentó en Rusia una selección con 60% de jugadores de origen inmigrante. Similar es lo de Inglaterra, con un 10%, cifra que en la selección, con importante aporte jamaiquino, crece al 50%.

Inglaterra presentó seis futbolistas de origen nigeriano en el último Mundial Sub 17, para el que paradójicamente (o quizás no tanto) Nigeria no se clasificó. Los ingleses son hoy campeones mundiales sub 17 y sub 20 y buscan el título de mayores, señala Sebastián Fest..

Y no solo África renueva y mejora el fútbol europeo. Más allá de los jamaiquinos de Inglaterra, Alemania tiene entre sus figuras a hijos de inmigrantes turcos, como Mesut Özil e Ilkay Gündogan, además de jugadores de origen africano, como Sami Khedira (su papá es tunecino) y Jérôme Boateng (de padres ghaneses). El hermano de éste, Kevin-Prince, juega para Ghana.

Albania lo hace representada por la Confederación Helvética. Edi Rama, el primer ministro albanés, abrió días atrás una cuenta bancaria para que sus conciudadanos donaran dinero que permitiera pagar las multas a Granit Xhaka y Xherdan Shaquiri por haber celebrado sus goles a Serbia haciendo el gesto del águila bicéfala, símbolo de la Gran Albania y de explosivas reverberancias geopolíticas en los Balcanes.

Suiza cuenta con futbolistas nacidos en Camerún, Costa de Marfil y Cabo Verde. Xhaka y Shaquiri nacieron en Suiza, pero siguen muy ligados a la tierra de sus padres. Incluso Taulant, hermano de Granit, juega por Albania. Y Bélgica, ejemplo clarísimo de talento de la inmigración, es una Torre de Babel: sus futbolistas hablan entre sí básicamente en inglés en los partidos, añade Fest.

Y aunque el protagonismo no sea el de sus selecciones, África aportó mucho al creciente éxito de Europa. Hay una revolución que se gesta en las periferias de las grandes ciudades europeas: tras cambiarle la cara a la sociedad europea, la inmigración está cambiándosela ahora también a su fútbol, a pesar de la xenofobia y la discriminación alentada por sus elites.

Aram Aharonian: Periodista y comunicólogo uruguayo. Mágister en Integración. Fundador de Telesur. Preside la Fundación para la Integración Latinoamericana (FILA) y dirige el Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, www.estrategia.la )

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

http://www.rebelion.org/noticia.php...

Categorías: Tortuga Antimilitar

Sobre la libertad de La Manada: Por una justicia feminista y un feminismo antipunitivista

24 July, 2018 - 00:00

El jueves recibí por una lista de Telegram la primera noticia sobre la libertad provisional para los condenados de la Manada. También muchísimos mensajes de indignación y muy pocos argumentos o información concreta de los motivos de la puesta en libertad. Yo tenía algunas dudas sobre cómo debíamos reaccionar, sobre el caso concreto –me faltaban datos, razonamientos jurídicos– pero no me atreví a expresarlas en ese grupo. La unanimidad era abrumadora, casi como un muro. En mis redes sociales también.

Tuve dudas sobre todo porque soy una lega en derecho pero también porque tengo un tic que me hace saltar un resorte interno: una cierta desconfianza por principio en el sistema penal, en la cárcel como solución. Conozco gente que ha sido encarcelada por acciones políticas, por actos de desobediencia, por defender determinadas ideas. Gente que ha sido torturada en el sistema penal. Por eso, defender los derechos procesales siempre me ha parecido un deber, porque los excesos de la justicia pueden recaer fácilmente en gente que lucha contra otro tipo de excesos que consolidan la desigualdad en la sociedad, o simplemente, en personas que pelean por poder decir según que cosas, por manifestarse –y últimamente hasta por cantar, o poner tuits–. Podría haberme pasado a mí o a alguno de mis compañeros. Siempre queda además, que estos excesos también pueden recaer en inocentes, por eso existen los derechos procesales y por eso hay que defenderlos.

Por otra parte, sé que las mujeres estamos teniendo que librar una dura batalla para que las violaciones, los abusos, la violencia en el hogar o la pareja sean reconocidas y combatidas. Hasta hace muy poco en nuestro país lo que en principio se llamó “violencia doméstica” era un “asunto privado” que se toleraba, que a penas se denunciaba. Hoy todavía pedimos más recursos y medidas de protección ante la persistencia de los asesinatos. Hemos tenido que luchar a brazo partido para que se nos crea cuando explicamos abusos –la palabra de una mujer que cuenta una violación es una palabra que ponemos inmediatamente en duda–. Por no hablar de la escasa atención o medidas de protección que reciben las víctimas de trata o las de abusos cuando son inmigrantes que trabajan casi sin derechos en nuestros campos. Estar borracho es una atenuante que puede reducir la pena en caso de violación. Entre otras muchas cosas incomprensibles como la que ha suscitado la reacción furibunda a la sentencia de la Manada: la diferencia entre abuso y agresión basada en la existencia o no de violencia de los agresores o resistencia de la víctima. Si no hay consentimiento, hay violación, decimos. Parece obvio. Así que no. La justicia no protege suficientemente a las mujeres cuando son agredidas porque son mujeres en toda esa construcción que nos hace estar al servicio de otros, o satisfacer a otros, o confirmar a los hombres en su posición de varones a través de la fuerza que ejercen sobre nosotras.

Y con todo esto a cuestas, el jueves cuando estalló la oleada de indignación, yo tenía dudas, pero me costaba expresarlas incluso en grupos de confianza. Todo se acelera en estos tiempos y hay miedo de expresar según que planteamientos. Miedo de los linchamientos en redes, miedo de que te estigmaticen, te boicoteen o te acusen. El periodismo siempre ha sido deporte de riesgo si se confrontaba al poder, ahora también tiene que confrontar los climas sociales. Es bueno que se controle al periodismo, me dije. Pero también acojona un poco. Hay mucho de emocionalidad en estos acontecimientos que funcionan como un clima, que de alguna manera se articulan o generan sujeto político en torno a la indignación. Es importante pensar bien cómo intervenir en ellos porque no es fácil. También necesitaba reflexionarlo un poco más, leer algo más, hablar con compañeras que saben. Tampoco hay por qué opinar sobre todo siempre, me dije. No siempre es útil. Calma.

Casi al momento de recibir la noticia me escribió una amiga:

¿Viste lo de la manada? Entiendo la rabia y la indignación, pero me jode salir a la calle a pedir que permanezca gente en prisión.

A mí me pasa lo mismo. Pero no sé cómo expresarlo o si quiera si vale la pena.

Pues me ha escrito bastante gente en privado sobre el tema. Si se trata de elegir bandos yo tengo muy claro cual es el mío, pero no puede ser que todo discurso o acción se organice casi instantáneamente en torno a bandos.

¿Quieres que más adelante escribamos algo juntas?

Sí, en el 2019. ;-)

Leyendo la protesta

El viernes ya sabía algo más del caso, había leído críticas fundamentadas a la puesta en libertad desde posiciones feministas que hablaban de los límites del derecho en estos casos, al tiempo que defendían las garantías procesales de forma matizada. A pesar de eso, fuimos a la manifestación arrastrando nuestras dudas. Unas chicas gritaban: “Violadores a prisión”.

Una compañera que me acompañaban dijo: “Me cuesta gritar eso”. Otro amigo intervino: “Dan igual los detalles concretos, esto es una impugnación completa. En los últimos 4/5 años, al ciclo 15M le ha seguido un ciclo feminista, que como sucedió en su momento es un poti poti de cosas muy diferentes y no tiene estructuración política. Fijaros, las demandas más concretas se articulan en torno a la violencia, que es como el elemento vertebrador de esta oleada. Esta demanda plantea un conflicto con el Estado, con las instituciones del poder judicial. Molaría que aquí saliese un programa político más amplio de economía feminista, cuidados, etc., pero las condiciones vienen dadas así y está bien que así sea.”

La chica le respondió: “Puede ser, pero aún así, estamos en un momento muy frágil. El discurso hegemónico de hoy es un discurso procarcelario. Esto podría valer para legitimar la cadena perpetua, el propio sistema punitivo patriarcal. Y si no, mira eso” –dijo señalando una pancarta con la cara de los violadores–.

Pero ni las pancartas, ni los monigotes ahorcados que representan a los violadores colgando me preocupaban a mí. No dejan de ser expresiones de enfado, mensajes que más bien hablan de la indefensión de la víctima, de cómo es pasar a la ofensiva simbólica desde la conciencia de la propia fragilidad constantemente recordada a golpe de sucesos en los informativos, una suerte de pequeña revancha emocional. Me preocupaba más la instrumentalización que pudiese hacerse desde las instituciones y partidos que son los que al final tienen la capacidad enunciativa más potente, el acceso a los medios de comunicación y los que en definitiva se arrogan la capacidad de “interpretar” las demandas ciudadanas y el significado de expresiones como una protesta masiva. Es bueno el desborde, ¿pero quién puede decir que significa exactamente una manifestación como la del viernes? ¿Las estructuras del feminismo institucional que están más cercanas al poder? ¿Los políticos que quieren convertir en votos las demandas feministas? El movimiento feminista en estos momentos está absolutamente desbordado por su propia potencia ¿quién tiene la potestad de hablar por él? Es importante resaltar que es desde sus organizaciones formales más diversas –como las plataformas del 8M– de donde salen los mensajes menos punitivistas, son una auténtica referencia.

Por su parte, Soraya Sáenz de Santamaría aprovechó para justificar la prisión permanente revisable –perpetua, sin eufemismos–. Pedro Sánchez se apresuró a hablar de la necesidad de un cambio en el Código Penal y declaró su compromiso con la “lucha contra el terrorismo machista”. No alegra mucho esa comparación porque conocemos perfectamente la legislación de excepción que ha dejado la “lucha antiterrorista” en nuestro ordenamiento jurídico. Y también cómo ha sido utilizada, por ejemplo, en el caso de los titiriteros que tantos juristas criticaron. Como explicaba Beatriz Gimeno en un artículo, los cambios impuestos en caliente y a golpe de emociones favorecen la “impunidad del poder” porque “normalizamos la terrible idea de que cualquier medio punitivo que emplee el Estado es aceptable con tal de conjurar determinados peligros”. La movilización se ha ido articulando como reacción a sentencias judiciales como provocada por el caso de Juana Rivas, y ahora este. Es un programa que plantea una confrontación, ¿pero hacia dónde lo queremos llevar? ¿Cómo se protege mejor a las mujeres? ¿El aumento de penas o el recorte de derechos contribuyen a evitar nuevas agresiones? Los datos nos dicen que no.

“No es un caso aislado, se llama patriarcado. Las calle, la noche, también son nuestras. Que no, que no, que no tenemos miedo” –se cantaba en la manifestación–, con más ganas las más jóvenes, que en general ya no tienen madres que les prohiban salir de noche, pero que se sienten expulsadas del ocio nocturno por las amenazas de agresiones sexuales. Eso estaba también: un acto de afirmación colectivo. Allí, más allá de las pancartas contra los violadores y el cabreo, lo que vivimos fue una enorme alegría de estar juntas. Porque al final, también era un mensaje para la chica que sufrió la violación: estamos contigo, no estás sola. “Mientras haya esto –me dijo otra amiga señalando alrededor–, no habrá fascismo en España”.

Después de la manifestación me encontré en una fiesta con una amiga que estudió derecho. Ella lo tenía claro: “Yo también parto de una mirada antirepresiva porque es a lo que me he dedicado toda la vida, pero tal y como han ido las cosas, para mí la liberación no se entendería sin el movimiento feminista. Es un mensaje, ha sido una reacción por nuestra impugnación al sistema judicial. Es cierto que se tiene que acabar con la diferencia entre abuso y agresión sexual y creo que eso lo estamos ganando. La realidad ahora es que nos estamos encontrando con jueces que hacen lo posible por aplicar abuso porque agresión implica penas de hasta 15 años de cárcel. Son muy altas y a los jueces les cuesta aplicarlas. Si se reforma la ley habría que bajarlas. Pero a ver quién dice eso en este contexto.”

Un feminismo del deseo

Una investigadora que ha estado trabajando en prisiones con violadores, Rita Laura Segato intervino el año pasado en el Senado argentino en contra de la propuesta de privar de ciertos derechos a los agresores sexuales –como las salidas transitorias o la libertad condicional–. Ella explica que las agresiones sexuales que conseguimos tipificar como crimen constituyen la punta de un iceberg de un comportamiento social extenso y que implica una espiral de violencia de más calado. Así, la violación sería sólo otra manifestación de una serie de "agresiones" que se reproducen socialmente, que nos atraviesan a todos y que arrancan con la cosificación de la mujer. Es lo que desde el feminismo se llama “cultura de la violación”. Cómo confrontarla también implica un debate: si mediante la prohibición o a través del trabajo político de producción discursiva y la propuesta de modelos alternativos. (Por la forma de conducir el debate en las redes y las peticiones de boicot y prohibiciones, parece que la mentalidad punitivista arraiga también muchas veces en nuestros movimientos en diferentes lugares.)

En cualquier caso, si el problema de las agresiones es social, como dice Segato, las soluciones no pueden pasar solo por lo penal que acaban por “enviar al violador a una verdadera escuela de violación como es la cárcel”. Y propone un trabajo en varios planos, donde la formación de los jueces sería una parte más, en la línea de lo que propone el protocolo Estambul, donde desde una mirada no punitivista, se reclama una revisión del funcionamiento de la justicia en clave feminista.

“¿Son las soluciones que el Estado puede dar el tipo de soluciones que necesitamos? ¿O deberíamos ser capaces –sin abandonar ese camino– de pensar en otras formas de transformar la sociedad y las relaciones entre las personas? Pienso que estamos en tiempo ya de pensar en otros caminos de la propia sociedad. Caminos que tienen que ver con la reconstrucción de lazo allí donde existen jirones de comunidad –como todavía se da ciertamente en España–, reconstrucción de vida relacional, de una comunidad que cuida. Reforzar ese camino traerá soluciones mejores para la protección de las mujeres que las penas de cárcel, que las penas punitivas. Hay que reforzar un ojo vigilante que es el de la propia sociedad”, decía Segato en una entrevista.

No queremos una justicia machista que no nos defienda y no creemos que la solución sea el populismo punitivo. La posición es complicada y a veces es difícil de explicar. En esta línea, decía Silvia Federici que la violencia que sufrimos no es solo violencia individual, es también del Estado, de la policía y de las cárceles, y que “el feminismo es un movimiento contra la violencia y los abusos institucionales, pero también es una manifestación de deseo, de voluntad de construir una sociedad diferente.” La justicia no siempre equivale a más castigo. Más penas y menos derechos no nos van a proteger mejor de esas violencias que se retroalimentan, pero más feminismo, es decir, más estar juntas en el camino hacia esa sociedad diferente que prefiguramos, con toda seguridad sí.

Autora:

Nuria Alabao
Es periodista y doctora en Antropología. Es miembro de la Fundación de los Comunes.

Fuente: http://ctxt.es/es/20180627/Firmas/2...

Categorías: Tortuga Antimilitar

Páxinas